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El Ciclo de Iramar
20 de Marzo de 2005, a las 16:49 - Gilles de Blaise
Relatos de Fantasía - Relatos basados en la obra de Tolkien, de fantasía y poesías :: [enlace]
Prólogo
Zéned es el nombre de todo el mundo conocido, del continente que rodea el mar interior llamado Mar del Nacimiento en la antigua lengua de Milas. Zéned, el Sueño de la Vida, el producto de los sueños de Seres Inmortales. Porque las antiguas leyendas cuentan que mucho antes de que el primer hombre caminase erguido por la faz del mundo habitaban en el vacío primigenio unos entes incorpóreos, dueños de un vasto conocimiento y una inagotable sed de saber. Cuál era su origen ningún hombre lo sabe, ni las historias se refieren a ello, pero allí estaban. Pero lo más importante era que, según se dice, tenían el poder de convertir en realidad todos sus deseos. Por eso soñaron con un hogar, un lugar paradisíaco, hermoso como nunca hubo otro, y este lugar cobró sustancia y les agradó. Y después soñaron con unos cuerpos para ellos mismos; cuerpos gráciles, fuertes y flexibles, con órganos, con carne y con sangre; cuerpos que cada uno eligió acorde a sus gustos, de Hombre y de Mujer, y también ellos tomaron sustancia. Y bajaron al mundo virgen que ahora crecía y se desarrollaba y le llamaron Zéned porque era producto de sus sueños. Y soñaron con árboles altos y poderosos, con ríos que atravesaban inmensos bosques, con todo tipo de flores encantadoras que les alegraran la vista. Y también soñaron con toda clase de animales terrestres y acuáticos, herbívoros y carnívoros y a cada uno le dieron el ser; y con pájaros multicolores que llenaban el cielo. Y así Zéned rebosó de vida, y como era un mundo joven y además los Inmortales cuidaban de él, pronto fue el lugar bello que todos deseaban. Pero después de incontables años se dieron cuenta de que algo importante faltaba en su Paraíso, pues ellos, como todos los seres vivientes que habían creado, tenían la necesidad de llenar un vacío que sólo los Hijos podían colmar. Y así se reunieron todos a la sombra de Nar Thillon, el árbol más alto que estaba en el centro del Mundo, y decidieron soñar por última vez. Por eso acordaron que este último sueño sería el más hermoso de todos los que habían tenido hasta entonces. Discutieron largamente cómo debía ser este sueño y qué era lo que querían reflejar. Y en esta discusión transcurrieron años como muchas vidas de hombres. Así que después de muchas deliberaciones decidieron que soñarían la criatura más perfecta que jamás hubieran creado, y como el mejor modelo que podían concebir eran ellos mismos, decidieron tomarlo. Y además, puesto que quisieron que la nueva criatura debía conocer a quienes agradecer su existencia, determinaron otorgarle entendimiento. Ahora bien, llegó el momento en que pusieron en marcha su plan y así todos juntos se acostaron y soñaron. Y cada uno incluyó en su sueño lo que le pareció oportuno. Pero uno de ellos, a quien no osamos nombrar, pensó: "Si esta criatura se parece a nosotros, si tiene nuestra apariencia y posee nuestro entendimiento, puede llegar a ser lo suficientemente poderosa como para discutir nuestro gobierno". Y así implantó en su sueño, muy profundamente, la codicia por lo ajeno y el ansia de dominación, pues se dijo: "Si quiere lo que poseen sus semejantes luchará contra ellos y así, mientras se matan unos a otros no medrarán". Y sucedió que esa noche, mientras los Inmortales dormían el Sueño que da la Vida, junto a las orillas del Mar del Nacimiento éste cobró forma. Así el Hombre y la Mujer abrieron los ojos por primera vez, pero como aún estaba oscuro y ellos estaban desnudos sintieron miedo y se ocultaron. Así que cuando llegó el día y el Sol iluminó la tierra, los Inmortales despertaron felices, pues sentían que su obra ya estaba completa. Pero cuando acudieron al lugar donde creían que estaban el Hombre y la Mujer no los hallaron. Hasta que por fin encontraron el lugar en el que se escondían; pero el Hombre y la Mujer se maravillaron ante el poder y la majestad de los Inmortales y, sobrecogidos de temor porque aún no sabían que a ellos les debían el Ser, se ocultaron en lo más profundo de sus cuevas. Pasaron largos años en que los Inmortales ayudaron a sus Hijos a sobrevivir, ganándose poco a poco su confianza, implantando en ellos la tranquilidad del que se sabe superior. Y con sutiles toques los prepararon para dar un gran paso: el aprendizaje del habla. Pues los Inmortales estaban ahítos del mundo, un mundo que había dejado de tener interés para ellos. Así que se volcaron en el adiestramiento de las facultades que adivinaban en sus Hijos. Les enseñaron a cultivar la tierra, a forjar metales, a criar ganado, a tejer sus ropas, a construir sus casas. Y estaban contentos porque veían que sus Hijos aprendían con facilidad, dominando en poco tiempo artes que eran nuevas para ellos. Y muchos de los Inmortales se atemorizaron, pues se decían: "Si aprenden tanto y tan rápido, nada quedará que podamos enseñarles y perderemos todo poder sobre ellos". Porque los hombres los adoraban como a dioses y eso les agradaba. Así que convocaron una Asamblea al pie de Nar Thillon, que entretanto había crecido de tal modo que casi llegaba hasta el cielo. Y dijeron: "Reservémonos el Saber más alto. No enseñemos a los hombres el Don del Habla, pues ya nada lo distinguiría de nosotros". Y así decidieron no proseguir el contacto con sus Hijos, prohibieron a todos los de su estirpe que viajase a las tierras de los hombres. Ahora bien, no todos estaban de acuerdo con aquella decisión, pues se sentían responsables de los seres que habían creado a partir de la Esencia de los sueños. Y entre éstos los que más abogaron a favor de los hombres fueron Meneltharne y Subilande, a quienes aún hoy veneramos. Estos dos tenía espíritus fogosos, y habían elegido cuerpos jóvenes acordes con estos espíritus. Y así, mientras que Meneltharne eligió un cuerpo de Hombre, en cambio Subilande lo escogió de Mujer. Y pasaron muchos años a escondidas de la Asamblea, ayudando a los hombres en su crecimiento. Y llegó el momento en que decidieron que era hora de que el Hombre y la Mujer aprendieran a hablar. Y les enseñaron una lengua de la que nació el antiquísimo idioma de Milas, que ahora sólo hablan el rey y los nobles de esta ciudad. Fueron momentos felices para los hombres, mas por aquél entonces comenzaron a despertar en ellos los sentimientos que tan profundamente les había inculcado el Innominado. Y así el hombre luchó contra el hombre y lo mató, cegado por la codicia y el ansia de poder, y un velo de tristeza cayó sobre los Inmortales. Meneltharne y Subilande fueron castigados a causa de su desobediencia, y la Asamblea convocó una visión. Y lo que vieron fue lo siguiente: en todas partes había guerra, hambre, muerte y destrucción, y el hermano se levantaba contra el hermano y el hijo contra el padre. Así que los Inmortales, viendo en qué había desembocado su Creación, tomaron la decisión más dura que nunca se vieran obligados a tomar. Y así derribaron el Nar Thillon y de su interminable tronco hicieron leña con la que alimentaron la inmensa hoguera de Erech Zéned, el Fuego en el Interior del Mundo, cuyo resplandor podía distinguirse desde los confines de la tierra. Y decidieron irse al lugar más alejado que pudieran encontrar, donde no tuvieran nunca más trato con el Hombre, y así hicieron a los hombres, sus hijos más preciados y causa de la mayor de las tristezas, el regalo de la Libertad. Ahora bien, el Hombre no hizo un buen uso de ella, sino que continuó guerreando con sus vecinos. Pero como los Inmortales no estaban entre ellos su estirpe decayó, sumiéndose en la barbarie, de la que no emergerían hasta después de muchas vidas de hombres. Y nacieron las Ciudades, y la primera de ellas fue Milas, la Bella, que reina en el Oriente de Zéned. Y nació el Imperio de Khitar, cuyo irrefrenable empuje que amenazaba con devorar todo el continente, murió en apenas una generación. Y se fundó Landemath, la Ciudad Abierta, en la que todos pueden caminar libremente sea cual sea su origen. Y se cultivaron las inmensas llanuras de Instrunia, que dan alimento a todo Zéned. Y llegaron los Alquimistas, y los Émpatas se dieron a conocer. Y la Hermandad construyó la enorme ciudadela de Sothilion, y se firmaron los tratados entre las Ciudades. Y se fundó por fin Iramar, la de las Cien Torres, bajo cuya soberanía prospera el sur de Zéned, hasta las mismas Montañas de la Separación, y protege el Paso Sin Retorno que comunica con el Profundo Sur del que nada se sabe, donde viven hombres rudos, desconfiados, valientes y leales de quienes se dice que son los únicos que verdaderamente ansían el retorno de los Inmortales, llamándose a sí mismos los Fieles. Y fue entonces cuando aparecieron los Centinelas de Iramar, que protegen a los viajeros incautos que quieren atravesar las llanuras del Sur. Pues grandes hazañas se conseguirán y los hombres serán testigos de maravillas como sólo se veían en los tiempos en que los Inmortales aún hollaban las tierras de Zéned. 1. Misión en Milas
"Pero de todas las ciudades de Zéned una es la que sobresale entre las demás; y esa es Iramar, la de las cien torres, que reina en el sur del continente. Protege el Paso sin Retorno, la única puerta del mundo civilizado hacia el Profundo Sur, donde viven los Fieles. Altas y fuertes son sus murallas, de más de treinta pies de altura y con una anchura suficiente en su parte superior como para que pueda circular por ellas un carro de guerra. Pero tras ellas se alza un segundo muro tan imponente como el primero, con grandes torres que permiten vigilar gran extensión de tierra alrededor de la ciudad. Su comercio es próspero, y los mercaderes de Iramar conocidos en todos los confines del continente, tanto como la calidad de sus mercancías: herramientas, telas, joyas, armas, vino...porque el vino de Iramar es apreciado hasta en la lejana corte del Emperador de Khitar. El Alcalde de Iramar es la máxima autoridad, elegida por el pueblo en el que se distingue entre extranjeros y propietarios: ningún extranjero puede ser dueño de comercio o negocio alguno, mas después de pasados diez años adquieren la ciudadanía y con ella todos los derechos de las personas libres, como el de propiedad o el de elegir a sus representantes en el Consejo del Pueblo, que nombra al Alcalde por un periodo de cinco años."
