La Leyenda

02 de Septiembre de 2007, a las 23:29 - Burzumgad
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(LUGAR DE ACCIÓN: MINAS MORGUL, ANTES DE LA GUERRA.)


Ruedas dentadas y más ruedas. Ruedas como destinos. Engranajes y dientes. Y molinetes. Si: Altos molinetes destinados a descargar el excedente de fuerzas de la colosal maquinaria, voladizos de palas zumbadoras que destrozaban, de tanto en tanto, a alguna enorme mariposa de cementerio que tenía la audacia de aventurarse dentro de la cúpula de oscura monumentalidad.
Yo observaba el espectáculo de aquella máquina rumbosa montado en la punta de una de las escalerillas de las reparaciones. Me estremecía el pensar que, en ese momento, estaba en el punto más alto de la ciudad.
La reverberación de la cúpula hacía que el sonido fuese ensordecedor, cubriendo los brutales gritos de los capataces y aún los golpes de los latigazos que, veinte metros más abajo, castigaban las espaldas de los esclavos trolls responsables de proveer la fuerza bruta que movilizaba todo aquello.
Ya casi era la hora (calculé mentalmente) Me desplacé a lo largo de la barandilla metálica, peligrosa y sin parapeto para observar a través del mirador y por última vez,  la noche. Nada nuevo. Campos vacíos, sólo eso.
 Fue una suerte que dedicara ese momento a mi tarea de vigía: allí estaba Sfag, mi reemplazante, y todos lo conocían como soplón inveterado y siempre dispuesto a dañar.
-Vaya, Burzumgad . Creí advertir que estabas distraído, desatendiendo tu trabajo- me dijo siseando con su voz atiplada y falsamente meliflua.
- Ocúpate de tus cosas, o mejor dicho de tu turno, que ya comenzó hace rato.
- Una pequeña demora ¡me imagino que no pensarás llevar el cuento al capitán Ezgorf!
-Claro que no. No soy de tu calaña- dije y me largué escaleras abajo.
 Creí advertir que Sfag me arrojaba algo desde las alturas, quizás una herramienta. No era la primera vez que lo hacía, mas su puntería era menor que su malicia.
 En rápidos pasos descendí de un nivel a otro utilizando esas escalerillas de quebradiza madera cuya precariedad había costado tantas vidas de orcos; bajas que, como siempre, nadie parecía siquiera notar. Antes de abandonar del todo la torre de vigilancia alcé los ojos para mirar-ahora desde abajo- aquel  portentoso mecanismo que la hacía girar, ora a diestra, ora a siniestra. Cuantos obreros orcos. Como hormigas. O como monos. Sacudí la cabeza pare librarme del hechizo de la escena. Minas Morgul seguía funcionando, la guerra también, mis horas de descanso eran contadas y debía aprovecharlas para ir a casa.
  El camino estaba plagado de soldados borrachos de vino barato y triunfo fácil: es que se habían desbaratado algunas patrullas de montaraces de Ithilien, las cabezas de los infelices ya estaban clavadas en picas en la Plaza Mayor de la ciudad, y algún oficial tonto veía en esto un prematuro anuncio de victoria sobre Gondor en esa guerra que ya llevaba siglos.
  Odio transitar los tramos centrales del camino que me lleva de la torre a mi casa: las primeras calles que debes recorrer parecen pasadizos embretados por enormes y sórdidos inmuebles, en cuyas penumbras pueden asaltarte, y cuando al fin superas esto, aún debes desplazarte por una calleja de cornisa que se alza sobre una muralla a modo de adarve y si que peligrosa. Indudablemente el monarca de Minas Morgul, y también el Ojo Rojo piensan que los orcos somos vil materia de recambio.
  Al fin llegué a las zonas transitables, con tabernas y música, ventanas iluminadas y paredes garabateadas.
 ¿Y que ponen los orcos en los muros? Dibujos. Toscos dibujos. Crueles algunos, obscenos en su mayoría. Inscripciones hay pocas, pues los menos de nosotros sabemos leer.
 Me detuve un instante a mirar la pared atiborrada, y… ¡un momento! ¿Qué decía allá abajo, en ese ángulo oculto del muro?
 Me acuclillé para leer, pues esas si eran palabras, pero en ese momento oí mi nombre y me volví.
- ¡Hola Razmag! ¿Qué andas haciendo?
- Lo mismo que tú, Burzumgad: nada.
- Yo salgo de mi guardia ¿no me corresponde descansar?
- “El orco descansa sólo cuando está muerto” ¿recuerdas lo que dicen los superiores?- dijo Razmag y a mí me tentó la risa, porque para él todo era broma.
  No bien me advirtió de buen humor, mi amigo me dijo:
- ¿Vamos a una taberna?
- Ve tú si gustas- repliqué – yo voy a casa. Quiero departir un rato con mi mujer, comer algo (si hay) y dormir hasta mi próximo turno.
- ¡Bobo! ¿te perderás vino, música y muchachas? ¡la vida del soldado, después de todo!- insistió Razmag.
- No es mi estilo, y lo sabes. Y lo de soldado…es relativo para mí.
- ¿¿Un orco que no es soldado?? Estás borracho sin beber, amigo. Déjate de remilgues y acompáñame, Burzumgad. Sabes que yo estoy algo mezclado con esa camarera de la taberna de Shgrud…Urgtha, la pelirroja…si vienes, habrá otra para ti ¡tu mujer ni te lo reprochará! ¡la vida del soldado, te dije!
Me cinchó del brazo casi por la fuerza, al fin logró molestarme y zafé de un tirón.
-  ¡¿Vida de soldado, dices, justamente tú, Razmag , ignoras o finges ignorar que yo se que has estado escapando de las movilizaciones, pues de otro modo ya estarías en Ithilien, luchando con los tarkos y quizás ya muerto ¿!-le grité en la cara.
El dejó caer los brazos, que le llegaban casi al suelo.
- ¡Suerte que eres de mi confianza, amigo! ¡es cierto, y sólo tú lo sabes…me asusta la guerra…¿quién lo diría? Yo, hijo de Grafmakh, el gran capitán orco que mató, él solo, a más gondorianos que toda su compañía…y ya ves.
Yo le puse la mano en el hombro.
- Sabes que yo comparto si no tu miedo, al menos la repulsión que me produce luchar bajo la bandera de... ¡cuidado! ¡dos jefes uruks!
 Y allí se acercaban, esos brutos. A uno de ellos, que tenía una argolla pendiente del tabique de las dilatadas narices y se llamaba Ufked, yo lo conocía bien,
 Razmag y yo nos cuadramos ante ellos, pues se trataba de oficiales, pero quién habló no fue Ufked sino el otro, tuerto y de cara torcida.
- ¡Dos desertores, de seguro! ¿Qué tal si los hacemos bailar a latigazos, Ufked?
Nosotros nos tensamos pues, aunque de seguro bromeaba y nada más quería divertirse, nos golpearía en serio.
- Mi nombre es Burzumgad, efectivo doscientos treinta y dos de la vigilancia de la Gran Torre, y el señor Ufked me conoce-afirmé.
- ¿Es cierto eso, Ufked?
- Si…es subordinado mío, Ladkad…- Ufked se masajeó el mentón -pero el otro, el pequeñito y calvo, me es desconocido.
- ¡Duro con él! ¡Bah, con los dos, que sería blando el hacer distingos!- aulló Ladkad sacando su látigo.
- Razmag, mi compañero, es quién repara la máquina de la torre giratoria. Su número de matrícula es quinientos cinco- dije yo jugándome la vida en la mentira y apelando a la pésima memoria de Ufked. Yo retomo mi puesto en cinco horas, y él va a acompañarme.
  Ufked se rascó su cabezota maloliente.
- ¡Gran! Está bien…idos, carroñas. Si los golpes os matan, se desarticularán los turnos de las guardias…¡¡Vamos, alejaos antes que me arrepienta de este acto de blandura indigno de un uruk-hai de raza!! ¡¡ Juntos no, que entonces os iréis de parranda!! ¡¡Cada uno para un lado!!


