Osgiliath 2003 (cap. 16-27 y final)

27 de Septiembre de 2008, a las 13:20 - Ricard
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24.

Hijos de un mismo dios

En su memoria no encontró el recuerdo de ningún otro atardecer semejante al de aquel día de principios de Septiembre… aunque en verdad eran muy pocos los atardeceres que había visto a lo largo de su corta vida. Y es que para Ardarel, criada en las tinieblas, el ocaso no era más que un tránsito desagradablemente largo y agónico que daba entrada a la más apreciada y serena noche. Aún así, la orco no pudo más que reconocer que ese atardecer era todo un espectáculo que, sumado a la ligera brisa, la hizo estremecer: Sobre su cabeza se extendía el mar púrpura del cielo nocturno que, con su amenazadora presencia, aplastaba a la franja de un encendido color rosado del horizonte.

Ante aquel silencioso y lento acontecimiento, toda la agitación que había vivido en esos últimos meses desde aquel seis de Mayo casi le pareció la vida de otra persona. Tal y como ahora se mantenía de pie mirando sin parpadear el crepuscular telón de sangre en el que se ahogaba el día, se recordó a sí misma permaneciendo también de pie, estupefacta y sin aliento, ante los restos de la “Torre de Cristal” durante ese mismo día. Se acordaba del frío que le produjo la lluvia que cayó sobre su cuerpo y del silencio de muerte que rodeaba los restos del rascacielos, cuyos hierros de la estructura sobresalían, retorcidos y aplastados, de la masa de escombros como los espinazos y las costillas de mil dragones muertos y desperdigados en un viejo campo de batalla. Incluso la humareda de polvo que se levantaba del sitio, una espesa y fantasmagórica niebla que la lluvia comenzaba a disipar rápidamente, le pareció que era el último aliento de éstos, todavía contaminando el aire con su pestilente presencia.

Paralizada por un estupor que no le permitió ni percatarse de cómo su cuerpo tiritaba a causa del frío provocado por la lluvia, Ardarel no recordaba cuanto tiempo se quedó allí, de pie, parada como una estúpida sin saber qué hacer; la única mota de color – de un rojo de sangre – en medio del gris y el negro de la desolación que cubrían las nubes, también negras y grises, de la tormenta.

No fue hasta que empezó a llegar más gente atraída por aquel aroma a desastre y fatalidad que impregnaba la derruida “Torre” que Ardarel volvió a reaccionar y, movida más por un sentimiento de miedo y vergüenza que por el de la simple aversión que no supo explicarse, huyó del lugar, refugiándose en el único sitio que siempre le había dado sosiego y cobijo y al que podía llamar verdaderamente hogar: la oscuridad, las tinieblas, que se recogían bajo tierra y que le abrieron los brazos como una anciana y sabia madre.

Refugiándose de aquel modo en las alcantarillas de la ciudad, en su calma que contrastaba con el incipiente bullicio de ambulancias y coches sobre su cabeza, Ardarel volvió a perder la noción del tiempo, entreteniéndose con la contemplación del vacío de la negrura que la rodeaba y escuchando el rítmico fluir de la encauzada agua nacida de los miles de desagües y que, alimentada por el agua de la lluvia, corría con fuerza y sin pausa.

Sola y olvidada por todos, la chica acabó acurrucada en un pasadizo de tantos en el laberinto que se escondía en el sótano de la urbe y, en el paisaje de inmaculado color negro que se abrió por aquel entonces ante sus ojos, a Ardarel le dio tiempo de ver desfilar todo lo ocurrido aquellas últimas semanas y en verdad le pareció todo un sueño, o, acaso, una horrenda pesadilla, si es que a los orcos se les permitía tenerlas: Desde las promesas de Alatar de un mundo donde ella podría pasearse por la calle sin ser repudiada, pasando por la venida de esos tres personajes embozados en capuchas verdes y hasta llegar al mayor de los horrores, aquel ser negro y corrupto, demente y solitario como ella ahora, que la había atrapado. La joven, no lo dudaba, sabía que éste estaría aún acechándola y susurrándole melodías que componían una música envenenada, como a tantos otros, desde el reverso del mundo visible, allí donde a veces los soñadores y los muertos desorientados se pierden.

