Cindor el montaraz

02 de Septiembre de 2007, a las 21:42 - Cindor
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Capítulo 1

El buey salvaje pastaba junto al gran lago. En silencio, cogí una flecha del carcaj. No podía malgastarlas, ya que sólo había cogido tres. Le afilé la punta. No puedo fallar- me dije. Si fallo, hoy no como. Mordí con nerviosismo los timones. Encajé la flecha en la cuerda. Sonó un leve sonido que hizo que el buey levantase una oreja. Miró en derredor, pero no advirtió mi presencia. Me apoyé en el tronco de un árbol y tensé la cuerda. Apunté al cuello. La mano me temblaba, pero eso no impidió que errara el tiro. Solté la cuerda y la flecha fue a parar a la tráquea del pobre animal, que sería mi cena. Cayó al suelo al momento y me apresuré a sacar el puñal para rematarlo, pero no fue necesario. Rápidamente, lo destripé y puse un nudo alrededor de su cuerpo para transportarlo. Los lobos no tardarían en acudir, así que me di prisa y llamé a mi pequeño caballo marrón oscuro, Fanuin. Él, obediente, acudió y puse la pieza en su lomo. Después enfundé el puñal y subí de un salto a la grupa, sonriendo. Esta noche habría cena, me dije.
Regresé a la cabaña y allí me esperaba Viru, mi fiel perrito, que agitaba su pequeña y blanca cola dándome la bienvenida. Estuvo pululando alrededor de mí mientras despiezaba el animal, esperando algún trozo. Le entregué unos trozos de pellejo y algunos huesos que saqué con mi puñal. Mientras los mordisqueaba empezó a gruñir y vi la razón: se acercaba Numie, mi esposa, que recibió la comida con gran alegría:
-Cindor, al fin llegas. Oh, menudo ejemplar. Tendremos comida para más de cuatro meses.
Pusimos la carne en conserva y nos acostamos. Estabamos felices, pero ese sentimiento nos duraría poco tiempo.
Estábamos a casi doscientos metros de la cabaña, pero su olfato lo había atraído hasta mí. Camino del campamento, vi a Numie, mi esposa, recogiendo las bayas, que, en caso de que yo no hubiera vuelto con éxito, harían de alimento para el hogar. Numie era bajita, de pelo castaño y alegre personalidad, pero aún así era fuerte y juntos habíamos superado grandes problemas. Sin embargo ahora nos enfrentábamos a otro de mayor envergadura: el nacimiento de nuestro hijo. Al haber llegado al campamento, conduje a Danuin hacia el establo y me dispuse junto con Numie a preparar la pieza.
-Bonita pieza, tendremos comida para más de cuatro meses.
Tenía razón, pero esta vida de montaraz no podía continuar. Al menos tenía alguna referencia del tiempo por algún viajero, pero la última vez que vi a uno fue hace más de un año, así que debía ser alrededor de mediados del mes de agosto del año 3018 de la tercera edad. Pronto debía encontrar un trabajo para tener un futuro que no fuera siempre tan incierto. En el bosque éramos muy felices, pero ¿qué pasaría cuando llegase al mundo nuestro hijo? Ya se lo había comentado a Numie. Desde nuestra huida de Rhûn por ser contrarios a la alianza con el Señor Oscuro, nos habíamos ocultado en los bosques próximos al país, pero a mí me gustaba el norte, donde había una ciudad llamada Valle, o algo así. Además, nos alejábamos de la amenaza de nuestros antiguos compatriotas, que rondaban de aquí para allá con más frecuencia en estos tiempos, y eso había perturbado nuestra tranquilidad. Acordamos partir al día siguiente, con la salida del sol.
-Ya, quieto, Canis, toma un trozo de menudillos -le dije al pequeño perro, que no media más de dos palmos de alto.
Cogí un haz de forraje y se lo llevé a Danuin.
-Mañana tienes que estar fresco, compañero.
El buey abatido tenía dos grandes cuernos. Los puse a cocer para que se ablandara su unión al cráneo y conseguir sacárselos. Había oído que tenían un valor considerable. Quizá podría venderlos. Anochecía, y el frío del invierno próximo ya se empezaba a acusar. Lo tendríamos que aguantar unas semanas hasta llegar a la ciudad del Valle.
-Numie, terminemos.
Terminamos de almacenar la carne para el viaje y cenamos frugalmente. Luego nos fuimos a la cama pensando entusiastas en el día siguiente.


