El Epílogo de El Señor de los Anillos

23 de Febrero de 2005, a las 20:59 - Elfa Árwena e Ireth Tinehtele
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Del texto anterior se hizo una copia en limpio, que tenía en el encabezamiento el título de "Epílogo", que posteriormente fue sustituído por "El fin del libro". En este texto se realizaron algunos cambios, pero aún así éste no fue el que J.R.R. Tolkien hubiera publicado, pues lo sustituyó por una segunda versión en la que cambian tanto la estructura como la presentación y que os ofrecemos a continuación

 

La segunda versión del Epílogo

Una noche de marzo de 1436 Maese Samsagaz Gamyi estaba en su estudio de Bolsón Cerrado. Se hallaba sentado a su viejo escritorio, y con muchas pausas para pensar escribía con su mano lenta y redonda en hojas de papel sueltas. Sobre un atril a su lado había un gran libro rojo manuscrito.
Poco antes había estado leyéndoselo a su familia. Pues era un día especial: el cumpleaños de su hija Elanor. Aquella noche antes de la cena había llegado por fin hasta el final del Libro. El prolongado avance a través de los muchos capítulos, aun con omisiones que había considerado aconsejables, le había llevado algunos meses, ya que sólo leía en voz alta en los días importantes. En la lectura del cumpleaños, junto con Elanor estaban el joven Frodo, Rosita y los pequeños Merry y Pippin; pero no los otros niños. El Libro Rojo aún no era para ellos, y se hallaban seguros en la cama. Rizos de Oro tenía cinco años, ya que en su predicción Frodo había cometido un pequeño error, y Rizos de Oro nació después de Pippin. Pero no era la última del linaje, pues parecía probable que Samsagaz y Rosita rivalizaran con el viejo Gerontius Tuk en el número de hijos y lo superaran igual que lo había superado Bilbo en el número de años. Estaba el pequeño Ham, y Margarita, y Prímula aún en la cuna.
Ahora Sam "disfrutaba de un poco de tranquilidad". La cena había terminado. Sólo Elanor estaba con él, todavía levantada porque era su cumpleaños. Permanecía sentada en silencio, mirando el fuego, y de vez en cuando a su padre. Era una hermosa muchacha, más blanca de piel y más esbelta que la mayoría de las doncellas hobbits, y el fuego de la chimenea centelleaba en su cabello rojo dorado. A ella había descendido, por un don si no por herencia, un recuerdo de la gracia élfica.
-¿Qué estás haciendo, querido papá Sam? -preguntó al fin-. Dijiste que ibas a descansar, y esperaba que hablaras conmigo.
-Aguarda sólo un momento, Elanorellë -dijo Sam cuando ella se le acercó, lo rodeó con los brazos y escudriñó por encima de su hombro.
-Parece Preguntas y Respuestas -comentó ella.
-Y eso es -afirmó Sam-. El señor Frodo dejó las últimas páginas del Libro para mí, pero todavía no me he atrevido a tocarlas. Aún sigo tomando notas, como habría dicho el viejo señor Bilbo. Aquí están todas las muchas preguntas que Mamá Rosa y tú y los niños me habéis hecho, y yo estoy escribiendo las respuestas, cuando las conozco. La mayoría de las preguntas son tuyas, ya que sólo tú has oído el Libro entero en más de una ocasión.
-Tres veces -dijo Elanor, mirando la página cuidadosamente escrita que había bajo la mano de Sam.
P. Enanos, etc. El joven Frodo dice que son los que más le gustan. ¿Qué le pasó a Gimli? ¿Se han abierto de nuevo las Minas de Moria? ¿Queda algún Orco?
R. Gimli: regresó para trabajar para el Rey, como dijo, y trajo a muchos de su pueblo del Norte, y trabajaron en Gondor tanto tiempo que se acostumbraron y se establecieron allí, en las Montañas Blancas, no lejos de la Ciudad. Una vez al año Gimli va a las Cavernas Centelleantes. ¿Cómo lo sé? Información del señor Peregrin, que a menudo vuelve a Minas Tirith, donde está muy bien considerado.
Moria: no he oído ninguna noticia. Quizá la predicción sobre Durin no se cumplirá en nuestra época. Los lugares oscuros aún necesitan mucha limpieza. Creo que harán falta muchos problemas y hazañas osadas para expulsar a las criaturas malévola de los recintos de Moria. La verdad es que quedan muchos Orcos en esos parajes. Probablemente nunca nos libraremos del todo de ellos.

