Salir de la taberna me produjo un placer indescriptible, sentía los pulmones ardiendo por el humo inhalado y la suave brisa me reconfortaba, pero no había tiempo de disfrutarlo, un elfo con cuyo rostro ya me había cruzado anteriormente en mis vagabundeos nos indico la huida más fácil de aquella matanza. Le hicimos rápidamente caso y tras enfrentarnos a varios trasgos y orientales, abrimos brecha entre los enemigos.
Entre la espesura topamos con un claro donde gobernaba una atalaya de madera junto a una cueva bastante frecuentada según las pisadas, restos y arbustos arrancados. Entonces el lobo de uno de los que nos acompañaban comenzó a inquietarse, miré a Burzumgad reclamando su portentoso olfato. Apenas terminó su frase nuevas alimañas brotaron de la caverna, que se vieron sorprendidos por el ataque de unos jinetes elfos. - De nuevo a la caza - grité. Envainé mi espada y tomé mi arco, soltando dos flechas consecutivamente que acertaron a sus objetivos. El choque de fuerzas impedía otro disparo seguro, así que alcé de nuevo la espada y cargué sin demora. Me salió al paso un trasgo, ataqué sin pensar y éste me esquivó, ¡era rápido como el rayo! Comenzó a asestar rápidas estocadas con su corta cimitarra que apenas lograba detener con mi larga espada, una de ellas incluso me rozó el hombro izquierdo. Se tomó un descanso, nos miramos fijamente, parecía algo cansado, entonces me decidí, corrí los dos metros que me separaban de él lanzándole mi espada como si fuera una lanza, seguidamente tomé mi puñal del cinto y, mientras bateaba mi espada hacia su lado izquierdo, le agarré su muñeca diestra para que no pudiera reaccionar y le clavé el puñal en el cuello.
- Uff, ¿Adonde nos has traído, elfo? - grité, pero no estaba allí para contestarme.
Yo hago frío fuego sin lumbre,
camino por nubes de humo,
se humedecen mis finos dedos
mientras rezan al dios de un mundo
de azufre, soy inane zombi pues,
morí en mi morada mudando
las mudas escamas de mi piel,
más en pie, añorando, gritando.
Siempre las mismas preguntas,
y nunca contestadas, rehuidas,
vuelan a un limbo sin hadas,
se ajan en la soledad de puntas
de plumas de un ave sin alas,
un ave que llora y se escapa
a escarpadas cimas con la nieve
que sepulta el relente de mi aurora.
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