Osgiliath 2003 (cap. 16-27 y final)

27 de Septiembre de 2008, a las 13:20 - Ricard
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27.

Y, a modo de epílogo, ¡ un vistazo a las estrellas!

 

 

Tan rápido como podían y tan concentrados en su caminata que ni se dieron cuenta de que realizaban aquella carrera casi con el aliento contenido, Tullken y Dwalin, con un claro objetivo en mente, ascendían en silencio y con determinación la pendiente del cerro desde donde habían admirado la ciudad de Osgiliath junto con Abdelkarr y Pallando hacía ya meses.

La noche de temperatura suave y aire estancado de finales de Septiembre ponía telón de fondo a aquella postrera excursión de ellos dos; la última que podrían realizar. Al día siguiente sus vacaciones finalizaban, pues amanecerían en su primer día de universidad. Lejos quedaba –cinco días atrás concretamente – su llegada del periplo por el Norte. Cinco días desde que abandonaron los Puertos Grises y, ahora, por expreso deseo de Tullken, se veían envueltos en aquella otra “expedición” que ponía, de una forma casi simbólica, punto y final de manera oficial a ese verano.

Cuando llegaron al fin a lo alto del montículo, sin tener que decirse nada gracias a aquella muda compenetración entre ambos forjada en tiempos pasados en los que quizás fue más fuerte, se pararon al unísono en un punto concreto y allí dejaron caer los fardos que llevaban consigo, a modo de carga, bajo sus brazos. Dejando transcurrir unos segundos de pausa y silencio para recuperarse de ese largo peregrinaje, se distrajeron durante un rato escuchando el suave crepitar de la hierba a su alrededor al ser movida por la brisa nocturna, oliendo las fragancias perfumadas que desprendían entonces las diferentes plantas y oyendo a su vez la fiesta de quedos cantos y ojos curiosos que parpadeaban en esa alfombra verde, como lo hacían las estrellas en el cielo. Y, en una noche tan plácida como aquella, el Techo del Mundo aparecía limpio y claro como un espejo sólo enturbiado allí donde sus bordes conformaban con la tierra de abajo el horizonte; lugar en donde algunas despistadas nubes apacentaban tranquilamente, destacando por su color gris sucio al contacto con la luz de los astros que adornaban los prados celestes por los que deambulaban.

- ¿ Comenzamos ya? – anunció Tullken entonces, frotándose las manos para entrar en calor y consciente de que a Dwalin no le había hecho mucha gracia tener que subir hasta ahí arriba sólo para complacerle a él.

El enano dejó escapar un gruñido a modo de confirmación y, alumbrados por la luz de las estrellas que les habían iluminado también durante todo su viaje, deshicieron los paquetes que habían transportado. Pronto dejaron al descubierto el blanco cilindro de la lente de un telescopio y a su negro y metálico trípode, llevados por cada uno de ellos respectivamente.

Hundiendo las patas de insecto de hierro del trípode en la hierba y en la mullida tierra que había debajo de ella, los chicos no tardaron en colocarle encima el tubo con la lente. Era la primera vez desde hacía casi medio año que el telescopio de Arasereg apuntaba de nuevo su impertérrito ojo-lente hacia el igualmente inmutable cielo.

Arrodillándose para poder ajustar mejor los tornillos que unían las dos partes del aparato, Tullken, con un ojo puesto en su tarea y el otro en el enfurruñado Dwalin -quien lo observaba con ojos entrecerrados mientras él seguía manipulando los ajustes-, decidió romper el hielo para hacer que el enano se distrajera.

- ¿ Y así por qué ha sido que Abdelkarr no ha venido? – dijo, aunque podía imaginarse la respuesta.

- ¡ Bah! Por lo que me ha dicho, quería estar descansado para mañana acudir fresco a su primer día de universidad… Además, al parecer está harto de verse envuelto en “historias sobre magos, elfos y enanos”.

- Y bien que hace – comentó distraídamente y con ironía Tullken, siguiendo con su trabajo y sonriendo sin darse cuenta.

- Sí, bueno… Como supongo que mañana lo veremos de todas formas, da igual.

Luego de decir aquello, Dwalin jugó con el ligero vaho que salía de su boca (demasiado tenue aún debido al poco frío que hacía) mientras esperaba que Tullken acabara de montar el telescopio.

