Relatos de Anderian: Viaje de un heredero

17 de Octubre de 2012, a las 11:28 - Órewen
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19. Reinos hermanos


― ¿Estás bien? ―preguntó Marduk mientras levantaba a su amigo.

― No entiendo qué sucedió, un momento estaba luchando y en el siguiente paralizado. Vio a través de mí, y no pude hacer nada para evitarlo. Yo…

― Ílhan, tranquilo. Mírame ―ordenó Argoreph. Tuvo que sujetar su rostro para obligarlo, estaba tan sorprendido que había hablado ininterrumpidamente.

Vio la mano que sujetaba su muñeca derecha, era la del muchacho. Llevaba puesto el anillo de oro. El corazón se le estrujó y su rostro mostró preocupación. Debía hacer algo mientras había oportunidad, más tarde ya no habría salvación para el joven.

― Debes escucharme con mucha atención, Ílhan. No deberías usar nunca a Balasyr, por ningún motivo. Es por tu bien.

― Pero soy el heredero, y ahora su dueño. Eso debería bastar. Además, si derroté al cuélebre ¿por qué no podré dominar el anillo?

― Es la misma forma de pensar lo que nos trajo hasta aquí, y de cómo llegaste a tener ese título ―expresó Argoreph.

― ¿De qué hablas, Argoreph? ―preguntó Marduk.

Soltó al muchacho y aspiró hondo, dejando escapar el aire en un suspiro. Lo que estaría a punto de decir no le era fácil de contarlo. Tragó saliva y habló.

― Tanto el príncipe Athaín, como el rey Táerhan cayeron ante el poder de ese anillo. Primero Athaín, el orgullo que crecía, por usarlo siempre, hizo que se creyera capaz de todo; incluso de derrotar cualquier creatura a su paso. Así encontró al cuélebre y lo despertó de su sueño, siendo herido mortalmente en el acto; muriendo cuando hubo caído el sol ese mismo día. Táerhan estuvo mucho tiempo repeliendo al monstruo, hasta que decidió usar el poder del anillo para derrotarlo. Ahora está en tus manos y debes creerme entonces que utilizarlo no está bien, por más bondadosa que sea tu intención, no lo podrás controlar.

Parecía seguir afectado por lo sucedido con el Quelpheras, sin embargo, también estaba consciente de lo que se le había contado. Sintió alivio al ver cómo asentía pausadamente, en señal de hacer caso a su advertencia. Fue ahí que su atención volvió hacia los alrededores, había una conmoción por una presencia extraña al campamento.


La silueta, vestida de color arena y verde grisáceo, caminó hombro a hombro con el príncipe de Balfilias. Al estar frente a los reyes, éste se adelantó para tomar la palabra; hubo un momento de intercambio de palabras con la joven desconocida. Luego Ílhan vio cómo aquellos cinco personajes buscaban algo en concreto. De pronto se sintió observado, y así lo era, habían detenido sus miradas justo sobre él.

― Solicitan tu presencia, Ílhan ―habló Dulanthir tras plantarse frente a frente con el heredero.

El muchacho de ojos miel se incorporó, siguiendo al Meheri un poco atrás. Y es que temía a qué se debía tal exigencia, además que ahí se encontraba el príncipe Ossmeth, y no precisamente con una mirada amable hacia él. Al estar ahí su acompañante se encargó de anunciar su nombre a la joven.

― Él es Ílhan. Heredero al trono de Veleryon.

La observó detenidamente. Sus cabellos eran dorados, pálidos como el sol de una mañana fría; sus ojos eran azules, como el del cielo opacado por la niebla. Ella se acercó hasta que sus miradas quedaran frente a frente, no tenía por qué compararla pero le recordaba al encuentro con Ossmeth, pues sentía que podía ver todo y captarlo al instante. Ella comenzó a hablar, el sonido de su voz era solemne, aunque apurado y con un dejo de preocupación.