Libre de la golpiza quizás mortal por las argucias de su amigo, Razmag fue al fin a la taberna de Shgrub, dónde confiaba en ver a Urgtha, una de las orcas camareras del mesón.
 Y allí estaba la chica, de una belleza que al amargo de Burzumgad se le antojaba vulgar, y a él, excitante. Razmag fue a ella, pero la muchacha se lo sacó de encima de un empujón.
- ¡Aire, cargoso! ¡Quita esas garras de mono sucio, que estoy trabajando! ¡Dime que bebes y a otra!
- ¡Ezg! Yo simplemente venía a verte, pues te eché de menos- murmuró él.
Urgtha se esponjó con los dedos los cabellos, abundantes, rojizos y encrespados como llamas, en un gesto que resultaba irresistible para su festejante.
 -¡Ar! Eso está mejor. Deja que me libre de mi amo diciéndole alguna tontera, y aguárdame en la puerta.
La muchacha salió casi enseguida, si bien aclarando:
-Un instante, nada más. Y para hablar sin gritos. Shgrub no nos escatima látigo a las meseras holgazanas.
 -¿Vengo por ti mañana, si? ¿Podrías salir con alguna excusa?
-Pues no se. Esto de los encuentros se está poniendo peligroso…no tanto por Shgrub como por mi padre…él no te puede ver ni en figura…y si se entera de lo nuestro…
-No entiendo el porqué de su odio.
-¿Qué no entiende? ¿No?- Urgtha golpeaba la calva de Razmag con lo nudillos – eres un cobarde, dice, y no creo que eso esté tan lejos de la verdad. Te mandaron a Ithilien dos veces ¡dos! Y te las ingeniaste para zafar…
-Si hubiese ido, hoy no estaría aquí contigo. Se trataba de misiones suicidas.
- ¡Hubieses muerto en combate y yo si que te lloraría, arrancándome los cabellos!
-Vaya. Me prefieres muerto.
-Te prefiero héroe.
-No hay héroes entre nosotros, lo sabes ¿quién canta al orco muerto?
-¡Canciones! ¿Pides canciones? Bha...eso es cosa de afeminados tarkos.
-No todos piensan como tú o tu padre, Urgtha.
-¿Quién no? Dilo.
-Burzumgad. El dice que los guerreros muertos…
-¡Burzumgad! Él y su mujer, la tal Marzdaph, son dos lelos ¡ratas de anaquel! Creen que porque pasan el día metidos entre libros… ¡y a ver si, como algunos dicen, son traidores a Lugburz!
-¡Eso si que no!
-¿Y tu pones las manos en el fuego por ellos? Son discípulos del viejo Ladshag, ese brujo loco.
-Hablas por hablar, Urgtha. Muchos lo consideran un sabio.
Urgtha apenas si lo miró de soslayo, refunfuñante, pero Razmag se había quedado varado sobre el nombre de Ladshag, pues lo había recordado de golpe.
- Oye, nena…ese hechicero… ¿aún vive en Los Bajíos, cerca de la Puerta de Las Calaveras?
- No, no- la chica lo miró arrugando su nariz de zorra- Lo mandaron a los contrafuertes de la montaña, allá en el este. Unos uruks se lo llevaron.
- ¿Acaso lo mudaron por la fuerza?
- Y claro, y eso para que no moleste.
- Pues es raro. Alguno de Los Grandes lo consultaba con frecuencia, y lo respetaba.
- Ya no- afirmó Urgtha- dijo algo que no debía, que cosa no se, y ahora Los de Arriba lo tienen entre ceja y ceja. Yo no se como esos idiotas del pelilargo amigo tuyo y la pigmea de su mujer se atreven aún a frecuentarlo.
- Hace meses que no lo hacen.
- ¡Ahora si que los encuentro inteligentes!
 
