Osgiliath 2003 (cap. 16-27 y final)

27 de Septiembre de 2008, a las 13:20 - Ricard
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19.

Reencuentros

 

Tumbado tan largo como era en uno de los bancos de una espaciosa calle de Osgiliath, Sin Nombre disfrutaba del benevolente calor y de la luz de aquel gratificante y caluroso día de finales de primavera, que parecía anunciar la inminente llegada del verano. Qué día en concreto era lo ignoraba, así como desconocía muchas otras cosas y, de hecho, poco le importaba; pero le sonaba que debía ser alguno de finales de Mayo o principios de Junio, pues, si bien había perdido la cuenta de las semanas transcurridas, bien consciente era de que, más o menos, hacía un mes desde la debacle que sacudió a la ciudad. ¡ Era lo que tenía ser uno de los héroes que puso a salvo a la joven y atractiva esposa del senescal, embarazada, sola y errabunda en medio del desorden! El tiempo se le escapaba a uno de las manos ante la fama.

Pero, por suerte, después de toda aquella vorágine, la paz había vuelto; o, por lo menos, una aparente paz, pues aún se podían ver de hecho algunos vehículos del ejército patrullando las calles y, al volver a sus rutinas cotidianas, las personas no podían evitar mirarse con desconfianza por la calle, como si en cualquier momento fueran a saltar unos sobre otros otra vez.

De igual forma, si había alguien curado de las heridas, tanto físicas como psicológicas, y libre de las paranoias que rondaban a la mayoría sobre el seis de Mayo, ése era sin duda Sin Nombre, quien, sin embargo, también había tenido que renunciar un poco a su antiguo tren de vida, como el frecuentar y reunirse con la peña de amigotes a causa del malestar, más visible que nunca, que causaban las bandas callejeras a raíz de lo vivido aquel día de Mayo. Tanto se había extendido ese malestar que incluso había provocado que las propias pandillas, desde los arrogantes GPPN a los aguerridos “Puños de Sauron”, se diluyeran ellas solitas en la masa de ciudadanos sin alborto alguno, en silencio, en una especie de autolavado de conciencia o retiro espiritual… O, al menos, por algún tiempo.

Y ahora, felizmente hubiese podido gozar Sin Nombre de la intimidad de un anonimato casi puro si no fuera porque, justo cuando al fin había conseguido llegar hacia ese estado en equilibrio entre la duermevela y el sueño profundo que tanto le gustaba, ahí estirado en el banco, con un codo aguantando el peso del torso y la cabeza ligeramente inclinada para atrás, una sombra se interpuso entre él y la luz solar.

- Vaya, vaya, vaya, ¿ pero a quién tenemos aquí? ¡ Al gran “héroe” salvador de ancianitas y embarazadas! Eras el último al que me faltaba por encontrarme en esta apestosa ciudad, maldita sea  la Serpiente  Negra  – le increpó, con danzarina y alegre voz, la sombra.

Aun habiéndose quitado las gafas de sol apresuradamente sólo para contemplar al recién llegado a contraluz, Sin Nombre lo había reconocido mucho antes.

- Me cago en la puta, eso debería decirlo yo, cabroncete – respondió Sin Nombre, entornando los ojos para ver mejor y colocando una mano sobre ellos, a modo de visera, para protegerse de la luz.

- Cuanto tiempo, ¿ eh? ¿ Y qué te cuentas, Iriri?

- ¡ Xxxxt! ¡ Hostia, tío, Abdelkarr! – saltó el interpelado, despegándose de golpe del banco y mirando a lado y lado de la ancha calle, donde sólo se hallaban unos cuantos, más bien aburridos, transeúntes.

- ¿ Qué? ¿ Qué pasa? ¿ Qué he dicho?

- Ya te dije que no dijeras mi nombre en voz alta; es como… ya sabes, como un nombre secreto, un “nombre de guerra”.

- ¡ Qué “nombre de guerra” ni qué niño muerto! Lo que ocurre es que es un nombre ridículo y lo sabes. ¿ Y esa perilla que me llevas? ¿ Qué, también es para creerte más hombre?

- Te mola, ¿ eh? Me la dejé y ahora todos los de la peña la llevan.

- ¡ Buf! La peña… hace que no sé de ellos la tira.

- Es verdad, ya casi te echábamos de menos; siempre andando con el jodido vagabundo ése, el Loco del Bastón, que lo llamaba Hêmer… ¿ Y tu madre y hermanita qué? ¿ Sigue tan guapa la pequeña Nûr? 

- Joder, y yo qué coño sé; pásate un día por casa, saludas a mi madre de paso (que, por cierto, se encuentra maravillosamente) y la ves. 

- ¡ Vale, vale! Lo siento, tío, no te cabrees. ¿ Y ahora hacia dónde ibas?

- Pues he acompañado a un par de colegas para que fueran a visitar a una amiga que está allí encerrada – y, seguidamente, Abdelkarr le señaló a Iriri el hospital que tenían delante, en el otro lado de la calle.

- Hostia puta, ya es casualidad. Yo he venido a por lo mismo… Aunque he preferido quedarme aquí afuera. A mí no me verán nunca dentro de un antro de ésos.

- Ya, ¿ tu padre murió en un hospital, no?

- Sí, tío; desde ese día prefiero que los Nueve Encapuchados me lleven al cementerio directamente y sin peajes que pararme antes en un puto hospital.

- Que bestia eres… aunque yo también he preferido quedarme aquí. ¡ Rodeado con tantas paredes y batas blancas, uno acaba poniéndose nervioso! 

Los dos jóvenes prorrumpieron en unas cortas y vivaces risas que no tuvieron reparos en acallar para disfrutar luego de una pausa silenciosa en que se fundieron otra vez con el latir vivo de la soleada ciudad.

- Bueno, creo que iré tirando, a ver si encuentro a alguno de la banda y vamos a tomar algo, que desde lo que pasó a principios de Mayo yo tampoco les he visto mucho. Pero, ey, tenemos que quedar también un día de éstos tú y yo y te cuento lo que me ocurrió ese día. ¡ Fue flipante! – dijo Iriri, levantándose del banco.

- Sí, todo el mundo tiene una buena anécdota que contar sobre ese día.

