La Odisea de Elfenomeno

19 de Octubre de 2006, a las 12:16 - Entaguas
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La situación era abrumadora, Abârmil no sabía a quién ayudar primero. Dimas había tomado a un grupo de gondorianos y se dirigía en auxilio de Burzumgad, así que confió en sus habilidades para salir airosos. La gente de la puerta era la más alejada, y allí se concentraban la mayor cantidad de fuerzas aliadas, por lo que decidió ir en su búsqueda al final.
Justo en ese instante, en esa hora del día, cuando todo parecía venirse abajo, un hermoso sonido de trompetas se elevaron desde el horizonte llenando todos los corazones de bien. Habían venido los valientes rohirrim y sobre los lomos de sus caballos traían la esperanza.
Al fin me decidió ir a ayudar a Elder que se dirigía sólo hacia una casa en llamas, donde estaba entablada una lucha feroz. Luego iría en ayuda de Adan, que en su particular pelea parecía manejarse bien por ahora, aunque su espectacular enemigo parecía imbatible.
Mientras, Elder, utilizando su agilidad trepaba por unos tendederos de ropa hasta la casa contigua a la del fuego y pudo ver que una parte del techo comenzaba a ceder y dentro estaba Rúmil asesinando a todo orco que se le encaraba. Con su vista de elfo echó una mirada general a la batalla...
-Efectivamente el primer nivel esta perdido, debemos seguir retrocediendo... ¡Abârmil! aquí rápido...son Rohirrim a lo lejos, quizás aun tengamos una oportunidad de salvarnos.
Abârmil entró por la ventana trasera y vio con alegría a Rúmil, al que se le unió para repeler a los orcos que intentaban acabar con él.
-¡Abârmil amigo, que feliz soy al verte! ¡Repelamos el ataque de estos orcos! Elder nos ayuda desde el exterior, démonos prisa o las llamas acabaran con nosotros.- le dijo Rúmil a la vez que repelía el ataque de los orcos.
En ese momento, Elder saltó a la casa ardiendo justo encima de la entrada y utilizando parte de la cuerda del tendedero rodeó unos tablones de madera del techo que estaban encendidos y los arrastró hasta que cayeron encima de los orcos de la entrada, que abandonaron el lugar con tremendos gritos de dolor debido a las quemaduras. Una vez que Rúmil y Abârmil acabaron con sus enemigos salieron de la casa al fin...
-¡Gracias a los dos por venir a socorrerme! Me alegro que me hayáis encontrado.- les dijo Rúmil.
Una vez logrado la momentánea victoria entonces les dijo Abârmil:
-Feliz encuentro camaradas, aunque cualquier celebración está aún muy lejos de poder producirse. Gandalf me ha ordenado que os reúna a todos y que tomemos posiciones en el siguiente nivel. Creo que tú, Rúmil, deberías ir a avisar a Aikanáro, Farahir, Barin y Lanceloth, que se encuentran luchando en la puerta principal, mientras que tú, Elder, podrías ir a socorrer a Burzumgad y a Dimas en su lucha contra un nazgûl, tus flechas podrían serles de gran ayuda. Yo iré en pos de Adan, que se encuentra en difícil lucha. Llevad a todos a las puertas del nivel superior, desde donde situaremos la siguiente defensa. ¡Vamos hermanos, no podemos fallar ahora, las trompetas han sonado y la victoria tal vez no sea un sueño, defendamos Minas Tirith con honor y coraje!- y tras esto, fue a partir en socorro de Adan.
-Bien creo que debemos ir ciertamente hacia los niveles superiores, aquí ya no hacemos nada, iré junto a Burzumgad y el enano, he podido ver donde están antes así que... hasta pronto amigos. . – se despidió Elder.
-Bien me dirigiré los mas rápido hacia las puertas de Minas Tirith para llevar a nuestros amigos al nivel superior, allí nos veremos todos. ¡Suerte a ambos!- le dijo a ambos Rúmil.

