Osgiliath 2003 (cap. 16-27 y final)

27 de Septiembre de 2008, a las 13:20 - Ricard
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22.

El verano eterno

 

 

El tiempo pasó y Tullken se olvidó en parte de aquella promesa al dejarse seducir por los encantos del verano. Se dejó llevar así por los soleados días que se alargaban y daban la sensación de que el tiempo también se estiraba, otorgándole a cualquier cosa el barniz de lo imperecedero, como era el mismo verano, pues a Tullken, como cuando era pequeño, le pareció que éste no tendría que acabar nunca. Días de piscina, de largos atardeceres, de noches cálidas con cielos despejados y saturados de apacibles horas muertas fueron aquellos en los que al dúnadan pareció borrársele todo rastro de sus preocupaciones y volvió a ser un chico normal y corriente. Incluso puede que en algunos momentos rozara aquel efímero estado de ánimo que los Hombres llaman “felicidad”, embriagado como se encontraba por los opulentos frutos nacidos en el corazón del verano, que disolvían todas las sombras y penurias.

Y una de las razones por las que Tullken se sintió de aquel modo (si no la que más), como si se encontrara sobre una nube, fue el retorno de Elesarn. La joven, pocos días después de la excursión de los Tres Caminantes y él a las afueras de Osgiliath y tal y como él mismo lo predijo, abandonó pronto el hospital, volviendo a su vacía casa. Ante la incertidumbre de su futuro, se supo que el padre de ella, Arasereg, había preparado una cuenta en el Banco Nacional de Gondor (el mismo en cuyo portal se cobijaron el seis de Mayo) a nombre de su hija y que, sorprendiendo a propios y a extraños, resultó ser una auténtica pequeña gran fortuna. Y, aun siendo así, el recién proclamado Gobierno Democrático de Gondor, con su presidente electo a la cabeza y siguiendo estrictamente la legislación, consideró además a la muchacha como un miembro adulto, y en sus plenas facultades, de la comunidad, por lo que no le impusieron la vigilancia de un tutor o el ingreso en un centro de menores, y sí le concedieron, en cambio, toda la ayuda y apoyo que le fueran necesarios en recuerdo de su padre, insigne y fallecido miembro del anterior gobierno.

Así, Elesarn, con la vida aparentemente resuelta y rodeada por los familiares y lujosos contornos de su casa, parecía que ya jamás debería preocuparse de nada; pero todo aquello no consiguió que se deshiciera del sentimiento que la carcomía y le seguía los pasos cuando, día tras día, permanecía en su hogar, notando como la soledad continuaba impregnando las paredes del piso, como denso y venenoso cieno.

No hubo de pasar mucho tiempo, de todas formas, para que, como alertados por un llamamiento silencioso, Tullken y Dwalin acudieran a su casa para llenar esos días vacíos o llenos de simple hastío. El dúnadan y el enano intentaron estar siempre allí cuando percibían que la guadaña invisible de la tristeza parecía pender peligrosamente sobre la cabeza de la chica y, en verdad, consiguieron no pocas veces que el Sol del verano penetrara al fin en su apartamento, derritiendo el hielo de la desesperación.

De algún modo, Tullken consiguió que Elesarn subiera también en su nube de soñador, haciendo que se olvidara de las preocupaciones y del impenetrable futuro. Incluso Abdelkarr, reacio al principio, acabó a su vez ofreciéndose para disipar esas sombras y, luego de pasar por la sorpresa inicial de encontrarse, no sólo en un hogar de elfos, sino ante una elfa mismo, se sumó gustoso a las cenas, las fiestas o las excursiones que idearon Tullken y Dwalin para entretener a Elesarn, convirtiéndose en el alma de las mismas en variadas ocasiones.

Parecía que, al fin, dejándose llevar por esa vida hedonista, Tullken había conseguido también llevar el orden a su vida y barrer todo rastro de perturbación que pudiera afectar a su corazón; pero ocurrió una mañana que, dando un paseo por el centro de la ciudad, se encontró con los trabajos de recuperación del calcinado “Circular Park” y le volvió a la memoria aquél que lo llevó a cuestas más allá de las fronteras de Gondor sobre sus hombros de madera, al inicio de su aventura y de un mundo desconocido en parte para él, junto a la promesa que se había hecho él mismo. Viendo, además, una ocasión ideal para organizar una megaexcursión que fuera el recuerdo estrella de ese verano, a Tullken no le costó mucho convencer a sus amigos para que lo acompañaran a su retorno a Fangorn. Y para un viaje tan largo, y a un lugar tan lejano, el cheque en blanco que suponía haber aprobado todos los exámenes de entrada a la universidad les sirvió para convencer a sus –inicialmente reticentes- padres a la hora de dejarles organizar todo ese tinglado.

