Osgiliath 2003 de la C.E. (caps. 10-15)

02 de Septiembre de 2007, a las 23:11 - Ricard
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Osgiliath 2003 de la Cuarta Edad

10. Amaurëa:

- ¡Voy a partirte las piernas, desgraciao’, y luego te pasearemos por las calles para que te pateen la cara!
- ¡Claro, muchachote! Todos sabemos de lo que serías capaz, pero ¿me harías el favor de apartarte como el niño bueno que eres, por favor?
No era el discurso más inspirado de Beregond, teniente de policía de Osgiliath, pero sirvió para que el chico, no mayor de dieciséis años y con la cabeza rapada propia de los GPPN, se apartara unos pasos antes de que el “Puño de Sauron” que tenían delante le arrease un formidable puñetazo, pues el tipo superaba a los dos dúnedain en un palmo.
Cuando el teniente volvió al lado del coche junto a su compañero, el subteniente Beren, las dos bandas callejeras, de GPPN y “Puños de Sauron” respectivamente, volvieran a lanzarse mensajes de amor, odio y muerte tras lo que parecía una frontera invisible establecida en medio de esa calle periférica de la ciudad de Osgiliath.
Mejor que las cosas siguieran por el camino de la violencia y perversión del lenguaje, como normalmente sucedía, reflexionó Beregond, cuya intervención entre esos gallitos no había sido la única durante la mañana.
- Parece que ha sabido salvar la situación, aunque le veo cansado, señor – le comunicó Beren cuando llegó a su lado. Por más que lo intentara evitar, Beren siempre sorprendía a Beregond.
- ¡Joder, Beren! ¡No es para menos! Tenemos a dos fiambres en la morgue que han desatado una escalada de peleas y más peleas entre todo “Puño” y GPPN que se encuentren… ¡Y sólo son las nueve y media de la mañana!
- Tranquilo, señor; sólo con calma se podrá controlar la situación – la mecanicidad y aplomo con que dijo Beren esas palabras volvieron a desarmar a Beregond.
- Hostia, Beren, tendrás que darme de lo que tomas por las mañanas para estar así de tranquilo.
En el impasible y frío rostro de Beren se dibujó entonces una sonrisa.
- Es el amor de madre, señor.
- Lo que me faltaba… ¡Hasta mi subordinado me toma el pelo! – se quejó el teniente, mientras se sentaba en el asiento del conductor y Beren hacia lo propio con el de copiloto.
La verdad era que el día se intuía complicado para el teniente, un hombre robusto, más bien bajo dentro de la media númenóreana y de carácter nervioso e impulsivo. Su compañero desde hacía tres años, el joven subteniente Beren, era todo lo contrario: alto, esbelto y de un temperamento exasperantemente tranquilo y frío, según la opinión de Beregond. Beren era también el seguro y la ayuda que hacían que Beregond no se desesperara en su estresante trabajo y se jubilara con tan sólo cuarenta años.
Pero hoy todo parecía indicar que las cosas se complicarían, tal como parecían presagiar las oscuras nubes que, con calma, iban aposentándose sobre la ciudad y la radio del coche de los dos policías.
- “Central llamando a la unidad nueve, se han producido nuevos actos de vandalismo por parte de bandas callejeras cerca del centro de la ciudad. Acudan allí inmediatamente” – informó ésta con un oxidado tono debido a las interferencias.
- Lo que te decía, Beren. ¡Por culpa de esos dos malditos muertos se esta liando una gorda!
- Permítame decirle que las susodichas bandas callejeras siempre se han encontrado en una tensión permanente. Lo de hoy es sólo un pequeño pico dentro de la gráfica de hostilidades entre ambas, señor.
- Beren…
- ¿Sí, señor?
- Vete al carajo.
Beren no contestó nada, pero volvió a sonreír levemente con su exigua sonrisa. En el fondo, tenía que reconocer que le gustaba sacar de quicio a su superior. Por otro lado, Beregond esperaba en lo más hondo que Beren no se equivocara en su despersonalizado análisis de la situación. Pero la radio, como aquellos antiguos mensajeros portadores de malas noticias, volvió a romper el silencio con su estridente ruido, esta vez más alarmado que nunca.
- “¡Unidad nueve, acuda inmediatamente a las inmediaciones de la calle Arnor! ¡Se está produciendo un tiroteo entre los GPPN y los “Puños” en plena calle! ¡Ya hay tres heridos! ¡Acudan INME…!” *CLICK*
Beregond apagó la radio con un gesto rudo. Beren sabía que era mejor no perturbar al teniente cuando estaba de mal humor. Y menos en esas circunstancias, pues Beren percibía que Beregond estaba pensando en la situación con profundidad.
Al cabo de un rato, el teniente cogió el micro de la radio.
- Centralita, aquí la unidad nueve; soy el teniente Beregond. Me gustaría saber cómo es que hay tantos pocos refuerzos por las calles. Pido un aviso de ayuda para más ref…
- “Teniente Beregond, no es el único que pide ayuda. Nosotros sólo cumplimos órdenes, y bastante trabajo tenemos ya. Si quiere hacer alguna sugerencia, hágalo al Centro de Mando”.
- ¿Al Centro de Mando? ¡Maldita sea! ¿Y qué coño están haciendo ellos allí? ¿Hacer la siesta?
- “Perdone, teniente Beregond, pero tenemos otras señales de las demás unidades. Si quiere le paso con el Centro de Mando”.
- Hágalo… - contestó al fin Beregond, con el tono triste de la derrota.
El Centro de Mando se encontraba en la “Torre de Cristal” y era más bien un centro de burocracia que una auténtica fuente de control. Beregond se preguntaba cómo podrían ayudarles aquéllos.
- “Aquí el Centro de Mando desde la “Torre de Cristal”; ¿en qué puedo servirle?”- crepitó una voz, al rato, en la radio, opaca y exenta de personalidad.
- Uh, buenas, soy el teniente Beregond… Quisiera saber la razón de que no desplieguen más efectivos por toda la ciud…
- “Teniente Beregond, desde aquí somos conscientes de la situación que se esta desencadenando en la ciudad desde las primeras horas de la mañana. Los efectivos que está pidiendo ya están siendo desplegados en estos mismísimos instantes”.
- ¿Ah, sí? ¿Y quiénes son? ¿Los hijos del cuerpo de bomberos? – espetó Beregond, el cual iba perdiendo la paciencia.
- “Los “Dragones Azules”” – contestó, más distante que nunca, la voz del aparato.
Los dos policías se quedaron callados. Ambos conocían de antemano el cuerpo de los “Dragones azules” desde que el Senescal declarara la creación del cuerpo el día del entierro de ese consejero élfico; pero como muchos otros funcionarios, desconocían realmente de qué se trataba en realidad. Parecía que al fin podrían verles en acción, se consoló Beregond, aunque se preguntaba qué demonios debería estar pasando en la “Torre de Cristal”, pues, desde hacía un par de días, el centro de gobierno del país parecía haberse sumido en un extraño silencio que solo producía confusión y desorden en las demás instituciones de la ciudad y del país.
Mascullando, el teniente clavó una rápida mirada al mayestático rascacielos que era la “Torre” y que se podía captar desde cualquier punto de la ciudad, de tan alto que era. Oscuros y apagados le parecían ahora los ventanales que solían brillar cuando lucía el Sol. Si aquel edificio se convirtiera en un gran barco a la deriva, sin control o rumbo, en medio de un mar tempestuoso como eran las calles de Osgiliath, Beregond estaba seguro que arrastraría a todo lo que tuviera a su alrededor en su hundimiento.

El garaje le pareció más vacío y desolado a Dwalin cuando volvieron a encontrarse dentro de él. ¿O quizás era que su estomago vacío le hacía ver las cosas distorsionadas? En todo caso, un buen desayuno sería una grata ayuda para afrontar el día. Pero, pacientemente, Dwalin aguardó a que Pallando bajara la puerta metálica del garaje que habían dejado abierta.
Cuando el dibujo de la Dama y el jinete volvió a aparecer delante de sus ojos, Dwalin pensó que las dos figuras parecían más desdibujadas y tullidas por las inclemencias del tiempo. Aún así, en el último momento y de reojo, al enano le pareció ver una sonrisa tímida pero luminosa en el rostro de la Dama, y que ésta sólo iba dirigida a él.
Sólo fue una impresión, claro; pero le dio ánimos para enfrentarse al paisaje que se extendía delante de ellos. Si el garaje y su estómago le habían parecido vacíos, la calle de la “Cueva de Ella-Laraña” se encontraba muerta. Las figuras encapuchadas de Pallando y Abdelkarr, agazapados en sus mantos de un color verde oscuro que les daban el aire de fantasmas, acentuaban esa sensación de desolación y abandono.
Con pasos decididos, Pallando se dirigió al final de la calle.
- Voy a por algo de comida; esperadme aquí – anunció a medio camino, y sus palabras sonaron huecas en el silencio pesado del lugar.
Los dos chicos asintieron y se acercaron a un banco de la calle que tenían cerca. Abdelkarr se sentó en su respaldo, apoyando los brazos en sus muslos. En su mirada se podía leer la turbación de alguien que sabe que algo no anda bien en el lugar donde se encuentra; ¿Dónde estaba la gente? De acuerdo que era pronto por la mañana, pero esa soledad tampoco era propia de un barrio como la “Cueva”. Abdelkarr no tenía dudas: algo malo, muy malo, ya había sucedido y ellos tres habían llegado tarde a la función.
En cambio, Dwalin, feliz en su ignorancia, disfrutaba de esa tranquilidad, sólo perturbada por la visión, en el horizonte de la ciudad, de la “Torre de Cristal”. Ésta, cada vez más, le parecía al enano una punta de lanza que rasgara el cielo o una pesada columna que aguantara éste para que no cayese encima de la tierra, pues bien parecía que las grises nubes frotaran delicadamente la parte más alta del rascacielos en su lento devenir por los cielos.