Capítulo 2: el jinete negro

Recogimos y embalamos lo que íbamos a necesitar. Saqué a Danuin del establo y lo cargué con algunos fardos. Le dije a Numie que se montara en él, dado a su estado de embarazo, y llamé a Canis. Me puse el carcaj a la espalda, me coloqué el puñal y saqué el arco. Iniciamos la marcha sin prisa. Mis planes eran encontrar el río Rápido y seguirlo corriente arriba. Avanzábamos lentamente por si nos encontrábamos con alguna patrulla fronteriza de los hombres de Rhûn. Seguimos hacia el norte para alejarnos de la frontera y luego fuimos hacia el nordeste, y finalmente encontramos el río, cuyas aguas rápidas hacían honor a su nombre. Vi una pequeña elevación y subí a ella con el fin de otear el horizonte. Sin perder de vista a Numie, me subí a un pequeño árbol que había en lo alto del pequeño cerro. A lo lejos se veía un gran bosque frondoso, de aspecto oscuro, el Bosque Negro. Después me volví hacia el sur. Di tal respingo que estuve a punto de hacerme caer al suelo. A lo lejos, no más de 400 metros de donde estaban, Danuin, Numie y Canis, avanzaba lentamente un solitario jinete negro. Parecía una sombra y el advertí que el día se había nublado de repente. Llamé a Danuin con dos cortos silbidos, y este acudió raudo a mi llamada. Numie no había visto al jinete, pero me dijo que sintió una especie de escalofrío que no le agradó demasiado. Los oculté detrás de unos matorrales y les rogué silencio, mientras yo montaba guardia. El jinete negro no pareció advertirnos, ya que no mostró ningún interés en acelerar la marcha o dirigirse hacia donde nos ocultábamos. El caballo que montaba era de un negro azabache absoluto, y el jinete estaba embozado en una especie de sábana color negro que no dejaba entrar la luz, ni la dejaba escapar. El rostro estaba completamente oculto, así que no pude verle el rostro, aunque no se encontraba excesivamente lejos para ello. Vi que tomaba el camino que yo precisamente pretendía tomar, y lo seguí con la mirada hasta que lo perdí de vista. Decidí darle ventaja de un día y acampar en esa misma colina. El invierno se aproximaba y no podíamos demorarnos mucho en llegar a la ciudad del Valle, y más estando Numie embarazada.
-¿Te parece si encendemos un fuego, Cindor? - me preguntó.
-Sí, así de paso probamos la caza de ayer y combatimos el frío. Voy a atar a Danuin por aquí cerca, ten cuidado.
Encendió el fuego y puso a calentar algo de aceite.
-Voy a subirme al árbol y vigilo. Llama a Canis y no dejes que se separe de ti, porque alguien puede verlo por aquí y descubrirnos.
-De acuerdo.
Cuando Numie me llamó yo estaba todavía con un temblor (a causa de la vista del jinete negro, que no del frío) en el cuerpo, y alargué el brazo para coger el tazón de estofado que Numie me tendía. A pesar del fuego que tenía prácticamente debajo de mí, el escalofrío que sentí al ver a aquel siniestro jinete no se había ido.
-Cindor, échate un rato en la hierba, que yo vigilo. -me sugirió Numie.
-No, déjalo, descansa tranquila. -respondí.
-Pero. -me reclamó.
-No discutas conmigo, Numie. Vigilo yo.
Estuve toda la noche en vela, mirando hacia todas las direcciones, pero no vi a ningún extraño de ninguna raza, afortunadamente.