- ¡ Míralo! Menos ironía, chaval, que ya te enseñaré las cicatrices que me han quedado. ¿ Y tú qué? ¿ Dónde estuviste aquel día? Conociéndote, seguro que metido en algún agujero…

- No precisamente… Pero sí que estuve encerrado la mayor parte del día, sí…

- ¿ Lo ves? Lo que yo decía… En fin, por si algún día quieres quedar conmigo y los demás ya sabes donde encontrarnos.

- Claro, y siempre podemos hacer un concurso de cicatrices del palo “quien la tiene más larga” o, perdón, “más grande”.

- Eres un caso perdido, Abdelkarr. Venga, cuídate y recuerdos a la familia.

Y dicho eso, Iriri comenzó su errabunda caminata. Abdelkarr, viéndole alejarse, se sentó a su vez en el banco, ocupando el mismo lugar que anteriormente cobijara al otro… y su mirada fue enturbiándose a medida que lo veía alejarse.

- ¡ Iriri! – gritó finalmente, saliéndole el nombre con el ímpetu de la necesidad.

A una buena distancia ya, éste se giró y, a pesar de que las gafas oscuras lo escondieron, sus ojos iban revestidos por la extrañeza.

- ¡ Joder, Abdelkarr! ¡ Que te he dicho que no me llames así! ¡¿ Qué ocurre?! 

Durante unos segundos, Abdelkarr pareció dudar, como si el impulso que lo había obligado a llamar a Iriri lo hubiese abandonado o no consiguiera hallar las palabras adecuadas para lo que quería decir, y por unos momentos dio la sensación de que, arrepentido de su decisión, hubiese decidido callarse.

- Nada… Es sobre… Azgil… Sé que nunca hemos hablado del tema, y que jamás te lo he dicho, pero sólo quería que supieras que siento lo que le pasó a tu hermano.

La gente a su alrededor siguió andando indiferente, pero las figuras de los dos haradrim parecieron haberse congelado bajo el omnipresente Sol, sosteniéndose ambos la mirada. Entonces, en el muro de silencio que pareció abrirse entre los dos, Iriri fue el que pareció vacilar: se encogió de hombros, miró a lado y lado de la calle y acabó rascándose la nuca.

- Sí, bueno, de eso hace ya muchos años… No hace falta que te disculpes por aquello – Iriri hizo el amago en aquel momento de girarse y continuar su camino, pero en un último segundo volvió a titubear – Imagínate cómo te sentirías tú si fueses el hermano mayor que le picó diciéndole que nunca podría llegar aquí.   

Otra vez volvieron a sostenerse las miradas en la distancia sin decirse nada y otra vez pensó Abdelkarr que la conversación había finalizado ya cuando Iriri volvió a romper el silencio.

- Pero, ey, lo conseguimos, ¿ no? Cruzamos la frontera y llegamos a Gondor… Creo que Azgil no se sentiría defraudado.

A causa de la lejanía, Abdelkarr no pudo ver la expresión en el rostro de Iriri, pero en el suyo no pudo esconder una sonrisa. Era una sonrisa austera y dura que no parecía ligar mucho tampoco con su ceño fruncido, pero era sin duda sincera. Sí, todos los de la peña del pueblo habían alcanzado el “paraíso” sólo para descubrir que no era tal e, incluso, muchos se perdieron por las enredaderas de las bandas callejeras, pero, en mayor o menor medida, y sin lugar a dudas, habían conseguido cumplir, juntos o por separado, el sueño de Azgil.

Iriri se giró en aquel momento definitivamente para desaparecer sin más entre las hileras de viandantes que circulaban, igual de fluidos que la sangre, por las venas de cemento y asfalto de la ciudad. Abdelkarr mantuvo la vista clavada allí un minuto más, sin abandonar la sonrisa y, casi sin darse cuenta, fue acomodándose en el banco donde otrora lo hiciese Iriri casi en la misma posición, cerrando los ojos y dejando que el Sol lo cubriese con su calor.

Enfrente suyo, el hospital Ioreth también parecía dejarse llevar por la placidez que la primavera esparcía por todos los rincones.

 

 

El interior del hospital, a su vez, desprendía una calma al fin alcanzada después del tumulto y alboroto que se vivieron en sus entrañas hacía ya tres semanas. Ahora sus pasillos permanecían casi solitarios y sus habitaciones iban vaciándose de heridos de aquel día seis de Mayo.

No obstante, en una de sus alas más apartadas, en la tercera planta, sus frías y viejas paredes cobijaban todavía a una de las últimas y más especiales pacientes del centro y que, justo en esos precisos instantes, recibía visitas.

Y de igual modo que la brisa entraba con una especie de suave cautela por la ancha ventana abierta de la estancia, agitando así las finas cortinas, la conversación que allí se mantenía se colaba también por la entreabierta puerta y se iba perdiendo por el vacío pasillo. Y aun siendo tres los que estaban en el cuarto, sólo se oía la voz de uno de ellos.

- … Y entoces, ¿ a que no sabéis qué apareció? ¡ Una araña enorrrme! Joder, si era grande. Era tan grande como… como… Mmm… Para que os hagáis una idea: con las patas extendidas sería de largo como esta habitación y la siguiente. Pues bueno, aparece la araña ésta, la madre de todas las demás (suponemos) y no veas como se cagaron de miedo el viejo Pal y Abdy nada más verla; ¡ se quedaron helados! Bueno, yo también un poco, pero es que, es que… ¡ Tendríais que haber visto lo grande que era la jodida!

- Te creemos, Dwalin, te creemos – suspiró mordazmente Tullken ante la excitación de su amigo, jefe y propietario de la dicha conversación; pero el enano no pareció captar el sarcasmo y prosiguió con su relato, dirigiéndose sólo a Elesarn.

La elfa permanecía cómodamente instalada en su blanca cama, aún convaleciente, mientras que, sentados enfrente de ella, los dos jóvenes habían conseguido al fin irla a visitar gracias a que los del hospital descubrieron que en verdad ellos eran lo más cercano a unos “parientes” que le quedaban a la chica; mas pronto advirtieron también los médicos que quizás más les hubiera valido haber dejado venir a ese par de muchachos mucho antes y más a menudo, y no aislarla tanto en la soledad mientras la abrumaban con más y más pruebas, a tenor de la mejora que experimentó a raíz de aquella visita, y que consiguió ahuyentar de ella el siempre terrible espectro de la tristeza y la desesperación, que a tantos elfos había enviado a las Estancias de Mandos.