― Mi nombre es Lirlen, soy princesa de Nirmlos.

― ¿Nirmlos? ―pensó Ílhan. En su vida había escuchado de ese nombre, pero tal parecía que era real. Estaba viendo a su princesa.

― Nirmlos y Veleryon son reinos hermanos. Reinos Vannan ―dijo la princesa, observándolo directamente a los ojos― Y por ese lazo que nos une, estoy aquí. Para advertirte a ti, heredero al trono y futuro rey de Veleryon. Debo contarles lo que hemos visto.

Tomaron asiento, formando un círculo imperfecto alrededor del calor de las llamas. En lo que se acomodaban y, recordando las palabras de Argoreph, finalmente decidió obedecer y preferir mantener oculto el anillo. Lo guardó entre sus ropas tratando de olvidarlo, para que su mente no lo mantuviera con pensamientos. En una de las vistas rápidas a su alrededor, se topó, inevitablemente, con la imagen del príncipe Quelpheras. Un frío recorrió rápidamente su cuerpo, a pesar de estar frente al fuego; pero su miedo fue minúsculo entonces, pues la actitud ya un poco más relajada indicaba que él le había visto esconder a Balasyr. Notó también la cercanía del joven Meheri hacia la princesa.


En lo que todos estuvieron acomodados en sus respectivos lugares, la princesa tomó su tiempo para encontrar las palabras, aquellas con las cuales decidiría comenzar a relatar lo vivido. Lo último que vio, antes de comenzar, fue la mirada gris que tenía a su lado.

Todos estaban ya esperando escuchar sus palabras, con la total atención centrada en ella. Después de saber finalmente cómo iniciar, habló.

― Como algunos sabrán, soy líder de la vigilancia en el Aritrel. Un día, mi gente y yo, descubrimos un asentamiento muy cerca de las Falot Sohrel. Lo estuvimos vigilando ocasionalmente, para conocer sus propósitos. De las cosas que nos fueron reveladas, fue que parecían ser exiliados; pues solían expresar su gusto por volver a casa. Uno en particular, el líder aparentemente, exclamaba que por fin tendría lo que le había sido arrebatado.

Lo que les estaba diciendo parecía tener un efecto confuso en sus mentes, pues se los veía desconcertados con sus palabras.

― ¿Pudiste ver de qué raza eran? ―preguntó el joven Meheri con el ceño fruncido.

― Sí, por sus características físicas. La mayoría son de Veleryon. Pero había un grupo, muy pequeño y destacado, del que no pudimos obtener referencias.

― Describe cómo eran, todo lo que hayas visto ―esta vez era el príncipe Quelpheras, que se veía muy interesado por saber de ese grupo.

― Parecían tener una disciplina estricta, que los demás aprendieron pero no a la misma altura. Otra diferencia, de las más sobresalientes, eran sus ropas. Portaban el color de la arena, sin embargo, no había visto el uso del naranja. Como el que se produce en un atardecer.

Al escuchar estas palabras, vio cómo el príncipe se echaba hacia atrás, viendo el fuego con más intensidad que antes. Seguro sabía algo.

― ¿Sabe de dónde proceden? ―preguntó pausadamente, la intriga le invadía más al verlo de esa manera.

― Ossmeth, dinos qué conoces de esa gente ―pidió el rey Ellfhrinel con calma en su voz. Lirlen estuvo de acuerdo con él, debían saber de quiénes se trataban.

― Ciertamente sé de sus orígenes ―dijo después de haber quedado sin habla por unos instantes. La princesa vio cómo ahora él trataba de hallar en su mente las palabras adecuadas, pero se preguntaba por qué debía hacer eso, pues parecía hacer el doble de esfuerzo que ella― En el tiempo que viví al otro lado de las Falot Sohrel, tuve el suficiente para conocer las características de los reinos que se alzan ahí.