Capítulo 3: La vuelta del jinete negro

El sol salió tímidamente por el este, y su leve luz me dio en los ojos, despabilándome. Los ojos me picaban por la falta de sueño, pero me los restregué y miré hacia abajo, donde Numie dormía plácidamente con un bulto revolviéndose debajo de la manta. Me asusté, pero luego comprendí que era Canis. El perro asomó la cabecita y lamió a Numie la cara. Ella despertó riendo y me llamó.
-Cindor, ¿has dormido algo?
-No, no he pegado ojo por aquel jinete. Vamos, pongámonos en marcha.
Mientras Numie desayunaba, puse la montura a Danuin y lo desaté del árbol al que estaba atado. Ayudé a subir a Numie al caballo y nos pusimos en marcha.
Continuamos por el camino que el jinete había seguido, confiando en que no volviera. Andamos durante todo el día por el camino. Seguía viendo al oeste el frondoso bosque que vi el día anterior, pero me pareció mucho más oscuro. Quizá tenía algo que ver con el jinete negro. Al anochecer se empezaba a acusar la llegada del invierno. Refrescaba, pero no excesivamente. La noche se nos echó encima con una rapidez que asombraba. De nuevo acampamos y pasamos la noche ocultos entre unos matorrales a la izquierda del camino. El río, a la derecha del camino, discurría silenciosamente y su rumor me adormecía, pero no podía cerrar los ojos. El sueño me vencía, y para no caer en sus redes, me bajé del árbol en el que estaba subido y empecé a explorar los alrededores de nuestro pequeño campamento. Era una región con pocos árboles, casi desierta, pero aprovechábamos la poca cobertura que había para ocultarnos. Al este se encontraba el río; junto al camino, al oeste, un paisaje semidesierto con el Bosque Negro a lo lejos. El panorama no era muy esperanzador: o partíamos al día siguiente al despuntar el alba todo lo rápido posible o la venida del invierno, que se notaba mucho más ahora que avanzábamos hacia el norte, nos pillaría desprotegidos. Ir hacia el norte conllevaba seguridad pero al mismo tiempo implicaba peligro, sin contar el frío, por supuesto. Numie llevaba ya tres meses con su embarazo, pero su carácter fuerte la mantenía con decisión para seguir con el viaje. Ya llevábamos alrededor de dieciocho días caminando. Sonreí para mis adentros pensando en lo afortunado que había sido al conocerla. Me acompañó en el destierro que sufrimos yo y mi familia y me apoyó en todo momento. Un ruido me sacó de mis pensamientos. Venía del norte, de la senda que había tomado el jinete. Mis ojos, acostumbrados a la oscuridad, veían venir una figura extrañamente familiar. La figura ganaba distancia rápidamente y oí los cascos de un caballo que corría a todo galope. Rápidamente, apagué la pequeña hoguera a pisotones, y esto hice despertar a Numie, Danuin y a Canis, que recibió de buen grado mi interrupción de su sueño.
-¿Qué pasa? -me preguntó Numie.
-Se aproxima un jinete rápidamente por el camino. Desata a Danuin en silencio, y está preparada para huir si oyes algo extraño. -le dije atropelladamente.
-De acuerdo. -me respondió.
Canis me seguía, pero no encontraba el motivo. Me aproximé al camino, agachado. De todas formas, el pequeño pero inteligente perro siempre distinguía entre la gente que era de fiar y la que no, así que sería útil. Se puso a mi lado olfateando alguna cosa que tenía en el bolsillo. De repente, puso las orejas en punta y empezó a ladrar, saliendo a la mitad del camino. Oteé el camino. La figura negra estaba ya a menos de 40 metros del perro. Intenté coger al perro, pero no quería dejarme ver por el extraño individuo. A 20 metros Canis seguía ladrando. No quería ver cómo un caballo pisoteaba a mi fiel amigo. 10 metros de distancia el perro escondió el rabo entre las patas y se sentó en el suelo, muerto de miedo. El jinete no daba muestras de aminorar la marcha. Nervioso, me tanteé el bolsillo y encontré la solución: guardaba un trozo de carne en mi bolsillo. Se la enseñé al perro y éste acudió, con esperanza de la recompensa, unos segundos antes de que el caballo apisonara la tierra donde había estado sentado. Me pareció extraño que el jinete no se hubiera parado ni siquiera a investigar qué había causado el ruido que, exceptuando de que fuera sordo, por supuesto, había provocado el perro.
-Hay que ver, Canis, sólo me haces caso si hay comida de por medio, tunante. -le dije aliviado al perrito, mientras oía cómo se alejaba el rápido galopar del caballo de aquel jinete endemoniado.
-Cindor, ¿estás bien? -me preguntó la voz de Numie.
-Sí, pero casi nos quedamos sin perro.-contesté, aliviado de oír su voz. -Vamos, nos ponemos en marcha, no quiero más contratiempos.
Nos pusimos en marcha con un paso más rápido con el que habíamos comenzado, sin parar y poniendo atención a los ruidos extraños.