Razmag se acercó a ese orco mayor. Era ahora o nunca. Al fin lo llamó.
- Kazdag….
- ¿Qué te sucede, Razmag?
- Óyeme bien: tú que metes las narices por todos lados ¿Sabes algo del viejo Ladshag? ¿Dónde vive, por ejemplo?
- Shhh, ¡calla, tonto!- Kazdag movía su manaza como garra pidiendo silencio- No se lo puede nombrar así a los gritos…él es casi un proscrito…
- ¿Y a que se debe…?
- Habló de más. Estuvo en la Taberna del Buey Loco, se emborrachó y dijo algo que no debía y que al fin llegó a un oído importante. Sabes como es la cosa en Morgul…
- Si, un asco, y en los últimos meses, peor. Pero aún no me haz respondido ¿Qué sabes…?
Kazdag se apoyó en la pared y convirtió su voz aguardentosa en un susurro.
- El viejo dejó su casa de siempre…bha, se la hicieron dejar. ¿En serio que no conoces el caso? Se comentó en toda la ciudad. Así pasó: a la mañana siguiente a la borrachera de Ladshag, dos uruks grandes como edificios fueron por él. Le dijeron que no les faltaban deseos de matarlo sin más, pero que tenían órdenes de arriba  de nada más que asustarlo, y al fin se lo llevaron a empujones a un lugar que ni se donde es.
- Urgtha me dijo que es en los contrafuertes de la montaña, al este.
- ¡No hagas caso a esa tonta que habla por no tener la boca cerrada! El que creo que algo sabe es Murfâk, quién lo ha tratado mucho.
- ¿Y quién es ese?
- Un herrero…uno jorobado, que se corta el pelo como cepillo.
- Ah, si…creo que en casa lo conocen. Dime donde hallarlo.
- ¿Y para qué?
- Para buscar al viejo Ladshag, claro.
- ¡Estas rematadamente loco, Razmag! Los problemas vienen solos, sin que vayas a buscarlos.
- No te pedí opinión.
 