Observando al enano contemplar ensimismado la perturbadora “Torre”, mientras no paraba de pasar el peso del cuerpo de un pie al otro, Abdelkarr pudo comprobar cuán nervioso estaba aún Dwalin. Aquello, junto a la sensación que le había recorrido el cuerpo en ver la calle, lo angustió un poco más, así que, sin pensarlo, sacó una tosca pipa confeccionada artesanalmente y empezó a fumar con calma después de cargarla de abundante hierba.
Entonces, una vez se percató del humo, Dwalin se dedicó a observar en silencio como el haradrim fumaba.
- ¿No quieres un par de caladas? – le preguntó éste mismo.
- No, gracias, no fumo.
- Venga, hombre, un par no te harán daño; ¡y ya veras cómo te relajan un poco!
- Esta bien, pero no me gusta el pestazo que echa este tabaco del Norte.
- Es que no es tabaco del Norte – puntualizó Abdelkarr a la vez que el enano daba las primeras bocanadas a la pipa – Es una planta que crece en el Sur. Nosotros la llamamos “Hierba de la Alegría”.
Dwalin no tardó en comprobar que aquello, en verdad, no era “tabaco” del Norte, mientras sus ojos se nublaban tras la cortina del humo espeso y perfumado que desprendía sibilinamente la pipa.
En éstas, apareció Pallando de la otra punta de la calle, recorriendo el mismo trayecto que había hecho antes para irse.
- Ya estoy de vuelta y os traigo algo de co… Pero, Dwalin, ¿qué te ocurre en los ojos? ¡Los tienes enrojecidos! – exclamó el mago nada más llegar.
- ¿Yooo? ¡No, qué va! Digo… ¡Pues no sé como puede ser eso! – se apresuró a cortarle Dwalin, que sentía unas inmensas ganas de reír y dormir a la vez.
- Ya… ¡Abdelkarr! ¿Se puede saber que ha pasado aquí en mí ausencia? – casi gritó Pallando, clavando con enfado su mirada en el haradrim.
- ¡Nada, lo juro! ¿Qué iba a pasar? – contestó éste apresudaramente, mientras escondía la pipa entre los ropajes, quemándolos un poco en su intento de apagarla.
Pallando al final suspiró cansado, aceptando los hechos.
- Supongo que ya os he exigido bastante como para pediros que renunciéis a vuestra juventud… Tomad, os he traído algo para desayunar – y apartando el humo de la pipa que envolvía aún a los dos muchachos, les pasó lo que a Dwalin le parecieron unos bollos.
- ¿Un bollo sólo para desayunar? – no pudo evitar dejar escapar Dwalin, viendo que después de fumar de esa pipa la lengua se le iba más de lo deseado.
- No es sólo un bollo, Enano, son lembas – le comunicó Abdelkarr, a la vez que clavaba su primer mordisco en el tierno manjar.
Ensimismado por la revelación del haradrim y los efectos de la “Hierba de la Alegría”, Dwalin se limitó entonces a comer con reverencia esa pizca de porción de lo que le había parecido una vulgar masa de trigo fermentado.
Los tres se apresuraron en finalizar sus raciones de lembas y en ponerse en movimiento para dejar bien lejos las vacías calles de la “Cueva de Ella-Laraña”, las cuales no tardaron en dejar atrás.
Nerviosos y alarmados, vieron a las primeras y pocas personas con las que se toparon cerca de las inmediaciones del “Circular Park”. Era un grupo de jóvenes, y no tan jóvenes, que gritaban y se increpaban en medio de la calle, a unos veinte metros de ellos. Los viandantes que pasaban a su lado no tardaban en apartarse de ellos como podían. Pallando, viendo el panorama, hizo frenar a los chicos. Los tres se mantuvieron contra una pared, observando el devenir de la pelea. Tal como había temido Abdelkarr, deducido Pallando y descubierto Dwalin, eran GPPN y “Puños de Sauron” quienes iban alimentando una hoguera de amenazas y odio justo desde principios de la mañana.
Dando un paso atrás, Dwalin se golpeó con los periódicos de un quiosco. Distraídamente leyó el titular de uno de los diarios: “Sesenta muertos y cientos de heridos en una de las autopistas de la antigua Eregion. Los testigos supervivientes aseguran que el causante de la catástrofe fue “algo grande y oscuro, como un gigante”. Al levantar un poco más la vista, el enano también se encontró con los ojos cansados y fríos del mismo quiosquero con el que había hablado la mañana del día anterior.
- ¡Pamplinas! ¡El mundo esta dominado por pamplinas! – espetó el viejo, clavando la mirada en las dos bandas rivales que armaban jaleo tan cerca de su negocio, espantando a posibles clientes.
Quizá fuera verdad que el mundo se estaba yendo al garete, reflexionó Dwalin, pues el suyo propio hacía tiempo que había sido aspirado por toda aquella locura.
Pero no pasó más que un minuto que, súbitamente, apareciera en la calle un coche de policía con la sirena encendida. Como conejos que oyeran el cuerno de caza, los pandilleros se dispersaron por todas las esquinas tan buen punto sintieron el aroma de la madera.
- ¡Ahora, corramos! – exclamó Pallando al entrever una oportunidad para continuar el trayecto en medio de la nueva confusión generada.

- Bueno, parece que hemos vuelto a ser oportunos por enésima vez esta mañana – suspiró Beregond, mientras contemplaba a los miembros de las dos bandas desaparecer por las esquinas. Por lo menos, esta vez, había bastado con el ruido de la sirena para disiparlos…
- Sin lugar a dudas, señor, pero aún nos queda dirigirnos a otros puntos que… ¿Me está escuchando, señor?
Pero Beregond ya no oía lo que Beren le estaba diciendo, pues algo en la calle le había llamado poderosamente la atención. Allí afuera, entre los chicos callejeros, vio a tres figuras encapuchadas que, como los demás, intentaban desaparecer de la presencia policial. Aparte de asombrarle sus vestimentas largas y siniestras que tanto sobresalían en medio de los atuendos de las bandas, lo que más le sobresaltó fue la desigual estatura entre los miembros de ese trío. ¿Quiénes serían?
Como buen “sabueso” de la policía que era, Beregond decidió descubrirlo allí y ahora.

Para disgusto de Pallando, su avance por la calle era llevado por pasos impetuosos y decididos, pero también entrecortados por la aglomeración de alborotadores que ahora huían desordenadamente como una bandada de cuervos.
Como ellos, Pallando sentía una amenaza en la presencia del coche de policía que se había detenido al otro lado de la calle; pues en verdad muy bien podía convertirse en un estorbo para la continuidad de la “misión”.
Por esa razón azuzó a los dos chicos para que se pegaran a la pared como lagartijas y se escabulleran como éstas por las grietas de un roquedal. Era mejor huir y pasar desapercibidos que perder más tiempo; y, de hecho, Pallando se había convertido en esos últimos mil años en un maestro del anonimato y la huida.
Para Abdelkarr y Dwalin ese escape precipitado no hizo más que incrementar sus nervios, como muy bien percibió Pallando que, al quedarse casi solos en la calle, vio de reojo como una pareja de policías salían del coche y se dirigían con pasos rápidos hacia ellos.

- Parece que intentaban huir, señor – le susurró, con su acento lacónico, Beren, mientras se acercaban a esos tres encapuchados, los cuales habían parado su marcha al avistarles. “Decisión sabia” reflexionó Beregond, quien sabía demasiado bien el final trágico que esperaba a los criminales que huían alocadamente cuando muchas veces la policía tan sólo quería hacerles un pequeño interrogatorio.
En un segundo llegaron hasta ellos y Beregond se esponjó en su gabardina para empezar a hablar con la figura más alta y que era la que capitaneaba esa extraña comitiva.
Iba a realizar la primera pregunta, cuando el hombre alto y encapuchado le miró directamente a la cara y pudo ver el rostro que se escondía en las sombras de la capucha. A Beregond se le heló el aire en la garganta, pues el rostro demacrado y anciano, terriblemente anciano, del hombre le cogió por sorpresa. Nunca se hubiese imaginado que alguien tan mayor pudiera moverse con tanta soltura como lo había hecho ese viejo en medio de la escaramuza de hacía un minuto. Pero no se trataba solamente de aquello. Beregond avistó entre las pronunciadas arrugas de ese venerable rostro las marcas profundas de cicatrices que parecían querer camuflarse y fusionarse con los demás signos de la edad.
Y aún así, el ojo experto de Beregond –que tantas palizas y luchas había presenciado o vivido - no le escondieron la verdad: aquel hombre había sido torturado; incluso se atrevería a decir que salvajemente.
El teniente intentó volver a coger la compostura, pero los azulados ojos hundidos en esa cara removida como un campo arado se le clavaron más allá de las retinas. Fuerza, ira, compasión, rabia, grandeza e impaciencia escondía el azul gris de la mirada del viejo; y esa combinación de elementos, en una sola mirada, confundieron al experimentado policía.
Beren se dio cuenta de que algo no iba bien desde el momento en que su jefe se quedó con la boca abierta un palmo y con las palabras hundidas en la garganta al empezar a charlar con aquel hombre mayor. Iba a proseguir él mismo el interrogatorio -que Beregond no había conseguido ni empezar- cuando, de súbito, el viejo empezó a hablar con una voz cavernosa, pero a la vez melódica, cuyo acento transportó a los policías a edades muy anteriores a sus nacimientos con el solo pronunciamiento de las sílabas.
- ¿Hay algo que no va bien, agentes? – dijo el anciano.

Dwalin vio titubear por unos instantes a los dos policías que los habían detenido en la calle e, inconscientemente, sintió un escalofrío en el espinazo. ¿Podían detenerlos por sospechosos de pertenecer a alguna de las bandas? Dwalin no quiso ni imaginárselo y se sonrojó con la sola idea de que sus padres se enterasen de que había sido detenido en esas circunstancias.
Intentando aparentar normalidad e indiferencia, el enano comenzó a pasear la vista por los alrededores, como si todo aquello no fuera con él. En una de sus pasadas captó la expresión de Abdelkarr. Si el haradrim intentaba aparentar calma como hacía él, sin duda no era por pura pose, y así lo indicaban sus oscuros y serenos ojos, los cuales parecían ver más allá de la discusión peregrina entre Pallando y los policías. No sin cierta envidia, Dwalin apartó la mirada del otro chico, convencido de que su nerviosismo aún les pondría en evidencia.