Tanto se sumergió en aquellas vivencias, tan poco durmió Ardarel por miedo a revivirlas en sueños que, cuando en medio de la quietud de las tinieblas, oyó el lejano ruido de cuerpos pesados al moverse, no supo dilucidar si lo había soñado o era real.

Sus ojos carmesíes y acostumbrados al medio nocturnal no le mintieron cuando detectaron de todas formas la llegada masiva a su rincón de paz de un ejército entero de arañas gigantes que, reptando por paredes, techo y húmedo suelo, se abalanzaban sin freno hacia ella. Algunas eran blanquecinas y sus cuerpos eran fluorescentes en la oscuridad menos por sus grandes y redondos ojos y Ardarel supuso que serían las habitantes naturales de aquel lugar; pero las restantes eran pardas y peludas como las que Alatar había criado en las catacumbas secretas de la “Torre de Cristal”. A Ardarel no le cupo la menor duda entonces de que en verdad, y al igual que ella, una vez caída la fortaleza del Sacerdote, muchas de éstas habían iniciado un éxodo hacia las rendijas del mundo exterior que no permitían el paso de la luz, volviendo a la oscuridad de la que habían salido.

Gorgojeando, haciendo crujir sus patas sobre el frío y empapado pavimento, chapoteando en él y exhalando fétidos suspiros, cargaron, en su acelerada huida, contra Ardarel, olvidando las muchas visitas que la orco les había hecho en el pasado en sus soterradas jaulas, cuando Alatar las había mantenido encerradas con su gigantesca madre. Instintivamente, Ardarel buscó sus espadas a su espalda, pero demasiado tarde recordó que, como sus recuerdos y esperanzas, yacían aplastadas bajo las miles de toneladas de cemento y acero de la “Torre de Cristal”. Las arañas, siguiendo el faro rojo que suponía la joven por su atuendo en medio de la negrura imperante, no tardaron en rodearla y, pasando por alto el hecho de que antes habían sido aliadas en el empeño de crear otra Era de Oscuridad Perpetua, miraron el esbelto cuerpo de la orco con gula.

Una vez comprobada su clara desventaja, Ardarel acabó esquivando al final el círculo con el que la rodeaban, saltando con desenvoltura por encima de ellas para alejarse con presteza a su vez de allí gracias a sus bien entrenadas y hábiles dos piernas.

Perdiéndose por la maraña de pasadizos de ese subterráneo “jardín secreto” tapizado de mugre, moho, ratas y agua sucia que se extendía por las raíces de la ciudad, la chica no tardó en sentir el aliento tras ella de las otras criaturas que Alatar había reunido para su incipiente ejército. Como las arañas, y en una explosión muda, se iban dispersando desde el epicentro que suponía la “Torre de Cristal” hacia todo el intrincado alcantarillado, en una fuga desesperada a ninguna parte. Y, al igual que las arañas, ya no distinguían entre enemigos o aliados, sino que solamente se preocupaban por su propia supervivencia, enfrascándose muchas de ellas en peleas y batallas acaecidas en oscuras esquinas o en anchas cavernas donde los desagües llenaban pequeños lagos de agua putrefacta. Combates éstos de los que nadie que caminara a dos patas bajo la luz del Sol, a parte de los casuales y veloces vistazos de los rasgados ojos de la orco, presenció y que, como los derrotados en ellos, cayeron en el más absoluto olvido.

Sintiéndose repudiada de aquella manera incluso por su propia “gente”, escapando para salvar su propia vida, desarmada, aterida de frío y dudas, rodeada de monstruos, tinieblas e incertidumbre, Ardarel corrió y corrió durante lo que le parecieron años hacia las afueras de la ciudad para llegar al único lugar en el que creía que encontraría refugio y a alguien que, si por lo menos no la ayudaría, sí la recogería. Era su única posibilidad y, en verdad, hubiese deseado no tener que recurrir a ella.