- ¡Mozo, tráeme otra cerveza! Estaba sentado en un banco, con la espalda apoyada contra la pared, y los pies encima de la gran mesa de roble que estaba ante él. Miraba fijamente la jarra vacía que tenía entre las manos, sumido en sus propios pensamientos. Llevaba el cabello corto, como los soldados de Iramar, y de un color intensamente negro, aunque ya comenzaba a clarear por algunos sitios. El fino bigote, del mismo tono, daba cierto aire de distinción a su rostro, de formas suaves y juveniles. A pesar de la edad tenía un aire de picardía infantil que brillaba en sus ojos marrones. Era el único cliente de "El hogar del segador", una taberna en el barrio burgués de Iramar. No era lujosa, pero sí un lugar agradable y acogedor, con precios razonables, buen alojamiento y mejor trato. Sí, podría decirse que "El hogar del segador" era una de las mejores fondas de la ciudad. El mozo, que en esos momentos fregaba el suelo eliminando hasta el más mínimo rastro de suciedad, real o imaginario, que pudiera encontrar, le miró sin decidirse a cumplir su orden. Finalmente se dirigió hacia el interior de la casa, sin lugar a dudas a consultar al dueño. - ¡Gilles de Blaise, maldito hijo de perra! ¡Aún no tienes suficiente con los dos meses de alojamiento que me debes, que todavía quieres desangrarme un poco más! ¡En verdad que si no fueras el hijo de mi difunta hermana, te habría arrojado desde la torre más alta hace ya muchos días! -Edgar, el posadero, estaba completamente fuera de sí, con la cara congestionada y una vena palpitándole en el cuello. Llevaba la camisa desabrochada, mostrando un pecho musculoso. Por lo demás, tenía un gran parecido con el otro hombre. Gilles miró a su tío con tranquilidad, mientras una pícara sonrisa le bailaba en el rostro. Alzó una mano en señal de apaciguamiento. -¡Tío, por favor, no te enojes! ¡Sabes que no es bueno para tu úlcera! Además, si me tirases desde la muralla, ¿cómo cobrarías todo el dinero que te adeudo? -¡Insolente! ¿Cómo te atreves a burlarte de mí? El posadero dejó caer un puño sobre su sobrino, que si no lo esquivase lo pasara mal. Gilles se levantó precipitadamente, intentando mantener en todo momento la mesa entre su tío y él. -¡Por amor del Cielo, tío! ¡No nos peleemos! ¡Discutamos el asunto como personas civilizadas: te prometo que te pagaré todo lo que te debo! -¿Cuándo? ¿Cuándo vas a pagar?- preguntó el posadero, todavía sin fiarse demasiado mientras intentaba acercarse lo más posible a Gilles. -¡Buena pregunta! ¡Lástima que los negocios no vayan demasiado bien...! Ya sabes que es muy difícil encontrar buenos guardaespaldas hoy en día, con la guerra khitiana y todo lo demás. Además, últimamente hemos tenido ciertos contratiempos que no nos han favorecido en nada... -¡Ja! ¿Llamas contratiempo a que desaparezca la caravana que tus hombres debían proteger? ¿Y cómo llamarías al hecho de que tu último protegido haya aparecido en el fondo del río con una piedra atada al cuello? ¡No me extraña que nadie en su sano juicio quiera contratarte; resulta más cómodo entregarse directamente al Gremio! ¡Y más barato también! -Bueno, tío; tampoco hay que exagerar... -¿Que exagero dices? ¡No tienes vergüenza! -le espetó al tiempo que se subía a la mesa dispuesto a acabar con la discusión de una vez por todas. -¡Tío! ¡No hagas algo de lo que sin duda yo me arrepentiría! -dijo Gilles al tiempo que retrocedía un paso. El posadero saltó sobre él. Rodaron por el suelo en un alboroto de piernas y brazos. Edgar, debido a su mayor peso llevaba las de ganar: mantenía a Gilles inmovilizado por el pecho gracias a su propio cuerpo, mientras que con sus manos buscaba el cuello del muchacho. Éste pataleaba en el suelo y golpeaba a su tío en el rostro con el puño izquierdo mientras que con la mano derecha intentaba agarrar las de su oponente. El estrépito era tal que el mozo, que en un principio había optado por mantenerse al margen de la discusión, salió de la cocina. Sin saber a qué atenerse, decidió hacerse el desentendido y, sigilosamente, se deslizó hacia la puerta de la calle. Sin embargo se quedó a medio camino cuando vio que la salida estaba bloqueada por un guardia de la ciudad, que observaba el espectáculo sin dejar traslucir el más mínimo rastro de emoción. Vestía los colores y el emblema del Estado de Iramar: una torre roja, rodeada por una luna llena y tres estrellas plateadas, sobre fondo negro. Debajo de una túnica corta y sin mangas, llevaba una cota de malla que le cubría los brazos hasta las muñecas, y un casco de hierro con cubrenariz le protegía la cabeza. Sus cabellos quedaban ocultos por la capucha de la cota, pero sus ojos eran negros. Una cicatriz debajo del ojo derecho, le daba un aire de feroz eficiencia. -¡Vengo en busca de Gilles de Blaise!- tronó su voz, alta y clara. Ambos luchadores no se dieron por aludidos, sino que continuaron el intercambio de golpes, en el que Gilles parecía llevar la peor parte. Fue el mozo el que se aventuró a separar a los contendientes. Se acercó cautelosamente y tocó la espalda de Edgar, sobresaltándolo y haciéndole bajar la guardia. Gilles buscó aprovechar la ocasión para terminar de una vez por todas la trifulca y proyectó un puño hacia adelante con todas sus fuerzas, con la visible intención de dejar fuera de combate al viejo. Pero éste vio la maniobra, y en el último momento se agachó, con lo que el fiero golpe se perdió... encontrándolo el muchacho de lleno en su rostro. Se escucharon dos gemidos de dolor: el del mozo, que una vez más dio muestras de gran sensatez al optar por perder el sentido; y el de Gilles, que lo emitió al tiempo que se sujetaba la mano derecha con la zurda. -¡Me he roto la mano!- exclamó, mientras que con rostro sombrío se miraba los dedos, que poco a poco estaban tomando un tinte rojizo. -¡Mira que eres inútil! ¡Tenía razón tu madre cuando decía que nunca debiste haber dejado los estudios! ¡Está claro que la lucha no es lo tuyo! -¡Por favor, no empieces otra vez con lo mismo! ¡Dejé de estudiar porque ya estaba harto de esos alquimistas almibarados que miran a todo el mundo por encima del hombro! Y ahora ayúdame a levantar a Shem y... -¡¡He dicho que vengo en busca de Gilles de Blaise!! -vociferó el soldado, con el rostro enrojecido por la indignación. En verdad que su orgullo había sufrido un duro golpe cuando dos payasos se permitían ignorar a un cabo de la guardia del Pueblo de Iramar. Los payasos, sobresaltados no ya por el imperioso tono de voz, sino por el mero hecho de no estar solos en la estancia, repararon por primera vez en la presencia del soldado. Éste, que intentaba a ojos vista no perder la compostura, miraba a uno y a otro intentando decidir si es que se reían de él o, por el contrario, se encontraba ante dos ciudadanos que sin mucho esfuerzo podrían pasar a engrosar los números del Asilo de Iramar para Débiles Mentales. -¿Cómo has dicho? -preguntó Gilles. El guardia dejó pasar unos segundos antes de contestar, posiblemente contando mentalmente hasta cien. Cuando por fin respondió, lo hizo remarcando lentamente cada sílaba. -Tengo órdenes de encontrar a Gilles de Blaise. ¿Cuál de vosotros es? -¡Él! -dijeron ambos a un tiempo. Edgar miró a su sobrino con los ojos muy abiertos y, como un relámpago, le golpeó en la frente con la palma de la mano. -¡Idiota! -le espetó. Luego, señalándoselo al soldado contestó: -Él es el hombre que buscas. El guardia dejó caer todo el peso de su mirada sobre Gilles, que retrocedió un paso como si hubiera recibido un daño físico. -Debo acompañarle ante el consejero Durfon con la mayor brevedad posible -comunicó el soldado. -¿Con qué objeto? -Lo lamento, pero desconozco el motivo. -Si es por el asunto de mi visita a la viuda Horner, puedo explicarlo... El soldado le miró con ojos fríos, mientras que Gilles se empequeñecía a ojos vista. Éste, suspirando y mirando a su tío, que asintió en silencio, dijo: -Estoy dispuesto. ¡Guíame!. En el exterior esperaban otros dos soldados, ataviados del mismo modo que su superior y armados con lanzas largas y espadas envainadas colgando del cinto. Gilles se protegió del frío y de la lluvia con su capa de color negro, ceñida al cuello mediante un broche de oro y jade. Ambos soldados se situaron uno a cada lado de Gilles, ligeramente retrasados, con la mirada atenta y las lanzas prestas ante cualquier posible eventualidad; mientras, el otro soldado se puso a su altura y abrió la marcha sin tan siquiera dirigirle una mirada. Caminaban con rapidez por las calles del barrio burgués, chapoteando en el agua que ahora caía copiosamente. En ocasiones arreciaba de tal manera que formaba una cortina gris que les nublaba la visión, haciendo imposible distinguir los rostros de aquellos que se cruzaban en su camino, dirigiendo furtivas miradas a los soldados y a él mismo, antes de apresurarse a continuar con sus quehaceres. Por más que se esforzaba, no podía imaginar la razón por la que era requerido por Durfon. Entraba dentro de lo posible que se debiera a ciertos problemillas que había tenido en su negocio, o incluso a los varios maridos furiosos que andaban tras su pista. Sin embargo también podría haber otros motivos aún más importantes si cabe (aunque a él le costaba imaginar qué podía ser más importante que esconderse de los asesinos a sueldo que buscaban su cabeza; la verdad es que en Iramar era muy difícil tener un "algo": todo el mundo te buscaba para arreglarte la cara). Probablemente Gilles no era tan listo como él creía, pero sin duda tampoco tan tonto como pensaba su tío. Esa facultad (la inteligencia, por supuesto, no el "algo") unida a cierta perspicacia natural que él denominaba un no-sé-qué cada vez que alguien le preguntaba al respecto, le hacía estar razonablemente seguro de que la entrevista podría resultar interesante. Sumido en estos pensamientos apenas se dio cuanta de que se acercaban a una gran casa, rodeada por un alto muro de piedra. La única luz que se transmitía al exterior era una bastante tenue que lucía a través de una ventana en el segundo piso. Intuyó que ese era el destino de su viaje. Se detuvieron a unos veinte metros de la puerta principal, que se abría en el muro exterior, de hojas metálicas y de unos tres metros de alto por dos de ancho. El soldado que estaba a su lado le susurró que se quedase donde estaba y después de ordenar a los otros que no se moviesen del sitio, se dirigió hacia la entrada. Gilles se arrebujó en su capa y aprovechó para mirar a su alrededor con ojos acostumbrados a descubrir los detalles más insignificantes: los dos soldados que le acompañaban estaban momentáneamente más ocupados en protegerse de la lluvia que de vigilarle; el trecho de calle que se veía desde donde se encontraba, estaba completamente desierto; el tercer soldado se hallaba dialogando con alguien oculto por el muro. Tras gesticular durante breves momentos, el soldado se reunió de nuevo con ellos. -Desde aquí continúa solo. Diríjase hacia la puerta y allí le indicarán lo que tiene que hacer. Gilles asintió, echó una última ojeada a su alrededor, y se dirigió con paso decidido hacia la puerta. No miró hacia atrás, aunque casi podía palpar la tensión del momento. Su mente trabajaba a toda velocidad, buscando cualquier indicio que hiciera saltar la alarma en su cerebro, pero nada parecía fuera de lo normal. En poco más de diez segundos recorrió los escasos metros que le separaban de la entrada. A través de ella pudo ver un gran jardín, y dos hombres que estaban esperándole, uno de ellos de unos cuarenta años y el otro bastante más joven, armados con una espada corta que les colgaba de la cadera, guardada en una vaina repujada de bronce. No vestían uniforme, si bien en una de las mangas de su jubón llevaban un pañuelo rojo anudado, de una de cuyas puntas pendía un pequeño colgante de plata con la forma de una lira. Su atuendo se completaba con una capa que llevaban con la capucha sobre los hombros y altas botas, casi hasta las rodillas. El más joven llevaba también una pequeña linterna con la que iluminó el rostro de Gilles. Le hicieron una seña para que entrase y le guiaron hacia la casa. Gilles iba inmediatamente detrás de ellos, rodeado por el círculo de luz de la linterna. La grava del camino, húmeda por la lluvia que caía ahora como una ligera llovizna, brillaba bajo la luz, y el ruido que hacían al caminar amenazaba con adormecerle. Para despejarse se entretuvo en mirar a su alrededor: frente a él la casa, de la que no podía percibir detalle alguno en medio de la oscuridad; comprendió que al parecer se dirigían directamente hacia la puerta principal. Ocultos entre los árboles pudo contar hasta seis hombres más en actitud vigilante. A Gilles todo aquello le parecía cada vez más interesante, intrigante y, lo que más le preocupaba, peligroso. Tenía una especie de sexto sentido que le advertía, con razonable éxito, ante situaciones así. Incluso ahora podía oír una vocecita interior que le decía "¡Cuidado!". La verdad es que le había ido bien escuchando a esta voz... o casi. El negocio no andaba bien, perdía dinero, prestigio... clientes. Pero lo más grave era que esto último no era sólo en el sentido comercial de la expresión, sino que los perdía físicamente; es decir, no los perdía: se le morían... algunos. Nunca pudo entender por qué el mercader Heinrich prefirió entregarse al Gremio, que había sido encargado de asesinarle: si hubiese aguantado dentro de su propia cámara de seguridad dos meses más, a buen seguro que las aguas se hubiesen calmado. Pronto llegaron a la puerta de la casa. Dos hojas de madera maciza, finamente talladas y sin embargo sólidas, se alzaban ante ellos. Figuras humanas componían una historia que no pudo reconocer. Adornos y arabescos llenaban todo el espacio de la madera. Pero en la esquina superior izquierda pudo comprobar la pericia del escultor, pues, aprovechando un nudo bastante más oscuro que la madera que le rodeaba, había tallado un impresionante ojo sin párpado que parecía seguir con su pupila todos los movimientos que hacían. El mayor de sus acompañantes golpeó las planchas de madera con una argolla de bronce que parecía pertenecer a un caldero tallado. Retumbaron tres fuertes golpes y, tras unos segundos de espera, escucharon el ruido del cerrojo al descorrerse y la puerta se abrió hacia el interior.. En el umbral estaba un joven vestido con la librea de la Ciudad Libre de Iramar, resaltando en ella una lira dorada sobre fondo negro. El pelo rubio lo llevaba corto, y un aro de plata pendía en su lóbulo izquierdo, brillando herido por la luz del candelabro que llevaba en la mano. -El consejero Durfon espera a este hombre -dijo el que había llamado. El criado asintió y dejó el paso libre. Gilles, antes de entrar, dirigió una última mirada al ojo que tanto había llamado su atención, sólo para ver que en su lugar no había más que un hueco en la madera. "Muy inteligente" , pensó mientras la puerta se cerraba tras de sí. "Nadie se imaginaría que le están vigilando desde un lugar tan incómodo" -Seguidme, señor: os llevaré hasta los aposentos del consejero. Gilles indicó con un ademán que estaba dispuesto, y el muchacho abrió el camino manteniendo la luz elevada sobre su cabeza para iluminarles a ambos. Atravesaron una gran sala de la que no pudo ver techo ni paredes, pues quedaban más allá del reducido espacio iluminado por el candelabro. El ruido de sus pisadas sobre las baldosas de piedra se amplificaba, rebotando por toda la estancia y produciendo el efecto de una multitud a la carrera que parecía venir de todas partes y, a la vez, de ninguna. Llegaron al muro opuesto, cubierto por un gran tapiz que recreaba unas escenas de la Guerra de los Esclavos, en la que Iramar consiguió la preciada