Pero Tullken, a pesar de que veía como la elfa se esforzaba por seguir el relato atropellado de Dwalin con una leve sonrisa en los agrietados y pálidos labios, leía en su mirada que aún se sentía débil, atrapada todavía en la zona de gris niebla que separa la vida de la muerte. La habían salvado de la influencia de Moralda indudablemente, pero Tullken no dejaba de preguntarse qué secuelas podían haberle quedado a la chica. Y cuanto más se lo preguntaba, más se respondía a sí mismo para darse ánimos lo que les habían dicho los médicos: que físicamente se estaba recuperando muy favorablemente y que, si todo seguía así, en una semana podrían darle el alta… aunque todo aquello chocase con el juicio que él hacía con sus ojos al contemplarla; al ver como el blanco camisón que portaba apenas escondía la extrema delgadez de su cuerpo y la palidez de su piel, surcada allí y allá por las cicatrices causadas por la desesperada “cirugía” aplicada por Pallando, o como sus brazos caían lacios como su cabello al no tener fuerzas casi para sostenerse, lo que hacía que, al estar incorporada sobre la cama, se encorvara su espalda hacia delante debido a su peso, tal y como ocurría en aquellos instantes en que reunía fuerzas para estar atenta y así saber cómo Dwalin se enfrentó a una gran máquina a dos patas llamada “MÓL”.

De esta manera se obsesionaba Tullken, como había ido haciendo desde hacia semanas, al fijarse solamente en las sombras y claroscuros o viendo fantasmas donde los demás no veían nada, angustiándose también con la mirada cansada de ella, pero alegre debido a la compañía que le ofrecieron. Sus ojos, de párpados bien alzados pero decorados por grandes y violáceas ojeras que sobresalían en la blancura de su rostro, sobrecogieron al dúnadan de tal forma que tuvo que acabar bajando la vista para mejor distraerse mirando fijamente sus manos, tan delicadas y blancas y cuyos nudillos tenían el leve tono rosado de la vida que comienza a emerger de nuevo, mientras la muchacha jugaba con ellas distraídamente con las sábanas, al escuchar el enano.

Para impedir que al final aquellas preocupaciones acabaran por amargarle la velada, Tullken liberó un largo y silencioso suspiro con el que esperaba expulsarlas y, recostándose en la silla mientras la suave brisa que se colaba por la ventana que tenía a sus espaldas le acariciaba la nuca, se dejó llevar otra vez por la historia de batallas, furia y heroísmo de Dwalin, rozando la tan anhelada paz.

Se entretuvo entonces contemplando de nuevo a Elesarn y a Dwalin y, rememorando aquel día en que quedaron en casa de la elfa, consiguió volver a verlos como antes, cuando toda la locura en la que se vieron envueltos aún tardaría en atraparles y sólo eran tres amigos charlando de cualquier tontería; tres amigos únicamente, ni más ni menos. Y él, como por aquel entonces, disfrutaba más escuchando desde un segundo plano, callado, sin entorpecer a los demás y observando el transcurrir del tiempo y gozando simplemente del momento, de lo efímero o intenso que podía llegar a ser.

- Si que estás callado, Tullken.

La súbita increpación de Elesarn, casi un susurro inaudible pero suave y diáfano, sacó a Tullken de su contemplación como si, al encontrarse buceando bajo la superficie de la conversación, lo hubieran sacado de súbito de sus aguas. Más que por lo inesperado, lo que dejó sin palabras a Tullken fue el encontrarse con el azul de la mirada de la muchacha. Al dúnadan no le cabía ninguna duda de que, aunque el cuerpo de ella se consumiera por la enfermedad y la decrepitud, el fuego de aquellos ojos permanecería inalterable para siempre como dos estrellas gemelas, juntas y refulgentes.

Sintiéndose por otro lado acorralado por las miradas conjuntas de sus amigos, que ahora lo observaban en silencio, Tullken acabó dirigiendo la suya perpleja de uno al otro, con la boca semiabierta, sin saber qué decir. Y mientras Elesarn lo miraba con indulgencia y una media sonrisa, Dwalin, con los brazos cruzados sobre el pecho, no podía esconder una especie de desconfianza, o recelo, en la suya y que, desde que había llegado, Tullken no había podido evitar verla también en la de Abdelkarr, sin poder explicarse tampoco el porqué de aquello; ¡ Cómo si él fuera un desconocido o un extraño para ellos!

- Sí, tío; fuiste el que más dio la brasa en el hospital para que te dejaran visitarla y ahora que estamos aquí, estás más parado que un muerto – acabó por no poder callarse Dwalin.

La sonrisa de Elesarn se ensanchó aún más ante ese último dato revelado por el enano, pero Tullken casi ni se dio cuenta de cómo las rosadas comisuras se curvaban y los ojos de ella se convertían en dos medias lunas. Sólo podía verla a ella como un todo, un solitario fotograma en medio de una larga película, pero tan brillante e imperecedero que la vista no se podía apartar de ella y con el que las palabras habían dejado de tener sentido. Mirarla era como revivir el primer amanecer, descubrir de nuevo el tacto primero de la luz del Sol sobre la piel y, como tal, dicho recuerdo se movía mejor en el silencio.

El decoro, en todo caso, le obligó al final a despegar los labios.

- Sólo necesitaba saber… asegurarme, de que estaba a salvo… nada más.