Burzumgad nunca llegó a recordar que le pasó realmente: de golpe estaba en el suelo, y si que dolorido ¿acaso alguien le había empujado en medio de la embestida de los orcos? cuando cobré conciencia y se levantó a los tumbos para comprobar que ya no había a mi lado nadie más de los suyos, o mejor, nadie había: estaba solo. Se asomó a través de las almenas, desportilladas por la embestida enemiga, y entonces lo vio, muy por debajo suya. Era el Capitán de los Espectros, Amo y Señor de Minas Morgul y esclavizador y corruptor de los suyos. La ira le colmó y, sin tener conciencia de que se trataba de un enemigo imbatible, corrió escaleras abajo. El Señor de la Muerte gritó en esos momentos. Que palabras pronunció, que extraña jerga abismal uso, no supo decirlo, pero a su conjuro la colosal puerta de la Ciudad Blanca voló en pedazos en una vorágine rojinegra. La explosión le arrojó por los aires. Cuando volvió en si estaba sobre un tejado al cual había llegado, seguramente, volando, pero eso no era todo: Khamûl estaba ante él, su máscara sin ojos horadándome con una mirada de hielo que, sin embargo, quemaba como el fuego.
-¿cómo has llegado hasta aquí, escoria? - y, reconociéndole, gritó con su voz distorsionada de horror y odio sin límites- ¡Burzumgad, orco traidor!
El apenas si tuve tiempo de advertir que estaba herido: a pesar del miedo metí la mano dentro del peto de mi coraza para sacarla enseguida oscura y caliente: la sangre fluía...

En dicho momento se produjo una carga contra los olog-hai que acababan de cruzar las murallas, y yo sin pensárselo dos veces Aikanáro animo a los de su alrededor ha hacer lo propio junto a él:
-Guerreros de Gondor, alzad junto a mi vuestras armas para la victoria, erguid el pecho y aguantad la maldad del ojo, pues no es corto el día en que los pueblos libres venzan al lado oscuro y recuerden sus hazañas durante generaciones para toda la eternidad. ¡Adelante soldados, vencimos y venceremos!

Por fin Elder vio a Burzumgad herido ante un Nazgûl que no le era desconocido, giró la cabeza y observó la llegada por una de las calles de Dimas dirigiendo a unos cuantos gondorianos, había que darle tiempo para que llegara hasta Burzumgad, así que escogió una ventana segura y cercana a la plaza, saco su arco, coloco una flecha, la encendí utilizando unas brasas (el fuego lo inundaba todo) y apuntó cuidadosamente a la cabeza de la bestia alada...
-Que Eru guíe esta flecha con ojos certeros hasta mi enemigo y no tenga piedad de su vida... ¡allá va!

No había tiempo, ni tampoco quizás esperanzas. Sólo le restaba morir con dignidad. Alzó su espada, trémulo y a sabiendas de que no era arma contra tamaño enemigo. Khamûl rió, y ese sonido se mezcló con otro, potente y grave:
-¡¡Allí voy..!!! -sonaba la voz cavernosa de Dimas el enano, quién acudía a mí seguido de soldados locales.
La situación era desesperante: el terror, algún maleficio o, más prosaicamente la pérdida de sangre, nublaban mi vista ¿llegaría el enano a tiempo? De pronto una flecha, llegada desde quién sabía donde, atravesó de lado a lado el cuello de la bestia alada que montaba Khamûl. La flecha estaba encendida y la criatura gritó, sacudiéndose de encima a su jinete. Khamûl cayó, maldijo en lengua negra y volvió la cabeza. El vozarrón del enano sonaba ya cercano.
-¡No puedes triunfar siempre, maldito seas!- gritó en la cara de Khamûl, y el nombre de la mujer amada le llenó la boca y el corazón-¡¡Marzdaph!!- intentó gritar, pero sólo halló en su garganta una lastimosa hebra de voz. Todo se oscureció mientras el fragor de la contienda se tornaba ridícula algarabía.
De pronto aconteció que yo estaba ante el rostro de un orco de grandes dientes manchados de tabaco... ¿que hacía su padre allí..?. Intentó correr hacia ese rostro sonriente, pero su padre ya era apenas un jirón de sombras.... ¿y esos libros y artilugios como de alquimista?... ¿acaso el gabinete de Lagshaf, el viejo erudito orco asesinado por uruks de los que se decía justamente que eran enviados de Khamûl? Luego fue la figura de una orquita menuda, de largos bucles como resortes brunos y ojos de gata del crepúsculo...era ella... ¿que hacía Marzdaph en Minas Tirith...? Cuidado, querida mía.....