libertad. El muchacho asió a Gilles por el brazo y apagó el candelabro. Todo quedó a oscuras, pues ninguna luz se filtraba desde el exterior y en la sala no había antorchas. Temió lo peor, y si bien no se caracterizaba por tener fuego en las venas ni nervios de acero, sino más bien todo lo contrario, se aprestó a vender cara su vida (lo cual no le consolaba en demasía). Pero para su sorpresa cabía alguna posibilidad de que aún no hubiese llegado su hora. Escuchó el ruido del tapiz al correrse y una puerta que se abría. Un chorro de luz se desparramó a través de la abertura en la pared, procedente de la sala contigua. La abertura no medía más de un metro y medio de alto, por apenas medio metro de ancho. El muchacho le precedió hasta una pequeña sala circular, donde una escalera de caracol con sus peldaños adosados al muro, llevaba hasta una altura equivalente a la del segundo piso. Una vez más quedó impresionado pues, al no distinguirse ninguna torre en el exterior de la casa, dedujo que esta construcción estaba camuflada por alguna razón y que muy pocas personas sabían de su existencia, sino que la mayor parte de los visitantes del consejero salían convencidos de que detrás del tapiz no había más que un muro de piedra. -¿Y ahora qué? -inquirió. -Debemos subir. Los escalones estaban resbaladizos por la humedad del ambiente. Todo estaba iluminado por la suave luz que procedía de unas extrañas antorchas sin llama, dispuestas de trecho en trecho a lo largo de la pared. Éstas, en lugar de estar rematadas por un paño embreado que hacía las veces de mecha disponían de una pequeña esfera de cristal opaco, de unos diez centímetros de diámetro y del que provenía la luz; sorprendentemente podía mirarlas directamente sin quedar deslumbrado, puesto que el resplandor estaba uniformemente repartido por toda la esfera sin concentrarse en ningún punto determinado, impidiendo así que fuese demasiado intenso, aunque sí suficiente para iluminar los escalones bajo sus pies. Contó setenta y ocho escalones antes de llegar al final de la escalera. Allí les esperaba otra pequeña puerta disimulada en el muro de modo que sólo un examen atento y minucioso podría revelar su existencia. El chico golpeó por tres veces y empujó hasta abrir completamente la hoja. Respetuosamente aguardó en el umbral, en una posición que impedía a Gilles observar el interior (a no ser que se pusiera a dar saltitos, cosa que por dignidad no pensaba hacer... de momento). -Adelante, mi buen Gerth -dijo una voz desde el interior de la habitación. Éste avanzó cinco pasos, precediendo a Gilles. -Aquí está el hombre que habéis mandado llamar, señor. -haciendo una leve inclinación de cabeza, el muchacho se apresuró a retirarse, cerrando la puerta tras de sí. Gilles se encontraba en una amplia habitación circular en compañía del hombre que se había tomado tantas molestias para hablar con él. Miró a su alrededor: la estancia era espaciosa, cómoda y agradable, decorada modestamente; antorchas iguales a las que tanto habían llamado su atención en las escaleras iluminaban todo el espacio sin que se proyectara ninguna sombra; el fuego crepitaba en la chimenea, a su izquierda, caldeando el ambiente de modo que la temperatura era muy agradable a pesar del mal tiempo que hacía en el exterior; a su derecha había una librería repleta, llenando por completo aquella zona de la pared; junto a ella reposaba la escalera de mano que sin duda se utilizaba para llegar a los estantes más elevados; frente a él, el muro se abría en una amplio ventanal con cortinajes que resguardaban el interior de cualquier mirada curiosa; por último, en el mismo centro de la sala, había un gran escritorio de madera, con dos cómodos sillones, uno a cada lado del mismo. Le daba la espalda un hombre que miraba al exterior abriendo ligeramente las pesadas cortinas: era un poco más alto que él y bastante más fornido, de pelo negro cortado finamente, y vistiendo una amplia túnica de lino que le llegaba hasta los tobillos, teñida de verde y sin presentar adorno alguno. En los pies calzaba unas cómodas sandalias. -¿Consejero Durfon? -Puede llamarme Theros, amigo mío; esta no es una entrevista oficial -el hombre se giró para mirarle a los ojos. Gilles percibió que era un poco más joven que él, tendría veintiséis o veintisiete años. En su rostro agraciado bailaba una sonrisa burlona mientras que en sus ojos negros brillaba una chispa mezcla de inteligencia y curiosidad. -Si no es una entrevista oficial, ¿por qué me ha mandado buscar por unos soldados de la guardia a horas tan tardías? -Gilles se percató de que el tono de sus palabras había sido un tanto brusco, pero no le importó. Por muy Consejero o lo que fuera Durfon, no tenía derecho a tratarle como a un fugitivo. La sonrisa de Durfon se amplió, mostrando sus dientes blancos. La áspera contestación recibida parecía no haber logrado otra cosa que divertirle. Se acercó a Gilles, tendiendo su mano al mismo tiempo. -Permítame presentarme pues -dijo con voz suave- Mi nombre es Theros Durfon, Consejero del Pueblo de Iramar. Gilles miró el rostro del consejero con curiosidad, para luego posar sus ojos en la mano que éste le tendía. -¿De qué se me acusa? Durfon miró por un momento su mano y la cerró, al parecer reflexionando sobre sus próximas palabras. Cuando volvió a alzar los ojos hacia Gilles el brillo de ironía había desaparecido de ellos. -¿Qué os hace pensar que estáis acusado de algo? -Durfon adoptó un frío tono oficial, marcando las distancias puntillosamente y observando el efecto que esta actitud producía en su interlocutor. Gilles no se dejó amedrentar, sino que dirigió una colérica mirada al consejero, quizá con la intención de atravesarle de parte a parte, si ello fuera posible. -¿Acaso invitáis a todo el mundo de un modo tan peculiar como me habéis invitado a mí? -Comprendo -dijo Durfon- Espero que aceptéis mis disculpas: la guardia era necesaria para vuestra seguridad? -¿Mi seguridad? ¿Es que acaso han quedado atrás los días en que cualquier ciudadano de Iramar podía circular libremente por las calles de su ciudad sin temor a ser molestado? -inquirió Gilles con cierto matiz de ironía; pero por primera vez desde que hubo entrado en la habitación pudo percibir que Durfon estaba bastante más nervioso de lo que quería aparentar; y este hecho tuvo la virtud de hacer que su cerebro comenzara a trabajar con rapidez. -Dejémonos de rodeos, consejero. ¿Qué es tan importante como para tomarse tantas molestias? Theros Durfon se pasó una mano por los cortos cabellos al tiempo que daba un paseo por la habitación. Gilles no apartaba los ojos de él, esperando una respuesta, pero el consejero parecía absorto estudiando una de las extrañas antorchas que iluminaban el estudio. Gilles percibió algo de lo que no se había dado cuenta hasta ahora: la suave luz bañaba la silueta de Durfon, aunque si se fijaba bien podía ver como si el aire temblase alrededor del cuerpo del consejero. Parpadeó varias veces, pero el temblor no desapareció. Parecía además que había un ligero amortiguamiento de la luz hasta unos pocos centímetros del cuerpo de Theros Durfon, como un aura. -Amigo mío, es posible que nadie esté ya seguro en las calles de Iramar -declaró Durfon.- Y algunos de nosotros ni siquiera lo estamos en nuestras propias casas. Gilles entonces se pasó una mano por la frente, sintiendo un ligero malestar, achacándolo posiblemente a la impresión. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Qué oscuras amenazas se cernían sobre su ciudad?. Se tambaleó y Durfon recorrió la corta distancia que les separaba para ofrecerle su brazo y conducirle hacia uno de los sillones que estaban frente al escritorio. Esta proximidad del consejero produjo en el cuerpo de Gilles un cosquilleo curioso. Durfon debió darse cuenta de ello, porque retrocedió cautelosamente una vez que le hubo ayudado a sentarse, evitando la mirada inquisitiva de Gilles. Durfon, claramente intentando desviar la atención y no permitir preguntas embarazosas que no parecía dispuesto a responder, cambió bruscamente de tema. -Supongo que no conocéis las últimas noticias recibidas desde Istrunia. -Por supuesto que estoy al corriente -replicó Gilles, todavía ligeramente mareado aunque contento de poder hablar sobre algo que creía saber. -Nuestro ejército ha conseguido contener a los kithianos en el río Glad, gracias a nuestro brillante general Ermeth. -Sus noticias son correctas, si bien atrasadas. Lo que ha comentado ocurrió hace casi veinte días. Hoy la situación es muy distinta. Gilles estaba pálido, ceniciento: el malestar no remitía y el mareo le impedía pensar con claridad. Le costaba un ímprobo esfuerzo mantener la atención en la conversación. -Por lo que sé, -prosiguió Durfon- después de aquella victoria, o más bien no-derrota, el general Ermeth mandó emisarios a Milas, Sothilion y Landemath exigiendo el cumplimiento de los tratados y el pronto envío de refuerzos. Entretanto podía ver como cientos de kithianos reforzaban el ejército enemigo. Los exploradores que lograban regresar hablaban de unos doce mil infantes y más de tres mil jinetes y mil aurigas, todos ellos con armaduras de bronce y espadas del más duro acero. Algunos incluso se acercaron lo suficiente para poder ver la tienda-palacio del emperador; decían que era más grande que nuestro Palacio del Pueblo y que su guardia personal la formaban quinientos soldados, fornidos hombres oscuros con largas espadas y armaduras de acero bruñido que reflejaban la luz del sol como en un espejo. -¿De cuántos hombres disponía Ermeth? -Pocos más de mil, apenas la mitad de la legión -un suspiro escapó de sus labios mientras estudiaba el rostro de Gilles- En vista de su abrumadora inferioridad el general optó, con buen criterio, por fortificar su posición a la espera de refuerzos, así como del envío de patrullas que le informaran de cualquier novedad en el campamento enemigo. Sin embargo, diez días después llegaron mil Hermanos y trescientos voluntarios de Landemath. -¡Sólo mil trescientos hombres! ¿Y qué ocurrió con el contingente de Milas? La amenaza kithiana también les atañe a ellos. -Poco después de la llegada de los refuerzos, llegaron también veinte mercenarios milesios que llevaban un mensaje personal del rey Hlanus III, dirigido a nuestro general. Un esclavo desnudo hizo a pie el viaje desde Milas durante ocho jornadas, pronunciò las palabras del mensaje y murió de agotamiento sin que esos perros pestañearan siquiera. -¿Y qué decía ese mensaje? - los ojos de Gilles se opacaban por momentos y se frotaba frenéticamente las sienes, presa de violentos mareos. -"Su majestad el rey Hlanus III el grande, el poderoso, bla, bla, bla... lamenta comunicaros que por el momento le es absolutamente imposible enviarle contingente alguno". ¡Maldito cerdo cebado! Nuestros espías en Milas informaron de que el rey está haciendo levas extraordinarias y contratando mercenarios de todos los rincones de Zéned, incluso del Profundo Sur. Por el momento cuenta con casi veinte mil hombres... ¡y no pudo enviar ni uno solo! Durfon bufó y resopló como un toro furioso, con el rostro congestionado por la ira y un brillo diabólico en los ojos. -El resultado de esta traición fue la aniquilación de nuestro ejército. Los kithianos luchan como bestias salvajes, más aún que los fanáticos soldados de la Hermandad o los bárbaros del Sur, despreciando incluso sus vidas: abandonaron en el campo de batalla más de cinco mil cuerpos. -¿Qué pasó con Ermeth?- preguntó Gilles. Ermeth era el general más carismático del que disponía Iramar en aquellos angustiosos momentos, el único que poseía la capacidad y el valor necesarios para afrontar una crisis de tal magnitud como a la que se enfrentaba la ciudad. El resto de los generales era un atajo de pusilánimes buenos-para-nada que ostentaban el cargo debido a su fortuna y no a su valía. -Escapó con apenas un centenar de supervivientes, de los cuales más de la mitad están heridos. Ayer por la noche ha entrado en la ciudad sin llamar la atención, de noche, pues además del pánico que se podría apoderar de la población al conocer el desastre de la legión, hemos sabido que el Gremio ha sido encargado de su eliminación. -¡El Gremio!- musitó Gilles mientras dirigía miradas inquietas hacia el ventanal. Aquéllos eran hombres despiadados, con el único objetivo en sus vidas de matar. Todos ellos eran muy competentes en su trabajo y además nunca cejaban en su empeño: una vez que aceptaban un encargo lo acababan cumpliendo sin importarles tardar un día, un mes o un año, lo que en cierta medida justificaba su casi prohibitivo salario. -Sí, aunque no es sólo a Ermeth al que han puesto precio a su cabeza: yo mismo he sido advertido. Por eso mi casa es ahora más semejante a una fortaleza que a la comfortable vivienda que era. Aquello fue demasiado para Gilles de Blaise: los ojos se le pusieron en blanco y cayó inconsciente al suelo, presa de intensas convulsiones. Theros Durfon se arrodilló ante él y le sujetó la cabeza y la mandíbula con el fin de evitar que pudiera hacerse daño, aunque los temblores eran tan intensos que apenas podía mantenerle agarrado. Apenás diez segundos después, todo acabó tan bruscamente como empezó. Cuando Gilles recuperó el sentido todavía estaba firmemente sujetado por Durfon, que le miraba con curiosidad. Poco a poco su cabeza se fue aclarando, consiguiendo enfocar su visión y dándose cuenta de que el tenue brillo que había rodeado al consejero instantes antes, no existía ya. Lentamente se incorporó, mirando sorprendido a su alrededor como si no comprendiera lo que le había ocurrido. -¿Qué ha pasado? ¿Por qué estábais sujetándome en el suelo? -Habéis sufrido un ataque- dijo sencillamente el consejero. Gilles asintió y continuó la conversación como si no le hubiera sorprendido la respuesta. -¿Y qué es lo que esperáis de mí? -Básicamente que os introduzcáis en Milas de incógnito e intentes averiguar si existe algún acuerdo secreto entre Kithar y el rey Hlanus. -¡Pero si nunca he estado en Milas!- protestó Gilles -Lo sé, pero también conozco vuestra habilidad para cambiar de apariencia, y no podéis negar que sois un hombre de recursos: nadie más podría sobrevivir en una ciudad en la que casi la mitad de los maridos os matarían con sumo placer en cuanto viesen aparecer vuestro bigote en cualquier callejón.- contestó Durfon con una sonrisa. Gilles sonrió, a su pesar, y preguntó: -¿Cuento con alguna ayuda? -Únicamente vuestro ingenio y una bolsa de monedas milesias. Además es muy importante que nadie pueda relacionaros nunca con la ciudad de Iramar. -¿Y qué gano yo con todo esto? -¡Oh!- suspiró Durfon, fingiendo sorpresa y pesar -Pensé que estaríais dispuesto a sacrificaros por vuestra ciudad... -Y lo estoy, pero me ayudaría mucho hacerlo con la bolsa llena- replicó Gilles. -Os haré una propuesta que a buen seguro no podréis rechazar: si aceptáis y tenéis éxito en vuestra tarea, obtendréis un cargo oficial en la Ciudad de Iramar, además del agradecimiento de todos sus ciudadanos. -¿Y si rehúso? -Entonces, mi buen amigo, aquellos que con tanta insistencia andan tras vuestros pasos, podrán por fin dormir tranquilos, y se quitarán un peso de sus cabezas... Gilles estalló en una carcajada, y tendió la mano a Theros Durfon. -¡En verdad que es muy difícil rechazar tan generosa oferta! -Una última cosa, Gilles: si tenéis oportunidad, debéis matar a su majestad el rey Hlanus III.- Durfon se volvió hacia el ventanal, mirando al exterior, dando por terminada la entrevista. El muchacho que le condujo hasta allí, entró silenciosamente y le indicó la puerta. Al tiempo que se dirigía hacia ella, Gilles se dio cuenta de que su vida había cambiado por completo.