Ahora fueron ellos los que lo contemplaron mudos, presos de la perplejidad. Elesarn, después de abrir los ojos en un gesto de sorpresa y borrar su sonrisa por un segundo, volvió a sonreír, divertida, al comprobar que, en algunos aspectos, Tullken no había cambiado nada. Dwalin, en cambio, apretó los brazos con más fuerza sobre su ancho pecho y movió la cabeza de un lado para otro, con gestos de desaprobación. Tullken lo observó entonces con más detenimiento y, si bien vio que aquella pequeña brecha de distanciamiento que se había abierto entre ellos dos desde su vuelta se ensanchaba un poco más, se sentía a su vez tan cerca de Elesarn a cada segundo que pasaba, a esa inmortalidad que desprendía la convaleciente elfa igual a la primavera que va recuperando fuerzas después del invierno, que su ánimo no declinó ni se dejó llevar por las sombras. De hecho, bien que le hubiera gustado contestarle a su amigo de la infancia algo menos críptico, menos cerrado, pero el dúnadan sabía que le sería imposible dar a conocer al resto de la gente su “nuevo” mundo interior, ya que aquello no haría más que aislarle, al ser incomprendido… Además, tal y como reflexionó, si le hubiese confesado al enano que su apocamiento era debido a que, para no desperdiciar los momentos vividos con Elesarn y sentirse más cerca de ella, prefería no estropearlos con chascarrillos y chismorreos, no dudaba de que éste, de un bote, saltaría de su silla para liarse con él a puñetazos ante tamaña noñería y rista de tonterías. Dwalin sólo sabía compartir aquel momento con ellos narrándoles por los codos sus animadas desventuras y aventuras por las entrañas de la “Torre de Cristal”. Elesarn, por su parte, no podía compartir con ellos qué había sentido en esos días, pues en su memoria había dejado que todo aquello fuera sepultado por la lápida del olvido en un pozo negro: el de los recuerdos irrecuperables. Y Tullken, el taciturno Tullken, extraño y ambivalente sin que él se percatara desde que había regresado del Norte (y de entre los senderos de los muertos), prefería no contar lo que hizo, ya que incluso a él le parecía algo irreal, traslúcido, que le hubiese ocurrido a otra persona. Si veía dentro la cámara oscura de su cabeza, se descubría diciendo cosas que dijo, haciendo cosas que hizo, pero no hubiese podido asegurar que aquel fuera el Tullken que se reconocía a sí mismo cada mañana delante del espejo, tímido con las chicas y soñador por naturaleza.

Y si ahora se sentía unido de una manera inexplicable a Elesarn en la corta distancia que los separaba en ese cuarto y el silencio de las miradas fugaces que se lanzaban, era porqué de su viaje al Norte había pervivido una sensación de pérdida: La había perdido por unos instantes que, en los caminos que conducen a las Estancias de Mandos y ante el propio Vala, se estiraron como eones; pero había conseguido salvarla y, ya llegado el presente, teniéndola físicamente delante, no quería rememorar ese sentimiento.

Dwalin volvió a retomar de nuevo el hilo de su historia en aquel momento y Tullken pensó que al fin podría disfrutar de una vez por todas del merecido sosiego que había esperado alcanzar con aquella visita después de aquellas últimas semanas de tensión. Así, y a pesar de que hacía calor y de que todo el mundo, como Dwalin, iba con camisetas de manga corta, se removió en su chaqueta del uniforme del instituto (una costumbre, el de llevarlo constantemente, de la que no podía despojarse tampoco y que ya le había valido las quejas de Dwalin), mientras ponía la mano derecha con disimulo en uno de los bolsillos del pantalón.

Pasaron los minutos y justo cuando Dwalin y Abdelkarr estaban a punto de rescatar a una durmiente Elesarn otra vez en palabras del propio enano, Tullken tuvo que acabar reconociendo ante sí mismo que no era el resto del mundo quien estaba nervioso e inquieto: era él mismo quien, azogado, se había estado autoengañando, intentando ocultar la presencia de esa sombra sobre la posibilidad de volver a separase de ella. Todo lo que había hecho aquellos días de principios de Mayo lo había hecho casi exclusivamente por ella y, desde que la joven había aparecido en su vida, ésta se había revolucionado más, sin duda, que con la aparición de Pallando en escena. Con ella se había iniciado todo y ahora Tullken no podía evitar sentir el peso del hado sobre sus hombros: todo principio tiene un final y Tullken empezaba a ser consciente de que los Valar pedirían su precio por permitirle el haber dejado abusar del poder de la porción de Llama que albergaba en su interior sin su consentimiento.

El joven dúnadan no creía que quisieran “vengarse” de la forma que lo hacían los hombres, a traición, pero sin lugar a dudas, a Mandos no le costaría nada mover los hilos para compensar la afrenta de interferir en sus dominios y hacer cumplir lo que fue impedido una vez. Por más que Tullken pensara que esa felicidad que sentía en aquellos momentos al lado de Elesarn era tan duradera y dorada como el oro, más fuerte se tornaba en su mente el sentimiento de que la voluntad del Señor del Destino sería más implacable para apartarla de ella.

¿ Sería consciente, como él, Elesarn de las oscuras fuerzas que se movían alrededor de ella, de todos, para moverla por el tablero de la vida como una ficha más? Es más, ¿ se acordaría de su estancia en los Senderos de los Muertos? 

Tullken volvió a estudiarla con más detenimiento, a la vez que la elfa prestaba atención a Dwalin. De vez en cuando, ella se giraba hacia él y le dedicaba una efímera sonrisa que no respondía a la pregunta sobre lo que estaría pensando, lo que hacía que disfrutar de ellas le fuera imposible a Tullken y provocaba que se frustrara el doble por no adivinar lo que pensaba la chica y por ser incapaz de corresponder a su cortesía.

Una vez finalizó Dwalin su narración, permanecieron un rato más junto a la elfa, hablando de frivolidades (“ Que habitación más ancha te ha tocado, ¿ no?” “ Que buen día hace, ¿ verdad?” “¿ Ya es buena la comida que te dan?”), a la par que la mañana discurría con placidez para dar paso al mediodía. En el fondo, a parte de querer distraer a su amiga, tanto Tullken como también Dwalin al final, intentaban esquivar la más comprometida pregunta de todas: ¿ Y ahora qué? ¿ Qué le aguardaba de todos modos a Elesarn después de despertar en una ciudad en ruinas y sin familia?

Acabó llegando veloz, de igual manera, el momento en el que su tiempo de visita se agotó y, utilizando la forma de una enfermera que, amablemente se lo recordó al entreabrir un poco la puerta de la habitación, apresuró la marcha de los dos jóvenes, de los cuales, sin embargo, Dwalin hubiese sido el primero que, más tarde o más temprano, lo hubiera hecho de todas formas, a tenor de que, tal y como les recordaron por su parte sus tripas, era la hora, tanto de ellos como de ella, de comer.

