Osgiliath 2003 (cap. 16-27 y final)

27 de Septiembre de 2008, a las 13:20 - Ricard
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25.

Elesarn y Tullken

 

 

En esa misma noche, ni calurosa ni fría, de principios de Septiembre en que una meditabunda Ardarel decidía seguir su propio destino poniendo como testigos a las estrellas que la acompañaban en su soledad, Tullken se despertó de golpe en la oscuridad y, por unos instantes, le costó reconocer, por culpa de esta misma, los contornos de la habitación en la que se hallaba, tumbado en una amplia y mullida cama.

Una sensación extraña, como si tuviera un agujero justo donde tendría que haber estado el estómago, lo embriagó. Sin lugar a dudas, aquella ancha estancia de techo alto y blanco, de un gris sucio bajo los ojos acostumbrados a la negrura del chico, y de sencilla decoración, no era la habitación de su casa, más pequeña y menos formal. Y, sin embargo, sentía que aquel había sido su hogar o que tendría que haberlo sido. Ese incuestionable hecho le obligó a saltar sobre el recuerdo del vívido sueño que había causado que abriese los ojos de súbito en medio de la calma de la noche para retroceder hasta los motivos por los que había caído allí. Y éstos, como el origen de su sueño, tenían como nexo común a Elesarn.

El chico ladeó entonces la cabeza hacia su izquierda y su mirada se topó con la figura difuminada, borrosa por la oscuridad, de la elfa durmiendo a su lado. De hecho, más que verla, la intuía, pues sólo gracias al calor que desprendía ella y a que sus ojos acabaron acostumbrándose a las tinieblas, se aseguró de que no seguía en un sueño del que la muchacha era sólo una parte. Acabó viendo de ese modo que Elesarn dormía de espaldas a él y, aunque no pudiera verle el rostro, Tullken se contentó con admirar, como en el día en que la conoció, su cabellera dorada, cuyo esplendor debía, no obstante, imaginar en aquellas condiciones. Resiguiendo a tientas el recorrido de su melena al caer sobre el resto del cuerpo, Tullken, para su desagrado, también acabó por descubrir en la blancura de la piel del hombro y el brazo desnudo que estaban a su vista, y que incluso en aquella oscuridad parecían refulgir levemente, las cicatrices nacidas de otro sueño, el causado por Moralda. Similares a arañazos de un gato gigante, destacaban sobre el resto de la piel por su tonalidad aún más pálida, si cabe: un mapa de carreteras en medio de la noche del dolor y el sufrimiento.

“Fui tan rápido como pude” se recordó Tullken al rememorar el momento en que la abrazó en ese pequeño vestíbulo para frenar el escape de sangre de aquellas heridas y, al percibir que volvía a angustiarse por hechos que ya no podían cambiarse, se serenó y se dejó llevar sencillamente por el momento. Se encontraba a solas con Elesarn, en la misma habitación, en la misma cama, en la quietud del regazo de  la Noche.  ¿ Por qué debía de torturarse de aquella manera?

Suspirando, el propio Tullken se respondió al volver sobre sus pasos, recordando cómo había llegado hasta allí, lo que había sucedido esa misma tarde…

 

 

 

El chico se mantenía en la oscuridad. No en una oscuridad total que ahogase todas las luces, pero sí en la sosegada penumbra, entre aterciopelada y fría, que sólo podía cobijarse en edificios tan viejos y venerables como en el que se hallaba. Efectivamente, el chico, Tullken de  la Casa  del Norte, se encontraba sentado en un banco de la pequeña iglesia de Eru situada en el centro de la ciudad y a la que solía acudir por el mero placer de regodearse en la intimidad de que disfrutaba en aquellas visitas.

Y esa visita, durante aquella aburrida, lánguida y apacible tarde de principios de Septiembre, con su luz anaranjada atravesando las estrechas y sucias vidrieras del lugar, no hubiese sido diferente de las mil otras anteriores si no fuera por el simple hecho de que, a pesar de estar solo en todo el edificio, Tullken no había podido evitar traerse consigo una parte de aquel mundo exterior del que, más que nunca, quería (¡ necesitaba!) aislarse por un rato. Y el causante de aquello, de que en la cabeza del joven reaparecieran una y otra vez, como en un vídeo estropeado, las cuestiones aún sin solucionar que le esperaban a la salida, más allá de las firmes puertas de roble del templo, era Pallando. El mago, como una sombra entre las otras que reinaban en las esquinas del santuario, era la causa de que Tullken estuviera quieto y tenso en medio de la soledad sin poder disfrutar de ella, como si en realidad se encontrara en otro sitio, rodeado de ruidosa y desconocida gente.