- Esto ya está – dijo con entusiasmo éste al dar la vuelta definitiva a la postrera tuerca y levantándose de golpe para encarar correctamente la lente hacia el firmamento.

- ¿ Y ahora que se supone que podremos ver? ¿ A Ilmarë revoloteando por entre las estrellas? – dijo con sarcasmo Dwalin, sin mover más que una incrédula ceja.

- Tú no mires si quieres, pero lo que es yo… - le contestó, como sin darle importancia, el dúnadan, al encontrarse más ocupado buscando la parcela del cielo que quería contemplar. “Ah, allí está” dijo cuando finalmente la halló y, aunque todavía “escéptico”, Dwalin no pudo evitar levantar la mirada hacia la enorme constelación a la que había enfocado la lente.

- Mmm… me suena esa constelación… ¿ Cómo demonios se llamaba? ¿ Meninosequé? ¿ Menelonosecuantos? ¡ Argh, rabia que me da no acordarme!

- Menelkar, su nombre es Menelkar, y es la más grande que se puede ver desde este hemisferio – le contestó Tullken con voz lejana al encontrarse ya inmerso en su observación desde un extremo del telescopio, con un ojo cerrado y el otro abierto para admirar los portentos de la bóveda celeste.

Dwalin, por el contrario, cansado de contemplar la serena belleza de la constelación – demasiado estática para su gusto –, acabó bajando la vista hacia la tierra firme, hacia su amigo, encorvado como un anciano sobre el telescopio y tan concentrado como un orfebre estudiando un diamante en su taller, completamente absorbido por lo que veía a través del artefacto.

Recordó entonces el enano como ese mismo Tullken que tenía enfrente le había convencido durante aquella misma tarde para realizar esa salida, imbuido de un entusiasmo “suicida”, tal y como él lo nombraba, y que tan bien conocía. Si ya le había extrañado que Tullken hubiese salvado aquel “trasto” de entre todos los otros que había dejado abandonados Elesarn en su piso sin donar (¡ y habiendo condenado las dos espadas élficas al ostracismo en  la Sala  del Tesoro!), más raro se le antojó que también quisiera utilizarlo cuando, en ninguno de ellos dos, la astronomía jamás había despertado grandes pasiones. Pero viéndole allí, entregado en la contemplación de las lumbres del cielo, a Dwalin no le costó mucho imaginarse la razón por la que su amigo había actuado así. 

“En verdad, la raza más terrible de toda  la Tierra  Media  es la de los elfos” pensó en aquel momento Dwalin al creer intuir la causa de la actitud de Tullken. Pues, aunque lo negase mil veces con un vehemencia multiplicada otra vez por mil, al enano no se le había escapado el ligero abatimiento que se cernía sobre Tullken cada vez que el nombre de Elesarn salía en una conversación, por más que luego intentara disimular cambiando de tema. ¿ Quién sabe? Tal vez el utilizar aquel telescopio y echarle un vistazo a las estrellas hacía que el dúnadan se sintiera un poco más cerca de la elfa, estuviera donde estuviera, reflexionó Dwalin. Al fin y al cabo, la propia Elesarn había dicho en una ocasión que su Pueblo, el de los elfos, “era el Pueblo de las Estrellas”.

- … Porqué nacimos bajo su luz – murmuró entre dientes el enano sin darse cuenta en ese momento y con la vista perdida en la nada.

- ¿ Mmm? ¿ Decías algo, Dwalin? – le interpeló Tullken, apartándose de la mirilla del telescopio.

- ¿ Eh? ¿ Yo? Nada, nada…

- ¿ Y seguro que no quieres mirar ni aunque sea un segundo? La imagen es impecable y lo que se ve impresionante.

- Va, venga, una pequeña miradita supongo que no me va a matar – contestó Dwalin después de habérselo pensado unos segundos.

Apartándose, Tullken cedió su lugar al enano y se colocó justo en el mismo lugar donde antes había estado éste.

- A ver, a ver… Leñe, no se ve ni un muerto… ¡ Ah, no, espera! Sí… joder, macho, tío, hay que joderse con el caldo de puntitos y luces que hay ahí arriba y que no vemos – comenzó a decir Dwalin nada más tuvo su ojo encasquetado en la mirilla y cerrando con tanta fuerza el otro ojo que la boca se le quedó medio abierta en una expresión exagerada de esfuerzo, como si fuera un viejo y barbudo marinero apunto de escupir una viruta de tabaco. 