Apoyando en el último momento una mano en el marco de la puerta como si fuera una tabla de salvamento en un naufragio, Tullken dio el también último vistazo a la estancia y a la que en ella se alojaba. Elesarn, a su vez, volvió a devolverle la mirada y, durante medio segundo, se mantuvieron en aquella posición. En ese instante fugaz, a Tullken le pareció advertir que, a pesar del entusiasmo y las sonrisas cansadas pero sinceras de ella, por unas milésimas el gesto se le torció en una pesadumbre y tristeza bien visibles, como si la muchacha quisiera confirmarle sin palabras todas y cada una de sus preocupaciones, y un escalofrío recorrió su cuerpo agudizándole aquel malestar que se escondía tras el fantasma de la posibilidad de no volverla a ver nunca jamás.

- ¿ Estás bien, Tullken? – preguntó Elesarn con una deliciosa mezcla de calma y gravedad para romper el estancamiento en que habían caído y volviendo a coger desprevenido a Tullken, quien se hallaba demasiado inmerso en sus cavilaciones y los ojos de ella para percatarse de nada más – Me he estado fijando que la mano derecha parece molestarte.

- Sí, estoy bien. Lo de la mano… no es nada – respondió lacónicamente Tullken, inexpresivo, casi sin parpadear; pero, inconscientemente, no pudo evitar fregarse la mano señalada (la mano maldita) con el pantalón, como si estuviera sucia y cuidándose mucho de que cualquier mirada inoportuna viera el secreto que surcaba su palma.

- ¿ Y cuándo podremos volver a verte? – dijo Dwalin, semi escondido al lado de su más alto y paralizado amigo, aunque con muchas más ganas podría haber sido éste quien hubiese formulado la pregunta.

- Pronto… - fue la escueta respuesta, pero para Tullken fue como no oírla, perdiéndose en seguida por el laberinto de su cabeza como acabó haciendo el chico por los pasillos del hospital de regreso al exterior.

 

 

 

Recorriendo esos mismos pasillos en busca de la salida, Tullken y Dwalin pasaron por delante de otra habitación con la puerta entreabierta, situada en la planta baja, en las estancias para los pacientes considerados fuera de peligro y menos graves, y en donde la inquilina también recibía una visita.

Recostada como la única y última elfa de toda  la Tierra  Media  en una mullida cama, Arien observaba entre divertida y animada a la pareja de policías que la salvaron (les salvaron) la vida aquel seis de Mayo; aunque, en un principio, cuando cruzaron el umbral de la puerta para visitarla, casi no los había reconocido. Tan sudados y despeinados, con toda la ropa alborotada, los había conocido que, cuando entraron dos hombres pulcramente vestidos y peinados, estuvo a punto de preguntarles quienes eran y, en el caso de que fueran algunos de aquellos aprovechados y pesados miembros de la recién nacida “Fundación Imrahil” (en memoria del último senescal de  la República ), pedirles que se fueran.

Después de las presentaciones – al fin y al cabo, era la segunda vez que ella volvía a verles y casi se había olvidado de sus rostros- y los agradecimientos de Arien, estuvieron un buen rato hablando de aquello y de lo otro. De aquel modo supo ella que, por ejemplo, Beregond (el mayor y más fornido de los dos, a la par que más bajito) había pasado de ser un teniente más a ser ascendido a comisario gracias a sus “actos de valentía” del seis de Mayo, mientras que Beren, el alto y reservado joven a su izquierda, había conseguido a su vez ser nombrado teniente por las mismas razones y, por lo que intuyó de la espalda recta en el asiento, el porte forzado, la mal aplicada brillantina sobre el escaso pelo y sus continuos carraspeos a la hora de hablar, Beregond no se debía sentir en verdad muy cómodo en su nuevo puesto. Aquella incomodidad hacía parecer al policía a alguien que estuviera disfrazado de payaso sin poder remediarlo o que hiciera equilibrios con un solo pie sobre una plataforma minúscula elevada a demasiada altura cuando estaba claro que Beregond, bien lo decía su mirada, hubiera preferido volver a tocar con los dos pies el suelo firme de las calles y patrullar por ellas como siempre había hecho, a diferencia de estar en aquella posición elevada dentro del cuerpo policial que lo obligaba a estar encerrado entre las cuatro paredes de un despacho la mayor parte del día.

Beren, en cambio, parecía aceptar con más naturalidad su nuevo puesto, aunque, claro, saber lo que el joven y recién nombrado teniente sentía o pensaba de verdad se hacía especialmente difícil gracias a su temple disciplinado y sereno, más acorde quizás con el de un cura que con el de un curtido policía de Osgiliath.

Arien, por su parte, también les explicó entonces cuatro anecdotillas sobre la vida en el hospital, su recuperación en él o como capeó el temporal de periodistas que se le lanzó encima durante las siguientes semanas al 6M para preguntarle – y hurgar más en la herida, de paso- sobre la desaparición de su marido. Luego se hizo un incómodo silencio que hizo sudar aún más a Beregond y enfrió todavía más los rasgos de Beren. La mujer no se violentó, de todas maneras, por aquel hecho. Al fin y al cabo, los tres eran prácticamente unos desconocidos encerrados en una habitación que, solamente por haber sido empujados a los siempre tortuosos caminos del azar y el destino, habían coincidido en la tumultuosa encrucijada que había resultado ser el sexto día del quinto mes del año. Nada más que eso.

- ¿ Y ese chico? Recuerdo que también había un muchacho sureño que estaba con nosotros… ¿ Cómo se llamaba? – preguntó al rato con voz templada Arien por sana curiosidad y para romper el silencio.

Los dos policías se miraron y la confusión pareció crecer en sus semblantes.

- Pues… pues, bueno, la verdad, Sra. Arien, es que ehem, no lo sabemos – contestó al final Beregond con cierto tono de disculpa y sonrojándose como un chico en su primera cita – Precisamente hoy nos ha acompañado hasta aquí, el hospital, ehem, pero no ha querido entrar por no sé que historias con su padre… de todas maneras, ehem, le manda recuerdos.

- Ah, no importa pues… y dadle las gracias la próxima vez que lo veáis.

- Ehem, no se preocupe: serán dadas, ehem…señorita, digo, señora…

- ¿ Y el bebé cómo se encuentra? – dijo de repente Beren, rompiendo el estancamiento al que iba conduciendo la conversación su jefe con aquel tono incisivo y glacial que, sin ser estridente, obligaba a prestar atención.

Pillada por sorpresa por la pregunta, Arien se encontró con que el joven se había estado fijando como, casi sin darse cuenta ella misma, acariciaba distraídamente su abultado vientre. En el acto, bajó la mirada hacia ahí y sus rasgos se dulcificaron, floreciendo una sonrisa en su rostro.

