Un poder más grande que la maldad

01 de Diciembre de 2006, a las 23:34 - Socorrito
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IV  Dos hermanos en un bosque

"Era una noche helada, la luna ya menguaba en el cielo mientras el fuego de una pequeña fogata crepitaba. En el círculo de luz que formaban las calidas llamas, charlaban y reían dos figuras masculinas muy hermosas; los cabellos poseían un brillo como si estuviesen hechos de plata y las voces eran una melodía encantadora.

Se encontraban cerca de los lindes del bosque, cuyos árboles extendían sus ramas  hacia el cielo como si fuesen los pilares de este y el viento se deslizaba por entre las hojas que susurraban canciones antiguas de oscuridad y luz.

Del norte se oyeron pisadas sordas y un ruido aún más fuerte como si algo cayese pesadamente al  piso; unos ojos de un tono índigo pertenecientes a una de las hermosas figuras se clavaron en la noche oscura, escrutando los alrededores y descubrieron un bulto extraño que resoplaba de forma irregular. Una espada larga y afilada se desenvaino, los rayos de la luna se reflejaban en la hoja e indicaban el camino que tomaba su portador. Se acercaba lentamente al ser tirado en el suelo entre las raíces de los árboles, hasta que estuvo junto a este; no era más que un enorme orco que expulsaba un nauseabundo olor, quien sangraba copiosamente por múltiples heridas. Murió con un último suspiro y un espasmo que le lleno la boca de una saliva espesa combinada con sangre.

Los dos elfos abandonaron aquel sitio rápidamente con el objetivo de investigar, pisotearon el fuego temiendo que este delatase su posición; desenvainaron las espadas junto a pequeños cuchillos y avanzaron con cautela adentrándose más y más en aquella peligrosa noche, abandonando la protección de los árboles para salir a una zona despejada de donde creían, había venido el orco.

Las nubes se arremolinaban violentamente en el cielo, la luna se ocultaba tras ellas mientras el viento arrastraba hojas muertas. Los elfos solo habían recorrido unos cuantos metros cuando se encontraron en un campo lleno de cadáveres orcos esparcidos por todos los lados, no había señales de otros enemigos ni armas distintas a las de los muertos y hacia varias horas que había acabado todo, con razón no se habían dado cuenta.

La oscuridad del cielo nocturno ya había empezado a dar paso a una fría madrugada y los nimbos se alejaban arrastrados por los vientos, esos dos elfos inspeccionaban uno a uno los caídos verificando su muerte;  se encontraban muy ocupados observando las huellas, cuando en el centro de todo, encontraron unas que no correspondían al calzado de metal que normalmente usan los orcos. Unas pisadas apenas perceptibles a ojos muy bien entrenados por recurrentes cacerías; eran imprecisas, como si su dueño no tuviese fuerzas para ponerse en pie y se alejaban con torpeza y en zigzag hacia afuera del campo de la batalla.

Había muchos orcos desmembrados por todas partes, mientras los elfos se habrían paso a través de toda aquella inmundicia; detrás de una roca, en un pequeño ovillo estaba un elfo. ¡Un elfo!

- Orophin hermano, mirad-

- Rúmil, ¿estará muerto?-

- no creo hermano, aún respira. Aunque muy levemente-

-Debemos ayudarle, seguro ha pasado por tormentos horribles y no dure mucho si no hacemos nada por él-

Orophin y rúmil, eran guardias de las fronteras del bosque de neldoreth,  y  también hermanos. Eran sindar y como todos los pertenecientes a este pueblo, amaban a los árboles más que a montañas o a ríos. Ambos poseían cabelleras plateadas que ondeaban al viento sobre sus hombros y sus ropajes eran verdes y marrones para camuflarse entre la vegetación.
Los ojos eran sus más grandes dones; rúmil poseía una mirada penetrante, de un color verde mar, con los cuales podía descifrar  los corazones de cualquier ser que mirase y su hermano mayor orophin, lograba distinguir las cosas del mundo a grandes distancias, a más leguas que cualquier otro elfo y en las oscuridades más profundas, conseguía distinguir hasta el rayito mas ínfimo de luz que se colase por diminutas rendijas.

- Orophin, no creo que se le permita la entrada al reino-

Este comentario era lo que ambos pensaban, mientras miraban con extrañeza los fijos ojos del elfo en el cielo.

-Observa sus ojos, a pesar de todo lo que ha vivido aún conserva un extraño brillo. No es un sindar como tú y yo- comento con enorme preocupación orophin- es un noldor y no parece del pueblo de Finarfin-

- Solo a esas gentes se les da acceso a estos bosques.- dijo con amargura Rúmil.

-Pero, tenemos que considerar su estado. Mírale, su rostro esta enjuto y apenas si logra mantenerse con vida, mientras nosotros perdemos el tiempo hablando aquí y no le ayudamos.-

Ambos hermanos ya lo habían decidido, cargaron al desfallecido en sus espaldas mientras se adentraban en las sombras del bosque.