Poco pudo imaginarse el dúnadan que, cuando el anciano lo citó para hablar con él no haría ni un par de días, en otra perezosa tarde de finales de Agosto, el fantasma de aquel encuentro lo perseguiría tan implacablemente… Aunque, como bien había reflexionado con cinismo, ¿ alguna vez se había reunido con el mago sin obtener a cambio desalentadoras noticias o perturbadoras revelaciones? 

La reunión, otra vez sólo entre ellos dos, sin Dwalin o Abdelkarr, tuvo lugar en el apartado y poco concurrido monumento a los caídos por  la Revolución  del 1876; “un monumento a la soberbia de Alatar” en palabras del propio Pallando, dando inicio de esta forma a, más que un diálogo, un monólogo en el que el viejo “istar” le instó “amablemente” y eufemísticamente hablando, a que vigilara conductas como la que se desató el día en que él le confesó su charla con Elesarn, pues en el interior del chico residía un poder que, mal usado, podía ir en contra suya o de sus seres queridos. Dado el tono duro y reprensivo de aquella “sugerencia”, Tullken, sintiéndose como si lo acusaran de un crimen que no hubiese cometido, se rebotó aduciendo un “¿ Y qué podía pasar si utilizaba aquel poder en pequeñas dosis y para hacer el bien?”, cuando en realidad lo que esperaba era no tener que despertar el fuego del Otro nunca jamás. Lo único que consiguió, sin embargo, fue dar motivo a que Pallando se revolviera contestando su sentencia: “Cuando me vaya, serás el único servidor de  la Llama  Imperecedera  en tierras mortales, Tullken… Eso significa que ostentarás el mayor poder entre toda criatura viviente de aquí… y que, si abusas o lo mal utilizas, aquellos a quienes sirvo me volverían a enviar a  la Tierra  Media  con la orden de ir a por ti…”

Para Tullken la conversación había finalizado ahí, pues como con todos los recuerdos desagradables, prefirió fragmentarlo y dispersarlo para no tener una imagen vívida de él. Además, estaba también lo de Elesarn... El mago le comunicó que en la siguiente semana, muy pronto, tendría lugar su viaje a las Tierras Imperecederas… acompañado de ella, claro. El verano había empezado con una victoria, pero a Tullken le dio la sensación de que se había ido agriando a partir de la desaparición de Bardo para desembocar, a pesar del respiro que supuso el más festivo mes de Julio, en la noticia de la marcha de la elfa y esa misma discusión con Pallando.

Suspirando para ver si al fin se relajaba, Tullken se concentró en el desgastado y gigantesco retrato de Gandalf el Blanco levantado tras el altar; pero, a diferencia de otras ocasiones, no consiguió encontrar consuelo en la evocación de otros tiempos, de otro tipo de batallas, que intentaba transmitir la pintura y, no sin amargura, Tullken pensó entonces que más le habría valido quizás no haber derrotado a Alatar, pues su triunfo sobre el mago corrompido sólo había venido seguido de desilusiones para él.

Justo en aquel momento, anunciado por el chirriar de los goznes de la añeja puerta al ser movida, alguien entró en la iglesia. Esfumándosele todos los pensamientos de golpe como se esfuman los sueños en un despertar brusco, Tullken puso todavía más recta la espalda a la vez que brazos y piernas se le ponían rígidos. Desde los dieciséis años en que había empezado a hacer esas escapadas a la iglesia, nadie había entrado jamás en el lugar y aquel recién llegado perturbó el aún agitado ánimo del muchacho. Así, más por falta de costumbre que por timidez, se abstuvo de girarse para ver a ese nuevo feligrés.