Era desde ese sitio y con aquél a quien había esperado encontrarse allí que ahora Ardarel contemplaba el atardecer sangriento de aquella tarde de inicios de Septiembre; pues en dicha contemplación la acompañaban dos figuras más, absortas también como ella en disfrutar del momento. El lugar era el ajardinado claustro del monasterio de Nuestra Señora Estë, “la Curadora”, la Valië esposa de Lórien, Señor de los Sueños, levantado a las afueras de la urbe. Ésta podía atisbarse desde allí como una línea negra de irregulares montes rectangulares en el horizonte y colmada por el silencio y la penumbra. La misma Ardarel iba ataviada ahora, una vez se había desecho del manchado y pestilente vestido rojo, con los ropajes propios de las sacerdotisas de Estë, anchos, austeros y equipados con una capucha, a pesar de la nula vocación religiosa de la muchacha.

La proximidad del monasterio a las zonas periféricas y más marginales de la ciudad, a las que siempre había aportado ayuda y socorro, así como cierta actitud misionera con los inmigrantes más reticentes a aceptar la fe de los Valar, quizás explicaba, por otro lado, la presencia a su derecha, agazapado en las sombras de las plantas del jardín, con la estúpida mirada perdida en el vacío y la boca abierta en igual actitud, de aquel tipejo que se había presentado como un tal “Burtz” y que, a pesar del aire familiar que entrevió en él, a Ardarel no le cupo la menor duda de que en su negra sangre habría más de chusma humana de los bajos fondos que de nada más.

Pero la razón por la que aquel joven tan corpulento como poco agraciado se encontraba ahí respondía al entero deseo del anfitrión que la había acogido durante casi la totalidad de aquellos soleados, calurosos y por eso malditos tres meses de verano, deseo que Ardarel no pensaba discutir. Éste mismo se hallaba ante ellos dos de espaldas y en medio del claustro contemplando, recto y sereno, el atardecer, sin apartar los ojos de la lejanía. Él era Ardaion, el hermano gemelo de Ardarel y la joven no recordaba a nadie más que, a parte de Alatar, le causara tanto desasosiego y a la vez una extraña y apaciguadora “familiaridad”, por paradójico que pudiera parecer.

- Nuestro Amo y Señor Alatar cayó – dijo desapasionadamente Ardaion, hablando por primera vez desde hacía un buen rato con aquella voz tan melódica, tan bien compensada, tan “Alatar” – Yo mismo lo vi desde aquí el día en que la “Torre de Cristal” cayó junto a los sueños de nuestro Amo y Señor… Durante todo ese día tuve un mal presentimiento en el corazón que me estuvo atormentando hasta que el Fuego del Cielo se precipitó sobre la impía ciudad – continuó, dejando de manifiesto que lo que había estado observando durante todo aquel rato, a diferencia de Burtz y Ardarel, no era el ojo del Sol cerrándose, sino el punto de la lejana ciudad donde antes se había alzado orgullosa la “Torre de Cristal” y que ahora se encontraba ocupado por las portentosas grúas que ya habían levantado un buen trecho de las tres nuevas torres que ocuparían el lugar.

En el silencio que siguió, tanto el semi-orco como la chica, supieron que debían esperar a que Ardaion decidiera o no continuar hablando.

- Pero su muerte no fue en vano, hermanita, ni mucho menos – siseó entonces, como leyendo aquellos pensamientos, el joven orco a la vez que se giró levemente hacia ellos.

El Sol rojo encendió en aquel momento los ya de por si rufos ojos del chico, dando la sensación de que dentro de ellos ardía un fuego perpetuo, lo que provocó que Burtz se acurrucara todavía más en una especie de patética señal de respeto y vasallaje. A Ardarel, por el contrario, lo que le inquietó fue el reconocerse en aquellos rasgos, en la piel pálida y tersa, en el cabello liso y negro como el azabache, en lo delicado y airoso de su fisonomía y en los blancos y perfectos dientes ligeramente afilados. El apuesto Ardaion era, sin ápice de exageración, la versión masculina de sí misma… y una versión también más oscura, sin duda.