Sangre, fuego, escombros y griterío. La desolación era absoluta en el nivel inferior próximo a las puertas. Dimas, hijo de Thranios, había logrado defender una amplia porción de la muralla que conectaba con uno de los barrios más populosos de Minas Tirith. Junto al enano combatían en torno a una veintena de gondorianos, cuyo capitán, Ecthar, aunque reticente al principio, había decidido seguir los consejos del aguerrido enano a instancias de sus soldados. Y ello porque Dimas había frenado con ímpetu la primera embestida de uruks y orcos. Pero, aún así, la marea negra era incontenible. Pronto los soldados de la ciudad blanca, y el valeroso hijo de Durin hubieron de retroceder.
-¡Despacio! Vayamos despacio hacia atrás manteniendo la formación- espetó Dimas a la soldadesca apiñada en torno a él.
- Como digas maese enano, pero no tenemos mucho tiempo- dijo un temeroso Ecthar mientras repelía con el escudo un fuerte lanzazo.

La situación comenzó a ser desesperada. En el retroceso, decenas, sino cientos de uruks comenzaron a abalanzarse sobre la formación golpeándola brutalmente. Unos metros más a la derecha cayeron dos soldados saeteados no se sabe muy bien desde dónde. Imposible salvarlos: tocar el suelo y desaparecer entre la abigarrada hueste de Mordor fue a un mismo tiempo. Ecthar, al lado del enano, cojeaba e intentaba tapar una hemorragia en su antebrazo izquierdo. Dimas, con una furia incontenible, intentaba mantener la formación segando piernas y cabezas de aquellos enemigos que lograban acercarse hasta la línea de escudos. Por fin parecían llegar a las escaleras que daban paso al siguiente nivel.
- Ha sido un placer luchar a su lado, amigo Dimas- dijo un triste Ecthar, mientras, caía al suelo abatido por el cansancio y la pérdida de sangre.
- ¡Arriba! Los gondorianos y los enanos no nos rendimos. ¡Morimos!- gritó Dimas mientras soltaba el escudo y ponía en pie al capitán de Gondor- en unos instantes alcanzaremos el segundo nivel y estaremos a salvo, un tiempo al menos.
Antes de cerrar la puerta oeste que abría el segundo nivel, un joven gondoriano fue atravesado por una lanza soltada por un gigantesco uruk. Fue lo último que hizo, cuando intentó recuperar su lanza, Dimas saltó sobre él abriendo en canal su cabeza.
- ¡Aaaaarrr!- rugió el enano frente a una multitud de uruks aturdidos, dando tiempo así a sus compañeros para subir.
Después, Dimas subió al segundo nivel logrando atrancar las puertas en esa parte de la ciudad. Allí coincidieron con nuevas tropas de la ciudadela, pero sin saber como ni por dónde, otros tantos esbirros de Mordor habían logrado penetrar. En unos instantes el enano repuso fuerzas, despegándose de la armadura restos de carne y piel de uruk. Pero cuando quiso volver a las labores defensivas, vio de lejos a un orco amenazado por un nazgûl sobre la techumbre de un viejo edificio derribado. Lo de menos es como lo pudo ver, pues todo era ruina y desorden en Minas Tirith.
- ¡¡¡¡Burzumgaaaaaad!!!!- gritó Dimas con todas sus fuerzas mientras corría veloz en su dirección- ¡¡¡seguidme gondorianos!!!! ¡¡¡¡Mitrhil despierta!!!!
Fue decir esto y Ecthar, herido, alzó su espada al cielo pidiendo a su vez ayuda. Todos siguieron a Dimas en su carrera, y al llegar al edificio saltaron sobre el espectro clavando espadas y hachas sobre el bajo vientre de la bestia. Años después algunos jurarían haber oído en medio de la batalla un alarido ensordecedor, más alto, aterrador y helador que ninguno de los que existiesen en el mundo. Ante esto el nazgûl no tuvo más remedio que apartarse y tratar de reunirse con sus huestes.
- Burzumgad. No es momento de que viajes aún al reino de las sombras. Marzdaph te volverá a ver sano y salvo- dijo el enano intentando reanimar al valeroso orco herido. Es momento de buscar al resto de grupo. Más arriba me pareció ver a Abârmil y Elder.