Pero a pesar de las inquietudes del enano, los policías parecían seguir tan aturdidos y desplazados como hacía un rato. O por lo menos uno de ellos, pues el más alto de los dos tenía la mirada inquisitiva de una águila y no tardó en mostrar un porte más rígido cuando el efecto inicial de la voz de Pallando pasó de largo. Aún así, el primero en hablar fue el más bajito:
- Uh… Bueno, hay muchas que no van bien ahora en la ciudad… y perdone nuestra intromisión, caballero, pero el compañero aquí presente y un servidor nos preguntábamos por el significado de su curioso… uh, vestuario…

“¡Buena pregunta!” opinó mentalmente Beren de la segunda intervención de su jefe en la conversación con el viejo… Al menos era una “buena manera” de plantear una pregunta, pues eso le dio tiempo a Beren para estudiar más detenidamente al extraño grupito. Y una vez que su cerebro fue capaz de dejar en un segundo plano el arrollador efecto intimidatorio del hombre mayor del bastón, se puso en marcha en una carrera frenética de análisis de datos: El viejo iba con dos muchachos jóvenes ¿Podría acusarle de abuso de menores? Esos jóvenes eran un muchacho de clara etnia haradrim y un enano, por lo que pudo ver. ¿Podría acusarles de pertenecer algún grupo radical de jovenzuelos? A fin de cuentas, un tenue y delicado aroma a substancias ilegales consumidas por inhalación planeaba sobre los dos chicos. ¿Podría acusarles de consumo de drogas?
Hundido en su intento de selección de algún motivo sólido de sospecha hacia el trío, Beren casi no fue consciente de la tajante, sencilla y aplastante respuesta del anciano:
- Oh, faltaría más, agente… Nos dirigimos a una fiesta de disfraces que organiza un amigo nuestro en el centro de la ciudad… ¿Supongo que no hay leyes que prohíban a uno disfrazarse, verdad?
Los dos policías se quedaron otra vez pasmados. Los habían “desarmado” ante sus propias narices. El viejo, con su cordial tono de voz, parecía aguantarles como un padre severo pero paciente.
- Eh, uh… pues no… en verdad no hay ninguna ley que prohíba eso, pero… - balbuceó Beregond, cuya confusión se sumó a la tensión que había ido acumulando desde la mañana, entorpeciendo sus reflejos.
- Pues en ese caso, y si no les es molestia, mis compañeros y yo volveríamos a reanudar nuestro viaje. ¡Ya llegamos tarde y hoy parece que no es un buen día para coger un taxi! – y con un ademán y un pie ya en movimiento, Pallando añadió – La fiesta puede que dure toda la jornada, así que, si nos disculpan, nosotros vamos tirando. ¡Qué tengan un buen día, agentes!

… Y al fin se alejaron de los policías, para alivio mayúsculo de Dwalin (aunque Pallando y Abdelkarr no pudieron tampoco evitar secarse el sudor frío de la frente).
Encontrándose un par de calles lejos de donde habían hablado con la pareja, Pallando no se contuvo para dejar escapar unas palabras en élfico que a Dwalin le parecieron, por el tono y la intensidad, los más delicados y ponzoñosos insultos en la lengua de los excelsos Primeros Nacidos.
- ¡Malditos papanatas! ¡Nos han tenido parados perdiendo el tiempo como un par de mulas en el comedero! ¡Aligerad el paso, pues la Sombra se alarga a cada minuto que pasa! – agregó el enfadado “istar”, dirigiendo la mirada hacia la calma vertical y fría que desprendía la “Torre de Cristal”.
“Cada vez está más cerca” se dijo a sí mismo Dwalin, el cual con faenas podía abarcar a la mole del edificio debido a su escasa estatura y a su capucha que le tapaba parte de su campo de visión.

Ninguno de los dos dijo nada, como esperando a que el primero que hablase diera explicaciones por lo ocurrido hacía un escaso minuto. Así, Beregond y Beren se quedaron embobados delante de la pared llana y lisa, donde habían estado esos tres, como si continuaran hablando con ellos.
- ¡Nos la han jugado! ¡Esa maldita momia con barba nos la ha jugado! – estalló al final Beregond, cuya frustración parecía necesitar de una vía de escape.
- Parece que sí, señor – comentó tímidamente Beren, al cual le parecía haber vivido la escena más surrealista de su carrera en años.
- Ese viejo… No era normal, Beren… Había algo en él que… que… - Beregond no parecía encontrar la palabra o insulto adecuado y eso le producía más ira y frustración.
Beren, por su parte, suspiró. Se había hecho un galimatías tan grande en la cabeza que parecía que el anciano le hubiese leído la mente y se hubiera aprovechado de la situación.
- ¿Sabes qué te digo, Beren? Que éste ha sido el primer asalto del combate… Estoy seguro de que muy pronto volveremos a saber de esos tres. Solo estoy esperando el momento en que la radio nos avise sobre un viejo, un enano y un…
- “¡Unidad nueve, no se duerman! Acudan volando en apoyo de los del distrito de Cair Andros” – chilló, con estridente voz eléctrica, la radio del coche, haciéndose audible desde media manzana.
Solo fue entonces cuando los dos hombres dejaron caer los hombros debido al aturdimiento y, en silencio, se volvieron a dirigir al coche, a cumplir con su trabajo y deber.
Les habían toreado como a meros novatos y había que aceptarlo. De anécdotas raras las había en toda vida de policía, se congratuló de pensar Beregond para serenarse.
El viejo y los dos chavales, estaba seguro, no serían ninguna excepción: acabarían siendo una batallita más que contar a los compañeros en su gris vida de patrullacalles…

Los árboles del “Circular Park” volvieron a saludar a los tres solitarios caminantes que, como hacia ya una noche, cruzaban raudamente los caminos que bordeaban con sus raíces.
De hecho, a esas horas, Pallando y sus dos pupilos no divisaron a nadie más en el parque que a los árboles. Aquella escandalosa calma que se respiraba allí, y que tanto contrastaba con el revuelo que habían vivido hacía escasos minutos en la periferia de la ciudad, animó a Abdelkarr a empezar a silbar una canción con fuerza y, por qué no decirlo, estridencia, aprovechando que solo estaban los pájaros y las palomas para increparle.
Dwalin no tardó en verse sorprendido siguiendo al haradrim con su cancioncilla; y así iban los dos chicos, ataviados con gruesos mantos que les venían grandes y silbando con descarada alegría una melodía tan desigual y asonante como lo debió ser el canto de Melkor en la Música de los Ainur. Y, aun a pesar de que Pallando les lanzaba miradas graves y serias por el escándalo que organizaban y por pensar –con mala fe- que seguían bajo los efectos de la “Hierba de la Alegría”, los dos siguieron canturreando durante todo el viaje por el “Circular Park”, apoyándose el uno al otro cuando a uno de los dos le faltaba el aire. De este modo mantuvieron el fuego de los ánimos encendido, y Abdelkarr se alegró de haber conseguido, al fin, quitar un poco de férreos nervios a las tripas del enano.
Eso no evitó que al llegar al centro de la ciudad todas las músicas y silencios dieran pasó a los bocinazos y mugidos de los coches, y al murmullo bajo pero seguido de los miles de pies de los viandantes al andar.
Formando un círculo perfecto que reseguía el “Circular Park”, en el centro de Osgiliath se alzaba, gris, anónimo y colosal, un campo entero de rascacielos. Las tierras donde ahora se levantaban esos brotes del progreso de millones de toneladas de acero y cristal fueron alguna vez el lecho del río Anduin, pero el senescal Anárion III, padre del actual senescal Imrahil, invirtió pirámides de dinero para construir enormes presas que desviaran el curso natural del gran río, de forma que se pudiera construir su legado para futuros senescales: la “Torre de Cristal”.
Y como peregrinos en una procesión hacia lo desconocido, los Tres Caminantes se dirigían directos a ella, ignorando a los demás transeúntes y pasando de cerca, sin saberlo, de la pequeña y encajonada iglesia de Eru que Tullken solía visitar.
Por lo menos el ambiente en esa parte de la ciudad aún no se había hecho eco de los disturbios que hervían en las afueras, aunque el ruido del tráfico y las aglomeraciones de gente eran parte de ese paisaje un día sí y otro también. En esa marea apretada de pura humanidad que vomitaban las bocas del metro e infestaba las aceras, consiguieron ellos pasar desapercibidos y alcanzar su destino final.
La tranquilidad y silencio que gobernaban el pequeño jardín que crecía delante de la “Torre de Cristal” les reconfortó, pero también les resultó extraño y fuera de lugar. Y con esa liviana inseguridad recorrieron el sinuoso caminito que los condujo a las escalinatas de la entrada del rascacielos.
Allí, las banderas de Dol Amroth, Ithilien, la vieja Arnor o Rohan colgaban sin vida de sus astas blancas, pues ninguna brisa se atrevía, al parecer, a penetrar en aquel recinto. Dwalin podía incluso oír los bufidos de su respiración con estremecedora claridad en medio de ese paisaje muerto, ya que desierto y abandonado parecía el lugar. Y cuanto más quería serenarse el enano, más siniestras le parecían las nubes grises que, sin freno, parecían arremolinarse encima de las más altas agujas de la “Torre”, apagando toda mota de luz.
Encogiéndose de hombros, miró entonces Dwalin a derecha e izquierda, pero nadie ni nada pareció moverse. Solo estaban ellos tres ahí de pie, con Pallando en el centro y ellos dos a cada lado del mago. Viéndolo frívolamente, en realidad parecían un trío de turistas perdidos que estuvieran admirando abstraídos la magnificencia del edificio que se extendía ante ellos hacia el cielo. Cansado e inquieto debido a esa situación que parecía ser un punto muerto, Dwalin levantó la mirada hacia el viejo para quejarse.
- ¿Y ahora qué? – exclamó con suave indignación.