A Tullken también le hubiera encantado invitar a Pallando para que se uniera a ellos; pero como solía hacer el mago, se ausentó por espacio de unas semanas sin dejar rastro. Como supusieron los jóvenes que se encontraría ultimando su viaje de vuelta, decidieron que, llegados los últimos días de Julio, no podían perder más tiempo esperando al “istar”, de modo que se pusieron en marcha hacia el Norte, hacia las brumas de Fangorn.

Ahora se hallaban ya al fin todos engullidos por las entrañas del bosque más antiguo de  la Tierra  Media , reliquia, o isla más bien, de épocas pasadas, en busca de un árbol que no lo era, en busca de un auténtico superviviente, de un “Pastor de Árboles”, el último – o no – de una larga y remota estirpe.

Como la memoria de Tullken era limitada y las hectáreas de terreno de Fangorn eran amplias e intrincadas como un laberinto, en aquella ocasión también les acompañaba Corb, llamado por el propio Tullken para que les sirviera de guía y poder así llegar al punto donde ellos dejaron a Esperanza descansando y solo para continuar ellos dos con la aventura. Así, torpemente y a trompicones, avanzaban por la maraña del sotobosque en fila india para intentar no perderse. De tanto en tanto, Tullken levantaba la vista y llamaba a Corb. El ave bajaba entonces y cambiaba unas cuantas impresiones con el chico para comprobar si iban por buen camino con aquella lengua a camino entre una voz humana y los graznidos de un pajarraco y que, tanto a Abdelkarr como a Dwalin, inquietaba tanto en cuanto ponía de manifiesto lo diferente que se había vuelto Tullken del compañero que ellos conocían de antes.

Después de una de aquellas “charlas”, y luego que Corb hubiera vuelto a elevarse, un sudado, sediento y cansado Dwalin cogió el suficiente empuje para acerarse a Tullken y preguntarle lo que todos los otros sudados, sedientos y cansados miembros de la expedición estaban pensando al unísono:

- Ey, tío, ¿ seguro que vamos por el buen camino?

Tullken, abriendo los ojos al causarle aparentemente sorpresa la pregunta, dio un vistazo a sus alrededores y, volviéndose de nuevo al enano, sonrió.

- Sips, vamos por el buen camino.

Luego se giró y continuó caminando, siguiendo lo que a los otros les pareció un camino elegido al azar. Dwalin se giró a los jadeantes Abdelkarr y Elesarn y se encogió de hombros como diciendo “¡ Por lo menos lo he intentado!”. Pero resignadamente todos acabaron siguiendo de nuevo al dúnadan.

- Y oye, Tullken, ¿ qué se supone que haremos cuándo encontremos a ese ent… a “Revancha”? – preguntó al rato el mismo Dwalin, quien no soportaba, a parte del bochorno, aquel agobiante silencio de cortejo fúnebre que parecían haberse impuesto.

- Es “Esperanza”… Pues cumpliré mi promesa – contestó escuetamente Tullken sin girarse ni apartarse de su ruta mientras iba apartando arbustos y helechos.

- Aha… eso está muy bien, ¿ pero podrías concretar más? – dijo un Dwalin en la etapa inicial de un incipiente mosqueo.

Tullken, sin volver la vista y obcecado en encontrar algo más allá de los altos matojos que los demás no conseguían ver, dejó escapar un quedo suspiro y luego volvió a sonreír, pero sin que los demás lo vieran. Para sus adentros no tuvo más remedio que reconocer que a veces disfrutaba demasiado haciéndose el cabroncete interesante.

- Pues me prometí que, si toda la loca empresa que hicimos en Mayo, acababa bien, vendría a comunicárselo; a anunciarle la buena nueva, por así decirlo… Bueno, y ya de paso, comentarle todas las otras “buenas nuevas” que me encontré a lo largo del camino.

- ¿ Y cuáles son ésas?

- Dwalin, os lo conté no hará ni un mes… En fin, era aquello de que me topé con un valle oculto habitado por ents-mujeres… Él, Esperanza, tiene derecho a saber que no está solo en el mundo, y además…

- Vamos, que le darás un harén en bandeja.

- ¿ Pero qué demo…? ¡ Dwalin, no se trata de eso!

- Hombre, contento lo vas a hacer un rato si se va a quedar rodeado de tías, eso seguro – se sumó Abdelkarr, detrás de Dwalin.

- ¡ Pero cómo sois! Os digo que…

- A mi sólo me preocupa la endogamia… En un valle aislado y siendo todos los entados que nazcan ahora nacidos de un solo y único padre, ¡ tsk!, los problemas de enfermedades genéticas pueden… - siguió por su lado Dwalin.

- Anda que no le vas a dar un regalo al chaval, eso seguro… – repitió, por su parte, Abdelkarr.

Tullken decidió callar entonces, resignado y juzgando que, si aquello les mantenía entretenidos, la caminata quizás fuera más llevadera al no haber, como mínimo, sus quejas. Elesarn, la última de todos en la hilera que formaban, decidió guardar también un prudente silencio ante tantas chorradas nacidas de la testosterona. De hacía tiempo se había dado cuenta de que, siendo ellos tres tíos y aun siendo molesto que hablasen como si ella no estuviera delante, era mejor dejarles que se embarullaran ellos solitos con sus paranoias.