Theros Durfon observaba la figura de Gilles de Blaise en el momento en que éste salía por el portón principal. Se aseguró de que estaba cerrado de nuevo y de que los hombres volvían a sus puestos. Se acercó a las estanterías llenas de libros, palpó uno de los lomos y apretó hacia adentro. Se escuchó un suave chasquido y empujó, abriendo una puerta oculta que giraba sobre unas bisagras en su parte derecha. Cuando la abertura fue lo suficientemente ancha como para permitirle el paso dejó de empujar y aguardó a que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad. -¿Y bien? -preguntó mientras avanzaba un paso. El hueco era muy pequeño, de apenas dos metros de ancho y otros dos de profundidad, aunque lo bastante alta para permitirle estar erguido. En él se escondía un anciano encorvado, con sólo unos pocos mechones de pelo blanco esparcidos por su cráneo, delgado, el rostro macilento y grandes bolsas de piel colgándole de los ojos. Se vestía con una amplia túnica de color rubí, atuendo tradicional de los miembros del Gremio de Alquimistas de la Ciudad Libre de Iramar, sin ningún otro adorno. -El resultado del experimento ha sido positivo -dijo con voz rasposa desprovista de emoción. 2. El fin de la espera
"Sabed que al sur de los montes llamados de la Separación en la lengua de las Ciudades, existe una gran extensión de tierra hostil al hombre. Porque en ella no crece ni el árbol, ni el cereal, ni planta alguna a no ser los pequeños brotes y matorrales de los que se alimentan los animales, pero que ningún hombre soportaría en su estómago. Según se dice la tierra sufre terribles sacudidas que rasgan su superficie, mientras que ardientes ríos de roca fundida se abren paso por la llanura, despidiendo tal cantidad de vapores ácidos que se forman espesas nubes que ocultan el Sol. Es por eso que esta región del mundo está sumida en una impenetrable oscuridad, y el frío es tal que las nieves son perpetuas durante todo el año. Pero el Profundo Sur, pues es así como llamamos a esta región los hombres civilizados de las Llanuras Centrales, es con todo un lugar muy rico: el cobre, el estaño, el hierro, el oro y la plata sólo han de ser recogidas del suelo como si se tratase de fruta madura; y cuenta la leyenda que muy hacia el sur, donde ningún hombre ha osado dirigirse jamás, aún se conservan en pie los palacios de oro macizo que los Hombres levantaron en los Días Antiguos cuando los Inmortales aún habitaban Zéned y las Ciudades no eran más que un sueño del futuro. Y es en esta tierra donde viven los demonios bárbaros, que se llaman a sí mismos Fieles y que según se dice esperan a que los Padres de todos los Hombres se apiaden de ellos y les recompensen por su lealtad."
-¿Estás seguro de que eran soldados de Iramar, Gildor? -¿Y de dónde más pueden venir?. El viaje desde las demás ciudades del Norte es demasiado largo y además Iramar controla el único paso practicable a estas alturas del año. Hablaban sentados en el suelo de la casa del mayor de ellos. El firme era de barro apisonado que, al secarse había adquirido la consistencia de la piedra. La estancia en la que estaban era la única de la casa; una pesada cortina de pieles colgaba del techo, separando la parte comunal de la familiar y otorgando intimidad a la familia. Una hoguera ardía en el centro de la sala, sobre la que se calentaba un caldero de bronce en el que borboteaba la comida, llenando la casa con su olor, mientras que el humo se escapaba por un agujero habilitado para tal fin en el techo de la cabaña. El mobiliario era prácticamente inexistente: aparte del hogar alrededor del cual estaban sentados había desperdigados por el suelo cubiertos y platos de bronce. A un lado de la puerta, aislada del exterior mediante una piel que evitaba más mal que bien que entrase el aire frío, estaban apiladas las armas del hombre de la casa: hacha de dos filos, puñal, yelmo, armadura de bandas para pecho y espalda, brazales, grebas; todo ello fabricado en acero de la mejor calidad, finamente trabajado, flexible y resistente a la vez, que pocas veces se encuentra en los tesoros de los reyes del norte, untado de grasa de animal para evitar la enfermedad del acero que mata el filo e inutiliza las armas. Encima de la puerta había un gran escudo corporal redondo, fabricado en madera recubierta de piel y reforzado con placas metálicas; en la parte posterior fuertes correajes de cuero aseguraban el escudo al brazo. Era éste una prueba de la riqueza de la casa, puesto que la madera era muy escasa al Sur de Zéned. Allí descansaba también el estandarte del clan: sobre fondo amarillo un lobo negro aullaba a una luna de ébano. -Eso no es una respuesta definitiva. Cualquiera de las ciudades ha podido enviar exploradores en busca de metal o esclavos... - agitaba la cabeza al tiempo que hablaba. Era un hombre de unos cuarenta años, con el pelo rubio y largo, que le caía sobre los hombros libre de ataduras excepto una pequeña tira de cuero sobre la frente. Las facciones eran duras: espesas cejas sobre los ojos azules de mirada profunda y penetrante, el rostro anguloso y los pómulos salientes. Una cicatriz le marcaba el lado izquierdo de la cara desde el labio superior hasta el ojo. La barba le llegaba casi hasta el pecho. Era extremadamente alto, de cerca de dos metros y treinta centímetros de altura, y si bien no era especialmente fornido sí era atlético y más que capaz de empuñar la pesada hacha. Iba únicamente cubierto con un pantalón y una camisa de cuero que le llegaba hasta los codos.
Gildor era diez o quince años más joven que él, y unos cuarenta centímetros más bajo, aunque mucho más musculoso. También era rubio y llevaba la melena y la barba del mismo modo, pero sin ninguna cinta. Aún vestía la cota de malla y los calzones de viaje, sobre los que brillaban las grebas, que le llegaban casi hasta las rodillas. A su lado había dejado la espada, el arco y un carcaj con flechas. No había tenido tiempo de asearse, por lo que se encontraba incómodo y sucio ante el portaestandarte del clan. El polvo del camino tiznaba un rostro juvenil y el brillo altivo de sus ojos azules necesitaba mucho más que algunas horas de camino para apagarse. -Sí, pero ninguna tiene estos colores. Le tendió un trozo de tela manchado de sangre, ahora reseca, en el que aún se podía ver el emblema de la Ciudad Libre de Iramar: la torre roja, la luna y las tres estrellas. -No cabe duda de que pertenecen a Iramar, pero ¿qué buscaban tan al sur? - Elfric, que así se llamaba el gigantesco hombre, acariciaba con gesto pensativo el paño. -Oro, metales, esclavos... todo lo que ambicionan los norteños. -Una muestra de desprecio apareció fugazmente en su rostro- Encontré a tres de éstos muertos, y todos llevaban un saquito de oro escondido entre las ropas. -¿Nada más? -No, pero había bastantes huellas por toda la zona. Además, quienquiera que se los haya encontrado ha retirado a sus muertos: las cenizas mostraban claramente que hubo dos o tres más. -Lo que quiere decir que no había pasado mucho tiempo desde entonces o si no el viento hubiese borrado todas las huellas. -Dijo pensativo el gigante- No podemos pasar esto por alto, porque significa que Iramar se dedica al pillaje y al asesinato en lugar de al comercio como hasta ahora. Deberemos andarnos con cuidado de ahora en adelante. ¡Enviaré mensajeros a los demás clanes para que abran bien los ojos! -¡Ya le dije a la Madre que era peligroso confiar en las Ciudades! ¡Todas son iguales: creen que por vivir en casas de piedra y poseer tanto pan como puedan desear, tienen derecho a llegar a nuestras tierras y cazarnos como a animales, o robar lo que es nuestro por derecho! -dijo el joven, alzando la voz. -¡No te atrevas a criticar a la Madre! -dijo Elfric violentamente, aunque con el temor pintado en el rostro- ¿no te das cuenta de que puede ser tu ruina? Gildor bajó la vista, también atemorizado, aunque lejos de dejarse llevar por el miedo comentó en voz más baja: -¡Pero su actitud pacífica nos lleva a esta encrucijada! ¡Ahora los extranjeros viajan por el territorio de nuestro clan en completa libertad! ¿Quién sabe de lo que son capaces? -¡Basta ya! -dijo Elfric levantándose enfurecido. Su enorme estatura le hacía dominar a su interlocutor, ayudado de su autoridad como portaestandarte, lo que le reconocía como el más valiente guerrero de su pueblo- ¡No toleraré más comentarios como esos bajo mi techo! La Madre ha hecho lo que debía hacer: Iramar fue la única Ciudad que no exigía esclavos por los alimentos, y ni tan siquiera desean gran cantidad de oro. Pagamos el precio por su mercancía y se marchan contentos. ¡Es la primera vez que ocurre algo así y debemos encontrar a los responsables para juzgarlos! Gildor se sometió a la autoridad de su anfitrión realizando el signo de obediencia de su pueblo: extendió los brazos al frente con las palmas de las manos hacia arriba, inclinando al tiempo la cabeza hasta que la barbilla tocó su amplio pecho. Así permaneció durante unos instantes, para luego alzar el rostro y mirar a los ojos a su superior, con el orgullo brillando en los suyos desde lo más profundo de su alma. "Es un hombre valiente" pensó Elfric, "pero su impetuosidad puede causar un daño irreparable al clan". Él apreciaba a aquel muchacho al que había acogido bajo su tutela, hacía ya más de diez años cuando Gildor aún no llegaba a los veinte. Le había enseñado el arte del manejo de las armas y el todavía más complejo de mandar a los hombres en combate. Sin embargo sabía que Gildor moriría joven, porque así lo había predicho la Madre un día: "No te encariñes demasiado con el muchacho, porque morirá en la flor de la vida sin que tú puedas hacer nada". Y la Madre nunca se equivocaba cuando los Inmortales se dignaban enviarle sus visiones sobre el futuro. Así que había intentado hacer caso a la mujer, aunque sin éxito, porque en Gildor se veía a sí mismo cuando era joven, antes de llegar a ser el portaestandarte del clan del Lobo, el más valiente entre los valientes de las tribus del Profundo Sur. Ahora tenía responsabilidades y no podía hacer las cosas que más le gustaban: vagar sin rumbo por las llanuras, sentir el frío viento en la cara, cazar, competir con los demás guerreros en los torneos de la tribu. La nostalgia le venció por un momento, y también el temor a perder a alguien que se había convertido en el hijo que Enice y él no habían podido conseguir. -Salgamos fuera y hablemos, muchacho- dijo conciliador. Se dirigió hacia la puerta a grandes zancadas, seguido a respetuosa distancia por el joven Gildor. Salieron a la oscuridad de la noche, apenas disminuida por la luz de las antorchas que ardían a la entrada de cada casa. Podían ver el muro de tierra que rodeaba al poblado, esbozado como una barrera de oscuridad sobre el horizonte. Sobre él vigilaban atentos los centinelas del clan. -Necesitamos algo más que un trozo de tela para lanzar al clan a la guerra- dijo Elfric en voz baja, de modo que nadie más que Gildor pudiera escucharle. -¿Guerra? ¡Castigaremos a los culpables y se los entregaremos al Consejo de los clanes! -¿Acaso crees que Iramar tolerará que se toque un solo pelo de la cabeza del más humilde de sus ciudadanos? -¡Si la Ciudad de Iramar aprecia tanto la justicia como la Madre y tú opináis, a buen seguro que no hará nada al respecto! Al contrario, estará encantada de que la libremos de esos indeseables que mancillan su buen nombre. -dijo Gildor, irónicamente. -Sin embargo no estamos seguros de donde venían esos hombres. ¡No podemos arriesgarnos a equivocarnos y que Iramar deje de comerciar con nosotros! -Podemos obligarles a que lo hagan, si unimos a todos los clanes, y podemos comerciar con otras ciudades. ¡Milas está deseando desbancar a Iramar de su posición predominante! Además las ciudades se están enfrentando a la amenaza kithiana, ¡no podrán mantener dos frentes, y menos en estas tierras a las que no están acostumbrados! -Pero Milas trafica con esclavos. ¡La Madre no aceptará que el clan comercie con ellos!. Y Landemath está muy lejos; seguro que Iramar no les permitirá comerciar con nosotros. -Elfric parecía cansado de intentar hacer que Gildor viese la realidad- Si Iramar es la responsable de que aquellos soldados hayan robado y matado, nos empuja a la guerra. -¿Y eso te preocupa? -la voz de Gildor estaba cargada de desdén. El sonido de un hombre que corría les interrumpió. Se volvieron a tiempo de ver a uno de los trabajadores de Gildor llegar hasta ellos casi sin aliento. Aspiró profundamente intentando calmar los acelerados latidos de su corazón y, sonriendo, dijo: -Gildor, tu esposa está de parto. ¡Corre ahora a tu casa! Gildor rió de alegría