Se despertó con un alarido, como si resucitara. A su lado estaba Dimas, satisfecho, pero todo sucio de sangre oscura. Ante él, un hombre (¿era en verdad un hombre?) totalmente vestido de blanco le sonreía, y el viento de esa ciudad escarpada le mecía la barba y los largos cabellos también albos. Su rostro le era conocido, pero la vorágine de la batalla había embotado mis sentidos.
Un personaje pequeño, del tipo que algunos llaman mediano, estaba junto al viejo, y susurró:
- es un orco- y el personaje blanco respondió:- yo siento compasión aún de los esclavos del enemigo...
Dimas y los soldados se inclinaron ante el viejo, y luego el anciano y el mediano partieron.
Envuelto aún en una increíble serenidad sintió que Dimas le ayudaba a levantarse. No había sangre y nada le dolía…

Gothmog llevaba una espada y un mazo. Se abalanzó hacia Adan con el mazo en alto. Cogió un escudo de los uruks y frenó con el su mazo y Adan se le abalanzó. Ambas espadas se movían rápidamente, chocando. El escudo de Adan frenaba su feroz mazo. Entraron en una casa mientras seguían la cruel lucha. Él se subió a una mesa y se lanzó contra él, espada en mano. Desvió su hoja que no obstante le hizo un superficial rasguño en la mejilla. Adan respondió dándole un golpe seco con el escudo en su deforme boca. Varios de sus dientes volaron por los aires.
-Garn! ¡Has cometido un gran error!
Dicho esto le lanzó la maza. Usé mi espada, que con la fuerza del lanzamiento se le cayó de las manos. Adan levanto la vista y vi el rostro de la muerte. Su espada se acercaba a mi cabeza pero una oportuna flecha dio de lleno en su mano. Se alejé del orco y oyó una voz a su derecha:
-¡Por Arnor!
Miró a Abârmil con agradecimiento y él le devolvió la sonrisa. Ambos se abalanzaron contra Gothmog quien, impedido de la diestra y con una herido en la boca, se veía en inferioridad. Abârmil demostró sus buenas dotes de lucha y entre los dos iban ganando terreno. Finalmente, Abârmil le despojó de su espada a la par de que Adan le arrancaba de cuajo su armadura pectoral. Gothmog dio un gran aullido y escapó de la casa donde estaban. Era media mañana y los ruidos de guerra se alejaban. Hacía 48 horas que no dormía, estaba cansado pero ahora sí quería luchar.
-Debo encontrar a los demás - dijo Abârmil - Gandalf me lo encomendó.
- Esta bien, te ayudaré a encontrarlos.- le dijo Adan.
Salieron ambos raudos del edificio en busca de nuestros compañeros en medio del tumulto de la batalla.
‘’Tras el envite rohirrim los orcos habían disminuido su ofensiva, ahora tenían dos flancos de batalla, lo que les daba una oportunidad’’ Pensó Abârmil. Se dirigió junto a Adan y a los gondorianos que encontraban en el camino hacia la puerta siguiente, donde organizaron entre los dos la defensa de aquella posición.
-Aquí podremos aguantar y hacerlos concentrar fuerzas que los haga dividirse, amigo Adan, debemos infundir valor a estos soldados.
En ese instante vieron como Mithrandir subía raudo como alma perseguida por Morgoth junto a un mediano hacia los niveles superiores. Dejó a Adan comandando las tropas y se encaramo a una ventana para observar en lontananza la situación del la llanura de Pelennor. Fue una visión increíble, los rohirrim luchaban denodadamente contra gigantescas criaturas, era espectacular el enfrentamiento. En un lugar más apartado, un rohirrim a pie con una larga melena de áureos cabellos, hacía frente a uno de los nazgûl que sujetaba una gran maza y una larga espada, “Su fin es inminente”, pensó tristemente. Para gran sorpresa suya, resistió el ataque del espectro y, aún herido, movió su cuerpo ágilmente logrando abatir al abyecto siervo de Sauron. Después de esto se desplomó en el suelo. No pudo mirar más y se encaminó hacia la defensa de la puerta, que ya estaba siendo atacada ferozmente.

