Relatos de Anderian: Viaje de un heredero

17 de Octubre de 2012, a las 11:28 - Órewen
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17. De vuelta al Aritrel

Él permanecía junto con sus huéspedes, y también con su amigo Ossmeth. Muy cerca de ahí, sobre una pequeña elevación de tierra, estaban su padre y el señor Ellfhrinel. Se encontraban en las afueras del reino, al otro lado del cerco montañoso. Todos habían cruzado por diferentes conductos hacia el exterior, además de aquella grieta que conocieron Argoreph y Marduk, más recientemente Ílhan; notó que el heredero tenía un poco de dificultad, imaginó que sería por su encuentro con el cuélebre.


Tanto el pequeño Finrach como el nervioso Antarod tuvieron que quedarse, esto porque Dulanthir buscaba el bien de ellos, sabía bien que correrían un gran riesgo si lo acompañaban. Su corazón, aunque quisiera tenerlos a su lado, prefirió mantenerlos seguros. Se sentiría extraño al no sentirlos cerca en este viaje.


Giró su cabeza hasta tener visión de la orilla del bosque, lucía luminoso y tranquilo, con alguno que otro cántico de aves. Pronto estaría dentro de los territorios del Aritrel, eso hacía palpitar con mayor velocidad su corazón, lo cual era provocado por la incertidumbre de lo que pudiera suceder o encontrarse. Un suspiro salió discreto de su interior.


Volvió a enfocarse a su padre, y vio nuevamente las numerosas hileras frente a él. Podría decir que eran todos o casi todos los varones de Balfilias, además de algunas mujeres que alcanzaba a ver entre las filas, todos armados de báculos similares al suyo. Todos esperaban expectantes la señal del rey, quien parecía elaborar algo en su mente. Con voz sonora habló hacia ellos.


― ¡Meheri, nativos de Balfilias, la descendiente de Nurindil! Es decisión suya el estar aquí, en la antesala de la batalla. Se avecinan tiempos inciertos, momentos que nadie puede predecir su resultado. Pero conocemos nuestras virtudes, ese espíritu implacable que duerme en cada uno de nosotros, esperando el instante preciso ―alzó en lo alto su báculo, acción que imitaron― Vayamos en busca de la victoria, ¡por Balfilias y por Veleryon!


En respuesta hubo gritos al unísono, inspirados por las palabras del rey Adanthir. Al aire resplandecieron también cinco espadas, de las cuales Dulanthir pudo distinguir que cuatro eran de su amigo y los habitantes de Veleryon; pero hubo una que brillaba a lado de su padre. El fulgor era más blanco y creyó ver un punto más claro por sobre su cruz.


Y así fue como dio inicio la marcha, se permitió que los monarcas fueran haciendo camino, mientras que el pequeño séquito en donde él se encontraba iría después y al final el ejército mismo. Iban a buen ritmo, por lo que avanzaban considerablemente mientras tuvieran la suficiente energía. No había un orden exacto en las filas, todos buscaban hacerse camino entre los árboles y demás vegetación, por lo que parecía más un montón de gente trasladándose que un regimiento hacia el campo de batalla.


 

El aire era fresco y las sombras frías, la luz del sol que lograba colarse entre las copas daba un poco de tibieza al bosque. Así era el ambiente en Aritrel, algo muy bien conocido por Dulanthir. Él pudo darse cuenta que el color dorado comenzaba a volverse cobrizo, que el día estaba declinando lentamente y ocultándose en el horizonte lejano. Vio a su padre, quien observaba los alrededores.


― Acamparemos ahí ―dijo en voz alta y con el brazo derecho apuntando un lugar suficientemente despejado.


Nadie se opuso a ese mandato, y casi de inmediato comenzaron los preparativos. Se organizaron para que algún grupo ya establecido hiciera una tarea correspondiente, otros otra y así sucesivamente; hasta cubrir los requerimientos necesarios para formar un campamento, aunque fuera improvisado. Pronto la noche había caído y varios pequeños grupos se arremolinaban alrededor de flamas saltarinas, conversaciones fugaces y cenas frugales.


― Es una espada diferente a todas las demás que he visto ―escuchó comentar del heredero.