y corriendo más rápido que el viento se dirigió a su cabaña, seguido del portaestandarte, que sólo había podido mantener el ritmo del joven gracias a sus largas piernas. Ambos dejaron muy atrás al otro hombre, que volvía caminando lentamente, satisfecho. Llegaron por fin a la casa y se detuvieron en el umbral, detrás de la piel de toro que hacía las veces de puerta, escuchando. Los jadeos de Lara se entremezclaban con auténticos aullidos de dolor y con las palabras de ánimo que las mujeres que la ayudaban dirigían a la parturienta. De improviso los gemidos cesaron, se escucharon risas y pronto el llanto de una criatura se elevó por encima de todos los demás sonidos de la noche. -Buenos pulmones -le dijo Elfric, palmeándole alegremente la espalda, mientras Gildor sentía cómo las lágrimas resbalaban por sus mejillas. No pudo contenerse más y entró en la casa, justo en el momento en que la mujer de Elfric depositaba a la criatura recién nacida en los brazos de la joven. Las mujeres le miraron sonriendo pero fue Lara la que le comunicó la noticia: "Es un niño". Elfric, que entraba en ese momento, lo escuchó y le palmeó otra vez la espalda, dejándosela dolorida. No podía reprimir la alegría, tenía ganas de gritar al cielo, a la noche, a las estrellas, que su hijo había nacido. Se arrodilló junto al lecho de su mujer y la besó en la frente, susurrándola palabras cariñosas. Amaba a su compañera tanto, que ahora que estaba con ella los problemas del clan parecían muy lejanos. Nunca quiso admitirlo, pero le aterraba el sólo pensamiento de que algo pudiera ir mal en el parto. Gracias a la sabiduría de la Madre las complicaciones eran fatales sólo en muy raras ocasiones, pero aún había cosas que ni siquiera ella podía solventar. Ahora todos sus temores se esfumaron. Su mujer estaba a salvo y el niño parecía sano. Sólo después de besar nuevamente a la mujer, esta vez en los labios, se permitió mirar a su retoño. Era un bebé de gran tamaño, mayor que cualquier recién nacido que hubiera visto antes, envuelto en una piel de lobo como exigía la tradición. Únicamente se veía su carita, hinchada y congestionada todavía por el parto, y sus manitas, que dirigía a su boca con verdadera ansia. Gildor cogió una de ellas, acariciando los pequeños dedos de la criatura, que ahora estaba tranquila, a punto de dormirse cerrando su puñito alrededor de uno de los dedos del padre. -¡Es fuerte! -dijo Gildor a Elfric, que se había quedado respetuosamente a su espalda- ¡Tienes que vivir todavía muchos años y enseñarle a luchar, como me enseñaste a mí! -No dudes que lo haré, amigo mío. ¡Le convertiré en el guerrero más grande que haya conocido el clan! En el exterior de la estancia se escuchó ruido de gente y un murmullo respetuoso se elevó de muchas gargantas. Se volvieron ambos hombres al tiempo que entraba en el espacio comunal una pequeña figura que se protegía del frío exterior con un manto de piel coronado por una cabeza de lobo de pelaje gris y que conservaba todavía los dientes. Una menuda anciana sonrió amablemente a su pueblo desde debajo del fiero rostro del animal, en cuyos ojos se reflejaba el resplandor de las antorchas. Las mujeres que habían ayudado en el parto salieron de la casa seguidos por los vecinos que acudieron a felicitar al nuevo padre. Gildor y Elfric se levantaron y realizaron el símbolo de sumisión del clan, al que la mujer respondió con amabilidad. -Mi casa es honrada con tu presencia, Madre -dijo Gildor, poniendo cuidado en evitar mirar a la anciana a la cara y manteniendo la barbilla contra el pecho. Se arrodillaron ante la mujer. -Te pedimos permiso para salir de la estancia, Madre -dijo Elfric respetuosamente. Aún arrodillado era más alto que la anciana, pero la devoción brillaba en sus ojos. La Madre puso una mano arrugada sobre el hombro de cada uno de ellos. -Os doy mi permiso -su voz era dulce y suave como la de una joven, y el brillo de sus ojos se avivó al posarlos en Elfric, el portaestandarte del clan del Lobo y su más fiel servidor. Ambos hombres se levantaron y salieron del dormitorio familiar, corriendo la piel que lo separaba de la sala comunal. Las dos mujeres se quedaron entonces a solas con el niño, que ahora lloraba con toda la fuerza de sus pulmones. La Madre se arrodilló al lado de la convaleciente parturienta y acarició la frente del chiquillo, susurrando palabras de paz en el idioma más antiguo de Zéned. La criatura se calmó al escuchar la suave voz de la anciana y cayó en un profundo sueño reparador. -Esta noche ha sido muy esperada por todos nosotros -dijo la mujer. Se despojó del manto de piel de lobo, dejando ver una bolsa que llevaba colgando del brazo por una correa de cuero curtido. Metió la mano y sacó lo que parecían huesos de animal marcados con runas. Del fondo de la bolsa extrajo un mantel de seda que extendió en el suelo. -¿Qué vas a hacer, Madre? -preguntó Lara, intrigada por los preparativos de la mujer. -No te preocupes, hija mía. Pronto sabremos si este es el momento que todos creíamos. Elevó el rostro hacia el techo, clavando los ojos en él como si pudiera atravesarlo y mirar fuera, hacia el oscuro cielo de la noche. Comenzó un cántico suave, como un arrullo, que se adueñó de la habitación. Lara no podía entender nada de lo que estaba diciendo la anciana, pero la cadencia de las palabras la tenía como hipnotizada. -Escuchadme, oh Inmortales, y desentrañad para mí las nieblas del futuro. Haced que sean para mí como el agua en Farad-Nimras, Agua de Cristal. Después de la letanía respiró profundamente, arrojando un puñado de huesos con cada espiración. Cuando hubo terminado estudió atentamente su disposición y leyó las runas grabadas en ellos. -Dame a tu hijo -pidió, extendiendo los brazos. Lara le entregó al pequeño, que durante todo el rato había estado durmiendo plácidamente. La anciana lo sostuvo en sus brazos y una sonrisa iluminó su rostro. Incluso dos lágrimas resbalaron por sus ajadas mejillas. -¡El tiempo de nuestra espera se ha cumplido!. Los Inmortales nos han considerado dignos y han escuchado nuestra súplica. -Madre, no entiendo qué quieres decir. ¿Qué significa todo eso? ¿Y qué tiene que ver con mi hijo? -La espera, mi niña. Por fin ha terminado. Los Inmortales me han hablado y me han dicho que tu hijo será Rey. Los augurios son claros en ese sentido. -Pero Madre, el Rey no es más que un sueño de los más ancianos de nuestro pueblo- dijo Lara. La Madre miró a la mujer intensamente con sus ojos cargados de sabiduría. Devolvió al niño a su madre y posó su mano derecha sobre la frente del pequeño. -Te voy a contar una historia, niña - comenzó la anciana- Es tan vieja que ya se consideraba leyenda cuando yo nací. -Cerró los ojos y prosiguió hablando como si estuviera en trance.- Se remonta muchos años atrás, cuando aún Iramar no se había fundado y nuestros antepasados podían viajar sin trabas hacia el Norte, antes de que los Pactos entre las Ciudades nos obligaran a vivir en lo que ellos llaman el Profundo Sur, condenados a morir de hambre si no es por su "benevolencia". Cuenta la historia que no estábamos divididos en clanes como ahora, sino que los Reyes gobernaban con mano firme y guiaban a los padres de nuestros padres hacia la prosperidad. "Pero las cosas iban de mal en peor, y nos vimos cada vez más empujados hacia lo más profundo de estas tierras desagradecidas, y el hambre se adueñó de nosotros. Así que el último de aquellos Reyes, Hafner el Alto, se opuso al creciente poderío de Milas, la Ciudad de los Esclavos, que ansiaba el control de la gran llanura de Istrunia, y para conseguir un trato justo que asegurase alimento para sus súbditos se dirigió al Norte con una pequeña escolta, para rogar si fuera preciso un mendrugo de pan, pues no era partidario de la guerra con las Ciudades. "Fue recibido por el rey de Milas, sus arrogantes ministros y el Maestre de la Hermandad, que le trataron altivamente y sin ningún respeto propio a su rango. Pero se tragó el orgullo por el bien de su pueblo y ofreció todo lo que los hombres de las ciudades ansían: oro, plata, hierro, cobre y estaño, todo excepto esclavos, porque el suyo era un pueblo de hombres libres. "Y aquí es donde la historia se entristece, porque aquellos hombres cedieron a su codicia y no contentos con aquello que les era ofrecido buscaron un medio para empujarnos a la guerra, con el fin de exterminarnos y reducirnos a la más completa esclavitud. Asesinaron al Rey y a su escolta, mandando luego emisarios con sus cabezas, y exigieron al Consejo rehenes que se convertirían en sus servidores, como precio por la paz. "Todo ocurrió como ellos deseaban, pues el Consejo se vio obligado a levantar un ejército contra las Ciudades. Pero fueron derrotados y los sobrevivientes vendidos como esclavos en Milas, Landemath, Sothilion y a todo lo largo y ancho de Istrunia. "Y entonces llegó el Tiempo de las Madres. En las aldeas no habían quedado más que los ancianos, las mujeres y los niños, que no eran aptos para la guerra. Así que las Madres se reunieron y decidieron dividir al pueblo en clanes para asegurar por lo menos la supervivencia de unos pocos. Así fue como cada una de ellas tomó a una parte de nosotros y la guió por la tierra inhóspita, buscando los pocos sitios habitables que hoy ocupamos. "Desde entonces nuestro pueblo ha estado dividido, aunque siempre esperando que se diese a conocer un heredero de los reyes antiguos. Y hoy, querida mía, es el día. -¿Quieres decir que mi hijo es Rey? -Eso es, aunque lo más extraño... -la anciana parecía meditar, buscando las palabras adecuadas- es que los signos indican que hoy han nacido dos Reyes. -¿Y eso qué significa? No alcanzo a entender... -Lara se vio interrumpida por la anciana, que la mandó callar con un gesto imperioso de la mano. -Hija mía, regocíjate porque has dado a luz a un Rey, y el clan del Lobo se comprometerá a defender sus derechos ante el Consejo de las Madres. Pero has de saber que su destino es a la vez dulce y amargo: dulce porque está destinado a ser el guerrero más glorioso que haya visto no ya nuestro pueblo, sino Zéned en toda su historia. La llama de sus gestas será tan luminosa que alumbrará al mundo; amargo porque como el fuego que luce demasiado intensamente, su vida se consumirá en pocos años. Mujer, -la Madre enlazó la mano de la joven entre las suyas- tu hijo morirá en la primavera de la vida, no sin antes haber hecho palidecer las hazañas de los Hombres de los días antiguos, y haber luchado contra el enemigo más poderoso de su tiempo. Dicho esto la anciana bendijo al niño según la fórmula tradicional del clan del Lobo. -Naces libre en un pueblo libre. Que el honor sea tu guía y tu fuerza nuestra esperanza. Acarició la cabeza del niño dormido y se puso en pie trabajosamente. -Debo dejarte, niña. -dijo la mujer- El Consejo debe conocer la noticia inmediatamente, y nadie más que yo tiene derecho a comunicársela. Que los Inmortales velen por ti y por tu hijo. Salió al frío de la noche dejando a Lara sumida en sus pensamientos. El niño yacía junto a ella, con los ojos cerrados y aferrando la piel de lobo en sus manos. El destino que le esperaba era el más glorioso que hombre alguno pudiera soñar, pero ese mismo destino se lo arrebataría muy pronto. Demasiado pronto. No pudo contener las lágrimas, así que las dejó correr libremente por sus mejillas. Del exterior le vino el sonido de cien gargantas gritando al cielo de la noche: el clan del Lobo tenía por fin a su Rey. 3. La émpata y el rey
"Es sin duda Istrunia la región más rica del continente. Hasta donde alcanza la vista los campos de labor están repletos de frutos que sirven para alimentar a las Ciudades. Los silos dan forma a un peculiar paisaje, y las aldeas salpican la llanura. Fue mucho antes de la fundación de Iramar cuando se procedió a la explotación de las tierras centrales del continente. Porque Landemath, Sothilion y Milas necesitaban grano y ganado para alimentar a sus ciudadanos. Entonces se fundaron aldeas a lo largo y ancho de Istrunia, con todos aquellos que deseaban un trozo de tierra que cultivar. Y las Ciudades declararon que esta región estaría siempre al margen de sus disputas. Y para vigilar que se cumplieran los pactos decidieron que, por turno, cada una de ellas estaría a cargo del comercio de carne y cereales. Pero con el tiempo surgieron las discrepancias entre las Ciudades, y guerrearon para hacerse con el control de tan preciadas mercancías. Y estas cuitas se alargaron, hasta que Iramar medró lo bastante para hacer respetar los Pactos por la fuerza de las armas. Y así Milas hincó la rodilla por primera vez, y surgió el odio entre ambas ciudades hasta el día de hoy."