Capítulo 4: Encuentros en la marcha

Septiembre ya había comenzado. El camino parecía no acabarse. A lo lejos el Bosque Negro seguía extendiéndose, indefinidamente hasta donde mi vista alcanzaba. A mediodía, cuando el sol debía estar en todo lo alto, unas nubes negras provenientes del sudeste lo nublaron y volaron algunos cuervos que parecían espiarnos. De nuevo, distinguí a unos 200 metros de distancia, a un grupo de individuos, al parecer de pequeña estatura. Desconfiado, llevé a Numie, Danuin y Canis a la izquierda del camino, donde unos matorrales ofrecían cobijo. Repetí la misma operación que había hecho la noche del regreso del jinete. Cogí a Canis y lo acerqué al camino. Tiré un trocito de carne al medio del camino y el perro fue a por él. Le ordené que se sentara y que permaneciera inmóvil. Los viajeros ya estaban a menos de 100 metros, así que me escondí en la espesura de las ramas de un árbol junto al camino, pero esta vez con el arco y el puñal preparados. El perro no se movía y el grupo no tenía prisa. Tras un breve rato, el grupo llegó frente al perro: no eran jinetes negros, sino que iban a pie, y además, eran enanos. Nunca había visto a uno tan de cerca, sólo cuando por casualidad los veía pasar por sus rutas de viaje. Guardé el arco, pero no descarté el puñal y lo dejé descubierto. El perro indicaba, moviendo la cola simpáticamente, que no eran mala gente, así que no tenía que temer, de momento.
-Mira, un perrito, Glóin -dijo uno de los enanos más jóvenes acariciando al pequeño can. -¿Me lo puedo quedar?
-No podemos llevárnoslo, es un viaje muy largo. -dijo Glóin.
Salté del árbol justo detrás de Canis. Esto puso en alerta a los enanos, que desenfundaron sus martillos y hachas.
-Lo siento, amigos. Este perro es mío, no se lo pueden llevar. Siento haberles asustado. Es que no me fío de la gente que viene últimamente por este camino.
-En primer lugar, que yo sepa, no somos amigos. En segundo lugar, ¿está insinuando que somos malhechores? -me preguntó Glóin.
-No, únicamente que por este camino sólo he visto a un jinete negro, o a dos si no ha vuelto el primero. Les ruego que me disculpen. Soy Cindor. Voy en busca de la ciudad del Valle. ¿Son tan amables de indicarme si falta mucho?-les pregunté todo lo cortésmente que pude, extendiendo la mano.
-Sí, perdóneme usted, yo soy Glóin. - Dijo estrechándome la mano.- Aquí mi hijo Gimli y algunos otros compañeros de viaje -me dijo señalando a los restantes acompañantes. Es que estamos algo inquietos, precisamente por la visita de ese jinete negro.
-¿Ha visitado su tierra? -pregunté con interés.
-Oh, sí, por desgracia. Nos visitó en Erebor, nuestra ciudad, para ofrecernos la alianza con Sauron, el señor oscuro, hace tiempo, buscando a un anillo y a su propietario, pero marchó sin respuesta. Pero hace poco ha vuelto y nos ha dado un ultimátum que hemos rechazado. Nuestro rey Dáin Pie de Hierro puede decirse que ha firmado una declaración de guerra, pero en nuestra opinión, esta guerra se librará de todas formas. Ahora hemos sido llamados a Rivendel.
