Un poder más grande que la maldad

01 de Diciembre de 2006, a las 23:34 - Socorrito
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I El mensajero de Eru Iluvatar

"Las penurias y gozos que serán narrados, sucedieron en edades casi olvidadas; en donde la barrera entre la tristeza y la alegría era borrosa y era fácil confundirlas.

En aquellos tiempos, Beleriand  se alzaba en su esplendor sobre los mares de la tierra media y grandes reyes elfos gobernaban a su antojo y para bien de su pueblo: enormes extensiones de tierra, montañas, cavernas y bosques;  en donde se edificaron esplendorosos reinos, que le dieron a esas regiones una belleza que nunca más tendrían bajo las aguas en que fueron sumergidas luego..."

La voz se extinguía por momentos para luego alzarse nuevamente entre las brumas del aquel sueño, todos los seres élficos descansaban sobre las brillantes arenas, polvo de piedras preciosas; bajo la influencia de un poderoso aire soporífero  que se extendía por toda aman. Y no era más que la voz de un Ainur  la que se escuchaba, uno de los que permanecieron al lado de Erú en la inmensidad por fuera de Arda y esa era la primera vez que se manifestaba con voz audible para los hijos de Iluvatar en el mundo.

"En un principio al despertarse los elfos en el inicio de su historia, estos estaban bajo los cielos y se maravillaron con estrellas que brillaban en la noche y fue un gran numero de esos primeros, los que se encaminaron a la bienaventurada aman; pero  muchos de entre estos se negaron luego, por amor a un señor perdido en las tierras oscuras de endor.

A esta gente pertenecía Cemendil de hermosos cabellos del color de la plata y ojos  tan claros que le permitieron a calawen, doncella del pueblo de los noldor, observar  en ellos el espíritu que gobernaba aquel cuerpo  y grande fue el amor que entre los dos surgió, pero  casi igual fue el que los separaba; Cemendil deseaba  quedarse entre su gente, esperando el retorno de su señor y calawen no quería quedarse en la oscuridad cuando la luz de aman le llamaba.

Fue así que Cemendi decidió partir en un viaje junto a su amor, del que no regresarían sino pasado mucho tiempo, el cual  fue colmado de felicidad y lo harían en medio de una enorme tristeza.
Gran hermosura alcanzó aman por la obra de yavanna la ainur: los árboles telperión y laurelin; y gran amargura trajo su muerte por obra del ainur oscuro, que solo lograba concebir odio, destrucción y sufrimiento en todos sus pensamientos y creaciones.

Los silmarils surgieron por  la acción del noldor fëanor y la luz de los sagrados árboles, su robo conllevo al juramento que nuevamente condujo a su pueblo a dirigirse a la tierra media en busca de venganza y recuperar lo robado, para quedar su existencia grabada por siempre en canciones llenas de dolor y grandeza.

Grandes penurias tuvieron que pasar en ese tortuoso camino de regreso a la tierra media, y la traición surgió entre ellos dividiéndolos: Fëanor el que abandona al pueblo que lo sigue y su medio hermano Fingolfin; rey supremo de los noldor en exilio, que guía a los abandonados hacia su destino.
Las llamas de la felonía brillaron consumiendo los barcos sobre las aguas oscuras de los mares divisorios, y esas luces eran símbolos inequívocos del fruto de terribles actos, dejando con esto atrás a un pueblo numeroso y resentido.

Cemendi y calawen se encaminaron en la marcha que los llevaría de regreso a la tierra media, con los corazones encendidos en deseos de grandeza,  al dejarse influenciar por las palabras fieras y salvajes que prometían poder y gloria. Llevaron consigo al fruto del amor, un niño muy joven, aún si se contaran sus años según los hombres mortales.
Telpëfinda era su nombre, de cabellos plateados como su padre y su gente, pero de ojos brillantes, oscuros y profundos como los noldor, habientes de sabiduría; grande era su belleza y habilidad en muchas artes y se destacaría sobre todo en los oficios de la guerra.

Muchos sufrimientos trajo esa travesía para alcanzar la tierra media, pero ninguno tan grande como el que se vivió al cruzar los hielos crujientes de Helcaraxë, único camino posible para llegar a su destino al ser un puente natural entre las dos tierras, peligroso y traicionero.
Los vientos helados se colaban entre los hermosos y abrigadores ropajes de los caminantes, quienes se abrían paso por entre la oscuridad que envolvía al mundo luego de la muerte de la luz de los árboles;  un delgado rió de fuego que avanzaba zigzagueante era lo que se podía observar, desafiando las enormes grietas que se abrían de repente y sin más aviso que un crujido, acompañado casi siempre de un grito de horror, que se alzaba sobre el silencio envolvente, el cual  no indicaba más que la muerte de otro hermano.