-¡Hola, Milena! El joven alzó una mano al tiempo que le dirigía una sonrisa. Con su pelo negro, ligeramente rizado, y sus ojos castaños, alto y fornido, era uno de los jóvenes más atractivos de Élitur. Además de un buen partido, ya que como hijo del encargado del silo de la comarca, heredaría este preciado cargo a la muerte de su padre. Así que la mayor parte de las muchachas de la aldea le rondaban intentando llamar su atención. Pero él ya había entregado a Milena su corazón. Y ella le correspondía. -¡Hola, Maric!- le contestó, dedicándole una sonrisa encantadora. Sus ojos verde pálido brillaron de emoción. Se detuvo, sujetando el cántaro contra su cadera con una mano mientras que con la otra se apartaba un mechón de cabello, no sin cierta coquetería. -Hace un día precioso, ¿verdad? Su rostro era prácticamente perfecto, ovalado, suavemente bronceado y enmarcado por una melena hasta la cintura que refulgía roja bajo el sol; sus ojos eran ligeramente rasgados y de largas pestañas; su boca, pequeña, con labios carnosos. Era una muchaha alta, con piernas largas, caderas de curvas suaves y talle deliciosamente estrecho; sus pechos eran pequeños y bien formados, remarcados por el corpiño. -Cierto, un día estupendo. Luego pasaré por tu casa y hablaré con Adam...- la miró marcharse, andando de un modo ingenuamente sensual, y un suspiro escapó de sus labios. Milena estaba feliz, tanto que sonreía como una tonta mientras se dirigía a su casa. La gente la saludaba al pasar, pero ella no se daba cuenta, inmersa como estaba en sus propios pensamientos. Hoy Maric la pediría en matrimonio, y la sola idea la llenaba de gozo. Sólo una circunstancia empañaba su alegría: sus padres no estaban con ella para vivir ese día; cuando ella nació ya eran muy mayores, y hacía pocos años que habían muerto. Primero su padre y luego, consumida por la pena, su madre, dejándola huérfana. Pero como ya tenía suficiente edad para trabajar, unos vecinos se hicieron cargo de ella a cambio de que ayudara en las labores del hogar. Se dirigía a la casa después de recoger agua en el pozo comunal, cantando y hablando para sí: se acabó el trabajo duro, se casaría, tendría hijos y sería una mujer respetada; todo el mundo respeta a la familia del encargado del silo. Sería feliz. Entonces, sin avisar, un leve pinchazo de dolor llameó dentro de su cráneo, aumentando rápidamente de intensidad. Se pasó una mano por la frente, al tiempo que una niebla oscurecía sus ojos. Parpadeó intentando aclarar su visión cuando el dolor explotó con total intensidad, cruelmente, en su cerebro, amenazando con hacerla perder el sentido. Dejó caer el cántaro, que se estrelló contra el suelo con gran estrépito, y gritó; pero tan rápido como había empezado, el dolor remitió y desapareció. Tenía el rostro húmedo y los ojos muy abiertos. Tenía miedo. A estas alturas no podía recordar cuándo había surgido el primer ataque, pero eran cada vez más frecuentes: antes ocurrían una o dos veces al mes, luego una vez por semana y últimamente, varias veces al día. Afortunadamente nadie había sido nunca testigo de ellos. Temía que si la familia de Maric se enteraba de que su salud no era del todo buena, podía no aprobar el matrimonio. Apesadrumbrada, miró los restos de la vasija y el agua derramada por el suelo. Ahora debería ir de nuevo a casa, buscar otro recipiente y volver a la fuente. Pero estaba tan cansada que pensó dejarlo para más tarde. Con paso inseguro, pues el ataque la había debilitado mucho, se dirigió al hogar que compartía con sus padres adoptivos, dispuesta a descansar un poco. Apenas tardó cinco minutos en llegar, agradeciendo el no haberse cruzado con nadie durante el camino, pues sabía que tenía las señales del sufrimiento reciente firmemente marcadas en su bello rostro. La puerta de la vivienda estaba abierta, así que entró y la cerró tras de sí. Llamó a sus padrastros, pero no obtuvo respuesta. La parte baja de la casa era en su totalidad una cocina, con una mesa de madera y tres sillas como único mobiliario. Encima del hogar se abría un agujero en el techo que se convertía en la chimenea. Una pequeña puerta daba a la despensa, donde se guardaban las viandas y algunos aperos de labranza. Se dirigió a la escalera que comunicaba con el piso superior y subió. Arriba estaban los dormitorios. Abrió la puerta de su estancia y se derrumbó en la cama, exhausta por el cansancio. Se quedó tumbada boca arriba, mirando el techo de madera e intentando luchar contra el sueño que la invadía. Sus ojos se cerraban, y tenía que hacer uso de toda su voluntad para volver a abrirlos. Sin embargo, incluso esto era demasiado esfuerzo, así que se rindió al sopor, durmiéndose casi de inmediato. Se vió entoces tumbada sobre un lecho de paja en una habitación muy oscura, tanto que ni siquiera habría sido capaz de distinguir su mano delante de los ojos. Ni una pizca de luz se filtraba hacia la habitación, y ni cuando sus ojos se habituaron a la oscuridad fue capaz de ver algo. Pero si bien las tinieblas físicas no se disipaban, sí lo hicieron lentamente las tinieblas de su mente, recuperando poco a poco todas sus facultades. Escuchó entonces el rumor de una pequeña corriente de agua, y la humedad se hizo patente en sus huesos. Decidió incorporarse, pero no pudo. Ningún músculo de su cuerpo respondía a sus órdenes. El pánico se fue abriendo paso en su conciencia y cuando perdió el control de sí misma y quiso gritar, no oyó su grito. Se despertó con la respiración agitada y el corazón acelerado y se incorporó, retirándose mechones de pelo rojo que, apelmazados por el sudor, se le habían pegado al rostro. Respiró aliviada al darse cuenta de que sólo había sido un mal sueño. Pero había sido tan real que aún ahora, completamente despierta, le parecía estar viviéndolo. Un sentimiento de opresión amenazó con aplastar su espíritu. Las paredes de la habitación se le antojaban insoportables, y el mero hecho de respirar se le hacía imposible por momentos. Decidió entonces salir de la casa para tomar el aire y, recordando lo que había pasado durante el reciente ataque de dolor, acercarse hasta el pozo y llenar otro cántaro de agua. Encontró la vasija en la despensa y salió, cerrando la puerta tras de sí. El manantial se encontraba a casi un kilómetro de distancia del pueblo, pero no le importaba demasiado. Necesitaba aquél paseo. Mientras caminaba no dejaba de darle vueltas a su sueño. Las vívidas imágenes y sensaciones que había tenido le ponían el vello de punta. Intentó distraerse, mas fue imposible; una y otra vez le asaltaba esta sensación de agobio. Saludaba mecánicamente a los vecinos que se encontraba por el camino, mirando fijamente hacia el frente, pero sin ver nada. En el manantial estaban algunas mujeres, de todas las edades: llenaban vasijas con la fresca y cristalina agua, mientras que otras, un poco más apartadas, reían y lavaban la ropa. Suspirando empezó a llenar el cántaro, sin intentar entablar conversación con sus vecinas. Cuando alguna de ellas le dirigía la palabra, lo más que conseguía era una débil sonrisa o algún que otro monosílabo de la demacrada Milena, que volvía prontamente la mirada a la corriente. Una de las mujeres, haciendo visera con las manos par poder ver mejor, señaló hacia un punto lejano, más allá de la aldea. -¿Qué es aquello? Algunas dejaron sus quehaceres y miraron en la dirección que señalaba la mujer. -Parece una nube- dijo otra. Milena pareció salir de su sopor y miró a su vez. Efectivamente aquello parecía una nube, pero era demasiado baja pareciendo salir desde el suelo y agrandándose a ojos vista. "Jinetes", pensó Milena. Dejó caer el cántaro y salió corriendo en dirección a la aldea, gritando. -¡Jinetes! ¡Llegan jinetes! Las demás mujeres, luego de unos instantes de confusión, dejaron lo que estaban haciendo y salieron en pos de ella. A aquellos que se encontraban en el camino les indicaban por dónde venía el grupo, así que pronto fueron bastantes las personas que volvían al pueblo a la carrera: mujeres, niños que dejaban de jugar, hombres que corrían llevando todavía los aperos de labranza con los que habían estado trabajando la tierra... Entretanto los jinetes se habían acercado lo suficiente para poder distinguir más detalles. Milena vio entonces el brillo del acero herido por el sol y sintió helarse la sangre en sus venas. Corrió aún más rápido, con el único pensamiento de encontrar a sus padres. Algunos más vieron también lo mismo que ella, puesto que escuchó sus gritos: "¡Soldados!". Llegando a las primeras casas alcanzó a oir los alaridos de la horda, como un preludio de muerte. Algunos hombres con armas, los más de ellos con muchos años, salieron de sus casas aprestándose al combate. -¡Mirad!- se oyó. Decenas de ojos se volvieron hacia el mismo punto, donde se había desplegado la enseña del Dragón Blanco de Milas la Cruel. Muchos de los hombres y casi todas las mujeres comenzaron ahora a correr en dirección al pozo, hacia la salvación; pero ya los jinetes estaban a poco más de doscientos metros de las casas más alejadas del pueblo. Pasaron como una exhalación, incendiando casas y campos. Eran más de cien y arollaban a los pocos hombres que les hacían frente, regando la tierra con su sangre. Al llegar a la plaza se dividieron y, mientras un grupo partió en busca de los fugitivos, otros procedieron a la destrucción sistemática de la aldea. Milena corría sin saber hacia dónde dirigirse, llamando desesperadamente a sus padres. Llegó a su casa y entró gritando sus nombres, pero nadie respondió. Subió las escaleras y buscó en todas las habitaciones, pero la casa estaba desierta. Se dio la vuelta cuando escuchó voces en la planta baja, hablando en un idioma que no entendía. Un fuerte ruido de pasos que subían la escalera la alarmó y corrió a esconderse en una de las estancias. Pero alguien la cogió fuertemente por el brazo, al tiempo que recibía un golpe en la cabeza que la dejó sin sentido.
La negrura se disipó y fue sustituida por un fuerte dolor de cabeza que pulsaba al mismo ritmo que los latidos de su corazón. Abrir los ojos le supuso un gran esfuerzo, y en un acto reflejo intentó llevarse las manos a la cabeza, pero sus músculos no respondían. Poco a poco su mente se aclaraba y tomó conciencia de su situación: yacía boca abajo, con la mejilla apoyada en el suelo y las manos atadas a la espalda mediante fuertes cuerdas que laceraban sus muñecas. Cuando pudo enfocar su visión percibió a otras mujeres de su pueblo en la misma situación que ella; muchas lloraban, pero Milena se dijo que no debía darles esa satisfacción a los perros milesios. Pasado un tiempo que a ella le pareció interminable, alguien tiró de ella hacia arriba, levantándola del suelo, igual que hacían con las demás mujeres jóvenes. El soldado que la sujetaba por los cabellos la miró con ojos de deseo, humedeciéndose los labios. Otros soldados se llevaban a las demás a un lugar apartado, pero éste debía estar más impaciente que el resto. Agarrándola firmemente por el mentón la obligó a besarle en la boca, hundiendo su lengua en la de ella de un modo repugnante. De un fuerte tirón desgarró su blusa y su corpiño, dejando sus pechos al descubierto. Al verlos, los ojos se le abrieron de par en par, y mientras mantenía una mano sujetando sus cabellos, con la otra se los manoseaba ávidamente. La empujó, tirándola al suelo y tumbándose después encima de ella, le subió la falda todo lo que le fue posible. A Milena el contacto de aquella sabandija le provocaba náuseas, pero el sentimiento que más fuerza tenía en su interior era la ira: odiaba a aquel hombre con todas sus fuerzas, y a todos aquéllos que eran como él. Sintió como un fuego que crecía dentro de ella y que le devoraba las entrañas, extendiéndose por todos sus miembros; dejó de sentir al hombre y, cerrando los ojos, le vió en el suelo, muerto. Se oyó un grito desgarrador, de un sufrimiento increíble. Milena abrió los ojos y vió cómo el hombre se retorcía de dolor, tapándose los oídos con las manos, por cuyos dedos se escurría la sangre que manaba de ellos. Lanzando un último y desesperado grito cayó de bruces para no levantarse más. Milena lo miró y una sonrisa salvaje y cruel se dibujó en su bella boca. Sintió apagarse la oleada de fuego, dejándola completamente exhausta. -¡Una émpata!- gritaban los soldados- ¡Corred por vuestras vidas! Los que estaban al alcance de su vista corrieron despavoridos, dejando armas y equipo en el suelo. A buen seguro que si supieran que no podía apenas levantar sus párpados, no tendrían tanta prisa. Hasta aquellos que antes habían sido sus vecinos y ahora eran cautivos como ella la miraban con auténtico pavor. Lentamente se levantó y adecentó sus ropas, tapando sus blancos senos. Los miró uno a uno y como una espada atravesándole el corazón sintió su brutal desprecio. Pero lo peor fue cuando sus ojos se encontraron con los de Maric. Este se volvió, dándole la espalda y para Milena aquello fue el fin de sus ganas de vivir. No vió como un soldado se detenía a unos diez metros de distancia, pero un brutal estallido de dolor en su cabeza la dejó sin sentido. El soldado se acercó de nuevo a ella, llevando un murciélago sobre su brazo derecho. Con su mano izquierda sujetaba una cuerda que se enrollaba en una de las patas del animal. Para asegurarse dio un fuerte tirón y el animal protestó por el dolor. Pero sólo lo escuchó Milena.