"Además del reino de donde provengo, Nacelthora, hay otros más. Todos son de los Vannan. Se dice que fueron fundados por los príncipes y princesas de un antiguo reino llamado Carmure. En total son siete reinos, sumando Nirmlos y Veleryon. Y así como los dos que yacen aquí, cada uno desarrolló cualidades muy particulares.

Uno en particular tomó importancia entre los demás, pues las habilidades que ahí se adquirían son admirables ante los ojos de cualquier Vannan. Y de ahí son esos hombres que viste, princesa de Nirmlos. Provienen de Nazere, un reino donde sus habitantes trabajan desde jóvenes en el control de la mente. Pero debido a un juramento, están obligados a no usar lo que aprenden en contra de alguien más. Claro que, tengo la certeza de que ese grupo lo ha de haber roto. Así que, los nazerinos son enemigos de cuidado."

Cuando hubo terminado, todos estaban mudos por la revelación. Lirlen, al igual que los demás, desconocía completamente a los nazerinos; y aunque le provocaba cierto temor, pronto se sobrepuso. Nazerinos, nirmlianos o velerynos, todos eran Vannan por igual. Así debían de verlo el resto de los presentes, no como una especie superdotada e invencible. Después de todo, la mente era como el mar, a veces apacible y en otras, traicionera.

La princesa vio al joven heredero, parecía el más asustado del grupo. Decidió romper el silencio y sacarlos de las ideas abrumadoras que pasaban por sus mentes.

― ¿Hay alguna forma que los pueda sacar de ese control?

― Los nazerinos tienen respeto hacia los de mi raza, pero nunca se ha visto un encuentro que defina si nuestras habilidades los afecten. Seguramente no pueden evitarlas, sin embargo, se desconoce la resistencia, dudo mucho que no sea mayor que los demás Vannan.

― Entonces hay oportunidad.

― ¿Qué fue del grupo? ¿Aún siguen en el mismo sitio? ―preguntó el rey Adanthir.

― No ―respondió Lirlen en un suspiro. Recordó los hechos que sucedieron después― No hace mucho hallamos un cuélebre muerto y varias tumbas cerca, lo mismo hicieron ellos. Al parecer las cosas no habían resultado como el líder esperaba, pues no contaba con los entierros.

"Buscaba algo que bien sabía estaría ahí. Algunos de sus seguidores le propusieron profanar las tumbas, sin embargo, él se negó rotundamente. Se refirió a una reliquia y que, si los cuerpos estaban sepultados, no se encontraría en ninguna parte. Aseguraba que algún sobreviviente lo poseería. De inmediato partieron a Veleryon."

Por lo que había observado, no les era sorprendente dicha noticia. Desde que los encontró, tenía la certeza de que conocían algo, después de todo estaban ahí con un ejército rodeándoles. Desconcertada, recurrió a Dulanthir, quien al ver su rostro con esa expresión le explicó brevemente.

― Sabemos lo más esencial de ese grupo, ahora mismo está tomada Veleryon. El líder del que hablas, busca el anillo Balasyr. Es por eso que estamos aquí, con un ejército listo para liberar el reino usurpado.

― ¿Cómo saben eso? ―preguntó intrigada. Según su criterio, nadie en absoluto podría haber sabido lo que ellos descubrieron.

― El amigo de Ílhan ―y entonces el príncipe la guió con su mirada hacia un muchacho no muy lejos de ahí. No lo había visto antes en el bosque, pensó que quizás era muy bueno ocultándose― Tiene una especie de visiones, es un Opari. No las puede controlar, pero logró ver lo que pasa en su hogar.

Opari, esa palabra estaba vagamente grabada en sus recuerdos. Según una raza extinta. Para ella eso era suficiente información, prefirió no profundizar más en el tema. Quizás más adelante, cuando todo ese asunto de los nazerinos terminara.

― Tiene una habilidad impresionante ―admitió Lirlen.

― Seguiremos con lo planeado, no bajando la guardia ante ninguna circunstancia. Más si sabemos sobre los nazerinos, no debemos confiarnos ―era el rey Adanthir.