‘’ ¿Cuánto tiempo habrá pasado desde el inicio de las hostilidades? ¿Cuántas vidas se han cegado ante mis ojos? No puedo saberlo...’’ se preguntó Lanceloth…
-¡Eva! ¡Damas tan valientes como vos, existen pocas!... pero en este momento debo luchar solo. ¡Esto es un duelo entre el y yo!- le dijo Lanceloth a Eva.
-No mi buen Lanceloth. Tras este enemigo vienen otros jinetes, al menos siete si no he observado mal, y no permitiré que uno de mi pueblo sea presa de tan vil traición- replicó ella mirándole a los ojos. Y entonces, de entre las sombras aparecieron los otros siete compañeros del villano haradrim. Sorprendido por eso, le gritó al sureño:
-¿Es que no tienes honor? ¿O tal vez es valor lo que te hace falta? Mi desafío era dirigido a ti, y solo a ti.
-Los desafíos de vulgares salvajes no tienen ni valor ni honor alguno- contestó este y espoleó su caballo iniciando la carga. De inmediato sus seguidores hicieron lo mismo, y Eva y Lanceloth. Pero también, desde detrás de ellos, algunos jinetes que no logré reconocer se unieron a nuestra cabalgata. Entonces, de entre sus voces, escuché la voz de Barin que gritaba:
-¡Mantengámonos juntos y cabalguemos a toda marcha! ¡Así seremos como una avalancha que aplastará al enemigo!
Sus ánimos se renovaron. Tomó su lanza y apuntó al capitán con ella, pero al encontrarme mas cerca, la levantó aún más y la arrojé como si fuera un dardo contra su caballo. El negro cuadrúpedo cayó al suelo y con este su jinete, quien rodó por el piso violentamente.
Delante del capitán y a su izquierda se acercaba otro jinete que esgrimía una pesada cimitarra. Con el mismo impulso con el que disparé mi lanza, sacó la espada de la vaina y le lanzó un tajo de izquierda a derecha a la garganta.
De improviso vi trozos de madera volando. Sintió un fuerte golpe en el costado derecho, el mundo empezó a dar vueltas a su alrededor, y recibió un segundo golpe en la espalda. Había sido derribado del caballo. Me puse en pie tropezando y medio desorientado, pero lo suficientemente rápido para mirar por detrás de su hombro y ver como un jinete haradrim hacía girar su caballo y se dirigía nuevamente contra él. Llevaba en su mano derecha un asta quebrada, pues esa fue la lanza que le había derribado, pero justo antes de que me golpeara, logró seccionarle su peligrosa punta con un fuerte y desesperado golpe de su espada. La armadura había logrado absorber gran parte del impacto y le había evitado mayores lesiones. Miró a mi alrededor y me di cuenta que la mayoría de los sureños habían caído, pero que nuevamente se dirigían hacia él y Eva, ahora a pie, el capitán de esta compañía enemiga: el primero en caer, pero el menos lastimado. Adolorido y casi sin fuerzas, como se encontraban, levantó nuevamente la espada, sin muchas esperanzas, pero no fue necesario usarla, pues fue Barin quién se encargó de batirse contra este hombre y vencerlo.
El jinete de la lanza rota, viendo que su compañía estaba diezmada, trató de huir, pero los jinetes rohirrim lo acorralaron, y así encontró su final.
En ese momento escuchó nuevamente cascos de caballo acercándose velozmente detrás de mi. Y aunque veía a Barin delante, escuchaba su voz a mis espaldas gritando, como en un sueño:
- ¡Lanceloth! ¡Eva! ¡No estáis solos! ¡Adelante!- gritó con ira Barin.
Entonces cerró los ojos y los abrí nuevamente. Se encontraba cabalgando a toda marcha junto a Eva, cuándo Barin y los otros jinetes aún se unían a ellos. Frente a ellos se encontraba la compañía de jinetes sureños acercándose. El combate había sido una alucinación, pero ahora sabía exactamente lo que debía de hacer.
-Laureth... ya recuerdo de donde te conozco... Cuando niños nos conocimos en Edoras.- dijo Barin.
Laureth se quedo callada y nunca respondió...

Rúmil ya se encontraba próximo a la calle que daba a la puerta principal de la cuidad blanca. Muchos soldados luchaban para repeler la embestida de los orcos, orientales, sureños y trolls que habían entrado tras el derribe de la puerta. Fui abriéndose paso entre todos ellos como pudo hasta que logró ver a Aikanáro luchando solo contra un gran troll y un poco mas lejos ver envueltos en una batalla a caballo a Lanceloth, Barin, Farahir y Eva. Aikanáro parecía estar herido y su oponente era brutal, por lo cual decidió ayudarlo a el primero, mientras los otros luchaban a caballo contra unos jinetes sureños. Saco su arco y se dispuso para la batalla con aquel enorme troll.
-¡Aikanáro, amigo! ¡Ya vengo en tu ayuda! -grité mientras me acercaba a él- ¡¿No creerías que te iba a dejar luchar solo contra los enemigo?!
Aikanáro se llenó de fuerzas al oír la voz de su compañero de virreinato Rúmil, y en un salto de ironía dijo:
-Tranquilo estoy, solo que las fuerzas flaquean y este troll no quiere hacer las paces, jeje. Date prisa y acércate para distraerle antes de que no pueda dar un paso más y me de de lleno… Cuidado, por tu flanco derecho se acercan dos orcos, no tengas piedad, ellos nunca la tuvieron contigo ni con ninguno de los humildes que poblamos la Tierra media…
En cuanto derribaron al troll entre ambos, Aikanáro no pudo evitar mostrar su cansancio:
-No siento apenas el cuerpo…el costado me esta matando… gracias por venir en mi búsqueda compañero…sin ti nada hubiera sido posible…te debo la vida amigo…