El rastreador negó con la cabeza. Habían seguido las huellas durante varios kilómetros desde que dejaron atrás la aldea arrasada., pero llegados a este punto debieron darse por vencidos. La ceniza y la nieve habían preservado bien las huellas gracias a que no había soplado viento alguno durante las últimas diez horas, pero en cuanto llegaron a un terreno más firme las pisadas habían perdido paulatinamente nitidez. Gundor miró pensativo hacia el pequeño bosque de vegetación baja, tan común en las tierras del Profundo Sur. Fijó sus penetrantes ojos azules frente a él, intentando atravesar la oscuridad reinante. Era poco más de media tarde, pero las espesas nubes que ocultaban el sol en aquellas latitudes lo sumían todo en la penumbra. Se volvió hacia los seis hombres que le acompañaban y se dirigió a Elfric, su lugarteniente, maestro y hombre de confianza. -¿Qué opinas?- preguntó con su joven rostro ensombrecido por la preocupación. -No lo sé, muchacho. De repente hemos perdido el rastro y no me gusta. Presiento que no pueden estar muy lejos. El rastreador asintió, dándole así la razón al portaestandarte del Clan, y miró preocupado a su joven rey. Era la primera incursión que hacía como guerrero después de diez años de duro adiestramiento. Era más alto que cualquiera de los otros hombres a excepción de Elfric, aunque Gundor era tremendamente musculoso y el portaestandarte era bastante delgado. A sus veinte años, Gundor medía más de dos metros y diez centímetros y pesaba casi ciento cuarenta kilos. Toda su figura era imponente y amenazadora, su enorme torso enfundado en una fuerte cota de malla, brazales de acero en sus antebrazos y grebas del mismo material por encima de los calzones de cuero. Llevaba el escudo redondo colgado a la espalda y una gran espada en el cinturón, enfundada en una vaina de cuero con filigranas de cobre. Sobre su cabeza un yelmo de acero y su cabello, trenzado, lo adornaba a modo de cimera como una coleta de oro. Sus ojos, de un azul profundo, eran nobles y algo tristes, quitándole fiereza a su rostro duro y bronceado, apenas cubierto por una fina barba rubia. Erguido junto a Elfric no tenía nada que envidiar a los reyes de antaño. El Clan del Lobo estaba orgulloso de su rey, y los guerreros habían jurado protegerle con sus propias vidas hasta que hiciese valer sus derechos ante el Consejo de las Madres. Pronto llegaría este momento y todos temían que debería combatir con el otro candidato, Aldir del Clan del Oso. ¿Quién podría imaginarse que después de cuatro siglos sin Rey habían nacido dos en las misma noche? Gundor miró al suelo, pensativo, con la mano en la empuñadura de la espada. Tenía que hacerlo bien en esta misión encomendada por el Consejo, por su honor y por el de su clan. Si fracasaba, sus posibilidades de ser elegido Rey disminuirían notablemente, y con ellas las esperanzas de su pueblo. Veía adoración en los ojos de sus hombres, y orgullo por tenerle como jefe del Clan. No podía fallarles, debía tomar la decisión correcta. Todavía meditó unos instantes hasta que apretó las mandíbulas con determinación. -Desplegaos -dijo a sus hombres. -Entraremos en el bosque a buscarlos. Mantened los ojos bien abiertos. Avanzaron con precaución, las armas desenvainadas y prestas en sus manos, y la determinación en sus rostros. El explorador en cabeza, Gundor y Elfric detrás de él y el resto de la patrulla un poco más rezagada. Recorrieron los trescientos metros que les separaba del bosquecillo y penetraron en la vegetación, no demasiado espesa, pues es difícil que algo crezca en el Profundo Sur. Caminaban en silencio, intentando no hacer ruido. Todo ocurrió con extremada rapidez: el rastreador cayó con la garganta perforada por una flecha, gorgoteando en su propia sangre; por detrás de Gundor se oyeron gritos de dolor, indicándole lo que estaba temiendo. Habían caído en una emboscada. Miraron a su alrededor para darse cuenta de que estaban rodeados de guerreros, quizás diez o doce. Algunos tensaron sus arcos, mientras que el resto blandía espadas o hachas. Armaduras y escudos completaban una parafernalia bélica completamente carente de blasón o símbolo alguno. Probablemente eran mercenarios. Después de la primera andanada de flechas sólo un joven guerrero, pálido de miedo, seguía en pie con Gundor y Elfric. Los tres se reunieron en el centro del círculo de muerte, espalda contra espalda, enfrentando al enemigo con sus aceros. Un hombre desarmado se adelantó del resto, estudiando a los tres como el gavilán observa al conejo que va a matar prontamente, con ojos fríos y desapasionados. Aparentemente no eran más que una incomodidad que solucionar. -Entrégate y respetaremos la vida de tus hombres. -¿Quién eres y por qué me buscas? -preguntó Gundor. -No estás en condiciones de preguntar nada. -levantó una mano enguantada y el sonido de las cuerdas de los arcos al soltarse vibró en la penumbra. Luego un ruido, como de un fardo pesado que cae al suelo. Gundor se volvió, sólo para ver el cadáver del joven de su clan, atravesado por media docena de dardos. Entonces perdió el control, gritó, lanzándose hacia el guerrero más cercano, volteando la espada sobre su cabeza, lleno de furia asesina. No tenía esperanzas de salir de allí con vida, pero por lo menos tuvo el consuelo de escuchar el grito de guerra de su fiel Elfric, que iba a encontrarse con la muerte en compañía de su rey. Luchaba cegado por la ira y la desesperación, sólo veía rostros difusos que se cruzaban en su camino, algunos de los cuales desaparecían después bañados en sangre. Sangre que teñía de rojo la hoja de su espada y salpicaba sus manos y antebrazos. En medio del frenesí de la lucha sintió un dolor lacerante en la espalda que casi le hizo perder el sentido. Cayó de rodillas, soltando la imponente espada, mensajera de la muerte, y pronto se vio sujetado por férreos brazos. Pero pertenecía a una raza orgullosa y no se iba a dejar vencer tan fácilmente. Se rehízo, poniéndose en pie, aunque la cabeza le daba vueltas. Gritó una vez más el desafío de su clan, al tiempo que levantaba una rodilla, impactando a uno de sus captores en el bajo vientre. Se preparaba para despachar a otro cuando de nuevo un tremendo dolor recorrió sus nervios como una corriente de hierro fundido. Debilitado como estaba, cayó de bruces al suelo, mientras un velo de negrura cubría su visión.
Elfric despertó entrada la noche. Estaba tendido boca arriba, y lo primero que vieron sus ojos fueron las estrellas innumerables que en las escasas noches despejadas pueden apreciarse a simple vista en estas tierras, y la luna, que brillaba clara en el cielo. Le dolía la cabeza y el brazo de la espada. Se llevó la mano buena a la cabeza y notó la frente húmeda y pegajosa. A la luz de la luna pudo ver que era sangre. Intentó incorporarse, pero intensos mareos le provocaron náuseas, así que optó por descansar unos instantes. Descansar y recordar. Porque le vinieron a la cabeza las imágenes de la lucha anterior. Recordó cómo algo le golpeó en la cabeza desde un flanco con tanta violencia que si no hubiese llevado el yelmo de acero la fuerza del golpe le abría abierto el cráneo. El intenso dolor era el último recuerdo que se introdujo en su mente. Entonces un relámpago de lucidez atravesó su conciencia, y ello le hizo preguntarse por el joven Gundor, al que había perdido de vista en medio de la refriega. Se levantó trabajosamente, en parte porque los mareos habían remitido lo bastante para permitíselo y en parte por la ansiedad que le suponía no saber si el muchacho estaba vivo o muerto. Pudo apreciar que la herida del brazo no era grave, aunque sí bastante dolorosa y escandalosa debido a la pérdida de sangre. A sus pies yacían dos de los guerreros que se le enfrentaron, con el vientre hendido y los ojos abiertos por la impresión de saberse muertos. Apartó la vista de sus rostros y fue hacia donde había visto dirigirse a Gundor. Allí vio los cuerpos sin vida de otros tres hombres, seguramente abatidos por el chico, pero no vio su cuerpo. Ni siquiera su espada o su escudo. Era como si se lo hubiese tragado la tierra, aunque la conclusión más lógica era que se lo habían llevado los desconocidos. Abatido, recorrió el escenario de la cruenta escaramuza, con la esperanza de encontrar vivo a alguno de sus hombres. Mas todos estaban muertos. Y era consciente de que él también lo estaría si esos perros hubieran tenido la paciencia de comprobar si su corazón seguía latiendo. La magnitud de su fracaso fue como un gran peso que le venciera, encorvando su espalda y sus hombros. No sólo había perdido a todos sus hombres, sino que también le había sido arrebatada la esperanza a su pueblo. Una esperanza personificada en la imponente figura del joven Gundor, ese joven al que la Madre le había encargado proteger con su vida. Decidió entonces volver a su clan. No le movía ahora más interés que recorrer la distancia que le separaba de la aldea y hacer partícipes a todos de tan malas nuevas. Después ofrecería su vida en pago de su deshonor. Recuperó su espada y su yelmo destrozado y emprendió el camino con paso cansino. El Clan del Lobo había perdido a su rey. Y él no podía imaginar cómo se lo diría a la anciana Madre. 4. Esclavos
"Los esclavos son el escalón más bajo de la sociedad de Zéned. Tratados como ganado, sin derechos, ni siquiera pueden desposarse sin el permiso de su amo. Ninguna esperanza les mantiene con vida salvo, tal vez, la de ser libres algún día. Pero no es fácil obtener la libertad, y la evasión está castigada con la muerte en la totalidad de las Ciudades. Gracias a los esclavos pueden mantener su nivel de vida los decadentes habitantes de Milas, y prosperan los negocios de Landemath, y se mantiene bien engrasada la maquinaria de guerra de la Hermandad en Sothilion. Pero contra toda posibilidad aún brilla un rayo de luz. Porque entre susurros se habla de la Ciudad Libre de Iramar, fundada por esclavos hace más de trescientos años, y una espina clavada en la orgullosa piel de Milas la Cruel. Y es que la ciudad prosperó con rapidez, y se hizo con una posición predominante en el continente, desplazando de ella a la Ciudad de las Maravillas, y derrotó a las numerosas legiones que contra ella se dirigieron. Y se mantiene un precario equilibrio entre las Ciudades, obligado por la fuerza de Iramar y el cansancio de Milas y la volubilidad de Landemath. Y ese equilibrio y el nombre de Iramar es lo que mantiene la llama de la esperanza en el corazón de los humildes."
Despertó tumbado sobre un suelo de madera acompañado por una incómoda sensación de traqueteo. Un dolor pesado palpitaba en su cabeza, mientras que los miembros le hormigueaban provocándole un cierto malestar. Al cabo abrió los ojos para encontrarse mirando un cielo que conocía bien, el de su tierra natal de Profundo Sur, mucho más al norte que cuando cayó tan tontamente en la emboscada. Se dio cuenta de que estaba en un carro que se movía con dificultad sobre las cenizas que perpetuamente cubren el suelo. Esas mismas cenizas que amortiguaban todo ruido, percibiéndose claramente sobre el murmullo consiguiente el quejido de la madera en movimiento. Escuchaba también el sonido de hombres marchando a su alrededor, el tintineo de metal contra metal, el pesado sonido de pasos que se repiten hasta la extenuación, la respiración agitada de los hombres, juramentos en voz demasiado baja para que pudiera entenderlos aún en el caso de que comprendiera el idioma. Era de noche, una de esas raras noches claras que sucedían a multitud de días grises, en los que el sol era incapaz de calentar los cansados miembros de los hombres, incapaz de proporcionar fuerza vital a cualquier otro vegetal que fuera más grande que un pequeño arbusto de hojas afiladas como espinas para conservar un bien más preciado que el oro o la plata: el agua. Incontables estrellas brillaban en el firmamento y la luna, casi plena, iluminaba la escena con su luz pálida, fantasmagórica. Dedicó un breve pensamiento a su tierra natal, salvaje y desagradecida, a la que había que arrancar literalmente la posibilidad de vivir. Una tierra dura, que forjaba hombres y mujeres indómitos, pero más que nada porque si te rendías no tardaba ni un suspiro en tomarse con creces lo que le habías conseguido quitar con tanto esfuerzo. Fue consciente de las pesadas cadenas que oprimían sus muñecas y sus tobillos. Se sentó en el fondo del carromato, apoyando la espalda contra el borde de la caja y se miró las manos. Gruesas esposas de hierro unidas por una pesada cadena de grandes eslabones, se las inmovilizaban. Lo mismo ocurría con sus piernas; las argollas de hierro de sus tobillos habían sido soldadas a otra cadena del mismo grosor que la de sus manos. Ambas habían sido aseguradas mediante otra, aún más gruesa, que en sus extremos tenía sendos candados que se cerraban sobre las anteriores. Esta última discurría bajo un pasador de hierro atornillado a las tablas de madera del fondo de la caja, reforzadas mediante una placa de duro metal. La realidad, entonces, cayó como una losa sobre él. Miró a su alrededor, pero no había ni rastro de Elfric. Por lo que él sabía el veterano portaestandarte bien podía haber muerto, como todos los demás que tuvieron la mala suerte de acompañarlo en aquella colina. En un rincón de la caja, alejado de él lo bastante como para impedirle hacerse con ello, había un montón heterogéneo que no tardó en reconocer como su equipo: sobre la bandeja que formaba su gran escudo redondo se encontraba la cota de malla y las demás piezas de metal que llevaba durante la escaramuza; sobre ellas, el yelmo que le había protegido la cabeza y, cruzada encima de la cota, su espada.