De todas formas, el “suplicio” de la elfa duró sólo un poco más cuando Tullken, apartando unas hojas de helechos, se encontró con algo que hizo aumentar su sonrisa. Al fin había encontrado una “buena nueva” para ellos: iban, en verdad, por buen camino.

Dejando que la luz del Sol lo cubriera por completo, Tullken salió al claro ocupado por abundante hierba que se abría en medio del bosque, refulgente de verde gracias a aquella misma lumbre proveniente del Sol y, satisfecho, saludó con la mirada al inerte vigilante de piedra del lugar, a esa estatua de un gigante levantada por los primitivos habitantes de Fangorn. Éste, como la primera vez que Tullken llegó a aquel claro junto a Esperanza y Corb, se mantenía en el límite entre el bosque y el claro, entre luz y sombras, camuflado por las ramas y el musgo y los líquenes que lo recubrían como si de sus ropajes se tratara. Incluso a Tullken le pareció que habían aumentado y crecido, devorando un poco más a la indefensa mole de carne pétrea del gigante, cuya mirada vacía de triste resignación, pero siempre vigilante ante aquel futuro, no había variado ni un ápice. Y se mantenía fija en Tullken como éste mantenía la suya clavada en ella.

Resoplando, y rompiendo el momento mágico del reencuentro entre Tullken y el coloso, entre el chico y sus recuerdos, aparecieron con brusquedad Dwalin y Abdelkarr, hartos de pelearse con zarcillos y espinas.

- Ey, tíos, vamos en la dirección correcta… A partir de aquí ya tengo mucho más claro por donde seguir – les dijo Tullken señalándoles al gigante, punto de referencia en el océano verde de Fangorn.

- ¡ Ya era hora! ¡ Un sitio para estirar las piernas! – bufó Dwalin.

- ¡ Y que lo digas!... Creo que me he tragado más verdura en este bosque, entre hojas y lianas, que en toda mi vida – le siguió Abdelkarr, mostrando el mismo grado nulo de sorpresa ante lo que Tullken les mostraba y les había dicho que el enano.

Detrás suyo apareció Elesarn, igual de cansada que ellos, pero no por eso menos receptiva a las sorpresas del viaje. En concreto, y en aquel claro con gigante de piedra incluido, se retrotrajo hasta sus recuerdos de infancia en el Bosque Viejo, cuando jugaba entre los restos de los trolls petrificados.

Serenándose, Tullken dejó que sus amigos rezongaran cuanto quisieran y cogieran sus botellas de agua de sus mochillas (único complemento de viaje que llevaban, pues tanto el sureño como el enano iban con ropa de calle como si se encontraran en un barrio cualquiera de Osgiliath) para que se saciaran y, estudiando más detenidamente el lugar donde se encontraban, detectó la figura oscura de Corb al posarse en la rama de un árbol cercano.

- ¿ Te suena el sitio, Corb?

- ¿Es una pregunta o una confirmación? – preguntó el pájaro, con cierto aire indignado al ponerse en duda su memoria.

- Quizás ambas… Bueno, parece que al fin estamos cerca de nuestro objetivo.

- Sí… incluso te diría que puedes dejar sueltos a esos dos gañanes que traes por compañeros que, de seguro, podrían encontrar a Esperanza con los ojos cerrados… Y, en el caso de que se perdieran, tú sabrás si quieres que los guie.

- Entendido, mensaje captado – contestó Tullken sonriendo amigablemente.

Pero al girarse de cara a sus amigos vio que éstos se habían callado de súbito y que lo miraban desconfiados. Ni el enano ni el haradrim se habían acostumbrado aún a aquellas nuevas “habilidades” de su amigo como era el poder hablar con las aves; y tampoco les agradaba mucho la presencia de aquel gran cuervo negro que les había estado acompañando durante casi todo el viaje.

- Siempre que haces eso de… hablar con bichos, se me ponen los pelos de punta – murmuró Dwalin.

El silencio que siguieron a esas palabras dejó bien claro que todos los demás pensaban lo mismo. A Tullken sólo le dolió que Elesarn también se sumara a él.

- Decid lo que queráis, pero gracias a Corb (sí, porqué también tiene nombre por raro que os parezca) hemos llegado casi a nuestro objetivo sin necesidad de brújula… De hecho, más allá de esta escultura, tiene que estar el sitio donde decidió retirarse Esperanza; no tiene pérdida y además…

- ¿ Pues a qué estamos esperando? Soy un enano y no aguanto estar rodeado de tanto árbol y arbusto, asín que ¡ en marcha!

- Te sigo, Enano.

- Eh, eh, pero un momento, ¡ esperad!