Ardarel, que desde los doce años no había vuelto a ver a su hermano, se juró que siempre que tuviera a Ardaion delante, se acordaría de la niña sucia y huidiza que fue y que se escondía en las “mazmorras” de la “Torre de Cristal”. Ahí era donde, en algunas ocasiones, Alatar venía a hacerle alguna esporádica visita y alguna vez le acompañó Ardaion, cogidos de la mano como buen falso padre y buen falso hijo. Ella había defraudado al Sacerdote y éste pareció querer apoyar sus esperanzas entonces en su hermano, aun manteniéndole oculto y en un segundo plano. En esas raras ocasiones, Ardarel recordaba haber jugado incluso a varios juegos en las tinieblas de su cubil con aquel pulcro y comedido chico que, en la falta de luz del lugar, era como su reflejo en el espejo. El preferido de ambos era el de perseguir y cazar ratas y otras alimañas que correteaban por los subterráneos; pero, mientras que para Ardarel, más que un juego, era casi su única manera de conseguir alimento, la joven rememoró como a Ardaion le embriagaba el deleite cada vez que se cobraba una pieza por el simple placer de matar. Su imagen   de “buen chico” desaparecía cuando, teniéndolo entre sus manos, comenzaba a retorcer al animalito, afilándosele las comisuras de sus labios en sinceras y depredadoras sonrisas; y, más de una vez, Alatar tuvo que reprenderle por mancharse de sangre sus caros trajes al destripar por simple curiosidad a sus indefensas víctimas.

Intuyendo lo que Ardarel veía claramente, y quizás a raíz de esas mismas y furtivas visitas, Alatar decidió finalizarlas y llevarse al muchacho a un lugar donde su talento floreciera y la bestia de sus entrañas durmiera apaciguada, encontrando dicho sitio en la Santa y Unificada Iglesia de Ilúvatar y los Valar. Ardaion se había convertido así, a sus escasos diecisiete años, en el novicio más brillante y joven de toda la congregación, escalando posiciones en el seno de la hermandad como la serpiente por el árbol, engañando en su ascenso a todos, sin importarle si embaucaba también por el camino a los venerables monjes que lo criaron pensando que atendían a un futuro santo sin adivinar el color negro de la sangre de su estirpe. Lo más terrible de todo, pensó Ardarel de todos modos, era que quizás Ardaion no se hubiera percatado del disfraz de oveja que tapaba el lobo que era en realidad y que él mismo se hubiera llegado a creer que era un santo de verdad.

La joven orco, de igual forma, se dijo que lo mejor era guardarse mucho de abrir la boca mientras permaneciera en la corte de aquel “iluminado” que se había hecho fuerte en los límites de la ciudad, incluso de un modo que Alatar nunca hubiese imaginado.

Ajeno en apariencia a todos aquellos pensamientos, Ardaion comenzó a pasear pausadamente por el laberinto de caminitos de grava que se extendía por el jardín minimalista del claustro y, supersticiosamente, Ardarel acalló aquellas ideas por si su hermano era capaz de “olerse” algo. El espigado y esbelto muchacho, ataviado con el negro y discreto vestido rematado por un alzacuello rojo propio de su orden, de igual manera, sólo parecía interesado en sus propias interioridades, quien sabe si influenciadas por la lectura de la sobria edición de tapas negras del ejemplar de “Ainulindalë” que sostenían sus manos detrás de su espalda y que no llamó mucho la atención de Ardarel como no lo habría hecho si hubiera sido cualquier otro libro, fuera religioso o de simple entretenimiento: Ardarel apenas sabía leer, sólo combatir.

- Hacedme caso cuando os digo que la desaparición de nuestro Amo y Señor Alatar tiene un sentido. El Amo Alatar quería un mundo mejor para nosotros, un mundo “a nuestra medida”, y se sacrificó por ello, pues su muerte es, sin duda y ante todo, un sacrificio, el acto consagrado más alto de todos. Un sacrificio redentor, además; un sacrificio para redimirnos a nosotros, pueblo maldito donde los haya y que arrastramos un estigma desde nuestro mismísimo nacimiento en el que las estrellas ya iluminaban el cielo… Alatar, nuestro Amo y Señor Alatar, simplemente quiso que fuéramos dignos del futuro que nos tenía reservado, de la nueva Edad que iba a nacer – continuó Ardaion después de haberlo reflexionado aparentemente con profundidad y mirándoles por primera vez a la cara, aunque bien parecía que hablara más, y sólo, para sí mismo que para los demás – Os parecerá aventurado que nosotros, los orcos, seamos dignos de tal honor, pero os bien aseguro que tenemos y estamos en nuestro derecho. ¿ Acaso no somos también hijos de Ilúvatar? ¿ Es que quizás no corre, en origen, la misma sangre por nuestras venas que la de los desaparecidos Primeros Nacidos? Somos tan vástagos de Eru como los Elfos y los Hombres, pueblos caídos en la decadencia desde hace ya mucho, empachados de orgullo, soberbia e hipocresía, y que nos han acusado durante siglos de ser salvajes, brutales y de no valer más que las bestias, sólo para esconder de ese modo sus propios defectos; pues nosotros, al ser sus parientes más cercanos, hemos sido el espejo donde se ha reflejado su lado más oculto y vergonzoso… ¡ Así han podido vanagloriarse de ellos mismos durante centurias hasta llegar a creer que son en realidad un dechado de virtudes!... Cuan poco imagina el Hombre lo cerca que está del Orco.

