La Sombra Creciente

01 de Diciembre de 2006, a las 22:33 - Silvano
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Hace mucho tiempo una historia se forjó en el dolor de la guerra, llevándola al completo olvido pese a los actos heroicos realizados. Una de tantas en las que la tragedia, el sacrificio y la muerte impiden que hoy sean recordadas en hermosas canciones y gloriosos relatos. Nadie tiene constancia de aquello y tan solo unos viejos escritos dejaron parte. Los únicos textos que han sobrevivido han llegado a mi poder, y me veo obligado a darlo en testimonio al conocimiento del mundo, para completar así la historia de la Tierra Media al final de esta Tercera Edad del Sol con un pasaje olvidado:

Tres culturas se vieron envueltas en una lucha por la libertad que acabó con final amargo. Eran tiempos turbios donde el mal volvía a adquirir forma tras la derrota de Sauron. Una guerra se cernió sobre el Bosque Verde con grandes pérdida y ni tan siquiera los pueblos involucrados lloran hoy a sus caídos, que perecieron con honor y valor en el campo de batalla, tristemente... en vano…

Prólogo

Desde finales de la Segunda Edad hasta nuestros días

Desde la derrota de Sauron en el 3434 de la Segunda Edad, la Tierra Media ha vivido en paz durante largos años. Atrás quedaron las grandes guerras y sus peligros gracias a la Última Alianza, que formó uno de los mayores ejércitos que se recuerdan. Fueron los brazos vigorosos de los soldados y su coraje, los que terminaron con los tiempos aciagos. El estandarte de Gil-galad, el último rey supremo de los Noldor, era la torre vigía bajo la que lucharon miles y miles de elfos; al igual que fue bajo el mando de Elendil donde todos los hombres disponibles en aquellos tiempos desafiaron con sus armas y escudos el poder del Señor Oscuro.

Tras formarse el ejército en el Norte, descendieron velozmente hacia Mordor. Dieron alcance a las numerosas tropas de orcos que asediaban Gondor en la llanura de Dagorlad, lugar donde se libró la mayor batalla de la época, y continuaron su avance hacia la Tierra Negra. Nada les logró impedir el paso y tras haber derramado demasiada sangre, llegaron a la Torre Oscura, fortaleza de Sauron, y la sitiaron. Fue un duro asedio en un abrupto terreno, tuvieron muchísimas bajas a causa de los proyectiles y refriegas aisladas, pero el cerco era muy fuerte y consiguió resistir.

Barad-dûr contaba con abundantes suministros que alargaron el sitio y la guerra por siete penosos años. Finalmente, transcurrido ese tiempo, Sauron se vio completamente acorralado y sin escapatoria, siendo obligado a descender al campo de batalla con todas las fuerzas de las que retenía y así hizo, con el Anillo Único fuente de su poder en un dedo y una gran maza negra en su siniestra. El ejército de la Alianza se abalanzó sobre esta nueva amenaza pero no pudieron hacer nada contra el Señor Oscuro. Ni el gran Gil-galad con su lanza Aeglos pudieron hacerle frente y pereció en el intento bajo devastador hechizo. Elendil se lanzó al ataque empuñando a Narsil pero a Sauron solo le bastó un mazazo para deshacerse del rey de los hombres.

La desesperanza hizo mella en todos los soldados al ver a sus dos reyes perecer; la guerra estaba perdida, no podían luchar contra el poder del Anillo y solo podían esperar ya la muerte.

Isildur corrió a socorrer a Elendil, su padre, que yacía moribundo con Narsil quebrada bajo él. Sauron le observó y para acabar con el heredero al trono de los hombres se acercó al humano que quedó aterrorizado bajo su efigie. En una acción desesperada y echando mano de un valor inexistente, Isildur agarró la empuñadura de Narsil y con la poca hoja que quedó sujeta al mango le plantó cara. El verdugo de su progenitor dejó escuchar una grotesca carcajada y atacó, Isildur en un movimiento heroico le cortó, por fortuna para la Alianza y desgracia de su oponente, el dedo portador del Anillo Único.