Las quejas de Tullken fueron en vano. En un abrir y cerrar de ojos, los dos chicos desaparecieron en la espesura que se extendía pasado el coloso vigilante. Tullken vio que Corb se encontraba esperando una señal suya por sí quería que fuera tras ellos, para tenerlos vigilados, pero el dúnadan le hizo un gesto para que aguardara. ¡ Que Abdelkarr y Dwalin aprendiesen la lección de ir por su cuenta y riesgo! Además, aquella situación le brindaría la posibilidad de estar a solas (¡ al fin! Y después de todo ese agitado último mes) con Elesarn. Si descontaba al atento Corb, naturalmente, encaramado en las sombras de un árbol.

La elfa se había sentado en el tocón de un árbol muerto quien sabe en qué edades y devorado parcialmente por el musgo y los líquenes justo en medio del claro. Era evidente que ella no compartía el mismo entusiasmo que Dwalin y Abdelkarr para trotar como una loca entre zarzas y ramas viejas… y mucho menos de despedirse tan pronto de un bosque, del Bosque, con mayúsculas.

- ¿ Estás bien? – le preguntó, cordial, Tullken.

Ella lo miró y, aunque asintió afirmativamente, sonriéndole con levedad, Tullken notó que algo no iba bien. Desde que la visitara en el hospital hasta que ella salió al fin de allí, la mejora de la chica había sido espectacular, eso era cierto; pero tampoco lo era menos que, desde entonces, siempre parecía pesar sobre ella una especie de niebla que enturbiaba su ánimo y hacía que, de vez en cuando, cayese en unos períodos en los que parecía haberse dormido aun teniendo los ojos abiertos, como si ya nada de ese mundo le importase o lo hubiese abandonado, dejando atrás su cuerpo vacío. Tullken y Dwalin habían combatido a lo largo de lo que llevaban de verano contra aquella melancolía que acechaba a Elesarn y ahogaba a la muchacha jovial y alegre que, tanto Tullken como Dwalin, recordaban haber conocido. Y la palidez y el cansancio que abatían a Elesarn en aquellos precisos momentos parecían indicarle al dúnadan que quizás se encontraba ante el umbral de uno de esos bajones inevitables.

El joven se la quedó mirando entonces con fijeza y en silencio. Se preguntó, como siempre que se quedaba embelesado mirándola, si la elfa sería mínimamente consciente de sus sentimientos con el solo calor de esas miradas. E, inevitablemente, como siempre ocurría también en aquellas ocasiones, el joven acabó apartando la vista, más incomodado él mismo por su actitud que quizás ella. Elesarn, de todos modos, parecía demasiado absorta en disfrutar de esa pausa e, incluso, quitarse el pañuelo que le cubría el cuello parecía suponerle una gran empresa; pues, otro detalle en el que también había reparado Tullken, era en lo abrigada que iba la chica para ser un día de verano: a pesar de que no llevaba guantes, tenía todo su cuerpo cubierto de ropa, incluida la cabeza, tapada por un fino gorro que recogía su melena rubia. Por aquel entonces, el dúnadan no cayó en la cuenta de que, al igual que él escondía al mundo su mano quemada con un guante, ése era el único modo que tenía ella de ocultar las cicatrices que se extendían a lo largo de su cuerpo. 

Fuese como fuere, y al contemplarla ahí sentada tal y como la vio por primera vez, Tullken pensó que, en lo más hondo, seguía siendo un necio por más que pensara haber cambiado o madurado después de su aventura, si continuaba pensando que la alegría volvería a la vida de ella como por arte de magia. El camino de la vida, como les había dicho Pallando, seguía y seguía sin detenerse y, en el caso de Elesarn, éste, por iluminado o no que estuviera, sería mucho más largo y solitario que el suyo propio sin duda.

Pensando en aquello, Tullken acabó fijándose en una pareja de pájaros que canturreaban en una rama próxima y, divertido, decidió intercambiar unas cuantas palabras con ellos. Elesarn se lo quedó mirando con atención, mientras intentaba en vano descifrar, aunque sólo fuera alguna palabra aislada, aquel lenguaje que tan desconcertados les dejaba a todos.

- ¿ Qué se han dicho? – le preguntó a Tullken cuando éste acabó su coloquio con ellos.

- Oh, sólo estaban comentando “pero que chica más guapa se ha venido hoy a pasear por nuestro bosque…” – contestó, con tono serio, el dúnadan.

La elfa, pillada por sorpresa, se lo quedó mirando incrédula por un segundo para luego ser víctima de un ligero ataque de risa.

- Pero que trolero eres; en realidad estaban hablando de lo difícil que es conseguir comida y tú les has interrumpido… ¡ Estarás contento! Por lo menos te has quedado con la chica – refunfuñó Corb en otra rama.

Pero Tullken no le hizo el menor caso, pues sus oídos eran ahora sólo para las risas de Elesarn. Él, cuyo ingenio humorístico era insignificante como su gracia a la hora de contar chistes, había conseguido que las pálidas mejillas de la muchacha se sonrojaran por unos instantes al reírse como se reía  la Elesarn  de siempre. Y, aunque fue solamente por unos breves momentos, Tullken se sintió tan contento como si hubiera vuelto a salvar  la Tierra  Media  o hubiera culminado otra misión peligrosa y vital ese mismísimo día.