Ni tiempo le dio a Pallando a responder, pues la puerta de cristal de la “Torre” se abrió entonces sin aviso y por sorpresa. Tan tensos se encontraban los tres, que, en un acto reflejo, se pusieron en posición de combate con las armas apunto en sus brazos.
Con pasos ligeros y calmados, la terrible amenaza que había salido del interior del rascacielos empezó a bajar las amplias escalinatas de la entrada en dirección a ellos. Pero a medida que más se acercaba, menos peligrosa parecía, pues en realidad se trataba de un hombre bajito, y hasta rechoncho, trajeado con corbata y todo, y que parecía hacer juegos malabares con las dos manos al tenerlas ocupadas con un móvil y un maletín respectivamente. No pareció darse cuenta de ellos hasta que los tuvo delante mismo; así de absorbido y animado parecía tenerlo la conversación con el móvil.
Sintiéndose desplazados, los Tres Caminantes intercambiaron miradas y desconciertos. Por su parte, el hombre siguió charlando con contagiosa alegría mientras, de tanto en tanto, echaba un vistazo a los encapuchados compañeros a través de sus gruesas y redondas gafas.
- … Sí… todo va como lo planeado, sí… Precisamente ellos tres ya han llegado… ¡Los tengo justo al lado!… ¡Ah! ¿Qué va a bajar? ¡Perfecto! – y con esta sentencia final, el tipo dio por finalizada su intervención telefónica y con un gesto seguro y rotundo apagó el móvil.
- Bien, señores, supongo que querrán ver al señor Ratala ¿no? – inquirió entonces, dirigiéndose a ellos con una amplia sonrisa de oreja a oreja - ¡Bien, bien! Así todo va como debe ser… Aunque, la verdad, creíamos que iban a ser… más gente.
Ahora sí que se miraron entre ellos confusos y alienados. Parecía como si hubieran “llamado” a la casa equivocada.
- En fin, no les veo muy habladores, pero no creo que el Gran Amo tarde en recibirles… De hecho, creo que incluso vendrá aquí mismo a darles la bienvenida, porque han de saber que el Gran Amo Ratala… - el hombre no pudo acabar su discursillo debido al puñetazo limpio, milimétrico y estilizado que le propinó Abdelkarr en la base de la mandíbula, dejándolo adormecido, al acto, en el suelo.
- ¡Abdelkarr! – gritó Pallando con enfado para recriminarle al chico su iniciativa poco honrosa.
- ¡Lo siento, Pal! Pero ya lo estabas oyendo: seguro que era un esbirro importante de Alatar… Además, siempre me he preguntado que se sentiría al pegarle a un funcionario de estos, que nos roban con los impuestos y… - Pero Abdelkarr no pudo seguir más. Con resignación, sabía que Pallando nunca le perdonaría su socarronería y sarcasmos en momentos como aquellos.
Frustrados se quedaron igualmente Dwalin y Pallando en su intento de reprimenda a Abdelkarr, pues en un abrir y cerrar de ojos la quietud que había imperado hasta entonces en el bosquecillo que los rodeaba fue quebrada con violencia y rapidez.
A Dwalin no le dio tiempo a abarcarlas todas, pero más de un centenar de mirillas de armas de fuego les apuntaban ahora desde los lindes del bosquecillo.
- ¡Míralos! Los famosos “Dragones azules”… - murmuró entre dientes, y con rabia entusiasta, Abdelkarr, al verse rodeado por las armas y los cascos brillantes y negros de los agentes.
El mago azul, empero, no hizo caso de ese despliegue repentino y a traición; tan sólo tenía la vista fija en la transparente puerta a la que conducían las escalinatas de la entrada. Ésta volvió a abrirse por segunda vez en esa mañana.
Escoltado por un par de esos “Dragones azules”, hizo acto de presencia el otro mago azul. Después de esa presentación, bajó unos cuantos escalones de la escalinata y, sin borrar una sonrisa sardónica de su rostro, hecho un vistazo desde lo alto al panorama que tenía delante.
Después de todos aquellos años, los “Ithryn Luin” volvían a reunirse. Alatar, con su apariencia de treintañero, era el de mejor aspecto. Pallando no sólo parecía un anciano, sino más bien el fósil de un anciano. Pero los dos se miraron y mantuvieron la vista clavada el uno al otro y en silencio por espacio de varios segundos.
Para Abdelkarr y Dwalin, todos los acontecimientos se habían desenvuelto con tanta velocidad, que no supieron cómo reaccionar. Así los vio Ardarel cuando hizo acto de presencia y se colocó a la diestra de Alatar, como nota de color entre los oscuros guardas del consejero. Abdelkarr la reconoció al acto solo de percibir el rojo de su vestimenta y una llama fría de ira se levantó dentro de él. Contrariamente, a Dwalin le pareció la criatura más hermosa que había visto en lo que llevaban de día. Alta, esbelta y pálida, la visión de la chica descolocó un poco más al enano, hasta que la asoció a lo que le habían contado Pallando y Abdelkarr de su combate con ella.
Como ellos, Ardarel también iba pertrechada para el combate, pero su armadura era más sutil y ligera, consistiendo sus piezas en protectores, rodilleras y otros ingenios fabricados con materiales de última generación que se adaptaban a su cuerpo como un guante. Por no hablar de las frías lenguas de acero que asomaban sus empuñaduras detrás de su cabeza, listas para lamer sangre.
Pero todo eso ellos lo ignoraban, de forma similar a como los otros no sabían de sus defensas debido a los mantos verdes.
- Hola, Pallando… Cuanto tiempo – dijo, finalmente, Alatar con descuidada indiferencia y con las manos en los bolsillos de su caro vestido azul marino.
- Saludos, Alatar… Sí, en verdad ha pasado mucho tiempo… Y, por lo que veo, tus asuntos no te han ido mal.
- No, realmente no me puedo quejar… Cosa de la que tú (y perdona mí sinceridad) no puedes alardear – contestó, desviando la vista el consejero, al ver el lastimoso y encorvado aspecto de Pallando – Por eso te digo, amigo, que no intentes frenarme, pues tú perdida me sería más dolorosa que…
- ¡Déjate de falsa compasión! Sabes muy bien que ahora no hay regreso posible… ¡He venido a cerrar una vieja cicatriz de esta tierra y eso no hay discurso ni parlamento que consigan evitarlo! – exclamó Pallando, tajante y enardecido por un furor acumulado a lo largo de siglos y que cogió desprevenidos a todos.
- ¡No seas estúpido, Pallando! ¿Cómo quieres interponerte en mi camino sin el apoyo de Radagast? ¡Loco te has vuelto durante estos años si piensas poder derrotarme sólo con tus manos! – replicó, con igual excitación, Alatar, arrugando su níveo rostro, de contornos élficos, con una mueca de arrogancia y enfado.
Al momento, los Tres Caminantes se deshicieron de sus añejas capas, dejando al descubierto sus panoplias, las cuales relucieron como fuentes de gélida luz a pesar de la gris penumbra que dominaba el día.
Ardarel notó como Alatar se perturbó momentáneamente ante esa súbita revelación; pero, con rapidez, el mago pervertido volvió a coger la compostura y se ajustó su chaqueta azul, en un gesto de falsa auto confianza, pues una turbación se esparció dentro de él al contemplar aquellas magnificas armaduras; sobre todo una rojinegra que lucía el chico haradrim. No sabía muy bien el porqué, pero esa armadura le traía recuerdos confusos y borrosos a la memoria. Además, el chico no le quitaba el ojo de encima, vislumbrando Alatar en esa mirada una familiaridad que le era molesta por no saber determinar su origen en el pozo de sus reminiscencias.
- ¡He aquí a Celebrinaglar! Largo tiempo permaneció dormida, pero hoy nos recompensará con su gloria – exclamó, con fuerza, Pallando desenvainando la reluciente espada y manteniéndola baja, pero siempre apuntándola hacia Alatar.
- Vaya, veo que hallaste la Sala de los Tesoros que se decía que estaba perdida por esta ciudad… Espero que te sea de provecho, Pallando, pero mucho me temo que todos estos trastos lucen mejor ahora en los museos y no en penosas representaciones de los tiempos pasados… Y, por cierto, no creo que con sólo dos chavales puedas ni pasar del primer escalón de la entrada… ¿No estaríais acaso mejor en una manifestación pro-derechos civiles de las minorías, muchachos? – concluyó Alatar, con descarado sarcasmo, al comprobar que ellos eran un haradrim y un enano.
Éstos se quedaron tensos y fuertemente fijos en sus puestos, mientras lanzaban terribles miradas hacia quien se burlaba de ellos desde arriba, dejando que una ola de rabia creciera en ellos, tal y como el propio Alatar deseaba, pues de esta forma sus ojos se nublarían por la ira en el campo de batalla.
Solo fue entonces, en ese silencio, cuando Dwalin pudo escuchar las palabras que, con disimulo, Abdelkarr le dirigía a Pallando, manteniéndose el mago, al parecer, ignorante de ellas:
- …Puedo darle, puedo darle, puedo darle…
Ante la indiferencia aparente del anciano, Abdelkarr decidió actuar por su propia cuenta. Con unos movimientos veloces como un susurro, el haradrim cogió una flecha del carcaj que colgaba de sus espaldas y la colocó en su negro arco. El disparó de esa misma flecha fue tan rápido que Dwalin solo lo advirtió por el sonido de la cuerda del arco y de la flecha al cortar el aire. Fue todo tan precipitado que nadie se movió, y en verdad la flecha se hubiera clavado en el pecho de Alatar si Ardarel, atenta a la diestra del mago, no hubiese adivinado las intenciones del chico. Así, y con un gesto veloz pero delicado a la vez, la chica agarró en pleno vuelo la flecha, a un palmo del corazón de Alatar.
La conmoción fue presa entonces de las fuerzas del Sacerdote y, con un estrépito, cerraron un poco más el círculo entorno a los tres intrusos. Pero Alatar ni se inmutó y dejó que Ardarel rompiera la flecha con movimientos lentos y agónicos, para disgusto y frustración de Abdelkarr.