***

Las voces de los ruiseñores se escuchaban lejanas, como si fuesen un eco que le guiase hacia otra dirección diferente que la del cielo. Una intensa luz le cegaba por momentos para luego ocultarse entre sombras, pero estas no eran frías y horribles ni producían temor, si no que eran un alivio ante el brillo del sol. A quien por fin podía ver.

Telpëfinda se sentía muy débil, apenas si podía mover levemente los dedos de las manos y los pies. Abrió los ojos con dificultad, como si sus parpados estuviesen unidos entre si, y no lograba definir las formas de los objetos que le rodeaban, que eran solo unas manchas borrosas de colores. ¿En donde se encontraba? Lo último que lograba vislumbrar entre los recuerdos confusos de los últimos días, eran gritos y sangre. Este lugar de ahora, era fresco y agradable y en donde se encontraba descansando era acolchado y suave; un  olor a flores se esparcía por toda la atmósfera. Acaso, ¿él ya habría abandonado su cuerpo y en esos momentos se encontraba en las mansiones de mandos? Era posible. 

El ambiente exhalaba un aroma dulce  y el cielo que le cubría no era más que el techo de alguna hermosa morada, tallado todo en madera. Caprichosas formas de las hojas de algún lejano bosque, surgían de las ramas de un tronco fuerte y hermoso, todo poseía un tenue resplandor mientras la luz jugueteaba entre toda aquella belleza. Finas tallas de ruiseñores aparecían posadas en las ramas, que pareciese debido al brillo de los ojos y el plumaje, que las aves cobrasen vida ante los ojos.

La habitación era pequeña, con una ventana al lado de la cama, los ruidos de afuera se colaban por allí. El ruido de unos pasos veloces, hicieron eco en el pasillo detrás de la única puerta del cuarto, mientras se acercaban más y más. Pronto la puerta cedió ante la fuerza que se ejercía para abrirle y en su marco estaba de pie un sindar de ojos azules.

- Que bueno que despertéis, mi nombre es Orophin. Yo junto a mi hermano Rúmil os trajimos al interior de estos bosques-

Detrás de Orophin aparecieron un par de ojos verdes, su semblante mostraba una clara preocupación.

-Es bueno que ya os habéis repuesto de vuestros males, y lamento mucho esto, pero tendréis que levantaros enseguida ya que tendremos una audiencia inmediata con nuestro rey. No es de su agrado que nosotros os hubiésemos traído sin su autorización y por eso nos mando a llamar - explico Rúmil.

-En el camino nos contaras todo acerca de ti- termino orophin.

Ambos elfos salieron de inmediato, y fue solo entonces que Telpëfinda noto unas finas ropas dobladas con cuidado a sus pies; era bastante obvio lo que tenía que hacer y por lo tanto se cambio sus desgastados ropajes por otras plateadas y blancas, que hacían la ilusión de que sus propios cabellos fuesen la tela con que se cubría su cuerpo.

Al salir de la habitación, pudo percatarse de que se encontraba en una casa como nunca había conocido y sin embargo le era familiar su arquitectura. Un escalera colgante con forma de caracol que subía y bajaba en torno a un único pilar, blanco y brillante del grosor de un tronco antiguo y fuerte. Era de noche, y las luces guindaban en pequeñas lámparas que emitían unas luces verdes, otras azules y muchas más, blancas. Ha medida que bajaba de allí, pudo observar con enorme admiración que aquella casa estaba construida sobre un árbol. Que maravilloso era este, tan fuerte y estable como si fuese de piedra; al llegar al final de la escalera,  miró hacia arriba y contemplo las magnificas ramas que se extendían hacia el cielo, dispuestas a recibir los vientos de las cuatros direcciones para charlar con ellos  y oír las noticias del mundo, en tanto las aves se acurrucan dentro de sus nidos en espera del nuevo amanecer. Todas las luces jugueteaban entre las hojas, proyectando infinitas formas sobre las hierbas del piso, sobre los vestidos de los hermanos a medida que se acercaban a él.

-Primero que todo, debemos saber tu nombre y procedencia para poder presentarte ante el rey y la razón por la que estabas así cuando te encontramos- le interrogo Orophin, con aquellos ojos azules clavados en las oscuras pupilas de Telpëfinda, buscando cualquier señal que indicara algo malo en su corazón.

Se internaron en la oscuridad del bosque,  caminando sobre las enormes raíces de sus árboles; volteando aquí, luego allá en un zigzag constante. Pronto el sentido de orientación de Telpëfinda, poco acostumbrado a andar entre pilares vivientes, se confundió y perdió la noción del oeste o el sur, y simplemente siguió a los hermanos a medida que narraba los horrores que había vivido; pero, a pesar de que habló mucho más que en los últimos de años de su vida, poco en verdad dijo de su hogar escondido entre montañas."



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