Pero al final Elesarn, como obligándose a hacerlo, paró de reír y el rostro volvió a ensombrecérsele. Fue entonces cuando la sensación de que algo preocupaba a la chica sacudió a Tullken con más fuerza; pero también, y como autoimponiéndose una censura, el joven apartó de sí aquellos pensamientos.

- Tullken, será mejor que los sigamos antes de que los perdamos – le dijo en aquel momento, y con sequedad, Elesarn. Y, de la misma forma que si se hubiera despertado de golpe, Tullken reaccionó.

- Sí, tienes razón…

Sin quererlo, parecía que Tullken hubiera enrarecido aún más el ambiente con su broma, o por lo menos así se le antojó a tenor del silencio frío que se instaló de súbito entre ellos dos; hecho que lo aturdió enormemente. 

- Todo esto me recuerda a mi casa – dijo entonces Elesarn, cuando pasaron bajo la efigie del gigante de piedra y penetraron en el bosque, para animarse y animar a Tullken, aunque no pudo evitar que sonara forzado.

A Tullken, de todas maneras, le dio igual. Para él también se podía decir que aquello era un retorno al hogar, pues en su interior sentía como  la Llama , casi un rescoldo desde que finalizara su aventura, cogía fuerzas al estar rodeada por aquel fragante verdor que había aumentado en cantidad, olores, sombras y ruidos de sus esquivos habitantes desde el día en que lo visitó.

Y el estar allí solos, rodeados por ciegos árboles que, sin embargo, parecían estar en realidad cubiertos por miles de invisibles ojos, acabó por producir un sentimiento extraño en Tullken. El bosque había acabado devorando todas sus cavilaciones, pensamientos o, incluso, su identidad. Elesarn y él habían dejado de serlo y ahora eran solamente un chico y una chica perdidos, engullidos más bien, por la inmensidad de la foresta. Y aquel sentimiento que, indudablemente, se apoderó también de Elesarn, hizo que, por unos momentos y sin que se dieran cuenta, ambos se rozaran las manos en busca del contacto del otro.

Pero el tacto del guante que cubría la desfigurada mano de Tullken rompió el hechizo y los volvió a la realidad y al peso de sus fatigosos grilletes. Desorientados y como si fueran dos desconocidos que hubieran caído de repente en ese lugar, se miraron durante una milésima a los ojos para después apartarlos, abatidos por una extraña perturbación. Tanto Tullken como Elesarn habían sentido que aquel roce entre sus manos había derruido por unos peligrosos instantes el muro invisible que los separaba; el muro de las convenciones sociales y las máscaras que nos ponemos ante los demás. 

Aunque, sin lugar a dudas, había sido en la culminación de ese acercamiento abortado, cuando sus ojos se encontraron -el azul del cielo de ella con el castaño de la tierra, de la madera, de él- donde, aun sin palabras, habían notado que habían conseguido demoler, así, sin más, unas murallas más fuertes, secretas e íntimas. Elesarn supo de aquel modo, y tal y como si se lo hubiera dicho a la cara, lo que Tullken sentía por ella, y éste, a su vez, vio la gris y difusa bruma de la angustia en el interior de ella y como él mismo, y sus sentimientos, eran una de las raíces de aquella preocupación. 

Demasiado alterados como para hablar (o quizás la palabra más correcta sería asustados) o para corroborar con el otro si lo que habían percibido había sido una ilusión pasajera, una coincidencia o algo más, los dos se apartaron el uno del otro como si nada hubiera ocurrido, levantando el muro que los separaba de nuevo. De igual modo, todo había sucedido demasiado deprisa, en menos de un minuto.

Carraspeando, Tullken se adelantó para otear el horizonte del bosque, haciendo esfuerzos un poco exagerados en su intención de localizar a Abdelkarr y a Dwalin.

- Hay que ver lo tupido que se pone el bosque en verano, ¡ no se ve casi nada! – dijo entonces para matar el silencio y sintió como una puñalada la trivialidad de cada una de esas palabras.

- Sí, es verdad – contestó, no mucho más brillante, Elesarn a sus espaldas.

- Eh, éste, pues será mejor que avancemos… otra vez.

Y así recorrieron un par de metros más del irregular terreno sin decirse nada hasta que Elesarn tropezó con una raíz y se dio de bruces.

- ¿ Te has hecho daño? – se apresuró a preguntarle, solícito, Tullken en el mismo momento en que se giraba para ayudarla a levantarse.

- Que torpe soy… Tanto que fardaba antes de que sabía moverme por los bosques mejor que nadie y he tenido que ser yo la única que, de momento, se ha caído – dijo con ironía (esa ironía mordaz que tan bien habían conocido Dwalin y Tullken) Elesarn, al tiempo que se acariciaba una rodilla lastimada. Luego levantó la cabeza y en la leve sonrisa, abatida pero alegre, que abanderaba su rostro, Tullken volvió a ver un atisbo de  la Elesarn  de antes.