Ardaion hizo una pausa entonces para ver la reacción de ellos dos. Burtz seguía con la mirada perdida y Ardaion no dudó de que con dificultades habría entendido la mitad de sus palabras, pero no por eso dejaba de apreciar menos su servilismo respetuoso nacido de la conciencia de encontrarse delante de alguien superior a él. A su lado, su hermana, la hija pródiga que había vuelto a sus brazos, lo atravesó con aquel fuego rojo que también ardía en sus ojos sin mostrar emoción alguna por su discurso. Ardaion no supo decidir si aquello le gustaba o no.

- Nos hemos de preparar, pues, para nuestro momento, que muy pronto ha de llegar. A ojos de nuestro Hacedor, Eru Ilúvatar, hemos de prepararnos para el día en que accedamos al paraíso donde conviven los Valar y los maiar junto a los Altos Elfos y así demostrarle que nosotros también somos dignos de Él. Se lo debemos a nuestro velador, nuestro Amo y Señor Alatar, enviado del Oeste para nuestra causa y muerto mártir, y a todos nuestros antepasados, muertos en vastos campos de batalla por causas perdidas. Ahora, en cambio, tenemos un objetivo, una meta santa. El tiempo de los Orcos y los Trasgos llegará o desapareceremos del todo, sin dejar rastro, si ése es el designio del bienaventurado Ilúvatar. Tenemos el sendero del futuro por delante, poseemos la fuerza y atesoramos… la fe.

El silencio se volvió a hacer en el pequeño y acogedor claustro, roto sólo por el rítmico cantar de los grillos que correteaban por aquel pequeño oasis floreciente entre las sacras piedras del santuario. Por otro lado, la oscuridad se había hecho casi total y las tres figuras no eran más que sombras definidas solamente por puntos grises o blancos en medio de un escenario que absorbía con sorprendente rapidez el color negro tinta. No obstante, los tres se sentían, sin lugar a dudas, más a gusto rodeados de aquella reparadora negrura.

Ardaion, con calculados y pausados pasos, se acercó entonces a Ardarel sin apenas remover la grava del sendero. Despegando por primera vez una fina y blanca mano del ejemplar del Ainulindalë, acabó posándola sobre un hombro de la joven. Ésta, poco acostumbrada al contacto físico directo si no era a la hora de cazar presas, hizo el gesto de apartarse, desconfiada y en alerta. Ardaion lo captó, pero, sonriendo, acabó acariciando amorosamente el hombro de su hermana. Le gustaba creer que aquello era también una muestra de respeto (o de miedo, terror, temor… ¡ cuánto le placían en secreto esas palabras!); pero a su vez comprendía que, como él, la chica se mostrara confusa ante aquella muestra de cariño fraternal. Al fin y al cabo, ninguno de los dos había vívido con una “familia” tal y como se solía entender el término y, si bien Ardaion era incapaz de dar o recibir amor genuino, había aprendido a lo largo de los años, y como si fuera un mimo, que los gestos, las poses, aunque vacíos de los sentimientos que deberían inspirarlos, solían tener el mismo resultado sobre las otras personas.