- Mejor será que controles más a tus allegados, Pallando, pues algún día podrán hacerse daño con armas así – comentó, con sorna, Alatar, a la vez que Pallando recriminaba la acción de Abdelkarr con miradas más que severas que hicieron que el muchacho se quedara cabizbajo por lo imprudente y precipitado de su ataque – De igual forma, deberías haberles dicho que, por mucho que me hieran o descuarticen, nunca me matarán, pues mí espíritu no reside aquí, con nos… Y, sí, sé que ahora piensas en el joven Tullken, pero sin duda él fracasará en su misión como ya lo hicieron sus antepasados, y, más aún ahora, que lo has enviado sólo a tierras incógnitas para él… No podrá ni oler el aroma salado del mar del Norte… - Y Alatar hubiese continuado así, sino fuera porque advirtió un destello en los ojos de Pallando y, finalmente, comprendió.
Aquello no era un ataque para ponerle fin real a su persona. Era una maniobra sin más fin que la distracción… Era, en verdad, un ataque suicida, tal y como ya se había aventurado a suponer. Pero esa idea ya no le pareció divertida y, por primera vez en años, Alatar se estremeció de miedo. Pallando sabía que no podían derrotarle y solo intentaría hacerle el mayor daño posible… Y Alatar sabía el daño que podía infligir un “maia” desesperado antes de claudicar. La pena sincera que sintió por los dos chicos le extrañó, pues le obligó a hablar de una forma que había olvidado:
- Pallando… Haz lo que quieras, pero que no digan que no te lo advertí y no te di la oportunidad: Vete… Iros los tres lo más lejos que podáis de esta ciudad, pues antes del anochecer ya no será un sitio… agradable. ¡Salva a estos dos ahora que puedes hacer algo aún noble, Pallando Menelluin! Esto ya no tiene nada que ver contigo; fallaste en tú misión, como yo, hace dos mil años… Tienes la oportunidad, y diría el deber, de desentenderte de estas tierras… ¡Huye ahora que puedes, pues yo ya estoy encadenado a los terribles hechos que tendrán lugar, en el día de hoy, en Osgiliath, última de las grandes ciudades de los Hombres!
Un silencio pausado llenó los oídos de los presentes. El tono del discurso de Alatar extrañó a unos, sorprendió a otros y, a algunos como Pallando, le trajeron los aromas de otros tiempos, de otras circunstancias… Fue de éste modo como el viejo mago se descubrió con los ojos recubiertos de una fina tela de lágrimas, que acaso acentuó el brillo de su mirada transparente.
- El brujo es traicionero... ¡Es como una serpiente: te sonríe mientras se enrosca entorno tuyo! – le murmuró Abdelkarr al mago sobre lo que acababa de decir Alatar.
Vuelto a la realidad por el muchacho, Pallando se enfadó consigo mismo por creerse engañado por las palabras de su antiguo compañero. “¡Viejo estúpido!” -se recriminó a sí mismo- “¡Otra vez te has dejado llevar por inútiles recuerdos del pasado!”. La verdad era que la incertidumbre de no saber si lo que escuchaba era verdad o mentira había carcomido la mente de Pallando desde que fue preso por Sauron; y, ahora, la amargura lo perseguía por tener que desconfiar de casi todo y todos. Llevado por ese sentimiento, su respuesta fue dura y áspera:
- ¡Solo nos iremos con una condición! Si tú también abandonas esta ciudad y todo reino o tierra habitada... Naturalmente, antes tendrás que remendar todo el mal que has hecho. Deberás destruir todas las criaturas malignas a las que hayas dado cobijo y liberar a todas las gentes que tengas prisioneras en el interior de la “Torre de Cristal”.
Dwalin sintió como el pecho se le hinchaba de alegría ante la mención de “las gentes” que pudieran estar encerradas en el edificio. ¡Al fin Pallando hacía una mención “explícita” de Elesarn y Bardo! En todo caso, al enano se le escapó el tono sarcástico y afilado de la proclama de Pallando y que tanto irritó a Alatar. Una sola condición, ¡ja! El camino de la ironía solo traería más muerte y destrucción si Pallando seguía con esa actitud.
Con disgusto y desazón, Alatar volvió a sincerarse con descarnada entereza ante ellos:
- Por favor, Pallando, te lo pido como el amigo que fui... Iros cuanto antes, pues no es a mí a quien tienes que pedir exigencias. Al fin y al cabo, yo solo soy el hacha del verdugo, no el verdugo mismo... Y en el fondo, aún somos lo mismo, Pallando: instrumentos en manos de niños que juegan con el destino de este mundo.
Pallando se mantuvo callado, y ese silencio era tan sórdido como el que inunda los cementerios. A su vez, la sonrisa altanera y los ojos de reptil volvieron a centellear en el rostro de Alatar.
- Esa es, pues, tu opción, Pallando... En fin, sabed entonces que vais a morir los tres horriblemente. Sí, sé que suena típico y tópico, pero aquel a quien sirvo ya sabéis que disfruta con esto y, bueno, la ejecución de tres alborotadores siempre sirve de ejemplo... Aunque, si de actos nobles va el asunto, Pallando, bien podrías contarles a los chicos, antes de morir, toda la verdad y por qué soy yo quien está ahora en estas escalinatas y no tú.
Y sin añadir nada más, Alatar se dio la vuelta, seguido de Ardarel y sus escoltas, para volver a penetrar en el cetro de poder de los senescales.
Pallando volvió a guardar silencio a pesar del peso de las miradas de Abdelkarr y Dwalin ante la última declaración del otro mago. No había llegado el veneno de la mentira de Alatar tan lejos como para destruir la confianza de los dos chicos hacia el anciano, y por eso, en un acuerdo tácito, callaron a la espera de un momento más propicio para saber respuestas.
Viendo eso, Alatar dirigió una ojeada final a los de afuera, hizo una señal a los capitanes de los “Dragones azules” que rodeaban a Pallando y los adolescentes y, con un ademán, se despidió de todos ellos:
- Bien, que comience el juego si esa es la cruel voluntad de Ilúvatar; pero, vuelvo a advertírtelo, Pallando: no podrás salvarlos a todos... Hoy tendrá lugar un sacrificio, un enorme y portentoso sacrificio de miles de vidas... No, viejo amigo, no te engañes, pues los Quince Durmientes están resquebrajando ya sus cascarones, ansiosos por alimentarse del fruto, regado con sangre, del Árbol Invertido.
Nada más añadió Alatar a su presentación ante los tres compañeros y, con el gesto rígido y mecánico de quien parece haber ensayado una escena muchas veces, se giró dispuesto a entrar definitivamente en la “Torre”. Ardarel y unos cuantos de los “Dragones azules” le siguieron disciplinadamente. La simetría y meticulosidad de esa retirada fue rota por el rugido brutal y estentóreo que se escapó del interior del rascacielos cuando Alatar abrió las puertas de cristal.
Las carnes de Dwalin y Abdelkarr se estremecieron con violencia dentro de los envoltorios de metal de sus armaduras ante ese súbito bramido que desnudaba la certeza de que la “Torre de Cristal” se había convertido en un nido de avispas, donde monstruos inimaginables habían anidado.
En cambio, a Pallando le preocuparon más los cincuenta “Dragones azules” que continuaban rodeándoles desde la seguridad de los árboles del jardín. Casi al instante en que Alatar y su comitiva desaparecieron a través del vidrio transparente de la puerta, el “istar” no titubeó y, con una sola mirada de reojo sobre los adversarios, hizo crujir las junturas de su armadura al alzar a Celebrinaglar y su nudoso cayado en posición de ataque. Como había previsto, su veloz maniobra cogió desprevenidos a los “Dragones” que, trabajosamente, consiguieron organizar una línea conjunta de ataque contra ellos.
Ver el centelleo de la estrella que se elevaba en la protección de la armadura de Pallando puso en situación tanto a Dwalin como a Abdelkarr. Lo único que recordaría el enano más tarde de esa embestida inicial fue que, en realidad, no tenía recuerdos de ella. Sencillamente, dejó la mente en blanco. Ningún pensamiento o distracción cruzaron por su cabeza en aquellos vitales instantes en que, de un bote y enarbolando su poderoso martillo, se encaró a la hilera de “Dragones azules”. Era como si toda la tensión acumulada durante los últimos días hubiera llegado a su masa crítica, diluyéndose al final en la nada ante la inminencia del combate.
Solo el “clic” de los seguros de las armas de fuego de la primera línea de “Dragones” le devolvió al mundo real. Para su desgracia, Dwalin se dio demasiado tarde de que era el más adelantado de sus compañeros, estando a escasos metros del “frente enemigo”. Recibiría los balazos casi a bocajarro.
Fastidiado por no haber conseguido llegar al grupo principal de los oponentes y haberlo deshecho, más se enfado Pallando al comprobar lo desprotegido que se encontraba Dwalin delante del fuego enemigo.
- ¡Cúbrete la cara con los brazos! – le gritó el mago al enano, confiando en el buen hacer de los enanos a la hora de confeccionar armaduras.
Un segundo dudó Dwalin del consejo del viejo, pues poca protección le parecieron los quilos de metal que llevaba encima; pero ante el estruendo de las armas al dispararse, instintivamente se quedó plantado en el suelo y se protegió el rostro con los antebrazos. Pallando hizo lo propio para proteger Abdelkarr de la lluvia de balas con su armadura de “mithril”.
A Dwalin le dio la sensación entonces, con total certeza, de que pudo escuchar el silencio de su corazón al parársele ante la embestida de los proyectiles de plomo; así de grande fue el terror que sintió dentro de sí mismo. Y, aunque se creía ya muerto, el violento y seco impacto de una docena de balas sobre su cuerpo lo sintió tan vividamente como una granizada caída de un cielo en llamas . Si también hubiera abierto sus ojos hubiera visto como éstas rebotaban sobre el limpio metal, levantando un nube de chispas que se asemejaba a un enjambre de mariposas de fuego.