Para su alegría, Abârmil comprobó que allí estaban todos los suyos en el nivel, una sonrisa de absoluta satisfacción iluminó todos los rostros, ninguna palabra era necesaria, las miradas de personas que han estado tan unidas son suficientes para mostrar los sentimientos que albergaban.
-¡Bien camaradas, me alegro de estar todos de nuevo juntos! ¡Aquí defenderemos este portón con nuestras vidas si es necesario! Esperemos que la caballería rohirrim que ha venido en ayuda de la ciudad logre abatir al enemigo…- dijo Rúmil.
La lucha continuó y de nuevo un ruido de trompetas impregnó el campo de batalla, aunque está vez provenían del sur…

La compañía estaba unida de nuevo, había conseguido superar los obstáculos con una inteligencia excepcional, pues todos superaron los obstáculos, y a Lanceloth le inquietó mucho su visión, pues había ocurrido igual ¿Tendría el don de la premonición? Ahora, luchando espada con espada, valientemente, defendían el segundo nivel del asalto del gran ojo, y habían puesto a Farahir a salvo. De repente, un ruido de trompetas sono al sur, mientras que los elfos con su vista excepcional veían como a los rohirrim se les estaban complicando las cosas. Con el sonido de cuernos del sur, vinieron unos barcos negros. Por un momento todas las esperanzas se perdieron; los corsarios negros de Umbar ¡Habían venido!
-¿Qué esta ocurriendo? -le preguntó Abârmil a Elder.
-¡Se acercan unos barcos con velas negras por el Anduin! deben ser corsarios de Umbar, son miles y están desembarcando rápidamente...y ¡atacando a los orcos! son aliados.- dijo asombrado Elder.
‘’¿Quiénes son esos guerreros? ¿O es que los de Umbar nos ayudan ahora?’’ se preguntó Lanceloth, muy confuso.
Pero pronto de los barcos salieron fuertes y aguerridos montaraces y hombres, y Abârmil esbozo una gran sonrisa; un magnífico estandarte era movido por el viento, y su señor, Halbarad, lo sujetaba.
Todos se alegraron, y al grito de victoria las huestes de Mordor consiguieron huir dolorosamente. Sin embargo, Abârmil pronto tuvo una mirada triste, al ver como su señor Halbarad era muerto en batalla. Pero... ¡Habían conseguido la victoria!
- ¡Por Aulë! Hemos ganado ¡Compañeros, mis amigos! ¡Hemos vencido a las huestes de Mordor! - decía exaltado Dimas.
- Están huyendo desorganizadas, pero los rohirrim les dan caza- Concluyó Barin.
La alegría era imposible de contener, pero entonces, en un momento, todo se volvió oscuridad; Khamûl, en un arrebato de desesperación, embistió a la confiada compañía y huyo. Todos se miraron entre si, y aunque estaban bien, algunos como Aikanáro, les costó mucho trabajo levantarse del suelo.
Entonces Aragorn, rey de Gondor, entro por las puertas de la ciudad; el mundo le aplaudía, las huestes gondorianas supervivientes le aclamaban, y todo era regocijo por la gran victoria conseguida. Entonces, una mujer anciana y quisquillosa llegó y le dijo a la compañía:
- Los heridos a la casa de curación... creo que está en el primer nivel, si no la han destruido esas bestias...
Adan, Aikanáro y Burzumgad con Farahir se quedaron en las casas de curación, pues tenían heridas y graves golpes a causa de la embestida del nazgûl. Sin embargo, el resto, Lanceloth, Barin, Rúmil, Dimas, Elder y Abârmil, pronto marcharon para la guerra.
-¿No creen que es un ataque demasiado desesperado? Vamos directo a una trampa- dijo Lanceloth, pero Dimas de inmediato contestó:
-¿Es que estás perdiendo el valor Lanceloth? ¡Tal vez deberías haber regresado cuándo el rey dio la oportunidad!
-No, no me malinterpreten... deseo luchar, y lucharé. Pero tal vez habría sido más efectivo otro tipo de ataque, no uno con el que sabemos que tenemos muy pocas oportunidades
Abârmil intervino diciendo...
Ahora no lo entendemos, pero el rey Elessar conoce mejor que nadie los planes del enemigo, y estoy seguro que sabe lo que hace. Alcanzaremos la victoria... aunque tal vez no la disfrutemos...
Se despidieron entre abrazos y apretones, seguidos de bendiciones deseándoles lo mejor. Ahora, los que no estaban heridos irían a luchar a la puerta negra...