  Dar con el herrero no resultó difícil. En esos tiempos lo que más se fabricaban en Morgul eran armas, y el tal Murfâk laboraba en uno de los talleres más grandes y conocidos.
 El jorobado miró acercarse al joven orco, escupió al suelo y dijo:
- ¿Qué te pica, mocoso?
- ¿Tú eres Murfâk?
- El mismo que viste y calza.
- Ya. Solo te haré una pregunta.
- Que sea importante, por la salud de tus dientes. Estoy trabajando y el capataz uruk que nos vigila no escatima látigo. Si me golpea por que me distraes, yo te patearé la cara a ti.
- ¡Que carácter! Tan solo dime donde vive Ladshag...
El cambio operado en el rostro de Murfâk fue notable: abandonó su pose de rudo y tomó al joven del brazo para conducirlo a un apartado del taller, semioculto por unos hornos resoplantes y monumentales.
- ¿Quién te envía, chico?
-  ¡Nadie! Tan solo quiero hablar con ese orco al que muchos consideran un sabio.
- ¿Y que demonios le vas a preguntar?
- Eso no te lo diré. Son mis asuntos.
- ¡A otro perro! Hazte humo.
- ¿Qué temes? Se que el viejo es tu amigo, y…
- ¡Calla, maldito seas! Apenas si lo conozco.
- No tienes por que mostrarte esquivo ni ocultar nada. No te delataré. Oye, Murfâk…yo soy Razmag, el hijo de Akagfa la lavandera…
- Hum…buena orca, tu madre. Está bien, te diré algo. ¡Pero mira que si eres un soplón enviado de los Jefes, más te valdrá no cruzarte de nuevo en mi camino!
- Tan solo habla.
El jorobado se le acercó mucho.
- No aquí, chico…las paredes oyen… ¿has visto la garita de vigilancia que hay afuera? Pues a la derecha hay un callejón solitario. Espérame allí. Estaré contigo en...instantes.
- Mira que no tengo todo el tiempo. Tomo guardia en el torreón gris en una hora.
- ¡Bha! Confía en mí.
 Razmag hizo lo que el herrero le indicó y, efectivamente, no debió de aguardar más que algún momento.
- Nadie debe hablar con  Ladshag ¿lo sabes?-dijo Murfâk no bien se le acercó- Lo hicieron ir allí para aislarlo. Si tú vas, es a tu propio riesgo, y si te ven, no fui yo quién te envió ¿está claro?
- Así será.
- Los grandes están particularmente severos. Mira el caso de Forshg: se negó a torturar a unos prisioneros, por compasión los dejó fugar, lo pescaron y ya está muerto.
- No demores tus datos.
- ¡Vaya con la ansiedad! Mira: te será conveniente tomar un atajo que arranca desde el final de la Calle de las Farolas ¿te das cuenta dónde se?
- Claro ¡y no me gusta! Cerca de allí cuelgan a los prisioneros ejecutados.
- ¿Quieres ver a Ladshag o no? Si es si, escucha sin interrumpir…
  


 Sobre mi mesa sólo había pan duro, un trocito minúsculo de queso y dos manzanas a las que se adivinaban resecas.
-¿Esto es todo, Marzdaph?
- Y agradécelo. La encargada de suministros me conoce, y por eso me dio dos manzanas en lugar  de una, como marcaba el reglamento.
Si que costaba dividir el queso. Finalmente se lo cedí a mi mujer.
 -¿Y tú, Burzumgad?
- Con mi parte del pan y una manzana ya estoy.
 Marzdaph me miró con esos ojos de gata que seguían  evocándome al verde que alguna vez vi en los prados de Ithilien.
 -Estás quedando la piel y los huesos. Toma la porcioncilla…
Yo reí ante esa ración que cabía en el cuenco de su mano.
 -¡Es tuyo! ¿Sabes por que? Eres muy pequeñita, y por tanto te corresponde lo pequeño…
 Luego de comer (si aquello podía llamarse comida) nos sentamos ante la ventana: las torretas de la ciudad lucían la belleza perversa de sus mil ojillos parpadeantes sobre ese cielo de color ocre gastado por siglos de guerras. Marzdaph ronroneó y yo la estreché.
- Hay todo un mundo más allá de Morgul- me dijo ella señalando con sus dedos de araña algún  punto indistinto más allá de las cúspides de la Capital del Miedo.
- Un mundo que no es el nuestro.-le respondí.
Y ella me miró.
- Este tampoco lo es…
En ese momento un graznido espectral llenó el aire. Marzdaph se cobijó en mí como aterida, pues el aire sabía de pronto a miedo. La sombra oscureció nuestra ventana el tiempo que dura un parpadeo, luego la vimos reptar sobre los techos linderos para perderse al fin tras las murallas perimetrales en jirones de angustia.
- Vamos a descansar- le dije- debo presentarme temprano en la Gran Torre, y quiero estar medianamente descansado.
 