A esa ruidosa ráfaga de escupitajos mortales le siguió una ola de desconcierto entre las filas de los “Dragones”. ¿Cómo era posible que los intrusos aún no se hubieran desplomado sobre el césped del jardín? De hecho, esa fue la misma pregunta que se hizo Dwalin cuando abrió los ojos y apartó sus temblorosos brazos de su cara. Con incredulidad, comprobó que ninguna bala había conseguido aguijonearle y que su presencia ahora solo era visible por los hilillos de humo que se elevaban en los puntos de la armadura donde habían impactado.
El desorden que se impuso entonces entre todos los presentes no fue seguido, ni mucho menos, por ninguna calma inmediata. ¡Muy al contrario! La descarga de adrenalina que había sentido Dwalin ante la proximidad de la muerte sirvió de combustible para alimentar el furor guerrero que se le despertó en su interior. Viendo el momento de flaqueza entre aquellos soldaditos embutidos en cuero negro, el enano sintió la misma rabia que le sacudió delante de Denethor VI; y, sin dudarlo, cogió el martillo Khazad y se lanzó hacia todo el grueso de “Dragones”.
Como una gota de hierro disparada contra un mar de porcelana cayó Dwalin sobre ellos, rompiendo la formación con relativa facilidad. Muy pronto descubrió el chico que los grandes y corpulentos miembros del ejercito de Alatar no eran muy estables si se les asestaba un certero golpe en las piernas; de modo que, como una peonza, Dwalin empezó a dar vueltas frenéticas entorno a los soldados con el mazo del martillo como contrapunto. Eso le permitió deshacerse de los de la primera fila sin problemas, pero cuando llegó a la segunda, éstos le esperaban con enormes porras que blandían con dificultades debido al hierro del que estaban hechas. Con una lluvia de ellas recibieron al encabritado enano, el cual, loco de furia y protegido por todas las esquinas por la armadura, solo sintió un ruido seco de palos golpeando contra algo.
Más efectivo parecía ser el martillo que portaba él, aunque vistos desde fuera parecía ser el mallo el que conducía al enano. Ni los protectores y escudos que llevaban los “Dragones” parecían ser suficientes contra ese mazo. Además, al ser el enano tan bajo, podía escabullirse sin dificultades por entre los corpachones de sus rivales, los cuales, como los grandes árboles, caían con más fuerza al suelo cuando más altos eran.
El cambio de táctica no tardó en implantarse entre los agentes del orden. Casi sin haberse dado cuenta, Dwalin se había ido quedando sólo y rodeado de soldados por todos lados; situación que éstos últimos aprovecharon. Siguiendo más el instinto que las ordenes de algún superior, se abalanzaron uno tras otro sobre el enano para enterrarle bajo una montaña de tipos uniformados y con casco.
Poco a poco, Dwalin fue notando como la luz desaparecía de su campo de visión, a la vez que sus pulmones se comprimían debido al peso que se le iba acumulando encima. Para cuando quiso quitárselos de encima, una formidable pirámide de cuerpos se había formado ya sobre suyo.
Encorvado a causa de la presión del peso, el enano reunió fuerzas para evitar una muerte segura por aplastamiento. Apretando sus botas de hierro en la hierba, no tardó en sentir como éstas se hundían en el suelo blando cuando más apretaba hacia arriba para desprenderse del ovillo de “Dragones”.
- ... Con... que... éstas... tenemos... ¿eh? – consiguió susurrar, entrecortadamente y entre dientes, Dwalin en su primer intento; pero el peso parecía ser demasiado.
Volviendo a apretar los dientes (hasta el punto que pensó que se resquebrajarían debido a la fuerza) y tensando todos los músculos del cuerpo, reanudó un segundo intento. Su cara se enrojeció al mismo tiempo que arterias y venas se le hinchaban como gusanos bien cebados a lo largo y ancho del cuerpo.
Dwalin, en esas primeras maniobras, se dijo que podría salirse con la suya; con dificultades, pero podría salirse. Al fin y al cabo, no era un alfeñique. Desde su más tierna infancia se había curtido manejando la pesada maquinaria del taller de su padre y a punto estuvo una vez de romperle un brazo a un compañero en un pulso. Por esas mismas razones, y otras muchas difusas en su memoria, se repitió, una y otra vez, que conseguiría vencer a la mole de carne y uniformes.
Lamentablemente, la realidad, como en tantos otros casos, ignoró sin problemas las esperanzas de Dwalin aplastándolas un poco más, si cabe, en la prisión de “Dragones azules”. Sofocado por el calor y la falta de aire, al enano se le empezaron a nublar tanto aquellas esperanzas como los más vulgares de los pensamientos. Un par de segundos más tarde, ya se encontraba totalmente viciado por respirar solamente su aliento, aunque eso no le impidió estirar, en un último intento, los brazos para escabullirse. Atontado como estaba ya debido al dióxido de carbono, no se dio casi cuenta de que esta vez podía levantar todo aquel peso con pasmosa facilidad.
Los soldados sí notaron el súbito giro de la situación y, entre quejas y murmullos ininteligibles, se entrelazaron más aún entre ellos para formar una esfera casi perfecta que cubriese a su víctima. Pero Dwalin, sin saber explicárselo muy bien, los había levantado ya del suelo lo suficiente como para dejar pasar la bienvenida claridad de la luz solar.
Por más que le hubiese dolido saberlo a Dwalin, y a pesar de la depurada técnica que su familia aplicaba en el arte de la metalurgia, los descendientes de los Enanos de Edades anteriores habían perdido parte de su maestría. Quizás era debido, como muchos decían, a que habían olvidado los hechizos y conocimientos que Aulë había susurrado a los siete durmientes padres de los Enanos. Era ese saber secreto el que habría hecho posible que se relatase que los objetos construidos por los Enanos poseían unas cualidades excepcionales más allá del metal del que estaban hechos. “Magia” decían unos que era la causa de aquello, pero callaban enseguida por no querer insinuar que las joyas élficas no eran las únicas que escondían extraños sortilegios.
Pero silenciando rumores a medio hacer e inútiles habladurías de otras épocas, la realidad volvió solo para demostrar que, por lo que concernía a ese asunto, Dwalin era la prueba viviente de que los orfebres Enanos escondieron unos cuantos “ases en la manga” entre pieza y pieza de la armadura; tal y como comprobaron de primera mano los “Dragones” alzados.
Sintiendo las articulaciones retorcerse en su interior y notando el frío del fangoso suelo cada vez que hundía un pie un par de dedos, un estupefacto y alegre Dwalin inició una carrera sosteniendo, con sólo los brazos, a todos aquellos como en un número de circo... con el aliciente de hacerlo a ciegas; circunstancia que provocó que el grupo se estrellase, con gran estrépito, contra el primer árbol que se puso delante de ellos. Ahí se deshizo la “magia” del espectáculo y la bola de figurantes, los cuales, por obra y gracia de la gravedad, cayeron desperdigados con desorden por todo el suelo, dejando solo en pie al retoño de enano.
La armadura - junto a Dwalin- pareció ensancharse, aliviada, en una bocanada de aire fresco. El descanso, empero, no duro mucho más. Los “Dragones azules” que no habían sufrido mucho daño en la caída no tardaron en reincorporarse haciendo gruñir el cuero y el plástico de sus uniformes, al mismo tiempo que vomitaban maldiciones, detrás de sus pulidos cascos, en un lenguaje que parecía ser pariente del de las bestias. Viendo aquello, Dwalin no se distrajo y, lanzando una ojeada entorno a todos aquellos cuerpos que se retorcían y volvían a levantarse, encontró el martillo Khazad descansando holgadamente sobre la hierba a unos cuantos metros lejos de él. El apagado brillo que desprendía el mazo parecía querer ser una invitación a la acción y a la gloria que le habían sido truncados.
Cojeando debido al dolor en sus piernas, Dwalin corrió hacia el arma con la misma patosidad que un pingüino, pero veloz y decidido. Cuando estuvo a menos de un metro de él, saltó con todas sus fuerzas para cogerlo, mientras a su alrededor se alzaban otra vez los “Dragones” como las sombras del crepúsculo. Pero la bota pesada y manchada de barro de una de aquellas sombras fue más rápida que el enano y se plantó con autoridad sobre el mango del martillo.
Por todos los medios intentó entonces Dwalin arrebatarle el mazo al hombretón, el cual se reía con unas carcajadas chapoteantes ante sus intentos desesperados de recuperar la herramienta.
El muchacho, perdido en sus esfuerzos, solo llegó a divisar una silueta rojinegra que se escabulló entre los soldados para ir a parar contra el “Dragón” que mantenía prisionero al Khazad cuando Abdelkarr vino a socorrerle. Con una embestida directa con el hombro logró el endrino tumbar al molesto soldado.
- ¡Gracias! – casi gritó Dwalin ante esa oportuna intervención.
Abdelkarr con trabajos le devolvió la sonrisa mientras se rascaba el hombro dolorido. A pesar de llevar la armadura, mover aquel tipo había sido como lanzarse contra una tapia.
Los otros, formando ya un círculo entorno a ellos, no les dejaron ni un momento de pausa, obligándoles a ponerse de inmediato a la defensiva. Con martillazos y sablazos respondieron los dos chicos ante esas nuevas hostilidades, intentando que el pánico no les invadiera. Pero los “Dragones” no paraban de acosarles, y cuando conseguían derribar a uno, presto venían tres más a substituirle. Muy pronto se encontraron completamente atrapados por una marea de caras sin rostro a causa de los cascos.
Una oscuridad parecía cernirse sobre ellos ante la proximidad de los agentes que ahora se apiñaban entorno suyo como un muro y que preparaban toda clase de armas que Dwalin no creía que fueran legales en otros cuerpos de seguridad de Gondor. En esa lenta agonía de la luz que empezaba a envolverles no conseguían ni avistar lo que había más allá de los “Dragones” y Dwalin había de levantar mucho el cuello incluso para avistar la “Torre de Cristal”.
Preocupado en otros quehaceres y a pesar de que lo había intentado, Abdelkarr se dejó llevar por el abatimiento. Con un gesto poco seguro, probó de improvisar una estratagema.
- ¡Pongámonos espalda contra espalda! ¡Qué no puedan atacarnos a traición! – aulló en un último momento al enano.