- En realidad es ella, va a ser una niña. Y bien, gracias a Eru, bien.

- Falta mucho, ehem, para…? – balbució Beregond, súbitamente embelesado ante la belleza que transmitía la joven y futura madre.

- ¿ Para el parto? Los médicos dicen que, si todo va como hasta ahora, dentro de un mes ya la tendremos con nosotros sin problemas.

- Vaya, ¿ y ya ha pensado en un nombre? – preguntó a su vez Beren, obligando a Beregond a girar la cabeza hacia su ayudante al sorprenderle con aquel alarde de espontaneidad que no era nada habitual observar en el teniente.

- Sí… quiero llamarla Valaestel

- ¿ “Esperanza de los Valar”? Um, es un bonito nombre, en verdad – dijo Beregond, quien, al paladear mentalmente la sonoridad del nombre, pareció relajarse al fin un poco.

- Y… y, ¿ se ve con fuerzas para criarla sola? – preguntó, otra vez tajante, Beren.

Beregond, volviendo a desviar sus ojos hacia su compañero, sabía que, a pesar de ese matiz frío que tanto le había ayudado a Beren en los interrogatorios a sospechosos, el recién nombrado teniente no lo decía con mala fe o intención de poner el dedo en la llaga. Era, en el fondo, su única forma de expresar el interés y la preocupación que le causaban incipientemente, al igual que al propio Beregond, ese asunto, a la luz de aquellas nuevas.

Con todo, la reacción de la mujer sorprendió al cuarentón policía. Arien, simplemente, bajó todavía más la vista hacia su vientre sin borrar la sonrisa de su rostro, aunque dejando translucir cierto abatimiento. 

- ¿ Quién ha dicho que tenga que hacerlo sola? ¿ Acaso no han escuchado los rumores y las historias que rondan por todo el país? ¡ Quién sabe! Puede que mi marido esté todavía por allí, felizmente vivo y desaparecido… que se haya vuelto un vagabundo amnésico que se aparece a los turistas o que está también en coma en algún sótano de algún loco.

Arien había querido ser sarcástica, pero la dureza con que dijo aquellas palabras puso al descubierto el hueso desnudo de su tribulación. Beregond y Beren permanecieron en silencio, oscurecidos sus miradas y semblantes. Ambos conocían todas, o quien sabe si sólo una parte, de la sarta de tonterías que se habían ido difundiendo a tenor de la desaparición del senescal, pero también que la propia policía estaba a punto de archivar el caso a falta de pruebas.

Al levantar otra vez la vista y verles de súbito abrumados, Arien hizo el esfuerzo de tragarse la bola amarga de sus problemas y sonreírles con sinceridad.

- Estén tranquilos, no hace falta que se preocupen. Una vez que nazca ella ya no estaré por más tiempo sola – dijo para consolarles, pero por la sequedad con la que embadurnó sus palabras, solamente consiguió que los dos hombres intercambiaran unas fugaces y torvas miradas y, más que el quedarse realmente sola, el temor que se fortaleció entonces en su interior fue el presentimiento de que toda su vida venidera, el futuro que la aguardaba, estaría llena de esas miradas; algunas inundadas de genuina compasión, otras indulgentes o simplemente indiferentes, pero todas sin duda sin ningún resquicio para la felicidad o la comprensión. 

Torciendo de golpe el gesto, Beregond se la quedó mirando con una intensidad que la atravesó. Intimidada al principio, la joven vio como el comisario acabó curvando los labios en una sonrisa.

- Señora, por fortuna yo no perdí a nadie que me importara aquel día y, de lo poco que he aprendido de la vida, sé que la soledad es mala compañera a la hora de recordar a los que ya no están entre nosotros y, desde entonces, cada vez lo creo más, al igual que una promesa que hice ese mismo día… así que, ehem, no sé si me estoy entrometiendo o me meto donde no debo, pero sepa que, cuando pueda valerse por sí misma, queda oficialmente invitada a la cena que pienso organizar por todo lo alto en el restaurante más caro del centro de la ciudad, aunque me cueste el sueldo de un mes. De momento ya he convencido al compañero aquí presente, al muchacho sureño, al nuevo capitán de la comisaría junto a otros colegas del trabajo y a la rebelde de mi hija… ¡ Diablos, si hasta puede que venga mi ex –mujer! 

 

 

 

Cuando el Sol se alzó por primera vez en el firmamento de Arda, el Mundo, su luz contuvo y repelió por algún tiempo el avance de las tinieblas que Melkor había esparcido por toda la superficie de la tierra. Los Hombres, que abrieron los ojos en el mismo instante en que el Gran Ojo Dorado del cielo hacía lo mismo por vez primera en el horizonte del Este y a pesar de las cicatrices que sus almas arrastraban por vivir en una continua lucha contra la influencia del Mal, seguían no obstante conservando aquel eco de esperanza que supuso el nacimiento del Sol. Y a Tullken, como descendiente del castigado linaje de los Segundos Nacidos, el ánimo se le volvió a levantar cuando Dwalin y él salieron del hospital y se dejaron envolver por la luz reinante ahí, como si hubieran dejado todas sus penas en el claustrofóbico y sombrío hospital o todos sus malos presentimientos los hubiera evaporado el calor de ese mismo Sol con sólo el poder de su resplandor.

Además, ahora que solamente volvía a tener a Dwalin a su lado y notaba la moral alta, sentía que ambos volvían a ser los dos viejos colegas de siempre, curtidos en mil y una batallas cotidianas: Tullken y Dwalin, o Dwalin y Tullken, pues tanto daba. No era que con Elesarn no formaran un gran grupo, pero siendo sólo ellos dos eran un supergrupo y, para demostrarlo, Dwalin volvió a propinarle un codazo en la pierna a Tullken.

- Tío, ¿ por qué has estado tan callado? ¡ Por lo menos antes hablabas más!

- ¿ Y-yo callado? Bue-bueno, sí, ¿ y qué? Además, el-el… ehem, ella tampoco ha ha-hablado mucho, q-que digamos, ¿ no? – le respondió con brusquedad, llevado por el vigor que el Sol le había transmitido de golpe nada más salir del hospital y arrepintiéndose de cada una de las palabras nada más expulsarlas, pues bien sabía que nada tenían que ver con lo que realmente pensaba.