Contando con el tiempo libre que le procuraba su licencia fraguada, Razmag comenzó muy temprano su camino.
Claro que no le gustó caminar entre el hedor de los cuerpos colgados, pero recorrer las partes antiguas y abandonadas de la ciudad, refugio de enormes arañas y de ratas, le pareció peor aún. Algunos orcos cubiertos con harapos (seguramente mendigos, posiblemente mutilados de los campos de batalla) andaban por allí. Uno peroraba:
- Los tarkos. Malditos sean. Antes yo caminaba, ahora no.
- Tú al menos ves- le respondió otro, la cara cubierta por un trapo sucio.
Y más allá había dos orcas jóvenes con los ojos remarcados de rojo y azul que sonreían al visitante mientras meneaban sus harapos.
Razmag siguió su camino, imperturbable. Los murciélagos lo sobrevolaban y el aire estaba preñado de voces lejanas que iban y venían, flameantes como pendones. Algunas simulaban letanías:
 -Ay de nosotros, los orcos…
-¿Esto es pan o piedra?
- Comed sin preguntar, hoy se puede, mañana no se.
-Ay, ay,ay…
-Necesito un médico para mi hija, pero no tengo dinero…
-¡Callaos todos! Las paredes tienen ojos y oídos.
Repasando en plano mental que Murfâk le refiriese Razmag metió las botas en charcas sucias y se tambaleó por vericuetos que serpenteaban al borde de despeñaderos. Al fin allí estaba la casa de Ladshag.
 Bueno, si aquella choza de maderas mal armadas que se apoyaba en una espina rocosa de cuyas grietas surgían vapores sulfurosos podía considerarse una casa. La soledad en torno era total, y Razmag dudó en golpear, pues tanto el silencio como el estado de la casucha parecían indicar abandono. Insistió tres, cuatro veces, y ya se iba cuando una voz cavernosa inquirió:
- ¿Quién molesta?
 Razmag se asustó no del tono, si no de la perspectiva de verse cara a cara con aquel anciano del que había oído hablar toda su vida.
- Soy yo, maestro…
- ¡Bonito!- rió la voz- ¿Y quién demonios es yo?
- Eggg…un…un…¡admirador suyo!
- No los tengo ¡lárgate!
- Murfâk el herrero me envía, señor.
 Ante aquella mención la voz hizo una pausa, como si su dueño rumiase las posibles respuestas. Luego farfulló algo ininteligible, que a oídos de Razmag sonó como esa forma olvidada de lengua negra que alguna vez oyera de boca de su abuelo.
Al fin la puerta se abrió apenas lo indispensable.
-Pasa.
 Razmag entró tosiendo: el hedor era insoportable, aún para la casa de un orco.
- Con permiso, maestro- dijo, y miró.
 Y había allí a un orco gigantesco y carcomido por la pelambrera.
- Siéntate donde puedas, chico- dijo el viejo mientras despejaba alguna silla tirando al suelo los libros que parecían cubrirlo todo.
- Eres un uruk, maestro. No sabía…
-¡Mal rayo te parta, pigmeo! ¡Soy corpulento, sólo eso! ¡Si me confundes de nuevo con ellos, te zurro!
- No creí…
- Dime a que vienes ¡garn! Entraste con el pie izquierdo, y no me desagradaría sacarte a puntapiés.
Razmag se miraba los pies, tímido:
 - Ooh, preguntas, señor….dime tú, que tanto sabes ¿hay canciones que cantan las glorias de nuestros guerreros muertos?
El viejo tomó de la mesa un pedazo de pan duro, se lo llevó a la boca sin siquiera convidar a Razmag.
 -Canciones ¿y por qué habría de haberlas?
-Otros pueblos las tienen, hasta donde se…
- Pero nosotros los orcos no. Somos un pueblo de soldados, no de cantores ni poetas ¿es que tienes basura en la azotea? Eso de los cantos es cosa de tarkos idiotas. O de inmundos elfos.
  Razmag miró al viejo y él le devolvió el gesto con acritud.
- ¿Qué me miras, renacuajo?
- Es que tus palabras me desconciertan, maestro. Cierta muchacha respondió a esa pregunta mía con casi las mismas palabras.
- ¡Ah! Una mujer inteligente, entonces.
- Sin embargo algunos me habían dicho…oye, ¿tú conoces a Burzumgad, a Marzdaph?
- Pues…no.
- El es alto, delgado, de cabellera larga y gris; ella pequeña, de ojos muy grandes…
- ¡Te digo que no, mal rayo te parta, insecto! Dijiste preguntas y ya formulaste una ¿tienes otra? Hazla y lárgate, que quiero comer en paz.
El viejo se sentó solemnemente ante la mesa sobre estas palabras. No había sin embargo en la tabla más que el semirroído trozo de pan seco. Razmag se miró los pies, entre tímido y asustado.
- Yo…no amo a la guerra, maestro.
- ¡Ja! Indigno de un orco que se precie de tal. Oye ¿no serás un desertor?
- Em…no.
- ¡Dudaste, gusano! ¡Si lo eres, entonces! ¡pues ve a incorporarte ya mismo, antes de que yo te lleve a puntapiés! ¿¿ es que no me oyes??
Razmag  quiso contestar, pero la desilusión lo colmaba. Se dio media vuelta, a sus espaldas la voz del viejo.
- Se que mañana al alba sale un batallón para Ithilien ¡preséntate ante el capitán Shagûr esta misma noche! ¡compórtate como un digno habitante de la invicta Minas Morgul!
- Serviré al Rey Brujo, señor, no lo dudes…-dijo Razmag ya del todo vencido.
 Mas al llegar a la puerta advirtió que Ladshag se precipitaba sobre él con inesperada agilidad para zamarrearlo de un brazo.
- Pero ¿¿ como demonios puedes ser tan lelo?? ¡¡ no al sucio y maligno Rey Brujo!! ¡¡ a Morgul, cabeza sin contenido!!
- No te entiendo, maestro…-casi sollozó Razmag.
Y entonces la voz del anciano erudito se hizo susurro:
- ¿Es que no sabes, maldito seas, que para hombres, elfos, enanos y todos, los orcos somos seres de una jerarquía vital no superior a cucarachas? ¿Qué nos matan y nos matan, y mientras lo hacen maldicen al descubrir que siempre hay más de los nuestros? ¿Que jamás acatan de nosotros un mísero pedido de clemencia aduciendo que nosotros no la tendríamos para con ellos? ¿Que si los tarkos, los cabezas de paja de Rohan y sus aliados elfos ganan esta guerra, ya no habrá oportunidad para nosotros en toda Arda, y que matarán sin piedad hasta el último orco, varón, mujer, niño o niña? ¡Yo también combatiría si no fuese por mi vejez! ¡Y no por el cruel Rey de la Ciudad o por ese abominable e inmundo del Señor de Lugburz, sino por nosotros, por nuestra existencia como pueblo!
 Razmag miró los ojos del viejo: más allá de las cataratas una luz arcana centelleaba con brillo inmarcesible. La enorme y dentuda bocota del sabio se combó en un gesto que quizás fuese sonrisa. Bajó aún más la voz:
- Es nuestro deber luchar por la ciudad ¡Y por Mordor! Es que fuera de él , nuestra existencia es tan precaria como la de una mosca en el ojo de una tormenta…ve, mi buen chico, ve y lucha ¡por los tuyos!… por tu madre, por tu padre...por tu mujer si la tienes…por los hijos que algún día te llegarán…y si la guerra se gana…somos muchos…el pueblo más prolífico, según dicen…¿Qué sucedería entonces si todos los orcos del mundo alzamos nuestras espadas formando una torre más alta aún que Lugburz? ¿Es que los ecos de nuestra rebeldía  alcanzarán acaso los sentidos de Aquel Tan Alto a quién no oso nombrar…? Ve y cumple con los tuyos…ve…y guarda silencio…tú no me has visto…shhh…las paredes oyen…
Razmag salió de la casucha arrastrando las botas. Sin duda que esperaba de ese anciano al que muchos tenían por un docto palabras distintas de las que había oído. En fin. Desando ese camino al que ahora creía haber hecho inútilmente en pos de las barriadas centrales de la ciudad.