- Eh, sí, supongo – contestó Tullken con gesto extrañado ante el súbito fervor de su amigo.

Luego, el dúnadan desvió de nuevo la mirada hacia el cielo y, a pesar de que lo hiciera a ojo, examinó sin problemas la magnificencia de la constelación víctima de su interés. “Menelkar”. Sólo su nombre evocaba muchas cosas, pero a Tullken sólo una, que a su vez podía resumirse en otras dos palabras: Dagor Dagorath. “ La Batalla  de todas las Batallas”. Y, como en una red, el extremo de la cual lleva a otro totalmente inesperado, la invocación de tan aciago título lo condujo al recuerdo (otra vez, como en casi todas las perezosas noches de la semana pasada) del día en que Pallando y ella partieron de aquel valle de lágrimas. Rememoró de nuevo la charla que había tenido entonces junto a Pallando durante el camino, rodeados de niebla, que acabaría llevándoles a los Puertos Grises. Ahí, envueltos en aquel otro mar de nubosa y blanquecina constitución, e imaginándose que veía las formas de barcos a medio construir entre los fantasmagóricos árboles, olvidados por sus constructores hacía siglos, Tullken fue increpado por el mago sin miramientos, como ya antes le había pedido que lo acompañara a él solamente. 

“¿ Sabes que es  la Dagor  Dagorath , Tullken?” le preguntó el anciano. Extrañado durante unos primeros instantes en los que frunció el ceño, Tullken acabó contestándole: “Eh, sí, sí que lo sé… Es  la Batalla  Final ;  la Batalla  del Fin del Mundo, vamos… Pero no es más que una alegoría o una metáfora en las Enseñanzas de los Valar. ¡ La propia Iglesia dice que no hay pruebas de que algo así pueda pasar algún día! Sólo los cabecillas lunáticos de cuatro sectas fanáticas creen en el advenimiento de  la Dagorath ” dijo el chico, intentando espantar con aquellas palabras la sombra de temor que siempre acompañaba –se quisiera o no- el nombramiento del Fin de Todas las Cosas. Pallando, con la severa mirada clavada enfrente, no contestó nada enseguida y sólo dejó escapar un suspiro. “Sí… es una alegoría… sólo una alegoría. Lo que, en cambio, es una verdad irrefutable, o lo será, son los retos que, de todas formas, nos depara el futuro, Tullken. Puede que ahora haya vuelto la paz y que lo apacible de los días bajo su estela te haga olvidar el peligro que la precedió; pero he de advertirte, como me advirtió el propio Alatar momentos antes de desaparecer, que dentro de poco nacerá una criatura, un niño, nacido de la unión entre un “maia” y una mortal”. “¿ Qué? ¡ Eso es imposible! Que yo sepa, sólo hay el caso de Melian en toda  la Historia  y…”. “Alatar poco se rigió por las leyes que siguen las demás criaturas en sus últimos tiempos, Tullken; y, entre los muchos mandatos que nos impusieron, rompió el que impide las relaciones entre un servidor de  la Tierra  de Aman y un habitante de las Tierras Mortales. Supongo que tener un vástago fue la última forma de Alatar de reírse de Melkor, de escapar del destino que le esperaba junto a él en el Vacío… su última jugada, por así decirlo”. Por eso te digo, Tullken, que pronto han de llegar los días del hijo que tuvo Alatar con la esposa del último senescal de  la Cuarta  Edad.  Y tú, para bien o para mal, eres el único que podrá encararse a él llegado el momento, pues eres lo que resta de ese pesado sueño que alguna vez fue llamado los “Istari”. Sé que no te es grato oír esto, Tullken, pero en ti recaerá de nuevo salvarlos a todos: a aquellos que te son caros a tu corazón y cercanos y a quienes nunca conocerás”.

En verdad, esas últimas nuevas supusieron un buche amargo de tragar para el dúnadan y la razón (una de tantas) por las que se mantuvo tan silencioso, tan contemplativo ante el mar, durante todo aquel mismo día. 