― Pelearemos a su lado, déjenos combatir con ustedes ―pidió la princesa. En un principio esas habían sido sus intenciones, pero sabía que necesitarían un poco más de ayuda― Mi séquito es reducido, vayamos con mi padre, él enviará más gente a pelear.

― Sí, mientras más seamos, más probabilidades de victoria tendremos ―era una voz que no había escuchado anteriormente, se oía presurosa y ansiosa. Volteó buscando a su dueño, encontrándose con el joven heredero. Sin duda, le atraía bastante la sugerencia.

― Señor Adanthir, señor Ellfhrinel. Su presencia podría ser vital a la hora de una decisión, les pediría me acompañen ―vio cómo estos asentían decididos a seguirla hasta su hogar. Entonces se volvió a Ílhan y le habló― Tu participación podría ser igual de valiosa, después de todo eres el heredero. Ven con nosotros.

Él asintió con su cabeza y, aunque la reacción del muchacho parecía insegura; ella lo tomó simplemente como un sí, no dando importancia a más.

― Vengan conmigo, ya está todo listo para partir.

Por un breve momento, el heredero fue a despedirse de sus amigos. Todos la siguieron a través del campamento, levantando miradas intrigadas por la acción tomada. El rey Adanthir se limitó a decirles "todo está bien", con una seña de su mano. Pronto se internaron en el bosque, donde la oscuridad reinaba y las sombras eran engañosas. Ella se adelantó para encontrarse con un nirmliano, que ya estaba esperándola.

― Tráiganlos.

De inmediato se perdió en la densa oscuridad y, al poco rato, volvió con otros tres hombres. Cada uno venía acompañado de una sombra más grande a sus espaldas. Lirlen les sonrió dulcemente a los Geváudan y las creaturas se aproximaron.

― Son tranquilos y muy rápidos. Ellos nos llevarán a Nirmlos ―se adelantó a aclararles al resto.

― Dulanthir, estarás al mando en mi ausencia ―decidió el rey Adanthir.

En lo que sus acompañantes eran auxiliados, la princesa aprovechó para intercambiar unas palabras más con Dulanthir.

― Por cierto, Íaron está recuperado por completo. Está muy agradecido por tu ayuda, así como yo.

― Espero tenga más cuidado.

― Lo hará. Hay unos cuantos de mis hombres vigilando, cualquier movimiento que vean de Veleryon, te lo harán saber.

― Está bien ―sus ojos grises miraron rápidamente hacia donde se encontraba el resto, luego volvió a su mirada azulosa― Ya casi es hora de partir.

Volteó hacia el otro lado, y en efecto, los nirmlianos estaban dándoles algunas instrucciones sobre cómo mantener el equilibrio y no caer de los Geváudan. Pronto todos estarían listos y a la expectativa de su incorporación al grupo. Le parecía demasiado pronto, pero debía cumplir con su deber. Giró una vez más su cabeza, para volver a ver a Dulanthir.

Sintió una mano deslizarse furtivamente por su cuello, deteniéndose en la nuca, un suave tirón la hizo ir hacia adelante. La oscuridad fue su cobijo, guardando en un secreto, el efímero encuentro de sus labios con los del príncipe. La intensidad del beso logró un equilibrio con la gentileza, acabando, poco a poco, con el aire de sus pulmones en cada exhalación. Lirlen acarició la mejilla derecha de Dulanthir, terminando en los mechones detrás de su oreja. Así como acordaron el roce de sus bocas, también pensaron en que era sólo una breve despedida y que el tiempo apremiaba. Lo sellaron con otro beso, más pequeño y tierno. La calidez se esfumó al separarse, recuperando el aliento que habían perdido. Vieron por última vez sus pupilas.

― Volveré pronto ―dijo finalmente la princesa, subiendo en la creatura y alejándose a gran velocidad, con los reyes y el herero siguiéndole.

 



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