Marzdaph me despidió con un abrazo, esto parecía ser lo común en ella, pero este día y al mirarle los grandes ojos verdes hallé en su mirada algo distinto.
- ¿Qué te pasa, querida mía?
- Pues…nada.
- No conozco a nadie que le pase nada, menos aún  siendo de raza orca, y además en Morgul.
- Ve a tu trabajo...
- Por cierto que una falta a mí puesto de vigía me valdría azotes o algo peor. Iré pues, pero si quieres que lo haga en relativa paz, dime que te enturbia las pupilas.
- Te lo diré a tu regreso.
- No. Que sea ahora.
Marzdaph bajó y subió la vista varias veces. Al fin tomó aliento para decir:
- Temo.
 Entonces la tomé de los hombros. Sabia bien que ella había heredado de su abuela ciertas facultades premonitorias por lo que sus palabras cobraban un peso distinto al de las mías o cualquier otro.
Marzdaph me miró con sus ojos de abismo.
- Temo por ti, pues en cualquier momento pueden enviarte a Ithilien, o aún hacia la capital de los tarkos, si es que la guerra se afianza. Temo por mi soledad y por los hijos que ya no tendremos.
  Intenté estrecharla, pero ella tenía más por decir:
- Temo por que la guerra se pierda, pues en ese caso los tarkos tomarán como regla las acciones de los peores de nosotros, y comenzarán las persecuciones, y entonces los orcos seremos un pueblo destinado al vagabundeo y al bandolerismo, o al exterminio.
“Temo finalmente por la guerra se gane, pues en ese caso el Señor Oscuro implantará un orden de hierro en el cual  los nuestros se moverán a su aparente albedrío, aunque sujetos a la larga cadena de Lugburz...
No contesté por que no tenía la respuesta, y me limité a despedirme de ella con una caricia en su mejilla.
Caminé hacia la Torre con el pecho oprimido de presagios. Recorrí parte del camino y, alzando la vista la vi. Allá se alzaba mi lugar de trabajo y mi presidio, vertiginosa y eterna; pues ¿quién dudaba de que estaba allí desde siempre?
Mas por detrás de la portentosa construcción estaba el cielo. Y los negros y sulfurosos nubarrones se abrían dejando filtrar haces de una luz enfermiza aunque magnífica, ora púrpura, ora dorada. Me detuve a observar y he aquí que habían arcos ciclópeos tras el espejismo de las tinieblas, como los laterales de puertas que conducían a otro mundo, más diáfano y elevado.
Me volví hacia Marzdaph y la descubrí en la lejanía, diminuta y frágil: apenas una muñeca olvidada entre riscos, despeñaderos y sucios inmuebles coronados  por las tenues columnas de humo de las hambrientas chimeneas. Marzdaph no se movía ¿habría ella visto lo mismo que yo?
 