Dwalin, mirándole desde su baja estatura con ojos como platos, enmudeció durante una fracción de segundo, traspasando a su compañero con aquella mirada que tan avergonzado hizo sentir a Tullken por hacerle aún más consciente de las estupideces que había escupido. No era sólo que desde los quince años Tullken no hubiese vuelto a tartamudear de esa manera, sino que había algo más que el enano parecía haber captado sin problemas. Y, si bien el semblante de Dwalin se agrió y su ceño se frunció en aquella última mirada de reproche y recelo al que ya le tenía acostumbrado, fue lo que le dijo el enano lo que le dejó tan estupefacto.

- Tío, no me jodas que tú de verdad… vamos, que de verdad te has enamo… ¡ Joooder! – y mientras lo profería, el enano se puso las manos en los bolsillos y, haciendo el gesto de querer cruzar la calle, se alejó de Tullken refunfuñando como un viejo gruñón a la vez que soltaba un postrero “¡ Anda ya! Lo que faltaba…”.

Tullken se quedó parado unos instantes en la acera, bajo la luz de ese mismo Sol que había iluminado más la mente de Dwalin que la suya propia. Parecía ser que tan poco se conocía el dúnadan a sí mismo que había tenido que ser su amigo el que le descubriera la raíz de todo aquel malestar que sentía dentro de sí. Recobrándose a su vez de aquella revelación, Tullken no se demoró más entonces en cruzar la calle para seguir a Dwalin y reunirse, junto a él, con Abdelkarr, quien les había estado esperando todo el rato de la visita ahí afuera.

El sureño les esperaba tumbado en un banco con la misma indiferencia de un gran señor entre los cojines de su imperial trono, con los ojos cerrados y dejando que el Sol lo abrigara con su manta de luz. A Tullken, distrayéndose de sus otros problemas, aquella estampa de su nuevo amigo le confirmó lo que Abdelkarr era y él sólo intentaba ser: un ciudadano en el más estricto sentido de la palabra; alguien que disfrutaba y se movía como pez en el agua en la ciudad, rodeado –nunca revuelto- con sus miles de anónimos vecinos. 

- Anda, ya habéis llegado… ¿ Qué? ¿ Cómo ha ido? – les preguntó nada más llegar ellos hasta él, con cierto tono de dejadez tañendo en sus palabras.

- Oh, yo no lo sé… pregúntale al tipo de mi lado, Tullken “el Gran Orador”.

- Eh, eh, eh, no te pases… Por lo menos yo no me he pasado toda la visita largando como un loro – contestó abruptamente Tullken, refrendando su primer impulso de quedarse callado y dejar pasar la irónica lengua del enano al considerar que había de frenar aquello antes de que se le fuera de las manos… tal y como al final había ocurrido.

- ¡ Vale, tío, vale! Tampoco hace falta meterse con la gente; yo…

- Joder, macho… Tíos, tíos, dejadlo ya, que parecéis un puto matrimonio – dejó escapar Abdelkarr con aquella aparente desgana al adivinar el cariz que iba cogiendo la conversación.

Tullken y Dwalin se quedaron de golpe mudos, desarmados de todo argumento o ganas de seguir con aquel absurdo que Abdelkarr había dejado al descubierto. Naturalmente podían haber seguido o haber cambiado el foco de críticas hacia el haradrim, pero desistieron; aún quedaba mucho trecho de día para malgastarlo de esa manera.

- Y bueno, está bien ella, ¿ sí o no? – volvió a preguntar al instante, y no sin cierta impaciencia, Abdelkarr para que aquel fuego no cobrara fuerza. Bien parecía un padre riñendo a sus hijos.

- Hombre, pues no te hubiera costado mucho venir con nosotros y verlo por ti mismo, ¿ no? – le contestó desafiante Dwalin, enarcando una ceja.

- Ya os he dicho que los hospitales no me molan… Además, ¿ a quién voy a engañar? Esta chavala es más amiga vuestra que mía. A pesar de que (ehem) ya la vi desnuda el día en que la salvamos, vosotros la habéis tratado más y la conocéis mejor que yo.

- Elesarn está bien. No es como para tirar cohetes, pero se recupera favorablemente – dijo al fin Tullken con el ánimo más calmado al comprender que Abdelkarr tenía razón.

Dwalin estuvo a punto de contestar lo mismo antes de que su amigo se le adelantara, pero guardó silencio y también apagó el fuego del enardecimiento de su interior.

- Me alegro; la próxima vez que la veáis dadle recuerdos y deseadle suerte de parte de su colega Haradt’im… ¿ Y lo veis como no era tan difícil? Dialogando se entiende la gente.

- Hablando de gente; ¿ y por dónde anda Pallando? – preguntó Dwalin.

- Pues no lo sé. Hace que no lo veo muchos días… Tsk, pero yo no me preocuparía; el viejo Pal es como una pasa de gripe: aparece y desaparece sin dejar rastro, como y cuando quiere – le respondió el sureño levantándose con pesadez del banco en el que, sin lugar a dudas, había estado cómodamente estirado.

Y mientras el haradrim estiraba los brazos y el cuello para desentumecerse, los tres jóvenes se mantuvieron callados y dejando pasar el momento de tranquilidad, casi de reflexión, parados en medio de la riada de gente indiferente ante aquel escollo de su fluir continuo.

- Joder, somos los putos héroes y nadie lo sabe… - dijo entonces Dwalin con un susurro y la mirada clavada en el vacío. 

- … Ni lo sabrán jamás – sentenció Abdelkarr.

- Pues yo había oído cierto rumor de que, en el día en que cayó la “Torre de Cristal”, por la calle se vieron a tres “misteriosos” encapuchados de verde y que la policía les sigue la pista por si tienen algo que ver con todo el embrollo – dijo Tullken, no sin cierta sorna.

- Hay que joderse; hasta él lo sabe… y de todas formas, así nos lo pagan: siendo perseguidos por sospechosos y no para condecorarnos – se lamentó Dwalin.

- Je, pues se suponía que era una estrategia de Pallando para pasar desapercibidos – le comentó Abdelkarr a Tullken y después de que a éste se le abrieran los ojos en una expresión de incredulidad, los tres prorrumpieron en un mar de carcajadas que turbaron por unos segundos a aquellos transeúntes grises que los rodeaban.