Animado por aquello, el chico, sin pensarlo, le dio entonces la mano de pleno a Elesarn para ayudarla a levantarse y el vínculo que tanto miedo les había dado formar antes se completó en aquel momento, casi inconscientemente, como si de un accidente se tratara. Tullken se quedó mirando estupefacto a Elesarn, sus abiertos ojos almendrados, los pocos cabellos dorados que habían conseguido escapar de la tiranía del gorro y que le caían por el blanco rostro solamente colorado por las mejillas rosadas y la certeza de que ella sabía, de seguro, lo que sólo había intuido en las largas noches en que habían quedado todos los amigos para charlar y en las que se habían cruzado sus miradas azarosamente… Así como él supo que aquello era la causa de su sufrimiento.

- ¡ Ey, tíos, si que tardáis! ¡ Que al Enano y a mi nos van a salir también raíces de tanto esperaros! – oyeron de golpe que les gritaba Abdelkarr desde un punto indeterminado de la espesura que tenían delante de ellos.

Sacudido por esa exclamación, Tullken acabó levantando del todo a la también sorprendida Elesarn y, ajetreadamente, hizo el gesto de dirigirse hacia donde procedía la voz, habiendo encontrado en ello una excusa para no encararse a lo que acababa de descubrir. “Hostia, Enano, tienes una araña en la espalda”, ¡¿ Qué?! ¡ Joder, tío, no me jodas! ¡ Quítamela, quítamela!” oyó mientras avanzaba el primer metro y sonrió para sus adentros al constatar que, a parte de ser sus mejores amigos, Abdelkarr y Dwalin eran, y serían siempre, unos urbanitas hasta la médula.

- Tullken, espera – dijo, sin embargo, la voz de Elesarn detrás suyo y, a pesar de que obedeció como un autómata,   le pareció oírla desde una lejana montaña.

El joven, pues, al pararse y al acatar ese mandato, se giró para tener que enfrentarse otra vez con aquel rostro que ahora lo contemplaba entre abrumado y apenado y con aquello de lo que había intentado zafarse.

- Tullken, lo he estado pensando y… le he dicho que sí, lo acompañaré – dijo escuetamente la elfa.

Un terrón de hielo creció de golpe en el pecho del dúnadan. Aquella declaración fue un mazazo y consiguió que, por unos segundos, no viera los imponentes árboles que los rodeaban ni sintiera los benevolentes y escasos rayos de luz que se colaban por el dosel de hojas como si de vidrieras de catedral se tratasen. No, esa frase lo que había conseguido fue que sus recuerdos de cómo había logrado olvidar sus miedos a base de reunir y coleccionar tantos buenos momentos como pudo durante aquel último mes de verano se derruyeran sin remedio y sólo quedara, de todos ellos, un solitario recuerdo de otro día soleado, en otra excursión, pero de significado totalmente diferente.

 

 

 

A lo lejos podían ver como Abdelkarr y Dwalin, dos figuras oscuras e insignificantes sobre el ondulante mar verde del prado iluminado por el Sol, los juzgaban aunque no les vieran bien los rostros. Tullken se dijo entonces que quizás se estuvieran preguntando sobre qué estarían hablando ellos, como ellos mismos se preguntaban sobre la conversación de la pareja de tan desigual estatura, en una especie de bucle o pez que se muerde la cola.

Fuese como fuere, el dúnadan tuvo que reconocer ante sí mismo que si se hacía aquellas preguntas era porqué él, junto a Pallando, se veía como otro punto minúsculo en medio de la inmensidad desde que el mago, silencioso ahora a su lado, le había acabado de confesar que ¡ él era la reencarnación de otro mago! Un mago que para Tullken sólo había sido un nombre curioso, de tantos, en los largos y vetustos anales de  la Tierra  Media  y que ahora le obligaba, no obstante, a asomarse a ellos como si se asomara al borde de un acantilado, a abismos de tiempo, mareándole y empujándole a buscar cualquier otra cosa que entretuviese su cabeza.

Era como si para el chico el mundo se hubiera vuelto de golpe un sitio insoportablemente más pequeño; a pesar de que, por otro lado, aquella noticia contestaba a muchos otros interrogantes que habían estado revoloteando entorno a Tullken desde que el poder y la voluntad del Otro (quien, al parecer, podía llamar al fin por su nombre propio) se habían manifestado, siendo el primer sorprendido el propio Tullken; por lo que el joven no pudo más que sentir una cierta sensación de alivio y tranquilidad que impidió que todo aquel asunto le hiciera gritar y salir corriendo.

Encontrándose en ese estado en el que sólo podía mirar la nada con incredulidad y mantener el cuerpo tenso y quieto como quien está indeciso entre salir o no disparado, Pallando lo contemplaba con compasión a través de sus ojos del color del hielo y que ni ese Sol conseguía derretir.