Los pasos de aquel intruso resonaron sobre las frías y desgastadas piedras del suelo del pasillo entre las dos hileras de bancos al acercarse, para desagrado del dúnadan, al sitio donde se encontraba él. Por el rabillo del ojo, el chico vislumbró la sombra de quien ahora lo miraba de pie en el inicio del banco y, aun sin tener que girar la cabeza del todo, supo de quien se trataba.

- Hola, Elesarn – dijo entonces, casi sin fuerza ni ánimos para mirarla a la cara.

La chica se lo quedó mirando por unos segundos sin decir nada, indiferente al parecer ante ese glacial saludo. Luego fue a sentarse a la derecha del joven.

- Me dijeron que podría encontrarte aquí – dijo la elfa al cabo de un rato, con igual tono neutro y mirando al frente, como lo hacía Tullken, para admirar la pintura de Gandalf – Y la verdad es que me ha costado averiguar donde estabas… En estos últimos días has estado muy ausente, desaparecido… - prosiguió después de esa pausa, desviando al fin sus ojos hacia Tullken.

A éste no le costó imaginarse a cierto enano “confesando” su paradero “secreto” como tampoco le costó sentir cierta punzada de culpabilidad en el pecho. Elesarn tenía razón, durante aquellas últimas semanas se había ausentado adrede, esquivando más mal que bien a sus amigos para recluirse consigo mismo; con lo cual sólo había conseguido enfriar aún más si cabía su relación con la joven, rehuyendo expresamente su compañía que tan dolorosa, e incluso molesta, se le había vuelto desde el día de la excursión a Fangorn, a diferencia del animado mes anterior. Y si no soportaba verla era porqué tenerla delante no hacía más que recordarle que ya no la vería nunca más. 

Y, ahora que justo la tenía al lado por una de esas bromas crueles del destino, Tullken sabía, sin lugar a dudas, a qué había venido, qué iba a decirle a continuación.

- Mañana… Mañana partiremos Pallando y yo a los Puertos Grises. Dwalin y Abdelkarr se han ofrecido a acompañarnos… Como no decías nada, he venido a buscarte sólo para que lo supieras… y para saber si querías venir tú también   – dijo Elesarn, al ver que si no era ella, ninguno de los dos iniciaría la conversación.

Lo dijo con aquel tono neutro que Tullken juzgó que utilizaba para esconder la alegría sincera que le producía ese viaje hacia el “hogar de su Pueblo”, a sabiendas de lo que opinaba él al respecto. Pensó entonces que, por otra parte, aquello era un detalle por parte de ella para no apartarlo de lo que serían sus últimas horas en  la Tierra  Media.  Eso, naturalmente, no impidió que en aquellos momentos el que acabara pareciendo el más hundido, enfermo y pálido de los dos fuera Tullken, sintiéndose incluso más viejo que la chica que tenía al lado y que le doblaba la edad.

En el río de amargo silencio que fluyó entonces, Elesarn se lo quedó mirando de reojo sin atreverse a abrir la boca, para dejar que Tullken rumiara solo su decisión y para que no se viera así ni influenciado ni presionado. Sumergiéndose en ese río, pues, Tullken se quedó mirando el retrato de Gandalf con aquellos ojos que ya no eran los mismos que lo habían contemplado antes en tantas y tantas plácidas tardes anteriores.

- ¿ Sabes una cosa? A pesar de todo lo que ha pasado, soy menos creyente. Quiero decir, no creo en las bendiciones de los Valar y Morgoth es cada día más para mí una sombra difusa… Todo… todo lo sucedido desde Mayo me ha parecido un sueño – dijo al fin, dejando pasar otros instantes de mudo sosiego – Pero alguien me dijo una vez: “aprovechad el tiempo que se os ha dado” y eso creo que es lo que voy a hacer.

Después de decir aquello, ambos se miraron a la cara y, a pesar de que vio pesadumbre en   sus ojos, Elesarn se alegró de ver al fin, y al mismo tiempo, una sonrisa en el rostro del dúnadan.

- ¿ Es esto un sí? – preguntó, no sin cierta ironía y enarcando una ceja.

A Tullken se le ensanchó la sonrisa. Había comprendido que la vida no era intentar alargar una “felicidad duradera” hasta el infinito, sino disfrutar de las “felicidades” del día a día intensamente.  La Elesarn  que había conocido aquel día de finales de Abril había vuelto al fin de su paseo por el Abismo, justo para marcharse. Lo único que podía hacer él era intentar que su estancia en esa parada de descanso llamada Osgiliath fuera lo más agradable posible.