El carromato estaba rodeado por hombres armados. Echó una ojeada y pudo contar ocho soldados, con aspecto cansado y más bien poco aire marcial. Llevaban su equipo en completo desorden y no parecían darse cuenta de algo más aparte del hecho de colocar un pie delante del otro, en una incesante marcha. Lanzas cortas, espadas, hachas, escudos y arcos formaban su armamento. En la parte delantera del carro había otros dos, encargados de conducir a la pareja de mulas que tiraba de él. La dificultad del camino hacía que la estructura traquetease y se bambolease sin aparente solución. En ocasiones el baile tomaba proporciones desmesuradas y entonces los hombres maldecían y gritaban a los animales, escupiendo las palabras con odio. Unos metros más adelante tres hombres cabalgaban juntos, dos detrás y el tercero algo más adelantado. La tenue luz arrancaba de cuando en cuando ligeros destellos metálicos de las cabezas y brazos de la pareja. En cambio el tercero permanecía en penumbra, mirando escrutadoramente hacia el frente como si pudiera perforar las tinieblas con la sola fuerza de su voluntad. Alertado por el ruido metálico de sus cadenas, uno de los conductores se volvió para mirarle. Su rostro se desfiguró en una sonrisa desagradable, más similar a una mueca de desprecio, aunque tal vez fuera esto último. Un gorgoteo risueño salió de su garganta y dio un codazo a su compañero, que se volvió a su vez para echar una ojeada sin soltar las riendas. -¡Parece que ha despertado nuestro durmiente! -dijo en común, articulado con un fuerte acento que no supo identificar. Le dijo algo a su compañero en un idioma que no comprendía y luego se volvió a dirigir a él: -¿Te gusta tu nuevo alojamiento?. -Las carcajadas de ambos hombres rompieron el silencio de la noche. Entonces el tercer caballero, que parecía ser el líder del pequeño grupo, refrenó su caballo cruzándose en el camino del carromato. Los dos que le acompañaban se situaron a sus espaldas, desenvainando largas espadas que centellearon brevemente bajo la luz de las estrellas y aprestando pequeñas rodelas fijadas a sus antebrazos. Cuando los guías del carro se percataron de la situación se callaron repentinamente y tiraron de las riendas de las mulas, obligándolas a detenerse a escasos metros del trío a caballo. Los infantes que flanqueaban al vehículo se detuvieron a su vez, sorprendidos por el repentino cambio en la rutina. Al darse cuenta de que el líder estaba esperando algo más adelante, algunos murmuraron para sí separándose del carro. Sus rostros mostraban expectación y temor, sobre todo temor. A los conductores se les había congelado la sonrisa y observaban a los jinetes en silencio, pasándose la lengua por los labios. Los tres caballos caminaron al paso, acompañados por el tintineo metálico de arreos y armas y los golpes secos de los cascos sobre la gruesa capa de ceniza. Se detuvieron cuando estaban a poco más de un metro del pescante del carromato donde iban sentados y el líder posó en cada uno de ellos una mirada gélida y carente de emoción que Gundor recordaba muy bien. Esos ojos le habían mirado con la misma intensidad y frialdad momentos antes de que su dueño ordenara asaetear al muchacho que permanecía con vida junto con Elfric y él mismo. Uno de los conductores no pudo sostener esta mirada por más tiempo y vencido por la tensión saltó del pescante, comenzando una frenética carrera sobre las huellas que el carro había dejado en la ceniza. Entonces el caballero levantó su mano enguantada en el mismo e indiferente gesto que Gundor ya había visto antes, y como impelido por un resorte el jinete que estaba a su izquierda espoleó su caballo emprendiendo un veloz galope tras el infeliz que, oyendo tras de sí el ruido que producían caballo y jinete, apretó el paso hasta límites que ni él mismo habría creído posibles momentos antes. Pero cuando apenas había corrido cuarenta metros el caballo le dio alcance y el jinete, inclinándose sobre su montura, volteó la espada que cayó centelleante sobre el fugitivo. El perseguidor tiró brutalmente de las riendas de su caballo que, encabritándose, pisoteó furiosamente el cuerpo caído. Entonces desmontó y comprobó que no había en él señales de vida, limpiando la espada de sangre en la ropa del muerto. Con presteza montó de nuevo y se dirigió, con calma, hasta su lugar. El jefe del grupo volvió entonces su atención hacia el segundo guía, que lo había visto todo y temblaba descontroladamente, llorando en silencio, presa del pánico. Cogiéndole bruscamente con fuerza la barbilla, le obligó a mirarle a los ojos. Había en ellos ahora una ligera muestra de curiosidad, mas permanecían tan inexpresivos como siempre.
Para sorpresa de todos, el hombre sonrió mostrando unos dientes blancos perfectamente dispuestos. Era una sonrisa cautivadora, aunque tenía algo de artificial y forzada. Se llevó el dedo índice de la mano derecha a los labios, como el adulto que pide a un niño que guarde silencio, y su sonrisa se amplió aún más, enarcando una ceja en señal de interrogación. El conductor asintió en silencio, con movimientos de cabeza cortos y frenéticos, ansioso por complacer a su amo. Éste acercó su mano y acarició suavemente la mejilla del hombre, que sonrió tímidamente sin dejar de asentir. Entonces el jefe, rápido como el rayo, cerró su puño y lo descargó brutalmente sobre el rostro del soldado que, desprevenido, cayó del carromato golpeándose duramente en el suelo. Permaneció allí tirado, aturdido, mientras la sangre manaba profusamente de su nariz, hasta que el jinete se inclinó, ofreciéndole la mano en señal de ayuda. Tras unos instantes de vacilación se decidió a aceptarla y así se puso en pie. Obedeciendo entonces a una señal de su jefe se encaramó de nuevo a su lugar, limpiándose la sangre que ahora le bañaba el rostro con la manga de su jubón. Cogió las riendas y esperó, sorbiendo el aire dolorosamente a través de su nariz rota. El trío de jinetes volvió grupas hacia el norte, indicando al resto de la comitiva que los siguiera. Tanto el carro como los infantes dejaron que se adelantaran un trecho y reanudaron la marcha. El conductor seguía limpiándose el rostro, sin soltar las riendas cuando uno de los guardaespaldas a caballo se giró hacia atrás, lanzando un objeto brillante que fue a impactar directamente en el pecho del conductor. Éste bajó la mirada, asombrado, para ver una mancha oscura que se extendía por su ropa, cuyo centro era el punto en el que sobresalía el mango de hueso de una daga. Comprendió entonces que su vida había terminado y, exhalando un último estertor, cayó sobre el pescante como un fardo. Su ejecutor se acercó guiando el caballo al paso y, empujando hacia atrás sin grandes ceremonias el cuerpo del conductor, le arrancó la daga y limpió la hoja en los ropajes del muerto, tirándolo luego al suelo. Luego hizo señas a dos de los soldados de a pie, que ocuparon los asientos de sus compañeros con el terror pintado en el rostro. El jefe del grupo hizo un gesto impaciente que tuvo la virtud de que todo el grupo se pusiera una vez más en marcha, apresurándose para recuperar parte del tiempo perdido. Esta prisa manifiesta hizo que renaciera la esperanza en Gundor, pues esperaba que fuera debida al temor de que su clan tratara de encontrarle. Pero su esperanza se marchitó apenas nada más nacer, ya que una mirada en derredor le hizo ver claramente que si estaban buscándole, lo cual era dudoso, no debían encontrarse muy cerca. No había rastro alguno de antorchas, que sin duda deberían llevar encendidas para ayudarles a seguir su rastro, y la suave brisa de aquella noche no portaba ningún ruido que pudiera identificar con un grupo armado. Desanimado, se recostó sobre el duro lateral de madera del carro tratando de pensar, pero el persistente dolor de su cabeza pronto le hizo considerar que sería mejor tratar de descansar y, quizá, dormir un poco.
Dolor. Un dolor que la atormentaba, martilleando su cerebro, extendiéndose por sus miembros hasta la punta de los dedos de sus manos y sus pies. Un dolor que transformaba en un velo de color rojo lo que debería ser la negrura de sus párpados cerrados. Un dolor eterno, que remitía sólo para volver con renovadas fuerzas, alimentándose de la verdadera esencia de su ser, debilitándola a ella al mismo tiempo, hasta el punto de que el débil hilo de sus pensamientos amenazaba con romperse. Quizás eso fuera lo mejor que pudiera pasarle; perder la consciencia, no sentir... no padecer. A veces Milena era vagamente consciente de lo que sucedía a su alrededor. Oía lamentos de voces que no podía reconocer, entremezclados con aullantes gritos de dolor. Otras veces se sumía en un profundo sopor del que salía débilmente después de lo que parecía una eternidad. En una de esas ocasiones en las que estaba un poco más despierta, sintió cómo alguien le cogía la cabeza con rudeza y unos dedos le tapaban la nariz hasta que la necesidad de respirar la obligó a abrir la boca. Un brebaje espeso y caliente bajó entonces por su garganta. Tosió, quiso expulsarlo, pero las mismas manos le cerraron con fuerza la boca hasta que llegó a su estómago. Poco después sus limitados sentidos se fueron embotando. El dolor se fue apagando hasta no ser más que un funesto recuerdo. Los sonidos de su entorno se amortiguaron, apartándose tras una pared intangible. Al dolor le sustituyeron una sensación de extrema debilidad y un fuerte mareo. Luego esta sensación remitió y el sueño se fue apoderando de ella. Tras todo lo que había sufrido, no tardó en rendirse y su consciencia se apagó hasta que no quedó de ella más que un punto luminoso, allá arriba en la negrura de su cabeza. Soñó. Al principio se sucedieron imágenes inconexas que se escurrían por entre los resquicios de su mente. Algunas de ellas eran familiares, rostros de personas a las que había conocido y lugares en los que había estado. Trató de aferrarse a sus recuerdos, pero las más de las veces la asaltaban imágenes de personas o lugares completamente desconocidas. Y eran éstas las que en mayor medida la sobrecogían, pues sin duda eran las más vívidas. Los detalles cobraban importancia, los colores eran tan brillantes, el aire refrescaba su rostro tan agradablemente... Algo en su interior se rebeló obligándola a pensar que aquello que estaba viendo no eran más que los sueños de un delirio provocado. Sin embargo, ¡era tan fácil dejarse llevar! El inigualable sentimiento de libertad la compensó de todos los sinsabores de las últimas horas. Y pensó que no hacía daño a nadie, que incluso si así fuera ya nada importaba. ¿Qué era lo que Milena veía en sus sueños? Caminaba ascendiendo por la suave ladera de una colina baja, sus cabellos y su vestido ondeando al viento, el sol sobre el rostro, la frescura de la hierba bajo sus pies descalzos. Creyó haber caminado durante horas, pero no estaba cansada. En absoluto. Deseaba llegar a la cima y ver qué había más allá. Y ese deseo la llevó en volandas y la depositó en la parte más alta de la colina. Y desde allí vio lo que le pareció la ciudad más bonita de todas las Ciudades de las Llanuras Centrales. Los rayos del sol vespertino arrancaban vivos reflejos de los tejados dorados. Los minaretes, altos y delgados como agujas, amenazaban al cielo, orgullosos. La impresionante mole de las murallas rodeaba la parte alta, dejando los arrabales fuera de su protección. Justo frente a ella pudo ver la puerta principal de la ciudad, de oro macizo brillando al sol. La visión cambió repentinamente. El sol se ocultó tras una espesa capa de nubes negras y amenazadoras. El viento tornó de agradable brisa a feroz ventolera que soplaba desde la misma ciudad, agitando sus ropas y su cabello y obligándola a entrecerrar los párpados. Ante sus propios ojos la ciudad comenzó a decaer de tal modo que parecía que era testigo en pocos minutos del paso de quizá cientos de años. El esplendor pasó a ser decrepitud, dondequiera que posara la vista los edifcios parecían abandonados y algunos semiderruidos. La angustia se apoderó entonces de Milena causándole un fuerte desasosiego que hizo palpitar su corazón acaloradamente durante unos instantes. Fue justo entonces cuando un insoportable hedor explotó en su nariz. Era el hedor de la muerte, la podredumbre y la decadencia. Sintió náuseas y tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no caer desplomada sobre la hierba. Pero se obligó a permanecer de pie y con los sentidos alerta. Y fue cuando percibió lo que hasta entonces había pasado por alto. En lo más alto de la más alta torre de la decrépita ciudad ondeaba un gastado estandarte. A pesar de la distancia era consciente de hasta el más pequeño detalle que lo adornaba. El pánico amenazó con dominarla, pues no en vano estaba mirando a los ojos del Dragón Blanco de Milas, la Ciudad de los Esclavos, cuyo solo nombre basta para hacer prender el temor incluso en el corazón más valiente. Y entonces una niebla lo cubrió todo con un pesado manto gris. Parecía incluso que el aire se había vuelto sólido, tal era la espesura de la bruma. Su respiración se volvió rápida, aspirando cada bocanada de aire como si fuera la última. Forzó la vista hacia delante, y si bien al principio era incapaz de atisbar lo que había más allá de un palmo de sus narices pronto la niebla comenzó a disiparse. Pero la ciudad de Milas ya no se encontraba ante ella. Ni estaba de pie sobre una colina. Se encontraba ahora sobre la cima de una escarpada montaña cubierta de nieves perpetuas. La ventisca rugía a su alrededor y arrastraba grandes copos blancos que caían sobre ella. Pero Milena no sentía frío, y apenas era consciente de lo que la rodeaba. Porque todo lo que abarcaba su vista era una inmensa llanura negra con grandes áreas blancas de nieve, y la tierra estaba cubierta por una gruesa capa de nubes que no dejaban pasar el sol. Aquí y allá corrían estrechos ríos de color carmesí, por los que fluía la piedra fundida, lenta y parsimoniosamente. A lo lejos creyó percibir unas sombras que se desplazaban en su dirección, negro recortado sobre el gris del entorno. Se maravilló de que pudiera percibirlas a tal distancia, pero inesperadamente las apreció más y más cercanas, tardando en comprender que era ella la que viajaba a una velocidad inimaginable hacia su encuentro. Entonces las sombras cobraron volumen y sustancia, y vio que eran hombres de armas. Y se acercó aún más, hasta que pudo distinguir sus rostros con facilidad. Tres de ellos iban a caballo, uno más adelantado que los otros dos. Tras ellos rodaba penosamente un traqueteante carro de madera, escoltado por seis hombres fuertemente armados. Dirigió su atención hacia el que parecía ser el jefe del grupo por ir en vanguardia. Un hombre joven, de facciones suaves y agradables, labios finos y nariz recta. Pero a pesar de esta belleza física, tuvo repulsión de él, pues cuando se fijó en sus ojos vio que eran inexpresivos y fríos. Y estuvo plenamente segura que si este hombre tenía alma, ésta sería igualmente fría y negra como un pozo sin fondo y sus sentimientos estaban subordinados a unas agudas inteligencia y malicia. Sin embargo, aunque lo intentó no pudo apartar la mirada de él, pues el aura que le rodeaba era poderosa y destilaba confianza. Entonces el hombre levantó una mano enguantada, haciendo que Milena admirara a su pesar la fluidez de movimientos del cuerpo del jinete. La comitiva detuvo su marcha; jinetes, carro e infantes. Sin volverse a comprobar si era obedecido, el hombre bajó de su caballo, dándole unas palmadas en el cuello y tendiéndole las riendas a otro de los jinetes, que había descabalgado con rapidez para asistirle. Entonces se dirigió al resto de los soldados, pues Milena no dudó que eso eran, con una voz firme y sorprendentemente atractiva. -¡Bajadle!- Dos hombres se apresuraron a cumplir la orden y dejando sus armas a un lado se encaramaron al carro. Uno de ellos reb |