P. Legolas. ¿Regresó junto al Rey? ¿Se quedará allí?
R. Sí, lo hizo. Fue al sur con Gimli, y con él llevó a muchos de su pueblo del Gran Bosque Verde (así lo llaman ahora). Dicen que era maravilloso ver a las compañías de Enanos y de Elfos viajar juntos. Los Elfos han hecho la Ciudad, y la tierra donde vive el Príncipe Faramir, más hermosa que nunca. Sí, Legolas se quedará allí, por lo menos mientras permanezca Gimli; pero creo que algún día irá al Mar. Todo esto me lo contó el señor Meriadoc, ya que él ha visitado a la Dama Éowyn en su casa blanca.

P. Caballos. Merry está interesado en ellos; muchas ganas de tener un poney propio. ¿Cuántos caballos perdieron los Jinetes en las batallas, y tienen más ahora? ¿Qué le pasó al caballo de Legolas? ¿Qué hizo Gandalf con Sombragrís?
R. Sombragrís fue en la Nave Blanca con Gandalf, desde luego. Yo mismo lo vi. También vi a Legolas dejar libre al suyo para que galopara de regreso a Rohan desde Isengard. El señor Meriadoc dice que no sabe cuántos caballos se perdieron; pero ahora hay más que nunca en Rohan, porque ya nadie los roba. Los Jinetes también tienen muchos poneys, sobre todo en el Valle Sagrado: blancos, pardos y grises. El año próximo cuando vuelva de una visita al Rey Éomer piensa traerle uno a su tocayo.

P. Ents. A Elanor le gustaría oír más sobre ellos. ¿Qué vio Legolas en Fangorn; y ve ahora alguna vez a Bárbol? La pequeña Rosita está muy preocupada por las Ents-mujeres. Las busca cada vez que entra en un bosque. ¿Las encontrarán alguna vez? Le gustaría que sí.
R. Legolas y Gimli no han contado lo que vieron, por lo menos hasta donde yo sé. No he o+do de nadie que haya visto a un Ent desde aquellos días. Los Ents son muy secretos, y no les gusta mucho la gente, pequeña o grande. A mí también me gustaría que encontraran a las Ents-mujeres; pero me temo que el problema es demasiado antiguo y profundo para que las gentes de la Comarca lo puedan arreglar. Creo que, quizá las Ents-mujeres no quieren que las encuentren; y tal vez los Ents se hayan cansado de buscar.

-Bueno, querida -dijo Sam-, esto es todo por hoy. -Suspiró-. No es adecuado entrar en el Libro de esta manera. No se parece en nada a la historia tal como la escribió el señor Frodo. Pero, de algún modo, tendré que hacer uno o dos capítulos con un estilo apropiado. Quizá me ayude el señor Meriadoc. Escribe muy bien, y está haciendo un libro espléndido sobre plantas.
-No escribas más esta noche. ¡Cuéntame, papá Sam! -dijo Elanor, y lo llevó a un asiento junto al fuego-. Háblame -dijo cuando se sentaron muy juntos con la luz suave y dorada en el rostro-, háblame de Lórien. ¿Todavía crece mi flor allí, papá Sam?
-Bueno, querida, Celeborn todavía vive entre sus árboles y sus Elfos, y no me cabe ninguna duda de que tu flor aún crece allí. Aunque ahora te tengo a ti para mirate, y ya no la anhelo tanto.
-Pero yo no quiero mirarme a mí, papá Sam. Quiero ver otras cosas. Quiero ver la colina de Amroth donde el Rey conoció a Arwen, y los árboles de plata, y la pequeña y blanca niphredil y la elanor dorada en la hierba que siempre es verde. Y quiero oír canar a los Elfos.
-Entonces, quizás algún día lo hagas, Elanor. Yo decía lo mismo cuando tenía tu edad, y bastante después, y parecía que no había esperanzas. Y sin embargo las vi, y las oí.
-Temía que todos se fueran en barcos, papá Sam. Entonces pronto aquí no quedaría ninguno; y entonces los lugares serían sólo lugares, y...
-¿Y qué, Elanorellë?
-Y la luz habría desaparecido.
-Lo sé -dijo Sam-. La luz está desapareciendo, Elanorellë. Pero no se apagará aún. Ahora creo que nunca se apagará del todo, ya que te tengo a ti para hablar. Pues ahora me parece que la gente que nunca la ha visto la puede recordar. Y sin embargo -suspiró-, no es lo mismo que verla de verdad, como yo la vi.
-¿Como estar de verdad en una historia? -dijo Elanor-. Una historia es muy distinta, incluso cuando se trata de lo que sucedió. ¡Me gustaría poder volver a los días antiguos!
-La gente como nosotros lo desea a menudo -dijo Sam-. Tú llegaste al final de una gran Edad, Elanorellë; pero aunque ha acabado, las cosas, como nosotros decimos, no terminan tan de repente. Son más como una puesta de sol invernal. Casi todos los Altos Elfos se fueron con Elrond. Pero no todos; y aquellos que no se fueron todavía aguardarán un tiempo. Y los otros, los que pertenecen aquí, durarán aun más. Todavía te quedan cosas por ver, y tal vez las veas antes de lo que esperas.

