El verano de Sauron

23 de Mayo de 2004, a las 00:00 - Fernando Savater
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FERNANDO SAVATER
 
En la última página de uno de sus libros más representativos (El hacedor), confiesa Jorge Luis Borges: «Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra». Esta declaración no aspira al prestigio ni a la intimidación pedante, aunque quizá hoy se lo parezca a algunos recelosos. Yo entiendo lo que pretende decir Borges e incluso (firmando todo lo abajo que sea prudente) puedo suscribir su afirmación. Ignoro si los libros siguen todavía significando para alguien -en este mundo de videojuegos y cruceros por Internet- lo mismo que supusieron para algunos fanáticos cuando yo era joven: pero doy fe de que entonces eran una aventura, un riesgo prohibido, una fiesta. El verano más loco y fantástico de todos los que recuerdo lo pasé precisamente atrapado por un libro. Para ser más exactos: hechizado por un libro y amenazado por un cuartel.
 
Yo acababa de cumplir veintitrés años. Me habían detenido varias veces en las movidas antifranquistas de la universidad y hasta llegué a pasar una breve temporadita en la cárcel de Carabanchel. Como castigo de tanta turbulencia, las autoridades -siempre competentes- me denegaron la prórroga de incorporación al servicio militar. En septiembre, inexorablemente, tendría que vestirme de uniforme y comenzar a marcar el paso. Decir que la perspectiva me traumatizaba es ser benévolo: seguramente el corredor de la muerte de las penitenciarías yankis está ocupado por gente más o menos tan contenta como yo me sentía entonces. Tenía ante mí dos meses, dos brevísimos meses estivales, los últimos antes de la catástrofe castrense que clausuraría mi alegre y rebelde despreocupación juvenil. Julio, agosto... Los mejores meses del año, perfumados con el aroma marino de la playa donostiarra, los meses mágicos de la infancia excursionista y risueña, ahora convertidos en dramática pausa que precedía a la esclavitud.
 
Sentí que tenía que hacer algo grande en esos sesenta días postreros, algo arrebatador, intenso, algo tan portentoso y orgiástico que me hiciera olvidarme de lo que me esperaba después. ¿Quizá un viaje al fin del mundo? Imposible, porque las autoridades providentes antes mencionadas me habían incautado también prudentemente el pasaporte. Respecto a las posibilidades escapistas del alcohol y otras drogas lisérgicas, que ya había frecuentado por entonces con notable devoción, no me hacía demasiadas ilusiones: sirven para entretenerse un fin de semana pero no dos meses, por cortos que sean. Descartado el suicidio por orgullo -¡no podrán conmigo!- y el libertinaje por timidez, sólo me quedaba la literatura. Y entonces apareció el Libro.
 
Era muy grueso, más de mil páginas, y lo encontré en la librería Meissner de Madrid, especializada en libros extranjeros. Conocía su título porque aparecía vivamente desaconsejado en otra obra que había leído recientemente, El poder de soñar de Colin Wilson. En mi adolescencia había disfrutado con El desplazado de Wilson, una especie de prontuario romántico de insubordinación metafísica, por lo que seguía leyendo a ese joven airado con decreciente estusiasmo. Cuando terminé El poder de soñar, un repaso a la literatura fantástica contemporánea, llegué a la desconsoladora conclusión de que Colin Wilson era un perfecto merluzo. ¡Se atrevía a criticar a Lovecraft, el más entrañable y viscoso de mis autores favoritos! Y de pronto hablaba de una larga novela en tres partes, en la que se recreaba una tierra imposible y cientos de personajes propios de cuentos de hadas; para descalificarla, el cenagoso Wilson encontró este dicterio: «Es la novela que le hubiera gustado escribir a Lovecraft y no pudo». De inmediato decidí que ese grimorio merecía ser leído, si es que alguna vez caía en mis manos pecadoras. Pues bien, allí estaba, bien orondo, tres en uno, en el estante de Meissner, con su título escrito en un tipo de mayúsculas que remedaban el gaélico: Lord of the Rings. Había una pequeña dificultad: cualquiera podía darse cuenta, sin ser demasiado perspicaz, de que el maravilloso mamotreto estaba escrito rigurosamente en inglés. Y yo, ay, pese a algunos intentos más bien lánguidos de aprenderla, desconocía con vigorosa tenacidad esa imprescindible lengua.
 
No era cosa de esperar que tradujeran Lord of the Rings, puesto que sólo me quedaban dos meses de vida... hábil. Y menos mal que no esperé, porque tardó bastantes años en aparecer El Señor de los Anillos en español. De modo que me compré el tomazo incomprensible, lo acompañé con un buen diccionario y empezó mi gran aventura. Mañana y tarde penetraba en la Tierra de Enmedio, viajaba con Bilbo y Sam, luchaba junto a Gandalf y Aragorn, sintiendo siempre la amenaza del enorme ojo sin párpado de Sauron que me miraba desde el agua cóncava. Elfos y orcos me hicieron olvidar a los sargentos que poco después iban a darme órdenes. Había un doble placer: buscar despacio palabra por palabra en el diccionario para construir cada episodio como un rompecabezas emocionante y otras veces inventar o intuir el significado de los términos desconocidos para llegar cuanto antes al anhelado desenlace. Lento, rápido, intenso: el deleite. Después volví a leer El Señor de los Anillos en francés y más tarde en español, pero nunca disfruté tan salvajemente como con esa rústica lectura en la lengua apenas conocida, aquel verano.
 
Pasó el verano, llegó y pasó la mili, sobreviví a la instrucción y a las imaginarias. De aquellos días a toque de corneta ni siquiera guardo recuerdos terribles, sólo algunas anécdotas risibles, casi tiernas en su lejanía. Ahora espero, a finales de este año 2001, el estreno de la primera parte de El Señor de los Anillos dirigida por Peter Jackson. En los sueños inquietos de algunas noches vuelve a mirarme, ya más cerca, el ojo de Sauron.
 
© El Diario Vasco
 
Publicado en El Diario Vasco, el 12 de agosto de 2001

   

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