Se cuenta entre los sobrevivientes y su descendencia que si algún valiente o tonto  se atreve a volver a esos sitios y lograse quitar la nieve acumulada por los siglos; podría observar los incorruptos rostros de la muerte helada, atrapados eternamente en las aguas congeladas del norte.

Cemendi y calawen caminaban juntos, llevando a su hijo en un abrazo que conservaba el calor; cuando los pies ligeros de Cemendi percibieron un leve movimiento en el hielo que se extendía bajo su pies y en su ultimo acto sobre el mundo, lanzó a su pequeño hijo sin aviso previo al suelo congelado, lejos; para luego hundirse junto a su amada en las profundidades heladas de helcaraxë.
Telpëfinda lanzo un grito de dolor al observar hundirse en las oscuras profundidades de un abismo helado a sus padres, el cual llego incluso a la todavía lejana lammoth y  atormentó a los caminantes con su eco durante el resto del viaje, recordándoles incesantemente la muerte de todos los hermanos. Miles de voces distintas se repetían una y otra vez, lamentos de dolor y desespero y sobre todos los sonidos, todavía se distinguía el más horroroso en el mundo: el lamento de Morgoth.

Cuando por fin los ligeros pies de los viajeros pisaron la oscura tierra media, por los cielos se alzo una majestuosa luz azul: Isil la refulgente fue nombrada en aman y raná la errante por los noldor. Las trompetas de fingolfin clamaron con voces de dicha anunciando a la tierra media su llegada."

La voz del ainur sin nombre enmudeció un momento, como si necesitara aire para continuar, aunque en verdad no hizo más que reunir fuerzas para tomar forma y vestidos como sus hermanos que en el principio de la historia de Ëa lo hiciesen también, y con esto caminar entre los hijos mayores del creador. Y grande fue su belleza, ya que parecía su rostro al de un alto señor  elfo y sin embargo un hombre en tamaño y corpulencia más no en majestuosidad. Muchos quisieron luego darle un nombre como los demás ainur, y saber sobre que materia dependía su vida en el mundo; más el siempre se negó, ya que solo se consideraba un mensajero: el mensajero de Erú Iluvatar, que ahora caminaba entre los elfos; que seguían sumergidos en aquel sueño inducido por vapores, y que comenzaron poco a poco a disiparse, y dormían los hermosos seres con rostros sonrientes y serenos, como de niños en agradables sueños que solo eran perturbados por las tristes visiones.

"Telpëfinda estaba solo, ya que sus padres habían muerto y un gran silencio se apodero de su ser, ahogándose siempre las palabras en su garganta en medio de sollozos y no había nadie que lograse sacarlo de ese estado; muchas canciones de aman le cantaron consolándole, muchos brazos de hermosas doncellas le cargaron intentando que olvidase el sufrimiento más ninguna lo logro, ya que el niño seguía sin hablar con nadie; mirando siempre las estrellas de la bóveda celeste, intrigado más en los viajes incesantes de la luna, que en el mundo revelado ante los recién llegados noldor.

El silencio de Telpëfinda era impenetrable para todos aquellos que intentaron romperlo y su condición llego hasta oídos de los más altos señores, quienes se sintieron consternados ante el dolor del niño y Turgon fue quien más se afligió, ya que él mismo vivía un dolor semejante; y esto era debido a que Elenwë, su esposa, había tenido el mismo fin que los padres de Telpëfinda. Debido a esto y sintiendo una obligación con el niño, le tomo cariño y le llevo entre su gente,  manteniéndolo siempre cerca suyo por el resto del viaje.

Turgon fue grande entre los noldor y amigo de ulmo, ainur del mar; y Turgon siempre contaba con la protección de las aguas y en un comienzo al llegar a la tierra media, se estableció cerca de ellas en Vinyamar, junto a toda su gente.
 
Telpëfinda habitó en esa ciudad costera durante muchos años, creciendo en mente y estatura, convirtiéndose en uno de los elfos más hermosos de su pueblo; el silencio se había vuelto ya casi permanente en él y solo hablaba contadas veces con una voz dulce, sabia y triste. Era un fiero guerreo, hábil con toda clase de armas y cuyo corazón bien templado  no se dejaba amedrentar ante los peligros, siempre cargaba un fuerte y flexible arco ya que poseía una puntería inigualable. Al disparar su flecha, agudizaba todos sus sentidos, logrando darle casi sin dificultad alguna a las transparentes alas de cualquier insecto, a una distancia de cien metros; clavando el delicado bicho contra un blanco y aún conservándolo con vida."



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