- Tullken, sé que lo que te acabo de decir te habrá chocado y sorprendido, y por eso he preferido decírtelo a solas a ti primero. Pero ahora debes de centrarte y ser fuerte, pues tengo algo más que decirte – anunció el mago al rato y pausadamente.

Tullken abrió aún más los ojos y los clavó en Pallando. ¿ Todavía había más? ¿ Es que el anciano se había propuesto dejarle atontado sólo a él a base de esas “revelaciones”? En aquella ocasión, Pallando tardó más en hablar y, al igual que Tullken antes, se distrajo contemplando al dúo compuesto por Dwalin y Abdelkarr.

- Bien, como ya sabes de antes, partiré a las Tierras Imperecederas pronto; quien sabe si a finales de verano o más tarde, aún tengo que concretarlo… Pero lo que es seguro es que ya nada me retiene aquí; todas las personas que considere cercanas en algún momento u otro están muertas o ya no me necesitan al haberme superado en vitalidad y determinación – y entonces Pallando lanzó unas miradas más que significativas tanto a Abdelkarr y Dwalin como a Tullken – Nada me ata y nada tengo que hacer aquí, pues la razón de ser de la misión, y de la propia Orden de los “Istari”, se ha perdido ya en el tiempo… Ahora bien, un viaje como el que voy a realizar no se da muy a menudo y para los que tienen un pie más en la tierra de Aman que en ésta, al no haber nada que les retenga con suficiente fuerza, es una oportunidad única que puede que sólo se repita una vez cada mil años o nunca más.

Tullken meció la cabeza con gesto negativo: No sabía qué intentaba decirle el mago. Éste aguardó en silencio, dejó escapar un suspiro y, como ante el anuncio de su ida a las Tierras Imperecederas, decidió ser directo.

- Tullken, puede que no entiendas mi decisión, que la consideres insensata o, incluso, perversa, pero te aseguro que no la he tomado para hacerte daño, ni mucho menos: Le he preguntado, le he planteado más bien, a Elesarn si le gustaría permanecer aquí, en las tierras de los Hombres, o viajar conmigo al lugar donde reside su Pueblo. 

El “¿ Cómo?” que expulsó el muchacho apenas rozó sus labios. Pallando, viendo que se acercaba una tormenta, decidió capearla:

- Sé del gran… aprecio que te merece la muchacha, Tullken, pero también debes de ser consciente de que, siendo ella una inmortal en un mundo que no hará más que marchitarse a su alrededor, merece una oportunidad de conocer un sitio… ¿ mejor? No, ésa no es la palabra, pero sí más apropiado para alguien de su estirpe.

- ¿ Apropiado? – bufó Tullken entonces y no consiguió refrenar la sequedad en su voz.

Inmediatamente, Pallando notó como una oleada de energía surgía del chico como si de una fuente se tratara y cuyo origen era la ira. Y, aunque éste sólo podía sentir un renovado y fuerte picor en su mano derecha, pausadamente, consiguió que la hierba que tenía a su alrededor se removiera con levedad y que su mirada se enturbiara, pasando del castaño claro a un verde oscuro.

Pallando miró nerviosamente a Abdelkarr y a Dwalin, pero éstos no parecían percatarse de nada, y se preguntó si al final serían testigos de un combate, ahí mismo, en ese mismo lugar, entre dos magos. Dándole al final una segunda oportunidad a la vía dialogada, el anciano agarró con fuerza un hombro del chico y sintió como si estuviera agarrando a un tronco encendido. Aún así, no se dejó amedrentar y apretó con fuerza, aunque no excesiva.

- ¡ Tullken! ¿ Es que no te has parado a pensar? ¡ Por muy mago que te consideres eso no evitará que un día mueras! ¿ Entonces qué será de Elesarn? ¿ Tendrá que sufrir aún más la pérdida de otro ser querido sólo por tu capricho?

Aquella afirmación, más la glacial y penetrante mirada del “istar”, pareció surtir efecto y la erupción de poder que estremecía al chico desapareció, dejándole los hombros y la mirada caídos. Tullken volvía a ser un joven como cualquiera, más consciente quizás de la verdad que encerraban las palabras del viejo y de la frustración que eso le causaba.

- Pero no es justo… - murmuró casi inaudiblemente - ¡ No es justo! ¿ Por qué tiene que ser ahora? – exclamó luego, agitando los brazos.

- Ni tú ni yo hemos de decidir qué es justo o no. Yo sólo me he limitado a hacer lo que pienso que es mejor para ella, como tú piensas que lo haces decidiendo que se quede aquí, pues a nada la he obligado… En última instancia, la decisión es suya. Nosotros no podemos luchar contra el libre albedrío ni intentar dominar voluntades como intentaron muchos otros antes. ¡ Deja que ella escoja, Tullken!