Pero resiguiendo los caprichosos contornos de aquella red de recuerdos, Tullken volvió a sentir el soplo del aliento de Elearn en su oreja al recitarle su última despedida. “Volveré” había dicho la elfa y, aunque en la inseguridad de su pronunciación, Tullken intuía que la chica no sabía ni como lo haría, también era una gran verdad que en ningún sitio se dijera que los elfos tuvieran prohibido el retorno a  la Tierra  Media.  Si habían abandonado sus costas era a causa de que ya nada les retenía allí. Pero si se daba el caso contrario, entonces…

Tosiendo para disimular un suspiro, Tullken se removió en su chaqueta, se colocó mejor la raída bufanda regalada por Pallando y se concentró más en lo que le rodeaba y en las estrellas hacia las que sus ojos habían estado dirigidos sin verlas en verdad durante todo aquel rato al haberse sumido tan profundamente en sus recuerdos. Pero estando así, a Tullken le surgieron varios interrogantes en la cabeza: ¿ Por qué había venido en realidad a ver las estrellas? ¿ Por las palabras de Pallando? ¿ Por lo que le había dicho Elesarn? O… ¿ acaso quizás era por la noticia que habían dado todas las cadenas esa misma tarde sobre el nacimiento de la hija del desaparecido senescal Imrahil? Tullken no lo supo entonces como no lo sabía ahora.

Lo que sí era cierto, real, como cuando pasó su última noche con Elesarn, eran los campos de hierba que se ondulaban ante él, plateados gracias a la luz de  la Luna , y la luminosa ciudad de Osgiliath a lo lejos y ante ellos dos, en medio del llano, como si de un lago de estrellas se tratara: una nueva constelación que intentara competir con las del firmamento. Y al volver a levantar la vista hacia éstas (¿ Cómo no hacerlo?) a Tullken lo asaltó una mezcla de sentimientos. Por un lado el de la esperanza, que cogió la forma de Elesarn y su promesa de que, algún día, retornaría; y por el otro el del temor, representado por Pallando, quien, y al igual que los viejos augures de la antigüedad, clamaba oscuros presagios sobre el Fin de los Tiempos y sobre la primera señal de su venida: el nacimiento de un bebé; un bebé carente de inocencia nada más nacer, pues era el fruto de una relación prohibida.

Toda aquella vorágine, todo aquel conflicto que ardía en el interior del joven, se resumía, de todas maneras y muy bien, en las estrellas y en la constelación de Menelkar, “la espada del cielo”, símbolo a su vez de la esperanza y el terror venideros que aguardaban a los habitantes de ese apartado mundo (¿ el único mundo?).

- Ey, ¿ estás bien, tío? – le increpó de súbito Dwalin, al levantar el ojo de la mirilla y verle la expresión de preocupación en su rostro.

- ¿ Eh? Sí, sí, estoy bien… Sólo que empieza ha hacer frío de verdad, ¿ no?

Delante de esa respuesta que apestaba a excusa por los cuatro lados, Dwalin murmuró algo en su lengua materna y volvió a dedicarse a mirar a través del telescopio. Tullken, patitieso por la incisiva intromisión del enano, guardó de nuevo un tenso silencio al darse cuenta de que se había dejado atrapar tanto por aquellas cavilaciones que casi se había olvidado de otro elemento tan importante y vital para el futuro como eran sus amigos, de los que nunca debiera olvidarse.

Intentando aunar otra vez todo aquello en su cabeza, como en un fajo bien atado para que tuviera algún sentido, fue de la única manera que Tullken vio posible ver el (nuevo) cuadro que se abría ante sus ojos. En algún lugar, de pequeño, había leído que la vida de los Hombres estaba escrita en las estrellas y que la vida concreta de cada uno de ellos podía resumirse si se las observaba con detenimiento. Tullken no sabía si aquello sería cierto o no, pero aquel cielo nocturno de finales de Septiembre representaba muy bien como sería su porvenir… Y quien sabe si el de toda la demás gente:

 

Un gran tapiz donde la oscuridad y la luz se mezclaban bajo el frío e impasible transcurrir del tiempo y cuyo fin parecía tan lejano como el fulgor de esas mismas estrellas que lo adornaban.

 

 

 

 

 

FIN

   

   

   

   

     

 

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