- Bueno, me parece que ya he acabado entonces aquí. Sólo me queda decirte que hemos quedado para partir mañana a las siete y media de la mañana en la plaza Ilmarin… Y que me alegra que vengas – dijo más animada Elesarn mientras se levantaba del banco.

Tullken no supo qué decir ante aquello y sólo balbució silenciosas palabras en el aire, incapaz de esbozar una despedida a la altura. Elesarn, ya desde el pasillo entre los bancos, se lo quedó mirando entonces y, por su mirada entre divertida y compasiva sobre el desaliñado y más bien taciturno Tullken, así como por su mutismo, quedaba claro que ella no había quedado tampoco contenta con aquel penúltimo y anodino “adiós”.

- Oye, ahora que me acuerdo… también quería dejar el piso de mi padre ordenado y limpio antes de irme… Sí, ya sé que nadie vivirá ya allí y tal, pero, ya sabes, es un capricho de “obsesa de la limpieza”- dijo finalmente, titubeante y decidida a la vez – Y estaba pensando que, si querías, podrías pasarte un momento a echarme una mano y de paso me acompañas a casa… Eso si no estás muy ocupado aquí, claro.

Tullken giró la cabeza con una ceja enarcada. No estaba tan obnubilado como para no haber sentido el dardo sarcástico que escondían las últimas palabras de ella, y que lo retaban a quedar mal si se quedaba allí y a convertirse en el “chico para todo” durante toda la tarde si accedía. Como cuando estuvo en el “Circular Park” la noche en la que empezó todo, ahora al dúnadan se le abrían dos caminos que elegir; dos ramas del árbol de su vida de cuyos frutos se podría esperar de todo. Dándole un postrero vistazo al cuadro de Gandalf se acordó de cierto anciano gruñón y esquivo que pronto ya no vería más y se dijo que, al final, el camino que parece más tortuoso es el que mejores “frutos” da. Así que, exagerando el esfuerzo que le suponía levantarse, se situó junto a Elesarn en el corazón del solitario templo y, realizando una forzada reverencia, la invitó a pasar a ella primero.

- Las damas primero – indicó con tono grave y, siguiéndole la corriente, Elesarn avanzó como una reina hasta la salida donde les esperaba el Sol, tocado de muerte por la noche, del atardecer.

Durante el camino hacia el piso de Elesarn no se dijeron nada o, por lo menos, nada con tanta importancia como para que quedara constancia de ello y, justo cuando las sombras se alargan y ganan en negrura, llegaron finalmente a su destino final. Una vez pasado el vestíbulo, y subiendo las escaleras del lugar, Tullken notó una sensación extraña, un sentimiento que aumentó a cada escalón y se agudizó cuando entraron en el piso, al recordar su primera visita al lugar. Había estado muchas otras veces durante aquel verano allí, pero nunca a solas con ella, y eso le hizo sentir igual de raro que la primera vez que visitó el apartamento con Dwalin. Desde ese día hasta el presente, el aspecto de éste había cambiado sobremanera y Tullken juzgó que también el haberse percatado de ello le había producido aquel extrañamiento.

Ahora el piso distaba de ser el reducto de elegancia y exquisita decoración que tanto Dwalin como él habían conocido, vacío de casi todos sus ocupantes y sí más lleno, en cambio, de fantasmas y cajas de cartón con todo lo que se podía embalar, lo que le daba una apariencia de desolación y vacuidad que se acentuaba si uno miraba a las blancas paredes huérfanas ya de cuadros y retratos. Sólo la hiedra en la pared, digna superviviente, rompía aquella monotonía. 

Tullken se movió por entre ese laberinto de cajas intentando hacer el mínimo ruido con sus pasos para llegar hacia donde se encontraba la más ágil y rápida Elesarn. La joven las estaba revisando con la mirada seria, como si con sólo los ojos supiera qué contenía cada una y pudiera hacer así un inventario de todas ellas de memoria y sin tan siquiera tener que moverlas. Hasta donde sabía Tullken, la mayoría de objetos ahí guardados, sobretodo los más valiosos o útiles, habían sido donados por Elesarn al joven gobierno democrático para que los administrara justamente entre los que más los necesitaran o les sacaran más utilidad. El resto, como tesoros enterrados en una cueva, permanecerían en el futuro en el deshabitado piso hasta que fueran encontrados por algún aventurero de ciudad o todo el bloque fuera derruido al ser incapaz la elfa de llevarse una gran maleta en su viaje hacia poniente.