-Tal vez ésta sea la despedida definitiva, el último adiós de un grupo de valientes que empezaron como compañeros y terminaron como hermanos. Mas no puede ser triste la partida después de lo que hemos sido capaces de hacer juntos, seremos los únicos héroes cuyos nombres ondearan al viento en las canciones tanto de elfos, hombres, enanos y orcos. ¿Qué mayor placer que éste puede pedir un guerrero?- les dijo Abârmil, sin embargo, según lo dijo, su pensamiento se fue para alguien a la que perdió hace tiempo.
-Adiós compañeros, Lanceloth, Barin, Dimas, Rúmil, Abârmil, sois como hermanos para mi, este tiempo me ha servido para valorar vuestras virtudes, vuestras habilidades, a vosotros y saber que os echare de menos y temeré por vuestras vidas mientras la batalla no halle solución conocida por nuestros oídos.- dijo Aikanáro.
Mientras, los heridos, se levantaban penosamente de la cama en donde se les cuidaba y paseaban por los jardines de las casas de curación. Burzumgad, tuvo que mostrar y ser defendido por sus compañeros, ya que los encargados casi echaron en el agua una especie de veneno.
Para él, el lugar sería quizás hermoso (pabellones entre arboledas) y cómodo (grandes salas con camas) pero todos gritaron al verle entrar, sostenido por Lanceloth:
- ¡Detened al orco!
-¡Dadle muerte ya!
Fueron necesarias la elocuencia de los elfos y la ira de los rohirrim para que los curadores se resignasen a atenderle, pero aún faltaba algo peor.
-Bebe este bálsamo, "orco aliado"
Me dijo un sujeto alto y de ropas sombrías.
-¿Y tú quién eres?- le preguntó Burzumgad.
-Un médico- le respondió él.
Estaba Burzumgad por beber aquel líquido oscuro cuando otro hombre se lo arrebató de las manos para llevárselo a las narices.
-¡Esto es infusión de hojas de Atë! ¡Un tóxico poderoso!
Algunos soldados pusieron a buen recaudo al sujeto vestido de oscuro, que al fin y al cabo resultó ser un simple mucamo resentido por la muerte de su familia a manos de uruks.
- No le hagáis daño- dijo Burzumgad- su actitud es comprensible
Aunque ahora Burzumgad, paseaba triste y solitario, al igual que los demás, lamentándose y acordándose de su amada:
- Que será de ti y de mi, si esa tierra que esclaviza a ati y a los míos cae...- Dijo sin darse cuenta en voz alta.
- Tranquilo Burzumgad, los hombres tal vez os dejen en paz, no se como decirlo, pero quizás los orcos puedan ser libres después de la caída de las manos que les esclaviza- dijo Farahir, el cual estaba andando en muletas- Aaah ... como duele... fui un insensato al cargar contra aquel Troll... maldito...
- Si, supongo que sí- dijo Burzumgad suspirando- quizás podamos vivir si les demostramos que no causamos molestias...
En ese momento Burzumgad se acordó de unas palabras que le dijo el sabio Gandalf al oído cuando los no heridos partieron:
- Orco Burzumgad, pocos orcos como tu ahí. Si Sauron y Mordor cae, dirígete hacia Mordor, y allí, tal vez puedas encontrar a tu amada y conseguir, vivir en paz con los tuyos... y libres. Los orcos si cae Sauron estarán sin líder y perdidos, tal vez tu los puedas conducir de nuevo, eso sí, una colonia de orcos pacíficos en Mordor es poco común, así que no le digas nada a nadie... y que sea secreto
Burzumgad quiso haber hablado más con el sabio Gandalf, pero sus palabras sabias le alegraron bastante. Mientras, Adan andaba con un brazo escayolado, mientras que Aikanáro descansaba en un banco de dura piedra.
- Aaaaah... Este banco de piedra me está matando... pero al fin, hemos conseguido la victoria.
Adan afirmó, y entonces vio como las rohirrim Aradna y María, aparecían, con un gondoriano y una rohirrim. La rohirrim era bella y hermosa, y el gondoriano pareció que Farahir le reconoció:
- Es Faramir, capitán de Gondor- dijo en un susurro a los demás.
Entonces, Adan miró por la ventana al igual que todos, y veía una imagen que jamás olvidaría, la batalla que se estaba produciendo, entonces, vio como la fortaleza de Mordor se derrumbaba...
-Adan, ¿Estás seguro? Si es así espero que la victoria se haya decantado por nuestra parte, aunque he de reconocer que les esperaba una cruenta batalla llena de fiereza y desalmadas bestias sin piedad, a la vez que valentía y habilidad inigualable por parte de nuestros queridos amigos.- dijo Aikanáro nervioso.