- Hermana, han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos y poco supimos de los dos durante este tiempo. Aunque no me cansaré de decirte lo contento que me deja el verte aquí viva, después de haber sobrevivido al desastre de Mayo, para suplir este vacío de años, espero que ahora no te separes de mí nunca y que, tal y como ofreciste tu apoyo a nuestro Amo y Señor Alatar hasta el último momento, estés a mi lado para encauzar este resurgir, este renacimiento de los oprimidos… Ahora somos pocos, desorganizados y desperdigados, como puedes ver – y al decir eso le señaló con los ojos a Burtz, aun agazapado a un par de metros de ellos – Pero necesitaré de tu ayuda cuando seamos más, cuando las Leyes del Porvenir nos favorezcan. ¿ Puedo contar contigo, hermanita?

Ardarel miró fijamente y sin parpadear a su hermano. Ardaion era un poco más alto que ella, pero a parte de ese detalle, era como si se mirara a sí misma en las distorsionadoras aguas de un charco. A pesar de aquello, Ardarel no se dejó confundir: sabía que ese ofrecimiento, más que una amable sugerencia, era una orden que no esperaba réplica.

- Claro, hermano. ¿ Qué sería de mí, sino? – respondió con una candidez tan feroz y falsa, con una ironía tan descarnada, que Ardaion, aun intuyéndola, no pudo más que ensanchar su sonrisa. La verdad era que no hubiera esperado siquiera que alguien que se había criado en un sótano, sin tan insignes preceptores como los que había disfrutado él en el monasterio, pudiera responderle con tanta soltura y orgullo.

- Bien, hermana; siempre es bueno saber que uno no está solo y que puede contar con la familia. Ahora, si me disculpas, debo de retirarme a oficiar el sermón vespertino… ya sabes, Eru, al igual que Melkor, no duerme nunca, siempre vigilante, siempre sobre nosotros, sus descarriados hijos… Rezaré por ti, hermana, como rezaré por nuestro futuro, si es que Ilúvatar quiere que lo tengamos.

Y, diciendo aquello, Ardaion, ese casi desconocido tanto como ella lo era para él, se retiró a las sombras bajo los arcos del monasterio, acompañado de su nuevo perrito faldero, y especie de guardaespaldas, Burtz.

Ardarel se quedó entonces sola en medio del tranquilo jardín. Sola con sus pensamientos como siempre había estado. Reflexionó en aquel momento a la luz de aquel hecho, y mientras contemplaba las estrellas que comenzaban a despuntar en la gran bóveda del cielo, que por muchas cosas que hubieran sucedido, por muy revolucionados que le parecieran aquellos últimos meses, todo, por lo menos en su vida, seguía como siempre. Como se solía decir: “cambiarlo todo para que todo siga igual”. Y un ejemplo de aquello, y a pesar de las palabras de Ardaion, era esa misma soledad. Quizás antes habría estado sola bajo tierra y con un techo a cuatro metros y ahora, en cambio, tenía el cielo abierto sobre su cabeza, extendiéndose más allá de los límites del rectángulo que formaba el claustro a su alrededor, pero el sentimiento era el mismo…

Y, otra vez, como siempre también, el camino de su destino parecía que iba a finalizar en otra batalla. Sólo había cambiado la lucha de Alatar por la de Ardaion.

Ardarel, quieta como si fuera una estatua de Estë levantada en medio del jardín, no sintió más que una honda indiferencia ante aquellas perspectivas. Llevaba toda una vida combatiendo tanto para sobrevivir como para evitar hundirse en su propia miseria. Se había curtido, endurecido, en lo más profundo de su ser y, desde pequeña, sabía que un campo de batalla estaría esperándola siempre a cada esquina de su periplo vital, por más que pensara que todo había cambiado.

No fue hasta que levantó los ojos hacia el cielo y vio la simple y muda estela de una estrella fugaz que Ardarel sintió, detrás del inquebrantable muro de su displicencia, que tal vez el futuro no estuviera tampoco preescrito en aquellas frías estrellas del firmamento y que, por lo menos para ella, al final del camino pudiera ser que no le esperara desolación y muerte y sí el paraíso de los Bienaventurados predicado por Ardaion.

El momento, la idea, pasó fugaz como la estrella caída, pero consiguió afianzarse dentro de la chica como una espina de luz en medio de las tinieblas de su interior. La noche, de todas maneras, tan indiferente como la orco, cayó entonces, y quizás de forma verdadera y definitiva, sobre toda Osgiliath.

         



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