En la forja del Anillo Sauron entremezcló su sangre con el oro, en él había vertido todo el poder y maldad que en su espíritu se engendraba. Le separaron de su obsesión y de su fuente vital por lo que el espíritu de Sauron desapareció de la faz de la tierra, cayendo su cuerpo muerto. De igual modo hicieron los nazgûl, que entraron en la sombra al desvanecerse el poder que los sustentaban. Los orcos y aliados del derrotado Señor Oscuro huyeron y escondieron y Mordor dejó de ser una amenaza para el mundo.

Elrond, heraldo de Gil-galad, y Círdan, el carpintero de barcos, condujeron a Isildur al corazón del Monte del Destino, lugar donde el mal fue forjado y único lugar donde podía ser destruido, pero Isildur sucumbió a la tentación y tomó el Anillo Único para sí. Al haber sido derrocado Sauron, no vio motivos para prescindir de tan poderosa arma y la ligó a su linaje como herencia al trono. Así acabó la Segunda Edad, con la condena del resurgir del mal del Anillo que encontró en los hombres su razón de subsistir.

Transcurría el segundo año de la Tercera Edad del Sol cuando Isildur avanzaba con su séquito hacia el norte, a encargarse del trono. Viajando por la cuenca del Anduin fueron emboscados por unos orcos y se inició combate. Pronto Isildur dio por perdida la refriega, la mayoría de sus hombres yacían en la mullida hierba al igual que sus hijos por lo que decidió huir colocándose el Anillo, que daba a todo portador mortal el don de la invisibilidad. Se adentró en las frías aguas del río Grande y comenzó a nadar hacia la orilla contraria, pero ese no era el deseo del Anillo, éste le traicionó y se deslizó del dedo de Isildur dejándole a la vista de los arqueros orcos que le atravesaron con tres flechas.

Ésta fue la Batalla de los Campos Gladios que siempre fue recordado por la muerte del rey de los hombres y la pérdida del arma del enemigo, que entre los hombres se le dio el nombre de El Daño de Isildur.

Tres fueron los supervivientes de aquella emboscada y consiguieron alcanzar el valle de Imladris, lugar donde vive el maestro Elrond, en el refugio conocido como Rivendel. Uno de ellos era el escudero que portaba los restos de la espada de Elendil, el arma que acabó con Sauron, que fueron entregados al poderoso elfo. La espada fue guardada como reliquia de guerra a no ser que llegara el rey de los hombres reclamándola para librar al mundo de la sombra nuevamente.

La muerte del único heredero del reino de los hombres supuso la división de éste en dos grandes provincias independientes: Arnor y Gondor.

El poderío meridional de Gondor creció durante el primer milenio de la Tercera Edad a pesar de los conflictos existentes en sus fronteras con los orientales, que llevaron acabo invasiones durante los siglos V y VI. En el siglo IX, sumaron a su ya poderoso ejército, una temible flota que fue el terror de sus enemigos. Fue en el siglo XI cuando Gondor alcanzó su mayor esplendor: rechazó a los orientales hasta el mar de Rhûn, conquistó Umbar añadiéndola a su reino y sojuzgó a las gentes del Harad.

Arnor nunca llevó sus fronteras más allá de Eriador pero prosperó hasta el siglo IX. En aquella época, las disputas internas llevaron a una nueva división del reino en tres estados independientes que acabaron guerreando entre sí.

Doscientos años más tarde las fuerzas del mar despertaron de su letargo y fueron capitaneadas por los nazgûl que volvieron de la sombra llamados por el Anillo. Fue entonces cuando Arnor se vio peligrosamente amenazado, a las disputas internas se les sumó una terrible guerra emprendida por el principal siervo del derrocado Sauron, el Señor de los Espectros que se proclamó así mismo Rey Brujo de Angmar. Fue en el año 1974 cuando Arnor dejó de existir como reino al ser tomado el último reducto arnoriano, Fornost, por los implacables ejércitos del Rey Brujo. Tras la muerte del vigésimo tercer rey de Arnor, el linaje real continuó a través de los Capitanes tribales de los dúnedain que se refugiaron en las montañas y reinos de alrededor.