Elanor guardó silencio durante un rato antes de volver a hablar.
-Al principio no entendí lo que quería decir Celeborn cuando se despidió del Rey -dijo-. Pero creo que ahora sí. Él sabía que la Dama Arwen se quedaría, pero que Galadriel lo abandonaría. Creo que fue muy triste para él. Y para ti, querido papá Sam. -Buscó su mano, y la mano cetrina de él apretó los dedos finos de ella-. Pues también se fue tu tesoro. Me alegro de que Frodo del Anillo me viera, pero me gustaría poder recordar haberlo visto yo.
-Fue triste, Elanorellë -dijo Sam, besándole el pelo-. Lo fue, pero no lo es ahora. ¿Por qué? Bueno, por una cosa, porque el señor Frodo ha ido a donde la luz élfica no está desapareciendo; y se merecía su recompensa. Pero yo también he tenido la mía. Tengo un montón de tesoros. Soy un hobbit muy rico. Y hay otro motivo que te diré al oído, un secreto que nunca he contado a nadie, y que aún no he escrito en el Libro. Antes de irse, el señor Frodo dijo que quizá llegaría mi hora. Creo que aún no nos hemos dicho adiós para siempre. Pero puedo esperar. En cualquier caso, es algo que he aprendido de los Elfos. Ellos no se preocupan tanto por el tiempo. Y por eso creo que Celeborn todavía es feliz entre sus árboles, a la manera élfica. Cuando se canse podrá irse.
-Y cuando tú te canses, te irás, papá Sam. Te irás a los Puertos con los Elfos. Entonces yo iré contigo. No me separaré de ti, como Arwen de Elrond.
-Tal vez, tal vez -dijo Sam, besándola con suavidad-. Y tal vez no. La elección de Lúthien y Arwen les llega a muchos, Elanorellë, o algo parecido; y no es prudente decidir antes de tiempo. Y ahora, querida, creo que es hora de irse a la cama para una joven de quince primaveras. Además, tengo cosas que hablar com Mamá Rosa.