-Ése es un largo camino ¿verdad? -inquirí.
-Sí, pero el mensaje parecía urgente.-me respondió.- Oh, perdón, no respondí a su pregunta ¿cierto? Para llegar a Valle no queda más de una jornada de viaje. ¿Y qué hay de usted? ¿Por qué va a Valle?
-Bueno, puesto que usted me ha contado tanto, he de responder. Voy a la ciudad del Valle con mi mujer. -di dos silbidos cortos para que Danuin viniese. Seguí explicando. -He vivido casi toda mi vida en el bosque, viviendo de la caza y de lo que éste me proporcionaba. Pero estos últimos tiempos se están volviendo oscuros y los orientales se están aventurando demasiado a las fronteras de Rhovanion. Además, mi esposa está embarazada y yo necesito un empleo estable para mantener a mi futuro hijo.-Danuin llegaba con Numie a sus lomos-. Oh, esta es mi esposa Numie, señor Glóin y compañía y viceversa.
-Encantado, señora. Señor Cindor, creo que puede encontrar un empleo bastante bueno, en la ciudad del Valle, precisamente. Al pasar por allí oí que el rey Brand, hijo de Bain necesitaba urgentemente más soldados para el ejército de la ciudad. Si usted es hábil con las armas, quizá pueda encontrar allí su futuro.
Dando las gracias a los enanos y despidiéndome de ellos, Numie y yo continuamos con el largo camino que todavía nos quedaba, ahora con las esperanzas renovadas. Ese día no nos encontramos con ningún otro viajero, pero presentí que algo estaba poniéndose en marcha. Esa noche dormí algo por fin y al amanecer me di cuenta de que la atmósfera se había vuelto algo oscura, pero lo atribuí a la próxima llegada del invierno.
Hacía un mes que nos habíamos encontrado con los enanos. El fuerte Danuin rendía al máximo, llevando casi todos los fardos y a Numie. Le di unas palmaditas en el cuello para animarle en la cuesta empinada que ahora afrontaba. Le pedí a Numie que bajase si podía andar para hacer más llevadera la marcha al animal.
-Vamos, Danuin - ya falta poco, dije animándole.
La cuesta parecía no terminar y a la derecha el río discurría rápidamente por la pendiente.
-¿Quieres pescado, Numie? - le pregunté al ver cómo saltaban los peces. El río en estos rápidos no era muy profundo y se podía pescar viendo con claridad al pez. Calculé a ojo que no me cubriría más que por la rodilla, para no perder ninguna flecha. Saqué el arco y una flecha. Esperé a que uno se pusiera a tiro. Saltó uno fuera del agua y vi como Canis lo perseguía con la mirada. Vi a uno que estaba pegado al fondo sin moverse y no lo pensé. Disparé contra él y lo ensarté como si se tratara de una pieza de brocheta. Se lo di a Numie y me puse a pescar unos cuantos más. Saciada nuestra hambre partimos y al anochecer, tras subir una suave cuesta nos encontramos con la vista por fin de la ciudad del Valle. Al fin, nos había costado, pero habíamos llegado a nuestro destino. Bajamos lentamente la pendiente y nos encontramos a las puertas de Valle.


   
 

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