- En fin, ¿ y vosotros qué vais a hacer ahora? – dijo seguidamente Abdelkarr.

- Pos’ de momento irme a casa y luego… - comenzó a contestar Dwalin.

- No, no me refiero a ahora mismo, sino a este verano, si os presentareis a los exámenes de ingreso a la universidad o no.

Los ojos de Tullken y Dwalin se ensancharon de par en par y sus rostros empalidecieron ante el último comentario de Abdelkarr.

- Hostia, es verdad, los exámenes para entrar en la universidad. Han dicho que los harían al final de Junio; tarde, pero que los harían a pesar de lo del seis de Mayo… ¡ Ya ni me acordaba! – dijo Tullken.

- Ya veo que no habéis abierto un libro en semanas…   Porqué tú, Enano, ¿ te presentarás a los exámenes, no? Ahora, con el nuevo gobierno, los enanos pueden acceder también a la universidad.

- Sí, sí, claro que tenía pensado hacerlo. Mi nota del bachillerato no es la repera, pero me permite hacer los exámenes – respondió Dwalin entre orgulloso y preocupado.

- Joder, pues perdonad que os lo diga, pero os veo muy verdes.

- Ey, ey, un momento, ¿ y tú qué? ¿ Acaso vas a presentarte? – replicó a su vez, y mordaz, el enano.

- Claro que sí – respondió ufano Abdelkarr, pero ante el silencio de los otros dos no pudo reprimir cierto enojo - ¡ Míralos, los prejuiciosos éstos! ¿ Qué pasa? ¿ Qué por ser un haradrim tengo que acabar de pandillero para toda la vida?   ¡ Qué yo también iba a vuestro mismo instituto! Además, y modestia a parte, saqué muy buenas notas en los exámenes finales.

- Está bien, no te enfades, Abdelkarr – intentó disculparse Tullken.

- Disculpas aceptadas… Porqué sois vosotros, que sino…

- Por supuesto, por supuesto – replicó, sarcástico, Dwalin.

- Enano, no tientes a la suerte, que yo, en mis mejores tiempos…

- ¡ Ehem! Suerte es lo que vamos a necesitar si queremos aprobar – dijo, cortante, Tullken para evitar que aquellos dos se enzarzaran a su vez en una nueva discusión estéril. 

- Eh, que somos los héroes que salvaron el culo de Gondor siendo sólo cinco. Si eso no es suerte, no sé que más puede serlo – replicó Abdelkarr, olvidándose enseguida de Dwalin y dedicándole a Tullken una sonrisa entre cáustica y feroz – Pero la suerte se la tiene que trabajar uno mismo, así que, señoritas, si me disculpan voy a mi casita a currarme mi matrícula de honor.

- Faltaría más, “alteza”- no se guardó de decir Dwalin para poner un broche final a su rifirrafe con el sureño. 

- ¿ Qué, Tullken? ¿ Vas a quedarte aquí todo el día en vez de venir conmigo y el Enano a bebernos unos cuantos barriles de birra hasta caer muertos o a ver si conseguimos llegar a nuestras respectivas casas? – dijo Abdelkarr, haciendo aparentemente caso omiso del último comentario de Dwalin.

- Os acompañaré, pero es sólo que estaba pensando que… creo que daré un paseo antes de eso y de ir a casa, para despejarme y eso.

- Vaya, ya veo que el ambiente sigue enturbiado en la guarida de los del Norte. ¿ Es por lo de tu hermano, verdad? – terció Abdelkarr, oscureciéndosele la voz y el semblante.

- Sí; mi madre, digamos, que aún no se ha hecho a la idea… Pero yo… yo creo… no, yo que él está vivo. Su cuerpo no estaba entre el montón de sacaron de debajo de la “Torre”… Así que debe de estar ahora mismo en algún lugar y yo os aseguro que, sea cual sea, lo encontraré – contestó Tullken y, a medida que iba desgranando las palabras, su rostro se fue enturbiando y una sombra pareció cruzar entonces ante sus ojos, sin percatarse tampoco de que fue levantando su mano derecha en un apretado y tenso puño.

Abdelkarr y Dwalin se miraron por un segundo ante lo que acababan de oír y, sobretodo, ver. A ambos chicos les había parecido volver a estar delante de aquel Tullken del seis de Mayo que, aun vistiendo el cuerpo del joven dúnadan, no era el Tullken que ambos conocían de antes, sino su sombra que se escondía tras las esquinas.

- Pero, bueno, supongo que ya habrá tiempo para eso. ¡ Ahora lo suyo es meterle caña para los exámenes! – acabó rematando Tullken, aquel Tullken inocente y poca cosa de siempre, volviendo a dejar desconcertados a sus dos amigos.

- Claro que sí, tío, así se habla, pero antes de dejarte deambular como un vagabundo por la ciudad, si quieres podemos echar unos billares en el local de un colega que conozco – insistió Abdelkarr, sobreponiéndose a aquella aprensión que le provocaba la ambivalencia del carácter de su amigo y, poniéndole un brazo sobre los hombros al dúnadan, comenzó a llevárselo hacia el local de su colega mientras le cantaba maravillas del lugar.

Dwalin se quedó quieto por unos instantes, viéndoles alejarse, antes de salir corriendo tras sus pasos. Antes, empero, rebuscó en el bolsillo de su pantalón y extrajo de él un trozo de tela en el que había bordados un árbol rodeado de estrellas: El emblema de las fuerzas de  la República.  El  nudo en la garganta del enano se intensificó al tenerlo ante sus ojos, indeciso entre alimentar o no falsas esperanzas en su amigo o de cumplir con lo que le encargó el hermano de éste. ¿ Qué podría saber o cómo debía actuar en consecuencia él, un simple enano? 

Su mente práctica le decía que lo más seguro era que Bardo hubiera muerto y que, por consiguiente, debía realizar lo acordado, pero su corazón le aseguraba que Tullken podía tener razón.

- ¡ Eh, Enano! ¿ Vienes o no? ¡ Eres más lento que una tropa de caracoles!

Alertado por el grito de Abdelkarr, Dwalin guardó alborozado el escudo del uniforme en el mismo bolsillo y, al salir corriendo tras sus amigos, sólo retuvo en su cabeza la imagen de un despacho vacío con una ventana abierta que, más que nunca, parecía no llevar a ninguna parte ni dejaba entrar luz alguna.    

  

  



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