Llegué a mi lugar en la Torre en el momento justo en que Sfag empezaba a acusarme de impuntual ante los superiores. Mi llegada le tapó la boca, por lo que se retiró como perro con el rabo entre las patas.
El oficial nuevo, un uruk con la cara colmada de cicatrices, me dio alguna indicación entre una retahíla de insultos y al fin me recomendó:
- No pierdas detalle el día de hoy, soldado...será una jornada de gloria.
 Había sonreído torcidamente sobre esas palabras, y su gesto me autorizó a preguntar:
- ¿Por qué lo dices, señor?
 El uruk contrajo sus facciones de piedra.
- ¿Es que no lo sabes, rata? Hoy se marchará contra la capital de los tarkos ¡Y nuestra victoria está por adelantado garantida! ¡El Alto Señor de la Ciudad, ese cuya mirada de fuego basta para causar espasmos de dolor, irá al frente de las tropas!
En efecto, al aguzar el oído podían escucharse roncas trompas, redobles de botas y gritos aún más potentes de los habituales. Me asomé a los ventanucos de observación para descubrir, casi ochenta metros más abajo, la turba confusa de la masa de combatientes.
 

 
Metido dentro de esa armadura que se le antojaba disfraz, Razmag buscó a sol y a sombra a Urgtha sin hallarla, y un vecino del mesón de Shgrub le dijo que la chica había sido encerrada por su padre como castigo a alguna falta menor.
- No te será difícil llegar a ella, nene- le dijo el vecino – viven no lejos de aquí y en una casita que es una pocilga... el padre no está ahora, y tú hasta puedes filtrarte por el techo, si eres hábil...
Razmag dijo que si tanto por no disentir, pero de golpe sentía necesidad de ver a otra persona que no era  Urgtha. Tomó el atajo que partía de la calle de las Farolas, pasando entre los cadáveres colgados y los chillidos de las ratas. Como en un sueño recorrió los arrabales llenos de basura y mendigos que, ávidos, se inclinaban sobre los tachos de desperdicios.
Al fin allí estaba la casucha, mas al intentar acercarse, un soldado le cerró el paso.
- ¿Dónde crees que vas, larva?
- A visitar al maestro Ladshag.
El grandote se irguió ante él. Se trataba de un uruk  de cara torcida que quizás fuese un sargento.
- ¿Qué dices, maldito seas? ¿Quién es ese?
- Un sabio que vive justamente allí –replicó Razmag señalando la casita cuyas ventanas mostraban alguna débil luz.
- ¡Estás borracho, nene! ¡Esa es mi casa!
- ¿¿Eeeh?? Disculpa, pero no puedo estar tan confundido...
- ¡Pero lo estás, mamarracho! ¡Por aquí no tienes nada que hacer! ¡Aire!
Razmag se movió sobre sus pies, confundido. Al fin y casualmente vio un patíbulo alzado en el borde del risco. Del mismo pendía un cuerpo sujeto por una soga anudada en el cuello.
-¡El maestro Lagshag!
El uruk lo empujó brutalmente.
- Es...tan solo un desertor ¡Lárgate o te acuchillo sin más!
 