Elanor se puso en pie y pasó ligeramente la mano por el rizado pelo castaño de Sam, aunque ya moteado de gris.
-Buenas noches, papá Sam. Pero...
-No quiero un buenas noches, pero -dijo Sam.
-Iba a decir, pero, ¿no me la enseñarás primero?
-¿Enseñarte qué, querida?
-La carta del Rey, por supuesto. Ya hace más de una semana que la recibiste.
Sam se incorporó.
-¡Santo cielo! -exclamó-. ¡Cómo se repiten las historias! Y te pagan con tu propia moneda y todo. ¡Cómo espiábamos al pobre seño Frodo! Y ahora los nuestros nos espían a nosotros, sin más ánimo de hacer daño que el que teníamos nosotros, espero. Pero, ¿cómo sabes lo de la carta?
-No hubo necesidad de espiar -dijo Elanor-. Si querías mantenerla en secreto, no fuiste lo suficientemente cauto. Llegó con el correo de la Cuaderna del Sur a primeras horas del miércoles de la semana pasada. Te vi re cogerla. Toda envuelta en seda blanca y cerrada con grandes sellos negros: cualquiera que hubiera oído el Libro habría adivinado que era del Rey. ¿Son buenas nuevas? ¿No vas a enseñármela, papá Sam?
-Bueno, ya que sabes tanto, será mejor que te enteres de todo -dijo Sam-. Pero aquí no hay conspiraciones. Si te la enseño te unirás al bando de los adultos y tendrás que jugar limpio. Se lo contaré a los otros cuando yo lo decida. Va a venir el Rey.
-¿Aquí? -gritó Elanor-. ¿A Bolsón Cerrado?
-No, querida -repuso Sam-. Pero vuelve de nuevo al norte, algo que no ha hecho desde que tú eras una cosita pequeña. Pero ahora su casa está lista. No vendrá a la Comarca, ya que ha dado órdenes de que después de aquellos Rufianes nadie de la Gente Grande entre en esta Tierra, y él no quebrantará sus propias leyes. Pero cabalgará hasta el Puente. Y ha enviado una invitación especial para cada uno de nosotros, con su propio nombre.
Sam se acercó a un cajón, lo abrió y sacó un pergamino del estuche. Estaba escrito a dos columnas con hermosas letras de plata sobre un fondo negro. Lo desenrolló y colocó una vela junto a él sobre el escritorio, para que Elanor pudiera verlo.
-¡Qué magnífico! -exclamó ella-. Sé leer el Lenguaje Llano, pero, ¿qué pone en el otro lado? Creo que es élfico, pero aún no me has enseñado más que unas pocas palabras élficas.
-Sí, está escrito en un tipo de élfico que usa la gente importante de Gondor -dijo Sam-. Lo he descifrado, por lo menos lo suficiente para asegurarme de que pone lo mismo, sólo que cambia nuestros nombres a élfico. El tuyo es el mismo en los dos idiomas, Elanor, porque tu nombre es élfico. Pero Frodo es Iorhael, y Rosa es Meril, y Merry es Gelir, y Pippin es Cordof, y Rizos de Oro es Glorfinniel, y Hamfast es Barovorn, y Margarita es Eirien. Así que ahora ya lo sabes.
-¡Es maravilloso! -exclamó ella-. Ahora todos tenemos nombres élficos. ¡Qué espléndido final para mi cumpleaños! Pero, ¿cuál es el tuyo, papá Sam? No lo mencionaste.
-Bueno, es más bien peculiar -dijo Sam-. Porque en la parte élfica, por si debes saberlo, el Rey dice: "Maese Perhael que debería ser llamado Panthael". Y eso significa: Samsagaz que debería ser llamado Completamente-sagaz. Así que ahora ya sabes lo que piensa el Rey de tu viejo padre.
-No más de lo que yo pienso, papá Sam, Perhael-adar queridísimo -dijo Elanor-. Pero dice el dos de abril, ¡sólo una semana a partir de hoy! ¿Cuándo partiremos? Deberíamos ir preparándonos. ¿Qué ropa nos pondremos?
-Todo eso debes preguntárselo a Mamá Rosa -dijo Sam-. Pero nos hemos estado preparando. Recibimos noticias de ello hace mucho tiempo; y si no dijimos nada fue sólo porque no queríamos que perdierais el sueño por la noche, todavía no. Y todos llevaréis ropas hermosas, e iremos en un carruaje.
-¿He de hacer tres reverencias a sólo una? -preguntó Elanor.
-Con una bastará, una para el Rey y una para la Reina -contestó Sam-. Porque aunque no lo dice en la carta, Elanorellë, creo que la Reina estará presente. Y cuando la hayas visto, querida, sabrás qué aspecto tiene una dama de los Elfos, con la salvedad de que ninguna es tan hermosa. Y habrá más, ya que me sorprendería si el Rey no nos invita a su gran casa junto al Lago del Crepúsculo. Y allí estarán Elladan y Elrohir, quienes aún viven en Rivendel... y con ellos habrá Elfos, Elanorellë, y cantarán junto al agua bajo el crepúsculo. Por eso te dije que tal vez los vieras antes de lo que creías.
Elanor no dijo nada, pero se quedó en pie mirando el fuego, y sus ojos brillaban como estrellas. Al fin dejó escapar un suspiro y se movió.
-¿Cuánto tiempo nos quedaremos? -preguntó-. Supongo que tendremos que volver, ¿no?
-Sí, y, de algún modo, querremos volver -dijo Sam-. Pero quizá nos quedemos hasta la cosecha del heno, momento en el que deberé estar aquí. Buenas noches, Elanorellë. Y ahora duerme hasta que salga el sol. No te hará falta soñar.
-Buenas noches, papá Sam. Y no trabajes más. Porque sé cómo debe ser tu capítulo. Escribe la charla que hemos tenido... pero no esta noche.
Le dio un beso y salió de la habitación; y a Sam le pareció que el fuego ardía menos tras su partida.
Las estrellas brillaban en un cielo despejado y oscuro. Era el segundo día de la brillante y despejada temporada que llegaba cada año a la Comarca a finales de marzo, y que cada año era bienvenida y alabada como algo sorprendente para la estación. Todos los niños estaban ya en la cama. Era tarde, pero aquí y allá las luces aún centelleaban en Hobbiton y en las casas que moteaban la campiña envuelta en la noche
Maese Samsagaz estaba de pie en la puerta y miraba hacia el este. Acercó a la Señora Rosa y le pasó un brazo por los hombros.
-¡Veinticinco de marzo! -dijo-. Este mismo día, hace diecisiete años, querida esposa, creí que no volvería a verte jamás. Pero no perdí la esperanza.
-Yo nunca albergué ninguna, Sam -dijo ella-, no hasta aquel mismo día; y entonces, de pronto, me sentí esperanzada. Era el mediodía y estaba tan contenta que me puse a cantar. Y mi madre dijo: "¡Silencio, muchacha! Hay rufianes por los alrededores". Y yo le dije: "¡Que vengan! Su tiempo se acaba. Sam vuelve". Y volviste.
-Volví -dijo Sam-. Al lugar más amado del mundo. A mi Rosa y mi jardín.
Entraron en la casa y Sam cerró la puerta. Pero al hacerlo de repente oyó, profundos y agitados, el suspiro y el murmullo del Mar sobre las costas de la Tierra Media.



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