Con aquel sigilo tan sobredimensionado, el dúnadan acabó colocándose al lado de la muchacha y, para no molestarla en el recuento que estaba ejecutando, se la quedó mirando absorto con una expresión inocente y pensativa en la cara ( ¡ bien que lo sabía!), sin importarle ya mucho nada, pues no quería desperdiciar ni un segundo de sus postreros momentos con ella. Para su desgracia, en esa ocasión, Elesarn fue muy consciente de sus ojos puestos sobre ella y, sin previo aviso, se giró de cara a él con aquella seriedad de contable que lo intimidó un poco.

- ¿ Qué estás mirando como un pasmarote? ¿ Vas a quedarte aquí quietecito toda la tarde   sin mover ni una ceja, olvidando lo prometido? – le dijo entonces con una súbita voz de sargento.

- ¿ Qué? Yo… hombre, pues yo…

Esa turbación no le valió al joven de excusa para que, durante la siguiente media hora, se la pasara moviendo de un lado para otro cajas de todos los tamaños y formas bajo los designios y simple capricho – tal y como a él le pareció – de  la Elesarn  más enérgica que recordaba en meses. 

Una vez acabada la redistribución, el interior del piso se encontraba en penumbra y Elesarn, como buscando la luz agonizante del día, fue hacia el gran ventanal del comedor para descansar ahí mientras disfrutaba de las vistas. Tullken, sudado y jadeando por el esfuerzo, se sentó tras ella sobre una enorme caja y, a pesar de eso, le pareció que todo aquel ajetreo había validó la pena ante ese estadio de paz que, Tullken lo intuía ahora que habían acabado el “trabajo”, precedía a la despedida. Así, pensando en aquello, el dúnadan se distrajo viéndola ahí, apoyada en la ventana, de espaldas a él y a contraluz, una sombra recortada en el crepúsculo que parecía, paradójicamente, guiarlo en la oscuridad que iba en aumento.

Llevado más por un impulso que por un deseo consciente, Tullken acabó levantándose para acercarse al ventanal. Al ir aproximándose, reconoció a un lado de éste a otra sombra. Se trataba del telescopio del padre de Elesarn. Al parecer alguien lo había apartado de su sitio natural con brusquedad y en aquellos momentos se mantenía precariamente apoyado en la pared, sin enfocar más al cielo, olvidado incluso para ser metido en una caja; el esqueleto y el ojo de una especie de ser de dibujos animados que golpeó a Tullken en la memoria y le arrancó una sonrisa al hacerle rememorar tiempos que ahora le parecían mucho mejores. 

Al apoyarse también en el alfeizar de la ventana y dejarse bañar por la luz anaranjada, añeja, del ocaso, a Tullken le hubiera encantado comentarle algo de aquello a la meditabunda Elesarn; pero, como ella, no pudo evitar dejarse embargar por el paisaje que ofrecía la línea del horizonte de la ciudad al desplegarse ante ellos. Y, como cierta pareja de hermanos gemelos en las afueras, en aquellos mismos instantes pudieron admirar más de cerca la mole de las grandes grúas que, como gigantes raquíticos atrapados en hierro, levantaban la masa de los tres nuevos edificios presidenciales, tres jóvenes pimpollos de futuros grandes árboles de metal y hormigón, que ya habían rebasado la mitad de su altura definitiva de colosos.

En el aire sosegado que precede a la noche, donde todo parece ralentizarse al dejarse atrapar por una nube de pereza, las motas negras y con plumas de una docena de cuervos que revoloteaban por el cielo de la ciudad parecían querer romper con sus acrobacias aéreas y sus graznidos esa tranquilidad. Tullken los vio saltar desde las grúas y ejecutar sus piruetas por el amplio y vacío tejado sobre toda la urbe y, por unos momentos, se le ocurrió que, aun desde esa distancia, podría ordenarles que ejecutaran maniobras más sincronizadas, arriesgadas y espectaculares sólo para su deleite y así divertir, a su vez, a Elesarn. Pero enseguida desechó la idea al venirle a la cabeza la advertencia de Pallando. En el fondo, era mejor no abusar de sus nuevas habilidades.