 
Las tropas avanzaban, vocingleras e inmersas en una disciplina de latigazos.
Yo veía la escena desde las alturas, observaba las columnas e intuía los gritos. ¿Qué sería del pequeño Razmag, mi amigo? La perspectiva de descubrirlo, ínfimo e inmerso en esa masa ávida de sangre y botín me estremeció. Al fin sacudí la cabeza: él era hábil en la intriga y de seguro había logrado escabullirse de aquella guerra de la que no sabíamos al fin si era buena o mala...”los orcos somos soldados”... ¿sólo soldados? ¿No hay lugar en las historias y los cantos para un orco poeta? ¿O acaso músico?
Los combatientes marchaban al ritmo de los timbales. “¡¡Sangre, sangre!!” se oía la voz de algún oficial uruk. Me acomodé como pude buscando el mínimo reposo del antepecho del ventanuco para acodarme, suspiré y vacié a mi mente de todo aquello que no fuese Marzdaph
 

 
Inmerso en la masa maloliente, Razmag se acomodó ese casco enorme para su talla. Que diablos ¿es que nadie había tenido en cuenta su medida? Aquella cosa bailoteaba sobre su cráneo.
- ¡Deja de zarandearte a un lado y otro, gusano! – gritó en su oído un oficial cercano, tuerto y con morro de carroñero.
- El casco no es de mi tamaño, señor, y resbala...
- ¡Je! ¡Descuida, pigmeo! Los tarkos te privarán de tu cabecita hueca, y ya no necesitarás sombrero...pero antes ¡ muéstrate digno de tu armadura y cárgate de ellos a cuantos puedas!
Razmag ni contestó, y en ese mismo momento las avanzadas de las tropas de Morgul parecieron hacer contacto con el enemigo.
El oficial tuerto escupió al suelo y alzó su arma.
- ¡Morid, humanos inmundos! ¡Minas Tirith será nuestra! ¡¡ Por el Ojo Rojo!!
 
Razmag también alzó la cimitarra.
- ¡Por el maestro Lagshad! ¡¡Por los orcos sin amos!!
Pero sus gritos se perdieron en el fárrago de la refriega.
 
 
Aquella tarde volví a mi casa melancólicamente, arrastrando los pies. Sabía que Marzdaph se intranquilizaba con la menor demora de mi parte, pero debía dar con Razmag y cruzar con él al menos una palabra. Allí andaba la vieja Roshga, la comadrona. Por entrometida seguro que sabría algo.
  No más la interpelé, la anciana largó el rollo:
- ¿Razmag, el hijo de la lavandera? Partió para la guerra hace unas horas.
- ¿Estás segura de ello?
- Claro que si, muchacho. Ese chico anda mezclado con Urgtha, la pelirroja mesera de la cantina de aquí cerca ¿cómo es que no lo sabes? El caso es que el padre de ella les prohibió encontrarse, por que Razmag había esquivado ir al combate una y otra vez, y se lo consideraba un cobarde...se lo consideraba, por que ahora, y si vuelve, su suegro ya no tendrá excusas para evitar el casamiento...el muchacho demostró al fin agallas.
Dejé a la vieja hablando sola, es que no bien comenzaba a chismorrear, ya resultaba imparable.
Caminando silencioso y con las manos en los bolsillos transité los pasadizos sórdidos y superé el despeñadero, llegando al fin a los aledaños de mi barriada, dónde las tabernas olientes de guiso barato funcionaban a pleno.
Allí estaba esa pared semioculta por escombros y carcomida a medias por las enramadas de las hiedras de flores venenosas. Allí estaban esas ridículas inscripciones plagadas de horrores ortográficos. Volví a acuclillarme ante el muro, como la última vez que encontré a Razmag...es que había allí algo distinto, que no era amenaza, insulto ni obscenidad. Usando mis largas uñas rasgué en algo los tentáculos malsanos de esos vegetales hostiles. Lo que apareció ante mis ojos encendió mi alma y apretó mi garganta.
Es que aquella leyenda era una declaración de amor.
Entonces supe que había esperanzas, aun en Minas Morgul.


   
 

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