Éste, con la sangre latiendo dentro de sus sienes como al haradrim, le obedeció sin rechistar. “Bien, si éste es el fin, que por lo menos no digan que no lo intenté” se dijo a sí mismo Abdelkarr a la espera de la reyerta y mientras la frente se le perlaba de sudor. Por más que le molestase, moriría arrogante y mentiroso, pues ni en esas circunstancias había conseguido confesarle a Dwalin la terrible certeza de que, muy posiblemente, aquella fuera su primera y última batalla. Pero había callado, y por tal falta habría de pagar el mantener el tipo hasta el final.
De los dos, ahora sólo en Dwalin quemaba la llama de ánimos y esperanzas que habían encendido esa misma mañana silbando desenfadadamente por el “Circular Park”. Y, como una respuesta a una plegaria, ese sentimiento pareció ser respondido cuando, en medio de esas cabezas sin identidad, se alzó la voz gutural de uno de los acosadores en un idioma desconocido que puso en alerta a todos los demás. Una serie de gritos y empujones se fue creando entre el mar de “Dragones” y Abdelkarr y Dwalin. La punta plateada del sombrero del causante no tardó en destacarse.
Por más que bramase el capitán de los soldados, el avance de Pallando hacia donde se protegían los chicos parecía imparable. Rápidamente, los esbirros de Alatar volvieron a ocupar el suelo, pero esta vez totalmente inconscientes gracias al arte en la lucha del anciano. Sin ir muy lejos, los dos chavales le vieron aproximarse como una sombra plateada que refulgía con impetuosidad al verse rodeada del negro de sus oponentes, los cuales, pillados por sorpresa, nada podían hacer para detener los certeros y contundentes golpes del rígido bastón del mago.
- ¡Malditos! ¡Casi os dejáis matar en el primer ataque! – les recriminó éste mismo, entre jadeos y bufidos, nada más llegar hasta ellos dos.
Dwalin y Abdelkarr pasaron por alto ese recibimiento tan rudo y apunto estuvieron de saltar al cuello del viejo como si éste fuera su propio abuelo. Enseguida volvieron a ponerse al lado del “istar” para, desde allí, afrontar el escenario del combate desde otro ángulo.
Sorprendiéndoles, Pallando salió corriendo de la zona donde estaban, dejando que los “Dragones” derribados se volvieran a reincorporarse y el resto a reorganizarse. Se diría que nada pudiese acabar con esos tíos, pensaron al unísono, Abdelkarr y Dwalin. Pero por el silencio que mantenía Pallando, al pie de las escalinatas que conducían a la entrada, intuyeron que el viejo zorro tenía pensada alguna estratagema; de forma que se mantuvieron expectantes a cada uno de sus lados, viendo cono los enemigos, gimientes y terribles, se levantaban del suelo como los muertos vivientes de un cementerio.
- Ahora no os mováis... – soltó Pallando con la sequedad habitual que gastaba en momentos de tensión como aquellos.
Aquello acabó por confirmar lo que los otros dos habían supuesto; pero antes de que Dwalin pudiera contestarle con un “ Tú tranqui, Pal”, el anciano clavó su bastón en el suelo con tal fuerza que ésta se hizo sentir en forma de vibraciones que se expandieron por todo el terreno circundante.
Más sensible a las sacudidas de la tierra, Dwalin bajó, con desconcierto, los ojos hacia la que pisaba al notar esa oleada de energía. Pero fue Abdelkarr quien comprobó que, en realidad, el auténtico poder se había desatado en el aire, pues sus ojos vieron, o le pareció que vieron, como una gigantesca ola de mar se formaba en el aire, a pocos metros de altura de su cabeza, y se precipitaba con vigoroso estruendo contra los “Dragones Azules” que, sin misericordia, fueron desparramados violentamente por todo el jardín como livianos muñecos de trapo.
Toda esa ofensiva debió durar unos escasos segundos y por esa misma razón, a Dwalin y a Abdelkarr les costaba asimilar que un regimiento entero de “Dragones”, que habían tenido delante en pie de guerra, ahora solo fuera un montón de cuerpos inertes que adornaban de forma curiosa las ramas de los árboles donde habían ido a parar.
Aún así, la tranquilidad total no volvía reinar en aquel parque. Con rapidez, Abdelkarr y Dwalin cambiaron las miradas de asombro por las de preocupación al oír y ver los resuellos, debidos al esfuerzo, y el sudor, que no paraba de gotear de su rostro, del mago. Había sido un buen “disparo”, pero para ser el primero parecía haber agotado todas las demás “municiones”. Dwalin se preguntó, en aquel momento, si sus ojos no le mentirían cuando le parecían mostrar que las arrugas y cicatrices de Pallando habían aumentado en profundidad, como si fueran heridas de arma blanca.
- Tranquilos... pronto me recuperaré – intentó decirles Pallando ante el peso de sus miradas, pero su voz casi era inaudible y sonaba más oxidada y arrugada que nunca.
Los dos chicos se miraron con la seriedad incrustada en sus rostros. Pallando había sido como el pilar al que aferrarse en todas las situaciones difíciles y, aunque ahora seguía siéndolo, las grietas del esfuerzo y el desgaste parecían querer cubrirlo como una telaraña.
Pallando, empero, era el más consciente de esa situación y no hasta cierto punto se autorecriminó el exceso mostrado en su ataque... Pero había conseguido, por lo menos, los tres objetivos que perseguía en desatar las Olas de Ossë: Salvar a los dos muchachos, deshacerse de esos molestos peones del tablero y demostrarle a Alatar que iba en serio y que nada le detendría. Incluso entonces, Pallando intentó ocultarse a sí mismo el claro cariz fatalista y suicida que iba cogiendo lo que en principio sólo tenía que ser una escaramuza.
En cambio, para Dwalin y Abdelkarr aquello era el fin de sus miedos y ahora se veían capaces de inspeccionar a sus adversarios.
- La madre que los parió... Están cuadrados los cabrones, ¿eh? – le comentó Abdelkarr a Dwalin a propósito de un “Dragón” que yacía de espaldas ante ellos.
Pero Dwalin no le escuchó. Se encontraba demasiado absorto contemplando aquella mole que aún respiraba con dificultades. Con precaución se acercó para oír mejor la entrecortada entrada y salida de aire. Por unos instantes vio su reflejo en la visera del casco que cubría por completo el rostro de los “Dragones” y ya no pudo aguantarse. Llevado por el morbo más sucio, el enano arrancó el casco de su agonizante portador.
Quiso sentir pena por el hombre cuya cara vería, pero, en lugar de eso, un limpio y genuino sentimiento de asco y repulsa le sobrevino, tan repentinamente, que dejó caer el casco al suelo y no pudo evitar dar un bote para atrás. Antes de que le preguntaran que le pasaba, Abdelkarr y Pallando se reunieron a su lado para ver que era lo que le había perturbado. A Abdelkarr se le abrieron los ojos como platos en una expresión de sorpresa mientras a Pallando se le entrecerraban como para intentar evitar ver lo que le mostraban.
A pesar de que el cuerpo estirado en el suelo poseía dos piernas y dos brazos, la cabeza podía ser cualquier cosa menos humana: era totalmente calva, desposeída también de pigmentos, siendo su piel casi tan transparente como la de los peces abisales. Lo único que sobresalía de esa testa era una gran boca rojiza de la que sobresalían unos afilados y protuberantes dientes. Ni ojos, ni nariz, ni orejas...
- ¿Pero que coño...? – murmuró Abdelkarr, confuso y alarmado ante la idea de que todos los tipejos aturdidos y quejumbrosos, pero aun vivos, que tenían delante fueran igual de repugnantes que ese. Dwalin tuvo unos pensamientos similares, pero para él, que había visto el despliegue de los “Dragones Azules” desde ese primer día en el entierro de Arasereg, la sorpresa no fue tan grande, pues ya entonces el enano había notado algo extraño y fuera de lugar en aquellos armatostes armados.
- Ummm... Creo... creo adivinar el origen de estas criaturas – musitó Pallando pasando el frío metal de su guantelete por la piel de aquel engendro. Lo dijo tan bajo que a los dos chicos les dio la sensación de que no quería que le hubiesen escuchado.
Intencionado o no su hermetismo, finalmente Pallando expuso sus suposiciones agazapado sobre aquel “Dragón” moribundo que, como una puerta, les había abierto los ojos a toda una nueva realidad.
- Viéndoles más de cerca está claro que son hombres... o, por lo menos, lo fueron – y antes de que Dwalin pudiera preguntarle si le pagaban por hablar de aquella forma tan turbia, el anciano completó su frase inicial – A mí modo de ver, lo que tenemos delante es un experimento, una prueba, ideada por Alatar para intentar ponerse al mismo nivel que su maestro: si Melkor deformó y amoldó a Elfos para adaptarlos a sus necesidades, Alatar ha hecho lo propio con humanos.
- Lo fueron, pero ya no lo son, como mariposas que se hayan convertido en horrendas orugas... Entonces, sí ya no son humanos, ¿se les puede matar? – murmulló Abdelkarr con la voz perdida de quien dice pensamientos en voz alta.
A pesar de ser un enano y que, por tanto, fueran humanos o monstruos sus enemigos, él siempre lo vería desde su campo, Dwalin se estremeció ante las palabras de Abdelkarr. Y si la mirada del haradrim se había vuelto torva, la de Pallando se había hundido directamente en las tinieblas.
- Recuerda mis palabras, Abdelkarr: El Mal acaba cayendo por su propio peso, por lo que sólo tenemos que mover una carta del castillo para que todas las demás se derrumben por sí solas – se limitó a contestar el “maia” que, de súbito, se irguió y empezó a subir las escaleras hacia la boca acristalada que señalaba la frontera del mundo exterior con la locura de su antiguo amigo.
Como si alguien les hubiera construido una pared de acero a sus espaldas, los recién bautizados en combate se vieron obligados a seguirle. Mientras subían, siguiendo al viejo, Abdelkarr se giró hacia Dwalin:
- ¿Cómo crees que deberíamos llamarles ahora? ¿“Edain-hai”, por aquello de seguir la tradición, o los “Sonrisitas”, por motivos evidentes? – le susurró con sorna señalando con un pulgar a la abatida horda que había venido a recibirles y que dejaban ya atrás.