Lanceloth, Barin, Rúmil, Dimas y Abârmil, estaban preparados para luchar valientemente contra las huestes de Mordor. No sabían por qué ese ataque a la desesperada, pero pronto, un emisario desagradable salió y se entrevistó con los líderes. Cuando el ser sacó una cota de malla (¡De Mithril, que Dimas reconoció enseguida!) todos parecieron decaer y lamentarse.
- ¡Por Aulë!, ¡es el regalo que Thorin hizo a Bilbo Bolsón!- pensó para sí mientras observaba a Gimli, que se encontraba parlamentando junto a Aragorn al pie de la Puerta Negra.
-Ánimo Dimas, que el temor no te quite la oportunidad de que la historia te recuerde como uno de los más grandes enanos de tu raza.- le dijo Elder.
 Entonces, un grupo de orcos les rodeo, y por la puerta negra salían multitudes de estas bestias. Las bestias aladas se acercaban. Pronto cargaron contra el ejército enemigo, y a los compañeros de aventuras, ya se les empezaba a doler el brazo... no aguantarían más... A Abârmil una flecha le rozó la cara y pudo sentir el aliento de un orco en su cara... Dimas observó como un Olog-hai descargaba su maza, con un forzoso salto consiguió apartarse de él... Lanceloth y Barin, luchaban con fiereza, aunque el torrente de orcos era inaguantable... las flechas de Rúmil silbaron en el arco y dijo lleno de emoción:
- ¡Las águilas! ¡Las águilas! ¡Las águilas han venido!
Entonces, Dimas vio como un mediano mataba a un troll gigantesco con su lanza. Entonces, pronto un rugido proveniente de Barad-dûr, las bestias se alejaron y entonces, sucedió... una onda expansiva de aire y místico poder inundó la zona, Mordor se cayó a trozos, los nazgûl y sus bestias aladas cayeron en el Monte del Destino, y los orcos temerosos se arrojaban a los agujeros de Mordor o caían llenos de temor al abismo. Y entonces, se veía la torre de Barad-dûr, cayendo.
- ¡VICTORIA! ¡VICTORIA! ¡LO HEMOS CONSEGUIDO!- dijo Abârmil llenó de emoción.
Todos entre lágrimas se abrazaron, alegres y contentos a rabiar. Pasó un rato y se dirigieron de nuevo a M. Tirith, para darle la nueva a sus compañeros. Ya estaban en las puertas de las casas de curación, mientras que grandes fiestas se organizaban en los bares y tabernas, gritos de victoria.
- Avisemos a nuestros compañeros heridos- dijo Dimas- me gustaría volver a degustar la cerveza de la posada, esta vez, tranquilo con las huestes de Mordor vencidas.
- parece que esta vez sí, hemos triunfado- sentenció aliviado.
-Todo ha acabado, el anillo de poder ya no existe y nosotros hemos sobrevivido. ¡Podremos volver a casa al fin!- gritó entusiasmado Elder.
-¡Abârmil! ¡Te equivocaste! ¡Si alcanzamos a disfrutar la victoria!- le dijo Lanceloth.
-¡NO! ¡Yo solo dije “tal vez no la disfrutemos”, solo “tal vez”!- dijo él.
De vuelta a Minas Tirith, el enano no tardó en volver a celebrar su triunfo con los zumos de la fértil vega del Anduin, con vinos y, por supuesto cánticos, a los que se unieron los convalecientes en las casas de Curación. Y así fue, pronto, todos estaban bailando de nuevo sobre la mesa llenos de alegría... lo habían conseguido… Solo faltaba una vuelta a casa, una merecida vuelta a casa, aunque no sería la última…



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