Y para reforzar aquel nuevo compromiso con la sensatez, y volver a poner los pies en tierra firme, Tullken bajó su mirada hacia la calle que tenían justo debajo, en la que, en la misma medida en que se iba vaciando de gente, se iba oscureciendo de forma progresiva. Al no encontrar la manera ni el tema estrella con el que hacer inolvidables aquellos últimos momentos con Elesarn, Tullken acabó reflexionando sobre el hecho de que ya pronto recorrería esa misma calle en dirección a su casa, solo y con la certeza de que sería la última vez que se acercaría de nuevo a aquel barrio y a ese bloque de edificios.

Codo con codo con el dúnadan, Elesarn tenía, en cambio, la mirada fija en las estrellas que, con timidez, comenzaban a despuntar en la bóveda celeste del color azul del mar de tormenta. Mirar a la infinitud de ese horizonte era igual para ella que asomarse a su futuro por el vértigo que le provocaba y por la inmensidad (de posibilidades) que se abría ante ella. Como en los grandes cambios acaecidos en la vida, Elesarn afrontaba el viaje que mañana la llevaría a un lugar todavía incierto, desconocido en su mente, pero que parecía llamarla con poderosa voz, con una mitad de entusiasmo y la otra de miedo. Y el miedo no era por lo que podría suceder mañana y todas las otras mañanas que siguieran a ésa, sino que procedía de otro tipo de fuentes. En el estático aire antes del reino absoluto de la noche que anunciaba las horas de descanso de los durmientes, Elesarn tenía las ideas mucho más claras que el joven Tullken. Sabía, a diferencia del chico, que aquel silencio era mucho más disfrutable que mil conversaciones vacuas y que, paradójicamente, era de él de donde procedía su único temor; aunque la elfa nunca llegó a sospechar lo cercanos que eran esos temores y esperanzas de los de una orco que, como ella, también se encontraba en esos mismos instantes reflejándose en las estrellas.

Y que ese momento se hubiese congelado en el tiempo también le hubiera gustado a la elfa por lo apaciguado que sentía su ánimo y por lo sereno del ambiente; pero, al igual que Tullken, era consciente de que la hora de la despedida vendría más pronto que tarde.

Pensando que el chico estaría sumergido en otros páramos sin preocuparse de aquel asunto, se giró para mirarlo y se quedó sorprendida al pillarlo observándola directamente. A diferencia de otras ocasiones en las que el dúnadan apartaba la vista avergonzado al ser descubierto, en esa ocasión mantuvo sus tranquilos ojos clavados en ella con una suave sonrisa en el rostro, abstraído como si contemplara el atardecer en los ojos de ella y no enfrente suyo. A la joven no le vino a la cabeza ningún recuerdo en que hubiera visto a Tullken tan centrado y feliz a la vez ante la contemplación de algo.

- Elesarn… creo que ya es hora de que me vaya a casa. Mañana nos veremos – dijo entonces sin apartar su hipnótica mirada de ella, así como tampoco abandonó su sonrisa, aunque mató la magia del momento.

Y, ya iba haciendo el gesto de apartarse del marco de la ventana cuando Elesarn, sin emoción alguna en apariencia que hiciera trastabillar su voz o porte, sacó de lo más profundo de ella aquel miedo que había intentado ocultar, ahogar, como pudo dentro de sí misma sin éxito.

- Por favor, no te vayas… No me gustaría pasar esta última noche sola.