El dúnadan volvió a dejar caer de nuevo los hombros y dejó escapar un suspiro, más triste que calmado. No tenía más que reconocer que Pallando tenía razón. ¿ Podría ser él capaz de hacerla feliz durante el poco medio siglo y pico que pudiera ser que permaneciera él junto a ella? ¿ Sería tan egoísta de mantenerla a su lado siendo ella aún una joven cuándo a él su cuerpo y vitalidad se le marchitasen? No, Pallando estaba en lo cierto: ella tenía que decidir, y lo único que podía hacer él ahora era intentar hacerla lo más venturosa posible todo el tiempo en que permaneciese allí… ¡ Quién sabe si así le daría los suficientes motivos para que escogiera quedarse junto a él! Pallando quitó entonces su mano de su hombro y su mirada, por primera vez, cogió el tono cálido de la comprensión.

- Escoja el destino que escoja, Tullken, no me cabe la menor duda de que va a ser dichosa – dijo con lo que supuso la última frase de la conversación.

Resignándose y en silencio, Tullken lo siguió cabizbajo cuando regresaron hacia donde les esperaban Dwalin y Abdelkarr. Unos metros antes de llegar a ellos, sin embargo, el joven detuvo a Pallando.

- Diles lo de… Radagast si quieres, Pallando… pero, por favor, guarda silencio sobre lo de Elesarn. Ya lo sabrán en su momento y es mejor que ella viva sin nadie que se lo esté recordando constantemente.

 

 

En la lejanía un pájaro cantó y un grupo de ramas se removió con la brisa. Tullken y Elesarn todavía seguían en el bosque de Fangorn, rodeados de historia y frondosidad, mirándose fijamente y sin decirse nada.

Durante ese último mes de verano se habían estado viendo, se habían divertido juntos y habían tenido largas charlas que ahora no les sabían a nada, pues se habían olvidado de hablar, adrede, sobre la cuestión más importante de todas, haciendo ver como si no existiera, e ignorando a su vez, lo que el uno sentía por el otro.

De un plumazo, no obstante, Tullken sintió como todo aquel magma de sentimientos y de preocupaciones mal silenciadas, resurgía de nuevo con vehemencia: Aquello que Dwalin había intuido mucho antes que él o Elesarn durante la primera visita que le hicieron a la elfa en el hospital volvió a embotarle la cabeza. Y, en medio de toda esa vorágine, volvió también a percibir a su lado la negra y alta sombra de Pallando, tal cual como si el mago estuviera allí mismo y los espiara entre la vegetación. La venganza de Mandos. Tullken la había olvidado también, como había olvidado que, a parte de Oromë, hubo otros Valar implicados durante la elección de los “Istari”. El elegido por Mandos fue Rómestámo, llamado en las tierras mortales con el simple nombre de Pallando. Pallando, uno de los cinco “Istari”, uno de los dos magos azules y un servidor del Señor del Destino, usado por éste sin que él fuera consciente para aplicar la voluntad del Hado: los caminos de Eru son raros, pero todos llevan al mismo punto.

- ¡ Ey, Tullken el Frambuesa! ¡ Elesarn! ¡ Creo que lo hemos encontrado! ¡ Hemos encontrado a…! Enano, ¿ cómo se llamaba?... ¿ Estás seguro?... Bueno, pues sí, será eso… ¡ Hemos encontrado a Desesperanza! – oyeron que gritaba Abdelkarr en la distancia de las entrañas del bosque.

- ¡ Ya vamos! – gritó a su vez Tullken sin fuerza ni convicción, incapaz de apartar la mirada de Elesarn.

El graznido de Corb sobre sus cabezas avisó al joven de que la información era correcta: sí, habían hallado a Esperanza. Tullken se preguntó cómo podría encararse entonces con el “Pastor de Árboles”, cómo podría anunciarle todas las nuevas que tenía reservadas para él con la alegría que, en un principio, le crearon a él mismo cuando Elesarn le acababa de anunciar tan aciaga noticia. “No importa”, dijo una parte de él, “si con la máscara no podemos, nos pondremos una armadura de cara a los demás… Además, no puedes decir que haya sido una noticia inesperada. Sabías que podría ser así. Te juraste (me juré) que podrías aguantarlo y, ahora, cualquier excusa es buena para no seguir ante ella haciéndote más daño”.

Tragando saliva, su cara tan inexpresiva como la de un muerto y sin decir nada, Tullken se giró y comenzó a reanudar la marcha en busca de sus amigos. Cuando ya llevaba unos metros, le pareció, llevado por un pálpito, que Elesarn lo había llamado; pero al girarse sólo vio que la muchacha seguía quieta, ya lejos de él (como siempre estuvo de mí) y mirándole con ojos que habían pasado del azul al gris de la turbación. Tullken no supo dilucidar en aquel momento si lo contemplaba con lástima, indiferencia o sufrimiento.

- Por lo menos… no me olvides – le dijo entonces Elesarn y sus palabras se posaron, como tantas otras olvidadas en el pasado de Fangorn, en la rugosa y anciana piel del bosque.

 



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