― Oh, ésta ―contestó el señor Ellfhrinel y la sostuvo entre sus dos manos, aún enfundada― Ciertamente es muy especial. Ha estado durante generaciones en Ker Mirren, así como Balasyr.


La sujetó por la empuñadura y lentamente el filo fue reluciendo, a la luz anaranjada del fuego. Todos pudieron admirar su belleza, especialmente Ílhan y Argoreph, pues el príncipe Dulanthir vio una mirada extasiada en ellos.


― Erenoe ―dijo el rey de los Ceredyv una vez que la punta de la espada apuntaba hacia la cúpula nocturna. Luego de un breve momento la volvió a guardar, con menos lentitud que como la sacó― Pero ambos guardan un gran poder, uno que es peligroso en la persona equivocada. Por eso hay que tener cuidado, tenle respeto al anillo y no pretendas que puedes manejarlo. Sólo se doblegará a su dueño legítimo y a nadie más.


Después de aquella conversación, los monarcas se pusieron a discutir acerca de tácticas que podrían utilizar al momento de la batalla. Mientras tanto Ílhan se quedó observando el anillo, y los otros hablaban de historias de antaño. Dulanthir se alejó de ahí en silencio, nadie se percató de su ausencia y en las demás fogatas apenas se daban cuenta que alguien pasaba cerca.


Muy pronto se alejó de la luz de las hogueras, a sus espaldas aún podía escuchar el crepitar de ellas, pero enfrente suyo había oscuridad. Sin embargo ésta no era absoluta, la luz lunar blanca y sedosa, le ayudaba a ver el bosque en penumbras. Y así prosiguió en su caminata nocturna.


Sus ojos intentaban capturar la mayor cantidad de imágenes posibles, como tratando de hallar algo en específico de entre toda la vegetación. No había nadie y a pesar de ello, deseaba que fuera lo contrario; de hecho también comenzaba a desear ser como un Vannan, o sólo tener esa habilidad de lograr todo. Quizá así podría suceder lo que ansiaba.

Encontró un lugar para sentarse y que pudiera ver perfectamente el cielo estrellado, tomó asiento y se puso a contemplar los astros por un momento. En lo que se concentraba en cómo titilaban, sintió que a su lado derecho la frescura del ambiente disminuía, como si alguien más estuviese ahí. No volteó, pero se dibujó una sonrisa en su rostro.


― ¿Te he dicho que éste es mi momento preferido?


― ¿Cuándo tienes que salir de tu escondite porque no logro encontrarte?


― No lo diría así ―escuchó una risa suave― Más bien el momento de nuestro encuentro. No importando si nos vimos ayer o años atrás, sigue siendo único.


Finalmente apartó su mirada de la noche, para sentirse en un sueño al dirigirse hacia su derecha. Unos ojos azules se cruzaron con los suyos, de un tono brumoso en ellos.


― Y sigue siendo único el momento en que te vuelvo a ver ―aventuró su mano a jugar con un mechón de su cabellera, era rubio pero de un color pálido, como si un velo de neblina le cubriera, así como su mirada. Ella estrechó su otra mano con la suya, sin apartar sus ojos.


― Tengo noticias que te conciernen ―dijo con un cambio en su voz y en su rostro, lo que ella sabía al parecer era serio.


Dulanthir permaneció pensativo acerca de lo que podría decirle, entonces vio cómo ella alzó su vista a una parte del bosque.


― Mi señora, ya está todo listo. Debemos apresurarnos si queremos llegar a tiempo.


― Muy bien, avísales a los demás.


El príncipe de Balfilias quedó sorprendido y aunque llevara tiempo conociéndola a ella y su gente, siempre tendría aquella duda que en esos momentos se le volvía a formular: ¿Cómo le hacen? Al parecer aunque fuera un Meheri, no lograría percibir la presencia de alguien como ellos, a no ser que fuera demasiado cerca o notorio.


― Ven, hay que decirles a todos ―volvió a dirigirse hacia él, mientras ella se ponía de pie y lo veía.


El informante, una vez recibido el mandato, tomó una dirección contraria a la de la pareja, perdiéndose nuevamente entre las sombras y los árboles. Ella por su parte, esperó a que el joven Meheri se pusiera de pie y así le guiara a través del campamento, para así poder informar de lo que conocía y descubrió en el Aritrel.

 



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