 

 

 

Oteando la oscuridad con los ojos clavados en el techo y rodeado de los recuerdos que inundaban aquella habitación, Tullken permanecía ahora inmóvil, degustando el paso reptante y lento del tiempo. Distraídamente miró entonces los dígitos rojos del reloj de la mesita que tenía a su derecha. Eran las cuatro de la madrugada. Faltaban tres horas para que tuviera que levantarse y comenzar el día con el último viaje de Elesarn. Tres horas más para seguir durmiendo y quien sabe si volver a soñar; a pesar de que bien le había parecido a Tullken un sueño el cómo había llegado hasta allí y las horas pasadas en esa habitación. Eso lo llevó al verdadero sueño que lo había despertado en medio de la noche. Más que un sueño, había sido una visión; una visión del futuro en la que aparecían Elesarn y él convertidos en la cabeza de una nueva dinastía que gobernaría sobre una nueva Edad del Hombre: Tullken de  la Casa  del Norte y Elesarn del Bosque Viejo, un medio-mago y una elfa. Había vislumbrado entonces imágenes muy vívidas de ellos dos entronizados; él como un rey de los Días Antiguos, con su espada, su cetro y su corona, y a su lado, ella ataviada con largas vestiduras grises salpicadas con perlas que deslumbraban como los destellos del Sol sobre el mar, peinados sus dorados cabellos en numerosas y finas trenzas. Todo auténtico y “de verdad”; no como en aquellas recreaciones históricas de los telefilmes de domingo a media tarde… Pero ese espejismo pasó, se desvaneció como el humo, y en su cabeza reverberó sólo la voz de Pallando: “… Me obligarán a ir a por ti…”. 

Sacudiendo la cabeza, el dúnadan se deshizo en su mente de aquel fruto nacido en el jardín de Lórien y que ahora, despierto aunque un poco adormilado, le pareció ridículo y pomposo. Aún así, la amenaza final de Pallando no dejaba de hacer eco en el interior de su cabeza, poniendo de relieve las resoluciones a las que llevaban esas (falsas) imágenes de grandeza y esplendor que siseaban a una parte del chico, la más oculta y resguardada de su ser, allí donde la luz de la conciencia nunca llegaba. Ese reverso de su personalidad se dejó silenciar de todos modos hasta empequeñecer y hacerse invisible de nuevo al juzgar Tullken que sería mejor dejarse de tonterías y volver a acostarse para estar mañana fresco y descansado. 

Antes de volver a cerrar los ojos, sin embargo, el joven volvió a girarse para contemplar a Elesarn, cuya profunda y rítmica respiración a su lado hacía que no perdiera el mundo de vista a causa de aquella muda agitación interna que lo hacía mantenerse inmóvil, como muerto en vida.

La chica no era ahora más que un bulto a su izquierda cubierto por los valles y montañas que formaban las sábanas blancas sobre su cuerpo y del que sólo eran visibles los ríos de oro de sus cabellos, pues seguía de espaldas a él, profundamente dormida. Tullken hizo el gesto de acariciarla en ese momento, pero a medio camino frenó la mano al considerar que sería mejor que continuara durmiendo. Además, no le hubiera gustado tocarla con aquella mano, deformada a causa del fuego de un alma.

Cerrando con fuerza los párpados y mentalizándose de igual forma para intentar dormir, Tullken intentó a su vez desconectar de manera definitiva de la magia de la noche, de sus encantos y silencios que solían embrujar a sonámbulos y a insomnes desprevenidos como él. Al rato cayó de nuevo fulminado por el sueño.

Transcurrieron así un par de minutos en los que la habitación retornó a una quietud total. Al cabo de éstos, solamente se oía la respiración regular de Tullken. Elesarn, sin moverse de posición, había abierto los ojos nada más notar que el chico volvía a dormir, escudriñando sin parpadear la oscuridad. Incorporándose levemente y girando la cabeza con disimulo, vio, a pesar de las tinieblas, como la tranquilidad y el reposo volvían a arropar al dúnadan. La elfa, a diferencia de él, no había soñado nada y aquella noche juntos distaba mucho de parecerle un sueño. Para ella había sido bien real; su última e íntima vivencia en esa tierra, su último y más vívido recuerdo de aquel mundo que tan ajeno debería convertirse como ajeno le parecía ahora el lugar al que iba a viajar mañana.

Tullken sería su vínculo para siempre con  la Tierra  Media  y, como para reforzar más aún esa unión y escapar de la súbita sensación de frío y abandono que la asaltó, juntó su cuerpo con el del chico y se acurrucó pegada a él. Tal vez no llegarían a ser nunca reyes de nada, pero por lo menos conquistaron aquella noche.

                   

      

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