Dwalin no contestó nada, bien porque no tenía nada ingenioso para replicar (pues en verdad no entendía aquel sentido del humor tan retorcidamente negro y autoparódico de los humanos), bien porque advirtió en el sureño esa mirada feroz, mezcla de malicia y socarronería, que tanto le inquietaba.
Igualmente, no tardaron en reunirse con Pallando en el rellano de la entrada. Dwalin se sintió como si estuviera suspendido en el borde de un precipicio al llegar hasta el lugar.
- ¡Ey, Enano! Recuerda: ¡Kinyamkela! – acabó por decirle Abdelkarr a modo de despedida antes del salto.
- Sí, sí: ¡Humo, humo! – respondió Dwalin nerviosamente mientras aferraba con vigor su mazo, pues, a pesar de llevar guantes, tenía la desagradable sensación de que el arma le resbalaría de las manos debido al sudor.
Quien ya se encontraba totalmente atrapado en su tarea era Pallando. Con parsimonia y hundido en un mutismo casi reverente, abrió la puerta y se adentró en la “Torre de Cristal”.
Como sus sombras, Abdelkarr y Dwalin le siguieron.

La caricia de los rayos del Sol filtrados por la maraña de hijas del bosque hizo estremecer de gusto a Tullken. Fair Hyll, que le observaba desde una prudente distancia, no pudo tampoco esconder una sonrisa de complacencia viendo como aquel extraño visitante se paseaba absorto por entre los manzanos del huerto que, en realidad no lo eran, pues sus plácidos rostros ponían de manifiesto su origen éntico.
- ¿Qué le parece? – exclamó al rato el hobbit, rompiendo el silencio.
Tullken se giró y a Fair le pareció que el chico mostraba un mejor aspecto del que le había parecido aquella mañana, a pesar de sus andrajosas ropas coronadas por aquella gran y deshilachada bufanda gris.
- Muy bien... Es un huerto muy bonito – acabó por contestar Tullken, aún demasiado asombrado por todo lo que iba descubriendo como para dar una respuesta realmente cabal.
- Pues apresurémonos a ir a mi casa a saborear sus frutos... Mucho me temo que nos hemos demorado haciendo esta pequeña excursión.
Tullken le obedeció y, siguiéndole, llegaron al agujero-hobbit más grande que Tullken hubiese sido capaz de imaginarse jamás. En el amplio jardín de césped de la entrada les esperaban una mesa llena de manjares, una legión de criados y los dos primos de Fair, los cuales vivían con él en esa montaña que se hacía pasar por “smial”.
- Maese Tullken, le presentó a mi primo Bungo y a mi prima Belladona – le comunicó Fair.
Tullken inclinó con timidez la cabeza a modo de saludo ante aquellos dos hermanos que ni parpadearon ni emitieron sonido alguno de tan petrificados como estaban ante aquella “sorpresa” que les había traído su primo.
Con un chasquido de los dedos, Fair ordenó a los criados que lo dispusieran todo para aquel desayuno en el exterior; y él, sus primos y su invitado no tardaron en estar sentados en las sillas, listos para disfrutar del banquete.
A Tullken le pareció estar en una comida de juguete, pues todos los enseres - desde la silla pasando por las tazas para el té- le resultaban tan pequeños e incómodos de manejar que el efecto de encontrarse en una casa de muñecas se hacía incómodamente real. Por otro lado, de aquella forma le pareció estar a Tullken también dentro de un cuento. Un cuento como los que le contaba su padre a él y a su hermano, cuando eran pequeños, sobre la gente menuda del Norte. Sin exagerar ni un ápice en los términos, se encontraba en verdad dentro de un sueño hecho realidad; como si hubiera podido viajar en el tiempo y trasladarse a la antigua Comarca antes de la invasión de los Hombres. A medida que avanzaba el desayuno, y con él la mañana, más ganas tenía Tullken de desentrañar los misterios de aquel lugar. Para empezar, se moría por poder entrar al “smial” de Fair y sus parientes, que en todo, menos por el color azul de la redonda puerta de entrada, se asemejaba a la imagen que siempre se había hecho de cómo debería haber sido Bolsón Cerrado en sus años de esplendor, y que ponía de manifiesto que la familia de Fair debía de ser una de las más ricas e importantes de aquella villa oculta.
Sus interrogantes y ansias de saber no parecían ser compartidas por sus anfitriones, de los cuales sólo Fair parecía querer mantener una conversación sincera, pues sus primos seguían contemplando a Tullken con ojos alucinados que no parpadeaban, y sólo con mucha lentitud daban bocados a la comida de los platos que tenían delante y que ni miraban. Así las cosas, en el discurrir calmoso de la mañana y en el aire solo se oían las voces animadas de Fair y Tullken. El dúnadan no se reprimió en preguntarle al hobbit de la naturaleza del lugar donde se hallaban. Éste le respondió que ellos casi sabían tanto como él del sitio, y que solo existía el recuerdo de que, hacía ya incontables generaciones, sus antepasados huyeron al Norte ante el imparable avance de la Gente Grande y que sólo fue por hechos azarosos que hallaron ese valle tan bien protegido y aclimatado.
En cuanto a las ents-mujeres, parecían haber sido las primeras habitantes del valle, pues los primeros hobbits que llegaron allí se las encontraron de la misma forma que Tullken las había visto: Dormidas en un placentero sueño en medio de los velos de neblina volcánica que supuraban las grietas de las montañas. Cómo habían llegado allí y por qué no se despertaban nadie lo sabía, pero, desde su reunión en el valle, se había establecido una relación simbiótica entre las dos comunidades. Las ents-mujeres alimentaban con sus frutos a la población a la vez que ésta mantenía bajo su cuidado a las Damas del Bosque con cariño y dedicación.
Acabadas esas aclaraciones, quiso saber entonces Fair de los hechos y desventuras que habían traído a Tullken hasta aquel recóndito paraje. Viéndose en esa situación, el chico decidió ser esquivo para no revelar toda la naturaleza de su viaje y solamente a grandes rasgos les confesó a los hobbits que procedía del sureño Gondor y que, por diferentes avatares en su vida, había llegado hasta allí. Naturalmente esa escueta explicación no llenó a Fair, el cual parecía tener una curiosidad y ansias de conocimiento demasiado grandes para su reducido tamaño.
Acorralado, Tullken empezó a sentir una ansiedad en su interior que le instaba a guardarse de comenzar a charlar sin mesura. La sensación aumentó y por momentos iba cogiendo la fuerza del zumbido que sentía dentro de sí cada vez que algo perturbaba su espíritu. Fue entonces cuando lo vio.
Como en cámara lenta, dejó la taza que aguantaba con sus manos para evitar que cayese de la sorpresa. Parpadeó varias veces para asegurarse de que lo que veía era real y, al comprobar que el supuesto espejismo no desaparecía, dejó de escuchar lo que le decía Fair (al cual ya ni oía de tan concentrado como estaba) para fijarse en el anciano con bastón que se les acercaba velozmente por un caminito que atravesaba los campos. Aquella visión le trajo a Tullken recuerdos de sueños que ya creía olvidados; pero aquella vez era diferente, pues se encontraba despierto y el viejo que venía hacia ellos no era Pallando, como siempre había creído. No, en verdad aquel hombre era más alto y enjuto que el mago azul, e iba ataviado con largas y oscuras ropas de un color pardo como el de las cortezas de los bosques neblinosos.
La figura se paró y, clavando su severa mirada en el indefenso Tullken, señaló con un huesudo dedo en dirección al centro del valle, en el lago que había alterado antes al muchacho. Y cuando más observaba al viejo, más sensación de ahogó sentía éste y, al final, no pudo evitar desplomarse hacia delante.
Los hobbits, alarmados, le cogieron y lo reincorporaron. Sudando y con la boca entreabierta, Tullken pareció recuperarse. Para cuando volvió a tener la vista despejada, vio que el anciano había desaparecido. Asustado ante la idea de que alucinaciones varias pudieran acosarlo incluso estando él consciente, pidió a los medianos si podía echarse un rato a descansar.
Intercambiando miradas de desconcierto, los hobbits accedieron a su petición, pues bien que se habían espantado al ver aquella extraña reacción de su huésped. Parecía que finalmente Tullken podría ver como era el interior del “smial”; aunque no lo disfrutó, pues, mareado y exhausto, se dejó caer rendido en las dos camas reunidas que habían juntado los criados para que pudiera estirarse. Solo cuando empezó a dormirse se dio cuenta Tullken de la necesidad que tenía de un descanso real.
Cumplida la demanda, Fair, seguido de sus primos, salió al exterior, donde se había levantado una ligera brisa. Paseándose por el ancho prado de la entrada, Fair se sacó una pipa de la chaqueta y contempló en silencio la ahora solitaria mesa del desayuno y a sus anonadados primos. ¡El alto y taciturno Bungo y la hermosa Belladona de dorados rizos!... Tal para cual, pues Fair era quien tenía que pensar por los tres.
- ¿Qué os parece? Al fin ha sucedido – anunció, con calma, Fair.
- Fair, ¿por qué lo has traído aquí? He oído que has evitado que el Thain se ocupase del asunto – le espetó Bungo, con temblor en su voz.
- Sabes tan bien como yo que en nuestra casa el Thain no ha de saber de la naturaleza de los asuntos que nos atañen más que lo justo y necesario. ¡Pues sólo a nosotros se nos fue encomendada la misión!
Fair esperó la reacción de esas palabras en sus primos, pero al no obtener respuesta encendió la pipa y siguió hablando con más calma:
- Él nos prometió que vendría y al final ha venido. ¡Hoy es un gran día de júbilo! Finalmente podremos deshacernos del mal que nos atenazaba.
- ¿Pero qué haremos con él? – se atrevió a preguntar Bungo dirigiendo una mirada al interior de su casa.
Fair dio una larga bocanada a su pipa antes de contestar.
- ¿No está claro? Hay que matarle.



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