Gondor no corrió mejor fortuna y entró en decadencia en el segundo milenio. La sangrienta guerra civil del siglo XV ocasionó miles de muertos, la destrucción de ciudades, pérdida de gran parte de la flota de Gondor, y el fin de la opresión sobre las gentes de Umbar y Harad. En el 1636 una gran plaga asoló todo el reino de los hombres dejando zonas enteras desiertas para siempre. En el siglo XIX los Aurigas, una confederación bien armada de pueblos Orientales, empezaron a invadir las tierras del este de Gondor, invasiones que aún continúan en la actualidad.

El poder de los elfos llegaba a su fin y muchos eran los que partían en barcos hacia las Tierras Imperecederas. Solo quedaban en la Tierra Media tres lugares en los que aún habitan esta poderosa raza: Lórien, Imladris y el Bosque Verde.

El Bosque de Lothlórien, conocido como el Bosque de Oro, estaba gobernado por Celeborn y la dama Galadriel, cuyo poder convertía en Lórien en el lugar más seguro y hermoso de cuantos quedaron en la Tierra Media. Los elfos silvanos custodiaban sus fronteras y no permitían el paso de nadie, a no ser que fuesen enviados por el maestro Elrond o Thranduil. Todos cuantos osaron adentrarse bajo las copas doradas nunca salieron con vida y fue un lugar temido para algunos, en especial para la raza de los enanos que habitaban a poca distancia.

Rivendel era también un lugar seguro, la naturaleza lo ocultaba y nadie que no conociese su secreto sabría encontrarla. Fue grande el deseo de Sauron de conocer su ubicación pero jamás lo logró. En aquel hermoso lugar vivían la mayoría de los últimos elfos Noldor que no murieron en la gran guerra.

En el Bosque Verde habitaban elfos de los tres linajes y eran los únicos que estaban en guerra. En el año 1050 llegó a sus dominios una fuerza maléfica y con ella aparecieron criaturas oscuras tales como los orcos, lobos o huargos, espíritus malignos y arañas descendientes de Ungoliant que oscurecieron el bosque con sus telarañas, siendo rebautizado por los hombres como el Bosque Negro. Poco más tarde se edificó una misteriosa fortaleza en el sur que recibió el nombre de Dol Guldur, la colina de la hechicería. Muy poco se sabe sobre este lugar y apenas se ha podido ver realmente el lugar en el que habita, según las historias, el Nigromante, un poderoso hechicero que llegó en el año 1100 y que acaudilla huestes de orcos y monstruos es su dueño. El Bosque se convirtió en lugar maldito y muy pocos se atrevieron a pasar ni tan siquiera bajo la sombra de sus árboles. Los esfuerzos de los elfos por acabar por el invasor se vieron frenados por las arañas que habitaban el llano y por los numerosos trasgos residentes en las montañas.

Las puertas de Khazad-dûm se cerraron a los problemas del mundo al estallar la guerra contra Sauron y siguieron cerradas una vez acabada. Muy pocos podían adentrarse en sus profundidades y eran vigilados de cerca por los recelosos enanos a quien no les gustaba que los forasteros descubriesen sus tesoros. Era un reino aislado, por lo que se le llamó Moria, el abismo negro. Poco se supo de los enanos que la habitaban, siempre se habían desentendido de todo lo que no fuesen sus riquezas. Los que no partieron a Khazad-dûm cuando se destruyeron las otras mansiones enanas, herraron por las montañas. Especialmente en las Colinas de Hierro en las que algunos pueblos empezaron a edificar nuevos reinos. Éste era un sueño que poseían todos los pueblos errantes, restituir la gloria de los enanos construyendo nuevas mansiones por toda la Tierra Media, como la de Nimrodel, cercana a la poderosa Moria.

En Eriador y Eregion reinaba la paz. Fue la labor de los montaraces la que hizo que sus gentes viviesen apartadas de los peligros del mundo, de sus guerras y calamidades. Los siervos de Sauron nunca tuvieron interés en tomar aquellas tierras, al menos antes de haber derrotado a los hombres y elfos que sí suponían una amenaza.

El mal se empezaba a revolver nuevamente en la Tierra Media. Mordor volvió a ser habitada y las fortalezas oscuras como Dol Guldur en el Bosque Negro, y Angmar en el Norte, amenazaban el subsistir de las razas libremente. Sombras crecientes que debían de ser erradicadas antes de que obtuviesen más poder y llegaran de nuevo los tiempos aciagos...



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